Hit Parade: ¨Jakob von Gunten¨ de Robert Walser

Santiago García Tirado

Robert Walser / Jugendbildnis - - Walser, Robert

 

El S. XX es un terreno atestado de iconos. Casi todos por teñirse de sangre, o ahogarse en dinero. También los hay de letras secas y adornadas de premios. Iconos de marca propia, que se dice ahora. Me encandila de Robert Walser que haya salido ileso de tanta iconografía y se mantenga fresco, actual y disponible para ser usado día a día sin ese cargamento apestoso de tópicos que hace ilegibles ya tantas obras, e incomprensibles a tantos personajes.

Jakob von Gunten se presenta como una de esas autobiografías que se ambientan en el período de formación escolar, y en las que sobrevuela necesariamente una nube negra contra la que el individuo se halla desprotegido. El buscón sigue el mismo planteamiento, pero El buscón es demasiado española; es una obra que se regodea en lo escatológico, disfruta con la brutalidad y es explícita. El estudiante Törless, de Musil, otra que se desarrolla en el mismo ambiente, se entretiene en un repertorio que debió de hacer feliz a Freud en su día, y sigue haciendo feliz a esa turbamulta de lectores que se extasía con un espejo, pero es un texto que no siempre comunica bien con un lector exigente de ahora. O de siempre. Robert Walser es el autor intemporal. Habla desde más allá de su época y logra llegar a estas latitudes afterpop con una voz nítida, lo que además resulta en una originalidad que desarma.

jakob-von-gunten-robert-walser_1_1_1308739La historia relata los meses que Jakob von Gunten pasará en un instituto oscuro del que no se sabe mucho, cuyos profesores son la abulia materializada, y del que el protagonista no tiene muy claro qué esperar. Una formación, por supuesto, pero sin ningún tipo de obsesión, sin aspiraciones de progreso, sin prisa alguna por alcanzar ninguna meta ni llegar a puerto alguno. El sitio es estrecho, pudibundo, anaeróbico. A pocas páginas del comienzo uno entiende enseguida que a Kafka le fascinara Robert Walser. Hoy le dedicaríamos con orgullo ese latiguillo de que la obra es kafkiana si no fuera porque Walser no aprendió de Kafka, sino a la inversa. No sé si este extremo podría llevarnos a alterar toda la crítica del siglo XX para sustituir en millones de libros el mote kafkiano, por walseriano. Sería un gesto deportivo, aunque mejor no sea planteado. Pero hablábamos de una circunstancia nihilista en la obra de Walser. El lugar, eso era, y el propósito, todo determinado por la nada y que, contra todo pronóstico, resulta fascinante. Se diría que de ese horizonte no puede salir nada, narrativamente hablando, porque no hay nada que narrar. Sin embargo el relato se mueve con un ritmo novedoso, como avanzando en círculos, pero se mueve al fin y al cabo, y página a página comienza a poblarse de un elenco que se define por cualquier cosa excepto por la vulgaridad. Hay personajes torvos, hay  personajes obsesos y hay un director serio como una estatua ecuestre y su hija que ejerce de profesora, y que ni ofende ni cautiva ni seduce ni deja a su paso la paz. La hija es uno de los grandes personajes. La hija no tiene edad, a veces se diría que tampoco tiene sexo. Pero es profesora en un cubículo sin oxígeno poblado de adolescentes y sus entradas y salidas tienen por sí solas una carga explosiva innegable. Se llama Frau Benjamenta. Creo que no lo he dicho: la academia tiene un nombre cómico y judaico: se llama Benjamenta. Sirve para formar adolescentes. Para formar, así sin concretar mucho.

De comienzo a fin, nada evoluciona. El curso, claro, que al final acaba por la propia inercia de los días. Como los institutos de ahora que enseñan ESO, un nombre muy apropiado para la formación académica de nuestro avanzado sistema educativo. No obstante, hay algo inesperado en materia de cambio: algo luminoso en el lector, que aún no soy capaz de definir. Walser es la ironía, una capacidad intelectual tan indefinible como la de sus personajes, la dulzura. En ocasiones habla con voz cándida de niño y en ocasiones semeja a un demiurgo bregando por hacer comprender a sus criaturas terriblemente limitadas. Uno nunca sabe cuándo es el momento de reír, pero yo la leí con la media sonrisa continuamente en mi cara. Es extraño. Como el propio Walser ingresando voluntariamente en un manicomio a la edad de 47 años. Siguió escribiendo, hasta que se hartó, y se dedicó a pasear por los jardines de los manicomios que lo acogieron. En uno murió un día de 1956. Su imagen sobre la nieve todavía no ha sido superada por ningún otro icono de los que resultan mucho más comerciales.

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