Historias del chico salvaje: ¨Mi hermana y La Bestia¨

Diego M. Rotondo

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Mi hermana Deborah tiene 17 años; es la chica más linda que conozco. Además, es la única de la familia que me defiende. Cuando mamá me pega ella se interpone entre los dos y me hace de escudo. Entonces mamá se detiene, se arrodilla a su lado, la abraza y le suplica que la perdone… no por haberme pegado, sino por haberle pegado a ella queriendo pegarme a mí…

Tengo tres hermanas, pero sólo Deborah vive aún con nosotros. Las otras dos, Clara y Elena, son mayores y viven con sus parejas; están a salvo de mamá. Hasta hace cinco minutos yo también creía estar a salvo, porque sabía que Deborah siempre estaría en casa para salvarme; pero… una palabra lo cambió todo; una estridente exclamación de mamá que hizo aullar a todos los perros de la cuadra: “¿¡EMBARAZADAAAAA!?”… Sí… Deborah está embarazada. Mamá recibió la noticia como una lluvia de clavos al rojo vivo, se arrancó varios pelos de la cabeza, se tragó medio blister de lexotanil y se echó a llorar en la cama… Deborah se quedó en silencio, sentada en el sofá, comiéndose las uñas. No es el simple hecho de que esté embarazada lo que enloquece a mamá, sino quién la embarazó…

Mi hermana lleva 5 meses saliendo con “la Bestia”… La Bestia se llama Rolo, tiene 25 años y es cantante en una banda de rock pesado. Rolo es alto y morocho, tiene los pelos largos hasta el culo. Aunque haga 35 grados de calor Rolo siempre lleva puesta su chaqueta de cuero con cierres, sus jeans negros chupines y sus zapatillas All Star. Tiene muñequeras con tachas, anillos de serpientes enroscadas y collares con calaveras de plata. Hace unos días Deborah trajo un casete con algunas canciones de Flujo Menstrual, la banda de Rolo. Yo no sé nada de música, en casa sólo hay discos de Abba, de Tom Jones y de Barry Manilow… es lo único que escucha mamá. Cuando Deborah colocó la cinta, los parlantes del equipo expelieron una serie de sonidos férreos, acompasados de veloces martillazos; y de repente, un gruñido largo ―parecido al del león de la Metro pero más agudo― que me puso los pelos de punta, seguido de otra serie de gruñidos más cortos. Eso era Flujo Menstrual: chirridos, martillazos y gruñidos de Rolo. “Esto es lo último del rock pesado. Algún día les va a gustar…”, nos dijo Deborah mientras mamá y yo nos tapábamos los oídos.

Deborah tuvo que casarse con Rolo. Fue una de las noches más tristes de mi vida. Mamá se desmayó en medio de la boda, justo en el momento en el que mi hermana dijo “Sí, acepto”… Tuvieron que llevarla a urgencias y lavarle el estómago porque durante la ceremonia había tomado 25 valiums molidos en una petaca de vodka. Toda nuestra familia, tíos, abuelos, primos, etc, estaban desolados; sobre todo los que habían tenido la desgracia de conocer a Rolo, de oír sus eructos, de oler sus pedos y de escucharlo balbucir guarangadas. En cambio, los familiares de él estaban eufóricos, durante la fiesta bailaron y saltaron al ritmo de la música diabólica de Flujo Menstrual. Mi hermana no estaba feliz, desde el instante en que cruzó las puertas de la iglesia de la mano de mi padre, la noté afligida… era sólo una niña, no quería estar ahí, no quería casarse ni compartir su vida con un orangután. Pero no había otra opción, a pesar de que mi madre le ofreció a Deborah que se fugasen a Italia para evitar la tragedia, las familias de ambos lados decidieron que lo mejor era el casamiento, y de esa manera la criatura no crecería con sus padres separados. Así eran las cosas a principios de los ochenta.

Rolo tomaba 8 litros de cerveza por día y fumaba cuatro paquetes de cigarrillos. Trabajaba ocasionalmente de electricista o plomero. Mientras mi hermana estuvo embarazada él casi no salió de la casa; se echaba en el sofá a ver televisión todo el día. Dos meses después del casamiento abandonó Flujo Menstrual y se retiró del Heavy Metal. “Debo ampliar mis horizontes artísticos…”, bromeaba. La mísera casita en la que vivían, cedida a los novios por los abuelos de Rolo, estaba ubicada en un barrio de mierda, repleto de asentamientos gitanos y villas de emergencia. Llegar hasta allí sin que te asaltaran en el trayecto era una hazaña.

Teniendo mi hermana seis meses de embarazo mi madre le pidió si podía cuidarme los miércoles y viernes, de las 12 del mediodía hasta las 9 de la noche, ya que había conseguido un trabajo y no podría hacerse cargo de mí en ese horario. Deborah se alegró mucho y enseguida aceptó. Yo también me alegré de poder estar con ella nuevamente.

Durante los meses previos al parto pasé mucho tiempo con ellos. Vivir con Rolo fue una experiencia surrealista; era como vivir con un animal salvaje; cuando estábamos en la mesa eructaba, pedorreaba y se sacaba los mocos. Su pasatiempo favorito era hacer bolitas de moco y tirármelas por la cabeza. Mi hermana le gritaba: “¡cerdo!”, “¡puerco!”, “¡roñoso!”, etc.; y él se reía a carcajadas con la comida a medio masticar.

Deborah no se veía rozagante como suelen verse las mujeres preñadas, todo lo contrario, tenía ojeras, la piel seca, y el pelo opaco de usar shampoo barato. Cuando ella cocinaba Rolo se le acercaba, se aseguraba de que yo estuviese mirando y le metía la mano en el culo al mismo tiempo que me guiñaba el ojo: “¿Viste que rico pan dulce tiene tu hermanita?, ¡jejeje!”… Y Deborah, por supuesto, le sacaba la mano y lo puteaba. Varias veces Rolo se llevó a mi hermana al cuarto mientras yo veía los dibujos animados. Recuerdo las carcajadas del Pájaro Loco y de fondo, los gemidos de mi hermana y los sonidos guturales de Rolo. Yo creía que jugaban y varias veces pensé en meterme en su habitación para jugar con ellos… Por suerte nunca lo intenté.

Veíamos televisión todo el tiempo; Deborah siempre triste, con su panza a punto de reventar, hacía crucigramas en la mesa de la cocina. Rolo amaba su pequeño televisor en blanco y negro de 14 pulgadas, decía que se lo había comprado a los gitanos por monedas. Un día se apareció con un triciclo, “¡Es para el bebé!”, exclamó emocionado. Mi hermana le dijo que era un idiota, que el bebé podría usarlo recién a los 3 años. “Bueno, qué mierda…”, balbució él y se sentó apático frente al TV.

Una noche, mientras Rolo veía un partido de Boca y no paraba de putear y escupir la pantalla, me subí al triciclo para probarlo. Yo tenía 7 años, era grande para un triciclo, pero estaba aburrido y faltaba una hora para que me viniesen a buscar. Rolo me miró y dijo: “¡boludón!…”, y siguió abstraído en el fútbol. Pedaleé un rato con dificultad, ya que mis piernas, obviamente, eran demasiado largas para los pedales. Pero aun así seguí dando vueltas por la casa. En un momento me metí con el triciclo atrás del televisor y el cable de la antena se enredó en una de las ruedas traseras. “¡PARAAAAAÁ!”, gritó Rolo cuando vio cómo la tele comenzó a deslizarse de la mesita. Yo no paré, creí que ese grito iba dirigido hacia algún jugador. Seguí pedaleando y… “¡CRASH!”. Había tirado el televisor al piso. El aparato cayó del lado de la pantalla, hubo una explosión y un cortocircuito nos dejó a oscuras. “¡Pendejo de mierda, te voy a romper la jeta!”, berreó Rolo mientras me buscaba en la oscuridad. “¡Si lo tocás te asesino!”, le gritó mi hermana. Yo estaba horrorizado, y no era para menos, corrí por la sala tropezándome con todo, llegué a la puerta de calle, la abrí y huí despavorido. Pocas veces en mi vida corrí así de rápido, no sabía adónde iba, no importaba, tenía que alejarme lo más posible de la Bestia. Llegué hasta el camino que bordeaba la autopista, a unas 4 calles de la casa de mi hermana, busqué un arbusto para esconderme, me acurruqué y lloré durante un buen rato.

Me encontraron enseguida; una vecina me había visto correr hacia la autopista y le avisó a Deborah. Mis padres llegaron a buscarme, al enterarse de lo sucedido mi madre agarró un ladrillo de la calle y trató de rompérselo en la cabeza a Rolo, mi padre y mi hermana tuvieron que contenerla. Todos los vecinos de la cuadra salieron a ver qué pasaba. Rolo exigía a mis padres que le pagasen el televisor que yo había roto; Deborah lloraba desconsolada, me abrazaba y me pedía perdón. No entendí por qué lo hacía, después de todo era yo el que había desatado ese pandemonium.

Al otro día mi padre compró un televisor nuevo y se los llevó. Rolo ya estaba calmado, y al ver que el aparato era mucho mejor que el que tenía, se consoló y le pidió a mi padre que me volviese a dejar con ellos.

Mi hermana soportó a la Bestia durante 3 años… Justo en el momento en que mi sobrino logró montarse en el triciclo, Deborah decidió divorciarse.

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