Fábulas del crimen: ¨El espantapájaros de Walnut Grove¨

Diego M. Rotondo

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5 de enero 1874, Walnut Grove, Minnesota; un grupo de niños de entre 6 y 9 años que atraviesan un maizal arrancando mazorcas, se encuentran con un extraño espantapájaros amarrado a una cruz. Al advertir que el muñeco mueve débilmente las manos jalando de las cuerdas que lo mantienen atado, los niños se estremecen… sin embargo, la curiosidad que les genera aquella figura los incita a acercarse. Cuando llegan a estar a sólo cinco metros de él se dan cuenta de que no es un espantapájaros, sino un hombre que aun está vivo.

Declaración de Caroline Adams:

El 10 de diciembre de 1873 salí de casa temprano para ordeñar a las vacas en el establo. Mi hija Melissa, de 8 años, dormía plácidamente abrazada a su perro de peluche. Mi esposo Walt, de 46 años, llevaba dos semanas sin dar señales de vida, había viajado hacia unas minas en el sur; se corría la voz de que unos hombres habían descubierto oro allí y se habían hecho millonarios. Al igual que otros granjeros, Walt no quiso perderse esa oportunidad, me explicó que acamparía cerca de la mina y estaría unas semanas tratando de hallar oro. Yo no me sentía segura sin él; la casa estaba aislada, a 4 kilómetros del pueblo, y nuestro vecino más cercano, el viejo borracho Edwards, vivía a 2 kilómetros. Walt se había llevado la carreta con los dos únicos caballos que teníamos para movilizarnos; así que mi hija y yo quedamos solas en medio de la nada.

Esa noche, mientras cenábamos, alguien golpeó la puerta de casa. Pensando que Walt había regresado, corrí a abrir enseguida. Afuera había una pareja de jóvenes, de no más de 18 años cada uno. Tenían mal aspecto, decían haber sido atacados por un oso. El muchacho tenía la cara cortada y amoratada, como si hubiese estado en una pelea, y la chica llevaba la ropa rasgada, con manchas de sangre. Les dije que no había osos por esa zona. Entonces el joven, que se presentó como Willy, me explicó que en la oscuridad no supieron distinguir si eran osos realmente, que tal vez habrían sido lobos… Por supuesto no les creí una palabra, pero sentí pena por ellos y los invité a pasar para curar sus heridas y darles un poco de té. Una vez dentro el muchacho extrajo un arma, me encañonó y me maniató junto a mi niña. Apoyándome el revólver en la frente me preguntó dónde estaban escondidas las pepitas. Le dije que no sabía de qué estaba hablando. “Conocimos a su esposo en la mina, encontró mucho oro… Por eso lo seguimos… Sabemos que lo tiene aquí, escondido en alguna parte…”, reveló la chica. Les expliqué que llevaba semanas sin tener noticias de mi marido. Entonces Willy me desató, me enlazó una soga al cuello, me arrastró como un perro hasta afuera y me señaló los maizales. A unos 60 metros de distancia distinguí a Walt atado a una cruz de madera. “No se preocupe señora, todavía está vivo…”, señaló el muchacho, “se quedará ahí hasta que usted me diga dónde está el puto oro…”.

Pasaron varios días, la pareja se adueñó de la casa, destrozaron las paredes, cavaron en los pisos, rompieron muebles, colchones, frazadas, etc. Todas las tardes arrastraban a Melissa hacia el lugar donde yacía su padre y la torturaban. La quemaban con cigarrillos o le clavaban agujas en las piernas. Walt, más muerto que vivo, miraba de reojo cómo esos malnacidos dañaban a su hija: “¡No tengo oro, déjenla en paz, hijos de puta!…”, gritaba una y otra vez.

La anteúltima noche me ataron nuevamente la soga al cuello y me arrastraron desnuda hasta los maizales. Willy se bajó los pantalones y le dijo a Walt: “voy a violar a tu esposa y no voy parar hasta que me digas dónde escondes el oro…”. Ante el silencio resignado de mi esposo, el joven comenzó a violarme…

La pareja de criminales no se iba a dar por vencida, afirmaban haber visto a Walt colando varias pepitas de oro… Y aunque lo habían seguido al regresar de la mina, no lograron descubrir dónde las había escondido.

El último día de calvario, Nelly, la novia de Willy, le propuso que violase a Melissa: “Si el tipo no dice dónde está el oro después de que te cojas a su cría, los matamos a los tres…”.   Yo me hallaba atada en la cama junto a mi niña, escuchando el siniestro plan de la pareja. Podía aguantar que hiciesen cualquier cosa conmigo, pero no con ella, no con mi Melissa… No había tiempo para meditar demasiado, así que con todas mis fuerzas grité: “¡Sé dónde está el oro!”. Un silencio de sepulcro inundó la casa… Enseguida vinieron a desatarme y a obligarme a que los llevase hacia el oro. Los guié hacia el establo. Willy llevaba la pala apoyada en su hombro. “Creo que es aquí…”, fingí vacilar mientras señalaba un montículo de tierra removida en el gallinero. Willy me dio la pala y me ordenó que cavase. Yo lo hice. “Mejor que el oro esté ahí, de lo contrario vamos a enterrarlas vivas, a usted y a su hija…”, me amenazó Nelly, señalándome con un cuchillo. Sabía que tendría una sola oportunidad de salvar a mi niña; cavé varias veces mirando de reojo a la pareja, esperando que se distrajeran… debía tomarlos por sorpresa. Cuando vi mi oportunidad me volteé bruscamente y le descargué un potente palazo a Willy en la cara, aplastándole la nariz y rompiéndole los dientes. El joven se desplomó entre las gallinas, chillando, tratando de contener la sangre que brotaba a chorros de su rostro. Nelly se abalanzó sobre mí intentando apuñalarme, yo reaccioné velozmente y le atravesé el cuello con la punta de la pala. La chica se derrumbó muerta junto al cuerpo agonizante de su novio… Levanté la pala y empecé a machacarlos furiosamente en la cara, exclamando: “¡Hijos de puta! ¡Hijos de puta!…”. Estuve diez minutos aporreándolos. De a ratos descansaba unos segundos, tomaba aire y comenzaba de nuevo. Las cabezas de ambos quedaron trituradas en el piso del gallinero. Cuando acabé de descargar mi ira sobre ambos, arrastré sus cuerpos hasta el corral de los cerdos, que llevaban dos semanas sin alimentarse. En pocas horas no quedó ni un solo cartílago de ellos. Regresé corriendo a casa, me eché en la cama al lado de Melissa, la abracé y dormí catorce horas seguidas.

Al despertar recordé al pobre Walt y corrí desesperada hacia los maizales. Gracias a Dios aún estaba vivo. Mientras intentaba desatarlo de la cruz, lo escuché murmurar: “Sabía que esos bastardos no se saldrían con la suya… Ni muerto les hubiese entregado mi oro…”. Me alejé de él horripilada y le exigí que repitiese lo que había dicho; Walt volvió a decirlo… Caí de rodillas a sus pies y sollocé durante varios minutos. No podía creerlo, pensé que despertaría en mi cama de un momento a otro, pero no… Sin acabar de desatarlo regresé a la casa, junté ropas y las metí en una maleta. “¿No vamos a soltar a papá?”, preguntó Melissa. “Papá se fue al infierno, cariño…”, le respondí.

Caroline Adams fue arrestada en un hotel de 5 estrellas de Minneapolis, el 30 de enero de 1874. Los niños que habían hallado a Walt avisaron al sheriff, quien se encargó de investigar el paradero de la esposa y la hija. La mujer, sin vacilar un instante, contó todo lo que había sucedido en esa casa. Describió cada una de las torturas a las que fueron sometidas y explicó cómo había asesinado a la pareja de bandidos para defender a su hija. También dijo que había abandonado a su marido por no haberles dicho dónde estaba el oro y permitir que las humillaran y torturaran durante días.

Lo que impactó al juez y le dio un giro brutal a la causa, fue el testimonio de la niña, quien se mostró sorprendida luego de que le leyeran la declaración de su madre. Melissa dijo que no las habían atacado ningunos bandidos; que al regresar su padre de la mina su mamá lo había golpeado con una pala en la cabeza y lo había atado a la cruz.

Walter Adams pasó varias semanas recuperándose en el hospital del condado. Luego regresó a casa con su hija. El oro que había descubierto fue escondido por Caroline en el interior del perro de peluche de Melissa.

Caroline Adams fue condenada a 60 años de prisión por robo e intento de homicidio.

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