La orgía (II)

John Fante

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7

La idea de rezar a un santo olvidado desde hacía mucho tiempo me fascinó. Una maravillosa idea que tenía mucho sentido. Los santos eran puros de corazón, seres generosos que anhelaban ayudar a las sufridas criaturas de la tierra. Pero como mi padre había señalado, los más populares estaban demasiado ocupados con miles de peticiones.

El secreto para que una oración surtiera efecto estaba en dirigirse a algún anciano patriarca olvidado desde hacía mil años, un viejo piadoso que esperara en vano, allá en el cielo, que un don nadie como yo solicitara algo de corazón. Además, sabía exactamente dónde encontrar a ese personaje noble y olvidado. En la biblioteca de la escuela, en las Vidas de santos.

Mientras la multitud se congregaba en la puerta de la iglesia, me separé de mi familia, crucé el campo de recreo y entré en la escuela. Subí las escaleras de puntillas hasta la biblioteca, que estaba en el primer piso. Encontré enseguida lo que quería, en el primer volumen de las Vidas.

Se llamaba San Esteban, obispo de Suecia. Había muerto en 1075. Su biografía decía: «Nada se sabe de su lugar de nacimiento, de sus padres ni de su vida anterior; en realidad, se sabe muy poco de él».

¡Diana! Un santo de tiempos remotos, un virtuoso varón abandonado y olvidado, un príncipe de Dios tan perdido en el pasado que ni siquiera había constancia de su lugar de nacimiento ni del de sus padres. Y aun así era un santo, y moraba en el cielo entre los grandes y famosos de la Iglesia. Hacía casi novecientos años que se había ido de este mundo, ¿y cuántos seres vivos le habían rezado? No muchos. Casi ninguno. Quizá ninguno en absoluto. Hasta que aparecí yo. Para mí, un tesoro. Querido San Esteban, obispo de Suecia, miembro de la comunidad de santos, perdido en el paraíso, esperando, con el pelo cano, un Rip Van Winkle con telarañas en las orejas, aguardando un grito de la tierra, una súplica, una oración invocando su ayuda.

Cerré el libro, maravillado e inspirado. Había contactado con la magia de la inmortalidad. Me sentía invencible, imperecedero, borracho de energía mística. En cuanto oyera las primeras sílabas, mi hombre del cielo se limpiaría el polvo de la barba y en su venerable rostro se dibujaría una luminosa sonrisa por el único ser humano del mundo que lo recordaba, un chico de Boulder, Colorado, EE. UU.

Lleno de embeleso, salí a toda prisa, me crecieron alas en los talones mientras bajaba las escaleras y rodeaba la iglesia para entrar por la puerta principal. Me arrodillé en uno de los bancos posteriores y me puse a rezar.

Recé como una llama, como una antorcha. Crepité. Silbé. Me consumí. Me dio la sensación de que mi vida cambiaba desde aquel momento, que había renacido y era otra persona. Apenas hizo falta hablar al obispo de la mina de oro de mi padre. Incluso antes de que se perfilara la idea, sabía que papá había hecho fortuna, una montaña de oro reluciente, y que éramos increíblemente ricos y poderosos, nos íbamos de nuestra vieja casa de ladrillo y vivíamos en un castillo de piedra blanca con torreones y almenas y una colección de criados: mayordomos, doncellas, cocineros, jardineros y chóferes.

Después de misa salí a la calle corriendo, para esperar a mi madre; estaba buscando su cara entre los fieles que salían, preguntándome si también ella habría sido alcanzada por la mano mística de San Esteban, cuando la vi con mis hermanos. Se me acercó con su angustiada expresión de siempre y mirándome con seriedad me preguntó:

—¿Te pasa algo?

Le dije que estaba bien y nos fuimos. La llama se apagó rápidamente y la magia desapareció. La gente que me rodeaba era demasiado real, demasiado terrenal, mujeres gordas del brazo del cónyuge, ancianas de rostro arrugado y piernas débiles, niños que gritaban y daban empujones, y barro de la lluvia de la noche pasada.

Pero el castillo y el oro de mi padre… ¿también eran ilusiones? Corrí a casa. Corrí por la calle Doce, crucé las vías y el puente. Al oeste se veían las piedras rojas y desnudas de las faldas montañosas, cruelmente cortadas por las últimas carreteras y excavaciones. Nada había cambiado. El mundo, nuestra casa, seguía igual. Me senté con cansancio en el último escalón del porche.

8

Al día siguiente por la mañana, a la hora del desayuno, mi padre no se comportaba ciertamente como un hombre que se hubiera hecho rico. Sus ojos eran como uvas aplastadas, el vino le había abotargado el rostro y tenía muy poco que decir.

—¿Has traído algo de oro a casa?—preguntó Frederick.

—No.

—¿No somos ricos ya? —preguntó Clara.—No.

—Quizá cavaste donde no debías —dijo mamá.

—Quizá.

—¿Seguimos rezando? —preguntó Clara.

—Es lo mínimo que podríais hacer.

El fin de semana siguiente Frank y él se fueron a cavar de nuevo. Salieron el sábado por la tarde con la caja de provisiones, mantas y botellas de vino. Regresaron el domingo por la noche, Frank detuvo el camión junto a la acera y papá avanzó tambaleándose hacia la casa, con la ropa manchada de barro rojizo y tan agotado que mamá tuvo que desnudarlo y meterlo en la cama. Apestaba a vino.

A partir de entonces fue un rito semanal. Con el fin del verano olvidamos las fantasías del oro y volvimos a nuestra confortable pobreza, animada ocasionalmente por alguna trucha que papá traía de las montañas, o setas, o fresas silvestres.

Una vez nos sorprendió con un saco lleno de piedras amarillas del tamaño de las pelotas de béisbol, relucientes trozos de cuarzo ambarino cruzado por rayas negras.

Sobrecogidos, sostuvimos las piedras en las manos. Pesaban mucho. Parecían de un valor incalculable.

—¡Oro! —dijo Frederick.

—Hierro —dijo papá.

—¿Cuánto vale?

—Nada.

—¿Ni cinco centavos?

—Ni siquiera uno.

En un arranque de generosidad, le dimos todo el saco de pedruscos a nuestra hermana, que se lo llevó arrastrando a un rincón de la cocina y se perdió en sus fantasías.

Mi madre estaba ya preocupada. Sus desastrosas predicciones sobre la mina se estaban haciendo realidad. Mi padre estaba cansado y de mal humor, y gruñía por todo. Mi madre culpaba a Frank Gagliano y veía la mina como un agujero satánico de la montaña adonde un malvado ateo había arrastrado a un buen cristiano para embotarle el cerebro con vino, y aunque en ningún momento lo mencionó, yo sabía que sospechaba que se llevaban mujeres al lugar. Sacudía las mantas sucias que traía papá y las olisqueaba con asco, sujetándolas con el brazo estirado, como si fueran gatos muertos, mientras las metía en la pila de lavar la ropa. Eran pura mugre, manchadas de vino, húmedas y malolientes.

—La próxima semana irás con ellos—dijo.

Me negué.

—Tengo derecho a saber qué sucede allá arriba —insistió.

—Dos albañiles que empinan el codo…, eso es lo que sucede.

—Es igual, irás.

—Eso lo decidirá papá.

Mi padre no quiso ni oír hablar del asunto.

—Te has vuelto loca. Esa mina no es lugar para un muchacho. Es peligrosa.

—¿Qué tiene de peligrosa?

—Serpientes de cascabel, desprendimientos de piedras. Podría romperse una pierna. Es un lugar agreste.

Mi madre rió con una mueca.

—¡Qué peligroso ni qué narices! ¿Y si me llevas a mí?

—No es lugar para mujeres y niños.

—¡Te lo vas a llevar!

Papá me miró con cara de súplica.

—¿Quieres subir allí arriba y cavar en aquel estercolero, y agotarte por completo, y que te duelan todos los huesos? ¿Es eso lo que quieres? ¿Quieres que te duela la espalda de tanto darle al pico y a la pala, que te caigan piedras encima, resbalar en el barro, que te salgan callos por trabajar catorce o quince horas, y llegar a casa con las manos vacías? ¿Es eso lo que quieres?

—Noooo —dije.

—No quiere ir —dijo papá.

—Irá y se acabó.

La noticia no alegró a Frank Gagliano precisamente. Al día siguiente, estando en la obra, me asió por el codo y me llevó hasta el montón de maderos.

Sus ojos eran fríos y vidriosos.

—¿Por qué no apartas el hocico de los asuntos ajenos? —dijo.

—¿De qué hablas?

—La mina Diablo Rojo no es lugar para un mocoso.

—¿A quién llamas mocoso?

—¿Por qué no nos dejas en paz? ¿No es suficiente que tu padre te dé de comer y te compre zapatos, y que encima tenga que perder el fin de semana cuidando de un golfo?

—No me hables así. No eres mi padre.

Cortó el aire con la palma abierta.

—Ya me gustaría.

Si hubiera tenido valor le habría dado un puntapié.

—Pues por decirme eso voy a ir con vosotros el domingo. ¡No iba a ir, pero ahora sí!

9

La mina estaba a kilómetro y medio de la salida de Boulder Canyon Road, un acceso con una curva tan cerrada que el oscilante camión de Gagliano apenas podía maniobrar. Sólo estaba a veintiocho kilómetros de la ciudad y todo era cuesta arriba; se tardaba más de una hora en subir, pues el Reo iba en primera, con el radiador silbando y escupiendo un chorro de vapor blanco en el aire frío de la montaña. Yo iba tiritando en la parte de atrás, dando saltos entre cañerías, maderas, latas de pintura y herramientas. Cuando los coches querían adelantarnos, tocando el claxon, Frank les daba paso a regañadientes, sacaba el brazo, estiraba el dedo corazón, y gritaba:

—¡Para tu culo!

El cielo estaba gris y aún había ventisqueros de nieve sucia en las paredes del cañón. Frank y papá iban abrigados en la cabina, pasándose la botella de vino y fumando puros. Cuanto más bebían, más despacio iba el camión.

Después de la salida, la carretera descendía bruscamente y se transformaba en un camino de tierra lleno de baches. Cada vez que las sólidas ruedas traseras caían en ellos, yo saltaba en el aire junto con las cañerías, las maderas y las latas de pintura, y tras cada tumbo los bebedores miraban por la ventanilla trasera y se reían. En los ojillos rojos de Frank destellaba una lucecita de venganza, pues no le hacía gracia mi presencia.

El camino terminaba junto a un riachuelo. Frank apagó el motor y un silencio místico inundó el desfiladero. Bajé de un salto y los pies me dolieron de frío cuando llegué al suelo. Era un lugar solitario y desolado, con arbustos y sauces en ambas orillas del riachuelo, croar de ranas, neblinosos bosques de pinos y abetos que se extendían hacia arriba y a lo lejos, suspirando, respirando profundamente, como si durmieran.

Los hombres se pusieron al hombro las cajas de víveres y recorrimos un centenar de metros por un sendero paralelo al riachuelo hasta que llegamos a un claro donde había una cabaña, una choza con un techo de hojalata y una puerta de hojalata que estaba abierta de par en par. Había una sola ventana con cuatro paneles, dos cubiertos por sendos cartones.

Coronándolo todo había un rótulo en el tejado, encima de la puerta. En una tabla de conglomerado habían pintado un diablo rojo y negro, con cuernos, pezuñas y una ondulante cola terminada en punta de flecha. Tenía los ojos rasgados y sonreía con la boca torcida. Debajo ponía:

MINA DIABLO ROJO S. A.

PROPS. VICO STEFFANINI Y

FRANK GAGLIANO.

—Pero si es el diablo —dije.

Frank levantó los ojos hacia él, complacido.

—Es mi diablillo. Mi compadre.

Seguí mirando. Nadie exhibe un diablo. No sobre la puerta principal de tu casa. Era una temeridad. Daba miedo. Era una locura.

—Idea de Frank —dijo mi padre con aire culpable—. No significa nada.

Quizá no, pero cuando volví a mirarlo, parecía el rey de la montaña y un antiguo habitante de aquellas tierras. Seguí a mi padre al interior de la cabaña.

El hedor casi me tiró de espaldas al entrar. No era un simple olor animal, sino olor humano, a sudor, a orina, a gases intestinales, a colchones mohosos y mugre de cocinar. Tardé un momento en acostumbrar los ojos a la oscuridad. Sólo había una habitación y era un basurero. El suelo era de tierra apisonada, sin la menor cobertura de madera. Olía a parmesano rancio. Las camas eran colchones desnudos encima de unas tablas en contacto con el húmedo suelo. En el centro había una estufa de leña con una chimenea que atravesaba el techo. Vi un viejo sofá con las tripas colgando y un par de sillas cojas. La mesa estaba abarrotada de platos sucios.

Creía en el desorden y en la miseria, pues allí estaban, y sabía que la gente a veces se veía obligada a vivir en lugares como aquél. Pero ¿mi viejo, mi propio padre? Dejó la caja de provisiones en el suelo y se puso de rodillas delante de la estufa. Parecía feliz, con una colilla de puro entre los dientes mientras canturreaba y metía astillas en el fogón. Era un hombre pobre, sin duda, pero yo lo conocía como un pobre limpio, siempre pulcro, incluso atildado con las pocas prendas que poseía. Le gustaba llevar las camisas bien planchadas, e incluso había que tener cuidado con la raya de sus pantalones de faena. Si algo exigía en nuestra casa era orden y aseo. Las chaquetas, abrigos y jerséis tenían que estar colgados, y las cosas en su sitio. Y allí estaba ahora, de rodillas en medio de toda aquella miseria, tan feliz como una rata en una alcantarilla.

Frank encendió una lámpara de queroseno y la oscura cabaña se iluminó de un débil resplandor ambarino. Aunque era media tarde, el sol ya se había puesto por el otro lado de la montaña y el desfiladero estaba medio a oscuras.

—Muy bien, muchacho —dijo Frank—. Querías venir y ahora tendrás que ganarte el alojamiento. Sal y trae leña.

Salí y entré cuatro veces, amontonando la leña al lado de la estufa. Apoltronado en el desvencijado sofá, con los pies junto a la estufa, que se había puesto roja por el calor, Frank y mi padre se prepararon para un largo asedio con la botella de tinto. Se la pasaban una y otra vez, y el licor les chorreaba por la garganta. Empezó a hacer un calor sofocante. Al cabo de un rato, mi padre se dio la vuelta y pareció sorprendido al verme sentado en una silla, aburrido, observando la desaparición del vino.

—¿Por qué no vas a jugar fuera? —dijo.

—¿Jugar? ¿Jugar a qué?

—A indios y vaqueros —dijo Frank.

—Vaya mierda —dije.

—Eh, eh, cuida esa lengua —dijo papá.

—¿Dónde está la mina? —pregunté.

—¿Mina? —dijo Frank—. ¿Qué mina? Mi padre se echó a reír. Frank también. Los dos sudaban. Rieron hasta que se les saltaron las lágrimas. Yo los miraba malhumorado, hasta que se apagó la última carcajada. Papá se secó los ojos con los nudillos.

—¿Te refieres a la mina de oro? —dijo. Volvieron a reírse a carcajadas; se revolcaban en el sofá, se golpeaban las rodillas, aullaban histéricos sobre el hombro del otro, se atragantaban, escupían vino mientras pasaba el ataque.

—Hijito —dijo mi padre (nunca me había llamado así)—, encontrarás la mina río arriba. Sólo tienes que seguir el camino.

Me levanté.

—Estás borracho —dije con acritud—. ¡Estáis borrachos los dos!

Otra vez se pusieron a aullar como coyotes y salí corriendo hacia el camino del río. Al poco rato estaba en la mina.

La entrada al pozo estaba tapada por tablas sueltas, podridas y devoradas por la carcoma. Me escurrí por un hueco y entré en la fría y húmeda excavación. La escena no impresionó al hijo y heredero del propietario. El pozo no tenía más de cinco metros de longitud. El fangoso suelo estaba sembrado de picos y palas oxidados, desechados hacía tiempo y tan podridos que el mango de una pala se deshizo como una seta cuando lo pisé. El techo y las paredes rezumaban y en algún lugar oscuro e invisible percibí el alegre murmullo del agua corriente. Aquello no era una mina, era un manantial en la ladera de una montaña. No me extrañaba que se la hubieran dado gratis a mi padre. Tampoco que Frank y él no encontraran oro. Ni que rieran y bebieran como pazguatos. Pues el chiste era a su costa. Con un filón semejante, ¿qué otra cosa podían hacer?

10

Volví a la cabaña. Por la chimenea salían nubes de humo blanco que se elevaban entre los árboles, llenando el desfiladero de fragancia de pino. Oí el ronroneo de un motor en la carretera. Pensé que a lo mejor era el Marmon del Rápido y corrí a saludarle.

Era un viejo Cadillac negro con una mujer al volante que aparcó al lado del camión de Frank. Parecía tener unos cuarenta años, de pelo oscuro y llevaba un pañuelo rojo en la cabeza y alrededor del cuello y con las puntas colgándole hasta el regazo. Bajó del coche y vi que era alta, ancha de caderas y de pechos generosos, vestida con falda y blusa verdes. Tras recoger el abrigo y el bolso, cerró la puertezuela de un golpe y se dirigió a la cabaña. Sonrió al verme.

—Debes de ser el chico de Nick —dijo.

—Es mi padre.

Miró al cielo.

—¿Qué hora es?

—Cerca de las cuatro.

—¿De la tarde o de la madrugada?

—Sonrió, con la ancha boca embadurnada de pintalabios—. Joder,

me tomaría una copa.

—La cabaña está llena.

Hizo una mueca.

—Tintorro italiano. Me da diarrea.

Pasó por mi lado, contoneándose con los altos tacones. Cuando desapareció, hice una excursión alrededor de su coche. Estaba hecho cisco, la tapicería raída y quemada en varios lugares, y los cables de debajo del salpicadero colgaban como espaguetis cocidos. El cuentakilómetros indicaba 156 000 kilómetros. Según la cédula de Tráfico, el Cadillac estaba registrado a nombre de Rhoda Pruitt de Slocum, una población minera al este de Boulder. Era la típica mujer que le gustaba a Frank Gagliano.

Cuando volví a la cabaña no estaba allí. Tampoco vi a mi padre. Frank estaba sentado a la mesa, bebiendo vino y comiendo pan con queso.

—¿Qué le ha pasado a la señora?

—¿Qué señora?

—Rhoda Pruitt.

—Ah, ésa.

—¿Dónde está mi padre?

—Le está enseñando el lugar. Está interesada en comprarlo.

—No sabía que estuviera en venta.

—Eso depende.

Fui hacia la puerta.

—¿Adónde vas?

—A buscarlos.

—¿Por qué?

—Por ninguna razón especial.

—Siéntate. Toma un poco de requesón.

—Me da asco el requesón.

—Pues come salami.

—No tengo hambre.

—Siéntate, gamberro. No vayas a fastidiar el trabajo.

—¿Qué trabajo?

—Tu padre ha llevado a la señora Pruitt a inspeccionar la zona. No metas las narices.

Tenía una forma especial de enfurecerme y era aquélla. Abrí la puerta de golpe y salí. Si mi padre estaba en gira de inspección, tenía que estar en la mina. Eché a andar hacia allí.

Sentada en una piedra de la boca de la mina estaba Rhoda Pruitt, con los zapatos en el regazo y masajeándose los pies enfundados en medias. Mi padre no estaba a la vista.

—Ah, hola —dijo Rhoda.

—Hola, ¿está mi padre por aquí?

—¿Por aquí? Me parece que no.

Entré en el pozo.

—No está ahí —añadió.

De todas formas, escruté el interior y volví junto a ella.

—¿Por dónde se ha ido?

—¿Has mirado en la cabaña?

—Precisamente vengo de allí. Frank dijo que estaba con usted.

—No está aquí.

No me miraba al hablar y de repente supe que mi padre andaba cerca. Casi podía olerlo detrás de uno de los árboles, o tras el montón de piedras del otro lado de la bocamina, o escondido tras el frondoso manzano.

—¡Papá! —grité—. ¡Eh, papá! ¿Dónde estás?

El eco repitió las palabras en el desfiladero. Luego silencio.

—¿Ves? —dijo Rhoda, poniéndose los zapatos. El rostro se le contrajo de dolor cuando se puso en pie—. No tengas nunca juanetes —añadió. Entonces se puso rígida, acuciada por un inesperado y misterioso dolor, y se apretó el trasero con la mano—. Ni hemorroides.

Yo quería meterme entre la maleza para espantar a mi viejo, pero la mujer parecía tan desamparada y gastada como su viejo Cadillac, y yo no soportaba estar a su lado. Volví a la cabaña. Frank estaba sentado en la puerta.

—Eh, ¿qué está pasando aquí? —dije.

—¿No lo has encontrado?

—Se está escondiendo. Sé que se esconde.

—Estás loco. Acaba de estar aquí.

—¿Aquí? ¿Cuánto hace de eso?

—Acaba de irse.

—No me lo creo.

—Peor para ti.

—¿Adónde ha ido?

—A pescar.

—¡A pescar! ¿Para qué?

—Para coger peces, imbécil.

—Pero qué mierda. Ya estamos otra vez. Más mentiras de ateo.

Se encogió de hombros y mató un mosquito que tenía en el brazo.

—¿Qué son hemorroides? —pregunté.

No quiso decírmelo.

—¿Para qué? Dirías que era otra mentira de ateo.

—Está bien, lo siento. Dime adónde ha ido.

—Río abajo.

Era otra mentira, tenía que serlo, pero tenía que moverme porque sabía que estaban jugando conmigo, tenía que seguir dando vueltas, porque no servía de nada quedarse allí pensando en el asunto, así que troté por la orilla del río, sabiendo que era una búsqueda inútil, metiéndome en el agua de todos modos, con hordas de pececillos nadando en todas direcciones cuando me presentían, y las ranas saltando para ponerse a cubierto. El sol ya estaba en la pared occidental del desfiladero y la oscuridad empezaba a envolverlo todo.

Oí algo y me detuve. Un motor poniéndose en marcha, el Cadillac de Rhoda. Crucé la maleza para atajar y llegar antes al camino. Cuando llegué al claro, el Cadillac había dado marcha atrás y se movía en medio de una nube de polvo. Conducía Rhoda y estaba seguro de que el hombre que iba a su lado era mi padre. Salieron disparados al frente, por el estrecho camino de tierra, dando botes en los baches y salientes, camino de la autopista.

Deshecho y asqueado, me desplomé en el suelo. Era una conspiración. Toda la tarde me habían estado engañando, enviándome en diferentes direcciones. ¿Por qué? ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué estaba allí aquella mujer? Les eché la culpa a ella y a Gagliano. Planeaban algo contra mi padre y me querían fuera de su camino. A lo mejor planeaban quitarlo de en medio. A lo mejor habían encontrado una veta de oro y temían que yo lo descubriera.

Muy bien, pues no iban a salirse con la suya. Tenía que haber una confrontación. Me puse en pie y fui a la cabaña. Caía la noche. ¡Las cartas sobre la mesa, Gagliano! ¿Cuál es tu juego, ateo? ¡Dime la verdad!

Abrí la puerta de un puntapié y me llevé una sorpresa.

Mi padre estaba sentado, bebiendo vino.

—¿Te has criado en una cuadra?

Cerré la puerta con cuidado.

—¿Dónde has estado? —añadió.

—Buscándote —dije—. ¿Dónde has estado tú?

—Aquí mismo.

—¿Todo el rato?

—Todo el rato.

—¿No me has oído llamarte?

—¿Cuándo?

Era inútil hacer más preguntas. Me senté y me sirvió un poco de vino.

—Come algo —dijo, empujando el pan y el queso por encima de la mesa.

—¿Qué son las hemorroides?

Me lo dijo y tuve que apartar la comida.

—Eres demasiado joven para tener hemorroides.

—Yo no. La mujer.

—Ella se ha buscado sus problemas.

Se aplicó un poco de vino en las mejillas, con expresión pensativa. Sus ojos parecían inyectados en sangre.

—Tu madre es una mujer maravillosa —dijo.

Me limité a mirarlo.

—La mejor mujer del mundo —añadió.

Se puso en pie tambaleándose, se dirigió pesadamente hacia la puerta y salió. Lo seguí hasta el umbral. Se sentó en un tronco que había unos metros más allá, hablando consigo mismo.

—Un ángel —decía.

Aunque el anochecer aún era tibio, eché un poco de leña a la estufa y me recosté en el sofá. Apoyado en el codo, miré a mi padre a través de la puerta abierta. Era como una estatua, con la barbilla apoyada en ambas manos. Había enmudecido, pero más allá del silencio se oía el ruido de fondo, el croar de las ranas, el piar de los pájaros y el chirrido de los grillos, el zumbido de los insectos y el suspiro del viento entre los árboles. El fuego crepitaba y llenaba el techo de sombras agitadas y la cabaña de calor.

11

Tuve la sensación de que era medianoche cuando desperté. Alguien me había quitado los pantalones y los zapatos y me había tapado con una manta. La luna entraba a raudales por la ventana. El fuego de la estufa era un montón de cenizas. No había nadie en las dos camas. Estaba solo.

Me puse los zapatos y los pantalones y salí. La luna era un disco gigante. En el sector de la mina oí la cascada risa de borracho de Gagliano, luego la voz de Rhoda Pruitt, luego un rugido de mi padre. Me dije a mí mismo que no fuera, que me quedara en la cabaña, que los dejara en paz, pero no me escuché y la presencia del mal en aquellos andurriales me arrastró hacia el sendero, y corrí de puntillas, fascinado por la percepción del mal.

No me oyeron, ni siquiera oyeron los cañonazos de mi corazón, ni me vieron en el frenesí de la cópula compartida, gruñendo, succionando y agitando perezosamente brazos y piernas desnudos, enlazados como una bola de serpientes blancas enroscadas entre sí, cuerpos blanqueados por el claro de luna, revolcándose en la manta que los envolvía, arañando, jadeando, gruñendo. Entonces vi la cara de mi padre. Era la cara del diablo de la puerta. Di media vuelta y eché a correr.

Corrí a la cabaña. Tenía frío, tiritaba. Eché leña a la estufa. Sentía escalofríos, envuelto en una manta al lado del fuego, los dientes me castañeteaban. Entonces me entró sed, algo de beber, ¡el vino! Bebí sin parar. Tiritando, hambriento, muerto de hambre. Pero no el queso, el queso de las hemorroides, ni el pan.

Encontré la caja de los bocadillos que me había preparado mi madre y me los comí, y sabían bien, eran sabrosos y buenos, pero de todas formas tiritaba, con la manta sobre los hombros, el fuego quemándome la cara. Entonces descubrí la botella que había colado mi madre, envuelta en un paño, medio litro de agua bendita. Había escrito algo en ella, había escrito: «Agua bendita. Úsese en caso de necesidad».

Ahora lo sabía y obraría en consecuencia. Subí corriendo, con la botella de agua bendita, un tonto con agua bendita, lo sabía, sabía que era un tonto, pero no me importaba.

Tenían que darse cuenta de que me acercaba. Era justo que se enteraran, se lo merecían.

—¡Agua bendita! —grité.

—¡Agua bendita! —gritaba mientras corría.

—¡Agua bendita en camino!

—¡Aquí llega el agua bendita!

Entré corriendo en el pozo y allí estaban, todavía en el suelo, blancos, desnudos y petrificados, rígidos como cadáveres.

—¡Mirad el agua bendita! ¡Aquí llega el hombre del agua bendita! ¡Un remedio poderoso!

Agité la botella como un hisopo, regándolos con el agua, mojando sus blancos cuerpos muertos.

—¡Es agua bendita, amigos! ¡Un remedio poderoso! —Les arrojé agua a la cara, sobre el pecho y las partes peludas, para expulsar al diablo, para matar al diablo, para salvar a mi padre, para liberar a mi padre.

Corre, ahora corre, y corrí por el sendero, entre los árboles y junto al río. Desperté pájaros dormidos y salieron volando. Acallé a los grillos. Sembré silencio a mi paso, hasta que ya no pude correr más y me desplomé al pie de un árbol, ocultando el rostro, muerto de vergüenza.

Me encontró mi padre. Me levantó, me miró a la cara y dijo:

—¿Estás bien?

Me cogió de la mano y anduvimos en silencio hasta la cabaña. Oí vagamente que un coche se ponía en marcha y arrancaba. Mi padre sólo habló una vez.

—Todo irá bien —dijo.

Yo apretaba su ancha y callosa mano y era como la pezuña de un animal. Pero era mi padre y no podía haber hecho aquello, porque era mi padre y ciertas cosas eran imposibles.

Frank lo había hecho, Frank Gagliano, sentado en la cama, abotonándose la camisa. Fui hacia él, me lancé sobre él y le golpeé la cara con el puño, y él se limitó a mirarme. Me eché a llorar y le golpeé otro poco. Me acerqué llorando a la estufa, hurgué en la leña como un perro hasta que encontré un palo largo y golpeé a Frank con él. Vi manar sangre de su nariz y seguí golpeando. Le golpeé en los ojos, en las mejillas, en las orejas, le hice pequeños cortes, y él seguía sentado sin moverse, y finalmente dijo:

—Ya basta —y cogió el palo, lo rompió y lo echó a la estufa, y se limpió la sangre con la camisa.

Amanecía cuando volvimos a casa.

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