Historias del chico salvaje: ¨Mamá no me odia¨

Diego M. Rotondo

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“Sé que soy un chico bastante insoportable… y aunque no soy malo, a la hora de darme una paliza, ella no se anda con naderías… Mamá me adora, sí, me lo dice todo el tiempo; me asegura que si yo no existiera ella estaría muerta. Pero cuando se enoja… el instante que precede a ese chillido histérico que hace vibrar los vidrios de la casa y que ya conocen todos los vecinos, me hace temblar… Porque sé que después del grito viene el dolor… el dolor punzante de la rama que usa para azotarme. Siempre anda con esa rama, blandiéndola ágilmente, trazando zetas en el aire y cantando: «¡En su córcel, cuando sale la luna, aparece el bravo Zorro!…». Y eso lo hace cuando está de buen humor; ¡y canta muy bien!, deberían escucharla… Lo cierto es que cada vez que la veo con esa rama me arde la piel del culo. A diferencia de la mamá de Martín, que usa objetos más habituales para azotarlo, como cinturones, toallas mojadas o palos de escoba, mi mamá es de lo más ocurrente: si no tiene su rama me da latigazos con una antena de televisión… y a veces, cuando está especialmente irritable, me corre por la casa tratando de rociarme con insecticida… Por suerte casi siempre logro esquivarla. Aunque el otro día me sorprendió al dispararme con una gomera (resortera). Al darse cuenta de que yo era más rápido que ella, se tomó el tiempo para encontrar algo con lo que pudiese lastimarme sin tener que perseguirme por toda la casa. La vieja gomera que me había regalado mi abuelo Jaime era el arma perfecta. Y desde entonces, siempre que la saco de quicio, me dispara con ella. Afortunadamente tiene mala puntería, pero más de una vez alcanzó a darme un piedrazo en una pierna o en la espalda…”

El doctor termina de vendarme la herida del pecho y pregunta:

―¿Y cómo fue que pasó esto?

Una chica de unos 28 años con unas tetas enormes se halla sentada a un lado de mi camilla tomando nota de todo lo que digo. Es bastante bonita, tiene ojos grandes y curiosos, de un color raro, como mezcla de miel y menta. Lleva puestas unas gafas de pasta con vértices afilados. Qué suertudo debe ser su novio, seguro le puede tocar sus tetas todo el tiempo… Eso es lo malo de las chicas de mi grado, ninguna tiene tetas, parecen chicos.

―No sé… yo estaba bastante cargoso hoy, no paré de molestarla durante todo el almuerzo. Mamá estaba sentada frente a mí y me ignoraba, o al menos eso creía yo. Así que me puse más cargoso todavía. Sabía que ella intentaba escuchar algo que decían en el noticiero, por eso levanté la voz lo más que pude para fastidiarla. Pero no se enojó, se acercó a la tele y subió el volumen sin despegar los ojos de la pantalla… Entonces empecé a gritar más fuerte, y como eso tampoco dio resultado, empecé con los insultos… De a poco su cara se fue enrojeciendo, yo sabía que estaba echando leña al fuego, pero prefería que me pegase a que me ignorase; odio que me ignoren. Seguí insultándola y de repente… ¡tenía el cuchillo clavado en el pecho! ¡Ni siquiera me di cuenta de cómo pasó!… No sentí ningún dolor, ningún impacto, nada. Me quedé patitieso mirando cómo la hoja del tramontina vibraba en mi pecho…

―¿Y qué hizo tu mamá en ese momento? ―preguntó la tetona elevando sus ojos por encima del marco de sus gafas.

―¡Gritó!… ¡gritó como si fuese ella la que tenía el cuchillo clavado! Me despegó el tramontina del pecho y me trajo volando al hospital… Recién en ese momento comencé a sentir algo de dolor. Durante el viaje en taxi no paró de llorar y de pedirme perdón, diciendo que era una mala madre, una salvaje, que no me merecía, etc.

―¿Y vos que pensabas mientras ella te decía eso? ―inquirió la chica al mismo tiempo que suspiraba y sus pechos se expandían.

―Me dio bastante pena; le acaricié la cabeza y le dije que no se preocupe. No me gusta verla llorar, me hace sentir culpable…

La chica y el doctor se miraron. Era una mirada parecida a la que ponían mis padres cuando veían mi boletín de calificaciones.

―Listo campeón… ya estás como nuevo ―dijo el doctor―. Podés ponerte la camisa e ir con tu mami que está afuera preocupada.

―¡Guau! ―dije mirando la venda cruzando mi pecho― ¡Esta es mi primera puñalada!… ¿Me quedará cicatriz?

―Casi nada… ―respondió el doctor―. La hoja penetró apenas unos milímetros.

―¡Qué lástima!… Yo quiero tener cicatrices…

.

Mamá tuvo que quedarse un buen rato en la oficina de la tetona. Pensé que pretendían llevarla a la cárcel o algo por el estilo. Podía escuchar su llanto desde la sala de espera. Pobrecita. Y toda la culpa era mía. ¡Yo tenía que estar en esa oficina! ¡Yo tenía que ir a la cárcel!

.

Volvimos tarde a casa ese día. Mi papá estaba de viaje de negocios con su amante. Nunca se enteró lo de la cuchillada por suerte. Mi madre debió comparecer ante un juez de menores, contratar a un abogado y no sé cuántas mierdas burocráticas más. Yo tenía sólo 10 años, nadie me tomaba en serio cuando decía una y otra vez que la culpa no era de ella, que las palizas que me daba eran bien merecidas, y que de hecho, yo las disfrutaba… que en realidad yo buscaba que mi madre me pegase, y que con lo del cuchillo se había consagrado: había logrado que la admire aún más todavía.

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