Puntos de vista

Alberto Ernesto Feldman

punch

 

Desde las primeras horas del día, el hombre sentado en el gran escritorio, el mandamás  en su provincia, se estremece de rabia. Antiguo líder sindical y político, perseguido por todos los gobiernos de turno, había conocido muchas veces la cárcel por actuar en defensa de sus representados.

Sufrió en carne propia la injusticia, y al ser elegido  para un cargo de tanto poder, se prometió que lo usaría para evitar que otros la sufran.

Había tomado conocimiento esa misma mañana de las últimas novedades referentes al juicio a los integrantes de la poderosa banda de narcotraficantes y tratantes de blancas con conexiones en otras provincias, y los métodos que usaron durante años, para detectar, drogar y secuestrar a menores y jovencitas, amputándolas de sus familias y obligándolas a ejercer la prostitución, en medio de castigos que llevaron a algunas de ellas a la muerte. Su indignación no tenía límites.

Ya en su escritorio, llamó a su secretario y con voz ronca y el rostro desencajado, le ordenó traer los dos matutinos más importantes de la provincia, en los cuales escribían los artículos de fondo dos antiguos amigos de su juventud, con los que había compartido ideales, prisiones y parrandas, y se enfrascó en la lectura de los detalles más escabrosos del accionar de la banda de delincuentes, suministrados por los escasos testigos; dos mujeres que habían huido de sus captores y que, a pesar de estar aterrorizadas, se atrevieron valientemente a declarar.

Cuando leyó sobre la actitud de los abogados defensores de la banda, descalificándolas, y la tibia reacción de los fiscales, entre las risas de los acusados y la actitud tolerante del tribunal, más los rumores, que según los dos periodistas, corrían acerca de que los jueces no condenarían a nadie, dejó el diario, apretó los puños y golpeó el escritorio con violencia. Enrojeció de ira, al borde de un ataque de apoplejía. No creía posible que seres humanos en su sano juicio, pudieran llegar a esos extremos; esas cosas no podían pasar donde él mandaba.

A pesar de que la puerta de su despacho estaba cerrada, los empleados escucharon varias veces con toda claridad los puños golpeando con violencia sobre el escritorio y sus exclamaciones: ¡Qué hijos de puta!… ¡Qué malparidos! y el ruido de las hojas de diario al ser estrujadas, convertidas en pelotas y ser arrojadas violentamente al suelo.

Finalmente, sacó un pañuelo y mientras se secaba el sudor de la frente, tomó su celular y llamó al jefe de Policía, a quien había ordenado dirigir personalmente la investigación, y le gritó, pasando por alto el saludo:

– ¡Cacho!… ¿Qué está pasando con esos dos cagatintas que creen que pueden escribir lo que quieran?… ¡ocupate de ellos!…

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