Fábulas del crimen: ¨El bravo Pocapena¨

Diego M. Rotondo

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Madrid, año 1912. El Matador, Pepe Figueroa, de 31 años, sale a la arena y todos lo aclaman. Una lluvia de rosas rojas decora sus pasos. El público corea su nombre. Algunas señoritas se quitan el sujetador y se lo lanzan. Figueroa, haciendo una reverencia que aviva el griterío de sus admiradoras, se prepara para enfrentar a uno de los sementales más bravos que hayan existido; sabe que tal vez no sobreviva, no obstante, el respeto que gane esta tarde perdurará por siempre: su nombre se plasmará con laureles entre los nombres de los toreros más valientes de España. Y eso, la gloria, vale más que la muerte.

Pepe Figueroa es el segundo matador que se atreve a lidiar con un toro que tiene casi el doble de tamaño que los de su especie. El primero había sido Manolo Sierra, de 28 años, a quien el hercúleo semental, además de romperle ambas piernas, le destrozó el esfínter anal de una cornada, dejándole una grave rotura que lo obligó a llevar un ano artificial de por vida. Manolo fue laureado y se ganó un lugar de privilegio en la lista de los matadores más célebres de España. Lo mismo sucedió con el toro, al que le perdonaron la vida por su bravura y le obsequiaron un corral con vacas en celo.

Los organizadores del espectáculo han bautizado al toro: “Pocapena”, haciendo una obvia referencia a su cruel manera de embestir una y otra vez a su última víctima.   Algunos dicen que Pocapena morirá en manos de Figueroa, quien lo honrará dándole la estocada de gracia; otros dicen que será la última lidiada del matador, ya que el toro acabará con él. Para los representantes del torero no es conveniente que éste muera, por más gloria que esa muerte le otorgue. Figueroa es más valioso vivo, ya que para verlo torear siempre se agotan las entradas de la Plaza. Y esto no se debe solamente a que sea un hábil matador, sino, a su cara bonita, que enloquece a las miles de fanáticas que inundan las tribunas. Por eso, para que Figueroa salga airoso, drogarán al toro con un narcótico que embote sus reflejos.

Mientras el fornido animal espera que lo liberen, uno de los cuidadores lo inyecta en el abdomen. La corrida comienza y el bullicio del público se hace ensordecedor. Las compuertas se levantan y Pocapena sale a la arena corriendo como un demonio. El matador lo espera tranquilo, haciendo flamear el capote. Pocapena corre desbocado hacia Figueroa, que completa una magnífica verónica mientras hace reverencias a su público, que a coro grita: “¡Oleeeeee!”. Pero algo comienza a preocupar al torero, Pocapena se mueve más rápido de lo normal e intenta cornearlo una y otra vez sin mostrar señal de cansancio. Figueroa mira a su cuadrilla, sabe que algo no está bien. Aun así continúa lidiando con el toro, que tiene los ojos inyectados en sangre y raspa la arena con sus pezuñas delanteras. Figueroa duda, pero aun así lo desafía, toma la muleta, le hace un par de pases y se prepara para entrar a matar, en ese momento el animal se lanza hacia él como una locomotora. Figueroa consigue darle una estocada, pero pierde el equilibrio y cae de espaldas en la arena, el toro gira levantando el polvo y se abalanza sobre el torero, aplastándole el torso e incrustándole un asta en el ojo derecho, provocándole la muerte al instante.

El público queda silenciado ante el horror; las mujeres lloran y se cubren los ojos, los asistentes y banderilleros corren desesperados. Pocapena sigue hundiendo su cuerno dentro del cráneo destrozado de Figueroa, sus sesos anaranjados se dispersan en la arena. Los picadores entran cabalgando a toda velocidad para liquidar al semental, pero éste embiste a los caballos y los derrumba fácilmente. Nada parece poder contener a la bestia, que corre de un extremo a otro de la plaza intentando embestir cualquier cosa que se mueva, clavando sus cuernos una y otra vez contra los portones de madera. De repente, Pocapena se desploma, jadea unos instantes, y muere.

Los resultados de los estudios de la sangre del toro revelaron una gran cantidad de epinefrina (adrenalina sintética), la droga que aceleró su corazón, haciéndolo más veloz y agresivo, contrariamente a lo que pretendía el equipo de Figueroa.

Antes de la corrida, el cuidador de Pocapena había recibido la dosis de las propias manos de Hortensia Figueroa, la esposa del Matador, que era médica veterinaria e integraba el equipo de su marido. Por alguna razón la mujer había cambiado el contenido de la cánula.

Tras la confesión del cuidador, Óscar Márquez, quien se había asociado con la mujer del torero para drogar al animal, ambos fueron enjuiciados y condenados a prisión perpetua.

Los matadores de la talla de Figueroa poseían un seguro de vida millonario. Casi siempre las beneficiarias de ese seguro eran sus mujeres y sus hijos. Hacía tiempo que Hortensia pretendía deshacerse de Pepe para cobrar el seguro. Pocapena era su gran oportunidad. Un mes antes de la trágica corrida, Hortensia conoció al cuidador Óscar Márquez, a quien sedujo y logró convencer para que la ayudase con su despiadado plan.

El Matador Figueroa figura entre los diez mejores toreros que han existido en España. El enorme Pocapena fue embalsamado y actualmente está expuesto en el museo taurino de Madrid.

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