LOLA

Diego M. Rotondo

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A los 15 años besé a una chica de 12. No era que yo fuese un pervertido, es que ella me había mentido, me había dicho que tenía 13… Además, aparentaba la edad que decía tener, y tal vez un poco más. Aun así, pagué con sangre las consecuencias de liarme con una borrega.

Por el calor que hacía debía ser enero o febrero, creo que de 1989. Estábamos en medio de un “Asalto”. (En los 80s llamábamos Asaltos a los bailes que se realizaban en casas particulares). Ella se llamaba Lola y no era para nada bonita. Era alta, desgarbada y bastante tonta. Pero a mí me gustaba, tal vez por cómo me miraba, por cómo yo parecía gustarle a ella.

Ni mis dos amigos ni yo éramos bienvenidos en ese baile, entramos colados, de guapos, ya que sabíamos que los amigos de Lola nos la tenían jurada. No toleraban que nosotros, que éramos de otro barrio, revoloteáramos alrededor de sus chicas, y por eso estaban planeando darnos una paliza. Y a pesar de que llevábamos las de perder, porque sería una batalla de 7 contra 3, igual nos metimos en la fiesta. Nos gustaban las riñas, estábamos acostumbrados a pelear; no nos íbamos a dejar amedrentar por unos matones celosos.

El Asalto se organizó en la casa de los padres de Lola. No había mucha gente, eso hacía que nosotros estuviésemos más expuestos ante nuestros rivales. Podía olerse la hostilidad en el ambiente. Los cuchicheos y las miradas ensañadas comenzaron a hacerse cada vez más notables. A pesar de que no teníamos miedo, esa noche en particular yo no andaba con ganas de pelearme con nadie. Tal vez, porque me había llegado el rumor de que Lola gustaba de mí, y no quería perderme la oportunidad de apretar con ella. Así que junto a mis amigos, Pablo y Edgardo, hicimos un pacto: acordamos portarnos bien y no ceder a provocaciones innecesarias.

La hora de “Los Lentos” era la más esperada, sobre todo por los chicos, ya que era la única oportunidad que teníamos de besuquearnos con alguna chica. El proceso que llevaba al beso de lengua era simple: debíamos sacarlas a bailar, aferrarlas fuertemente de la cintura, y en un descuido, en un inocente movimiento de cabezas, aprovechar para rozar sus labios y acabar metiéndoles la lengua hasta la garganta.

¡Qué maravillosa época! Y aquella música, tan cautivadora, esos temas inolvidables: “Live to Tell”, “Toy Soldiers”, “Against all odds”, “A day without you”, “Careless Whisper”, “Still loving you”, “Waiting for a girl like you”, “Hurst to be in love”, “Is this love”, etc.

Como de costumbre Pablo fue el primero en romper el hielo y sacar a bailar a una chica. Yo le había advertido que no se atreviese a sacar a Lola, porque sería lo último que haría. Pablo se río ante mi amenaza, dijo que sólo yo podía tener tan mal gusto, y tenía razón. Edgardo se quedó en un rincón tomando una Coca, era bastante tímido y torpe con las chicas, además era muy feo el pobre. Los otros pibes se reunieron en la cocina, se hablaban al oído y no paraban de mirarnos de reojo. Estaban organizando nuestra masacre; así que antes de que arruinaran mis planes, me acerqué a Lola y la saqué a bailar. Lola sonrió estúpidamente y no tardó en enlazarse a mi cuello como una boa. Mi ego estaba por las nubes. El beso con Lola sería el dulce tentempié que me ayudaría a llenarme de valor para pelear.

Que justo yo, integrante del grupo enemigo, estuviese bailando abrazado con la dueña del baile, hizo enervar mucho a los del otro bando, quienes poco a poco comenzaron a dispersarse estratégicamente por el salón.

Comenzó a girar “Live to Tell”, de Madonna, mi canción favorita. Apreté la pelvis de Lola contra la mía y hundí mi nariz entre sus rizos. Lola se había rociado con una de esas colonias para niñas que vendían en las jugueterías, mezcla de chicle de frutillas, aceite y alcohol. En aquella época yo no podía pedir mucho más que eso, incluso a pesar de que solía perfumarme a lo grande con el Eau Sauvage que le robaba a mi padre. Si había alguien que olía bien en la fiesta, era yo.

Aparté mi cabeza del hombro de Lola, la miré fijamente a los ojos, intentando parecer romántico, y la besé. Lola movía los labios y la lengua exasperadamente, se notaba que era la primera vez que daba un beso de lengua; salivaba demasiado. Me llenó de baba hasta la barbilla, tuve que contener las arcadas para no terminar siendo el hazmerreír de mis amigos. Pablo, en cambio, estaba a pleno, y con una de las chicas más bonitas de la fiesta: Marilú, la rubiecita cheta del barrio, la de los padres forrados. Se besaban fogosamente, como si se conocieran de hacía tiempo; sus cabezas se movían en sincronía, pausadamente, amasando un beso perfecto. Los envidié profundamente, creo que hasta deseé que se murieran. Mientras que mi lengua buceaba sin tregua en la espesa baba de mi pareja, Pablo y Marilú hacían una demostración de cómo se debe dar un buen beso.

Al terminar la canción me fui con Lola a sentarnos en un sillón, pero sin ninguna intención de seguir besándola. Sólo pretendía provocar un poco más a nuestros enemigos. No obstante ella insistió con seguir babeándonos, yo cedí a sus deseos durante un rato, hasta que sucedió lo que tanto temía: la empujé hacia un lado y vomité copiosamente sobre sus piernas.

La música cesó repentinamente, las voces también. Un sombrío silencio invadió la sala. Había vomitado sobre la dueña de casa. Pude reconocer los restos de mi almuerzo y merienda chorreando de sus huesudas piernas. Lola comenzó a gritar y a insultarme. En un instante había pasado del deseo descontrolado al desprecio absoluto, algo típico en muchas mujeres que conocería en el futuro. Sus amigas se acercaron para ayudarla a limpiarse, Pablo y Edgardo me hicieron señas de que huyéramos rápidamente de ahí. Pero ya era tarde, los amigotes de Lola nos rodeaban y se daban puñetazos en el canto de las manos. No teníamos alternativa, debíamos pelear.

Todo sucedió rapidísimo, un diluvio de golpes cayéndome desde todas direcciones. Noté que tenía la cabeza de alguien atrapada debajo de mi rodilla al mismo tiempo que le propinaba un puñetazo tras otro; “¡soltalo, hijo de puta!”, me gritaban sus aliados. No sólo me pegaban los chicos, también lo hacían las chicas, incluida Lola, que gritaba desaforada mientras me arrancaba los pelos. Pablo y Edgardo se habían trenzado con otros tres, pero la peor parte me había tocado a mí, que tenía a cuatro tipos y a no sé cuántas chicas encima intentando lincharme.

La trifulca sólo duró un par de minutos, hasta que se encendieron todas las luces de la sala y aparecieron los padres de Lola. Les costó bastante despegar a su hija de mi cabeza. Su padre, un tipo grueso, de 1,85 metros de altura, me agarró del cogote y me levantó medio metro en el aire: “¡Te voy a reventar, degenerado!”, me dijo, como si se hubiera enterado que yo era tres años mayor que su hija. Sus dedos gordos y fuertes se sentían en mi cuello como tenazas. Por suerte para mí, la única persona normal en esa caterva de salvajes era la madre de Lola, una cuarentona bastante apetecible que se apiadó de mí y obligó a su marido a que me soltase, explicándole que podría ir a la cárcel por agredir a un menor de edad. Fue un recurso bastante efectivo, ya que el mastodonte me soltó enseguida y me empujó rumbo a la calle junto a mis dos amigos.

Mientras nos retirábamos de ahí, entre insultos y escupidas, Lola, aferrada a los barrotes de la verja, con sus piernas manchadas de vómito, no paraba de putearme por haberle arruinado la fiesta. Los insultos que salían de la boca de esa niña daban más miedo que las sangrientas amenazas de los varones.

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