El duque en sus dominios (II)

Truman Capote

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En aquel momento, en el Miyako, Brando tuvo la oportunidad de disfrutar de un regalo muy japonés: un emisario de la dirección del hotel, haciendo reverencias, radiante, y refregándose las manos, entró en la habitación y le dijo: «Ah, Missa Marron Brando…», y se quedó callado, sin poder decir nada dado lo embarazoso de su misión. Había ido a reclamar los paquetes conteniendo los dulces y los pastelillos de arroz de «regalo» que Brando ya había abierto y probado pródigamente. «¡Ah, Missa Marron Brando, es un error! Eran para otra habitación. ¡Disculpas! ¡Disculpas!». Riendo, Brando le entregó las cajas. Los ojos del emisario, al ver el saqueo que había sufrido su contenido, se pusieron graves, aunque siguió sonriendo; en realidad, su sonrisa se petrificó. Aquélla era una dificultad capaz de poner a prueba la justamente famosa amabilidad japonesa. «¡Ah!», suspiró, y un asomo de solución ablandó su sonrisa, «ya que le gustan tanto, debe quedarse con una caja». Le devolvió los pastelillos de arroz. «Y ellos (probablemente quería decir sus verdaderos destinatarios) recibirán la otra. Ahora, todo el mundo satisfecho».

Hizo muy bien al dejar los pastelillos de arroz, porque la cena se retrasaba. Cuando llegó, yo estaba contestando algunas preguntas que me había hecho Brando sobre un conocido mío, un joven norteamericano seguidor del budismo que durante cinco años había llevado una vida contemplativa, si no enteramente alejada del mundo, en un poblado dentro del recinto del templo Nishi-Honganji de Kioto. La idea de que una persona se hubiera retirado del mundo para llevar una existencia espiritual (y oriental, por añadidura), dio una expresión inmóvil, soñadora, al rostro de Brando. Escuchó con sorprendente atención lo que yo podía decirle acerca de la vida actual del joven, y se mostró intrigado, e incluso realmente apenado, porque no era un retiro completo, absoluto silencio, largas plegarias sobre rodillas doloridas. Por el contrario, detrás de los muros de Nishi-Honganji mi amigo budista ocupaba tres cómodos y soleados cuartos desbordantes de libros y de discos. Además de rezar sus oraciones y de cumplir con la ceremonia del té, podía perfectamente preparar un martini; tenía dos sirvientes y un Chevrolet que conducía a menudo para ir al cine. Había leído que Marlon Brando estaba en la ciudad y deseaba conocerle. Brando no se mostró complacido. Había sido tocada su vena puritana, que tiene bastante amplitud; en su concepción de lo que es la devoción no había cabida para un joven tan du monde como el que le acababa de describir.

—Es como hace unos días en el rodaje —dijo—. Estábamos trabajando en un templo, y uno de los monjes se acercó y me pidió una foto autografiada. ¿Para qué puede querer un monje mi firma? ¿Y mi foto?

Miró inquisitivamente los libros desparramados, gran cantidad de los cuales trataban de temas místicos. En su primera conferencia de prensa en Tokio les dijo a los reporteros que estaba contento de estar en el Japón nuevamente porque tendría oportunidad de «investigar la influencia del budismo en el pensamiento japonés, en tanto que factor cultural determinante». El material de lectura desplegado era prueba de que seguía este erudito, aunque oscuro, programa.

—Lo que me gustaría hacer —dijo de pronto—, sería conversar con alguien que sepa de estas cosas. Porque… —Pero la explicación fue pospuesta hasta que la criada, que justo en aquel momento se había deslizado en la habitación balanceando enormes fuentes, hubo terminado de poner todo sobre la mesa lacada y nosotros nos hubimos arrodillado sobre almohadones a ambos lados.

—Porque —dijo frotándose las manos con una pequeña toalla caliente, que es el prefacio de toda comida en el Japón— he considerado seriamente, he pensado muy seriamente acerca de… abandonarlo todo. ¿De qué sirve ser un actor de éxito, si uno no evoluciona hacia algo más? Está bien, he conseguido el éxito. Por fin soy aceptado, soy bienvenido en todas partes. Pero eso es todo, no hay nada más, ahí termina, no lleva a ninguna parte. Uno está sentado en un gran montón de pasteles, recibiendo… capas y capas de la crema con que los recubren. —Se frotó la barbilla con la toalla, como si se estuviera quitando el maquillaje—. El éxito excesivo puede arruinar, igual que el fracaso excesivo. —Bajando la vista, miró sin apetito la comida que la criada, sin dejar de reírse tontamente, servía en los platos—. Por supuesto —dijo como dudando, como si estuviera dándole vueltas a una moneda lentamente para estudiar qué cara parecía más brillante—, uno no puede ser un fracaso siempre. No y sobrevivir. ¡Van Gogh! Ése es un ejemplo de lo que puede suceder cuando una persona nunca recibe reconocimiento. Dejas de relacionarte con el mundo; la falta de reconocimiento te deja al margen. Pero supongo que el éxito hace lo mismo. ¿Sabe?, me costó mucho tiempo darme cuenta de que eso era yo: un gran éxito. Estaba tan absorto en mí mismo, en mis propios problemas, que nunca miraba a mi alrededor, ni me daba cuenta de nada. Solía caminar por Nueva York, kilómetros y kilómetros, caminaba por la calle de noche, y nunca veía nada. Nunca estaba seguro acerca de ser actor, no sabía si eso era lo que quería hacer; aún no lo sé. Luego, mientras trabajaba en Un tranvía…, y ya hacía dos meses que estaba en cartel, una noche, muy oscuramente, empecé a escuchar un rugido. Era como si hubiera estado dormido y me despertara sentado sobre ese montón de pasteles.

Antes de alcanzar esta endulzada altura, Brando había conocido las vicisitudes del joven sin relaciones, sin apoyo financiero, educado sólo a medias (no tiene certificado de estudios secundarios, ya que le expulsaron antes de la graduación de la Academia Militar Shattuck de Faribault, Minnesota, institución a la que se refiere como «el asilo»), que llega a Nueva York de una región rural, en su caso de Libertyville, Illinois. Durante sus primeros años en la ciudad había vivido solo en apartamentos amueblados o compartiendo pisos escasamente amueblados, fluctuando entre las clases de teatro y trabajos esporádicos, entre otros el de ascensorista.

Un amigo suyo, que le conoció en esa época anterior a los montones de pasteles, corrobora en parte el retrato sonámbulo que pinta Brando de sí. «En verdad, era un hombre pensativo», dijo su amigo. «Parecía tener un cuarto para esconderse dentro de sí mismo, y allí corría siempre, a lamentarse de sus desgracias, y para regodearse también con ellas, como un avaro con su oro. Pero no todo era dolor. Cuando quería, podía salir de su prisión. Se divertía como un niño, de una manera que no conocía impedimentos. En una ocasión estaba viviendo en una vieja casa de piedra marrón en la calle Cincuenta y dos, una zona donde abundan los clubs de jazz. Solía llenar bolsas de agua y subía al terrado para tirárselas a los tipos afectados que salían de los clubs. En la pared de su cuarto tenía un letrero que decía: “No vives si no sabes que estás vivo”. Sí, en aquel apartamento siempre pasaban cosas: Marlon tocaba el bongó o ponía discos, y había un montón de gente, muchachos del Actor’s Studio y vagabundos que había encontrado en la calle. Y podía ser una gran persona. El hombre menos oportunista que he conocido. Nunca trataba de congraciarse con los que hubieran podido hacer algo por él. Podría decirse que hacía lo imposible por evitarlos. Claro que, en parte, la clase de gente que le gustaba y la que no le gustaba eran producto de su inseguridad, de su sentimiento de inferioridad. Muy pocos de sus amigos eran iguales que él, tipos con quienes tendría que competir, ya me entiende lo que le quiero decir. La mayoría eran vagos, idólatras, personas que dependían de él de una manera u otra. Igual pasaba con las chicas con las que salía. Eran muchachas con aspecto de secretarias, vulgares y agradables, pero incapaces de atraer la atención de un enjambre de competidores». (Esta última preferencia de Brando se remontaba a su época de adolescente, o al menos eso decía su abuela. Según ella, «Marlon siempre elegía chicas bizcas».)

La criada sirvió sake en copas como dedales, y se retiró. Los connoisseurs de este pálido y mordiente vino de arroz dicen que pueden discernir variaciones en gusto y calidad en más de cincuenta marcas. Pero para el novicio todos los sakes parecen haber sido fermentados en el mismo tonel. Es un vino agradable al comienzo, que empalaga un poco después, y que no enturbia la cabeza a menos que uno tome litros, que es un hábito muy común entre muchos bons vivants del Japón. Brando ignoró el sake y atacó directamente el bistec. Era excelente. Los japoneses se enorgullecen justamente de la calidad de su carne. Lo demás no era tan bueno: ni los fideos, un plato muy popular en el Japón, ni la guarnición a base de guisantes, patatas y habas. Claro que el menú era bastante raro. Por lo general, es un error pedir comida occidental en el Japón, pero hay momentos en que a uno le vienen arcadas sólo de pensar en más pescado crudo, sukiyaki y arroz con algas, y, por mejor preparado y presentado que esté, el estómago poco acostumbrado se revuelve ante la perspectiva de caldo de anguila y abejas fritas, serpiente a la vinagreta y tentáculos de pulpo.

Mientras comíamos, Brando volvió a la posibilidad de renunciar a su posición como estrella de cine por las satisfacciones de una vida que «llevara a alguna parte». Decidió buscar un término medio.

—Bueno, cuando vuelva a Hollywood, voy a despedir a mi secretaria y me mudaré a una casa más pequeña —dijo. Suspiró, aliviado, como si ya se hubiera desprendido de viejos estorbos y entrara en una nueva situación, llena de sencillez. Entusiasmado con el encanto de su nueva vida, dijo—: No voy a tener cocinero ni criada. Sólo una mujer que venga a hacer la limpieza dos veces a la semana. Pero… —frunció el ceño y puso los ojos bizcos, como si algo nublara la felicidad que imaginaba—dondequiera que esté la casa, tendrá que tener una verja. Por las personas con lápices. Usted no sabe cómo es la gente con lápices. Necesito una verja para que no entren. Supongo que nada podré hacer con respecto al teléfono.

—¿Al teléfono?

—Está intervenido. Escuchan mis conversaciones.

—¿De veras? Y ¿quién lo ha intervenido?

Comió un poco de carne, dijo algo ininteligible. Parecía que no quería decirlo, y sin embargo estaba seguro de lo que decía.

—Cuando hablo con mis amigos, lo hacemos en francés. O en una jerga que hemos inventado.

De repente se oyeron sonidos a través del techo, provenientes de la habitación de arriba: pasos, voces amortiguadas que recordaban el ruido del agua corriendo por las cañerías.

—¡Chissst! —susurró Brando, escuchando atentamente y mirando hacia arriba, alerta—. Baje la voz, lo escuchan todo. —Parece que se refería a su compañero Red Buttons y su esposa, que ocupaban la suite de arriba—. Este lugar está hecho de papel —siguió diciendo en voz muy baja, con la expresión absorta de un niño perdido en un juego muy serio, lo que explicaba su inclinación por ocultar, el hecho de que mirara por encima del hombro, el código inventado para hablar por teléfono, facetas éstas de su personalidad que de vez en cuando hacen que su conversación adquiera una característica conspiratoria, como si estuviera discutiendo un tema subversivo en un ambiente político peligroso. Brando no dijo nada. Yo no dije nada. Ni tampoco el señor Buttons o su esposa, o, por lo menos, no dijeron nada inteligible.

Durante ese intervalo de silencio, mi anfitrión vio una carta enterrada entre los platos, y la leyó mientras comía, como si se tratara de su diario matinal. Después de un rato, acordándose de mí, observó:

—De un amigo mío. Está haciendo un documental, la vida de James Dean. Quiere que sea el narrador. A lo mejor lo hago. —Dejó a un lado la carta y se acercó el pastel de manzana, cubierto de helado de crema—. A lo mejor no. Siempre me entusiasmo por alguna cosa, pero no me dura más de siete minutos. Exactamente siete minutos. Ése es mi límite. Nunca sé ni siquiera por qué me levanto por la mañana. —Al terminar su pastel, observó el mío especulativamente, así que le pasé mi plato—. Pero voy a considerar, ciertamente, este proyecto sobre Dean. Podría ser importante.

James Dean, el joven actor cinematográfico muerto en un accidente automovilístico en 1955, fue promocionado durante su fulgurante carrera como un «rebelde sin causa», símbolo del muchacho estadounidense incomprendido, loco por los coches, que se enfrentaba a los pequeños problemas de la vida con los nervios a flor de piel, siempre dispuesto a saltar. Cuando murió, aún faltaba estrenar una costosa película en la que actuaba, Gigante, y los agentes de publicidad de la productora, tratando de contrapesar cualquier efecto negativo que pudiera tener su muerte sobre las perspectivas comerciales de su producto, tuvieron éxito en convertir su tragedia en algo «encantador», y, como irónica consecuencia, crearon una leyenda sobre Dean cuyo atractivo resultaba un tanto necrofílico. Aunque Brando tenía siete años más que Dean, y era más seguro desde el punto de vista profesional, los dos actores terminaron por ser asociados en la mente colectiva de los aficionados. Muchos críticos, al referirse a la primera película de Dean, Al este del Edén, subrayaron el parecido entre sus gestos como actor y los de Brando, que casi rayaba en el plagio. Y en la vida real Dean parecía practicar también la forma más sincera de lisonja: como Brando, corría por todas partes en motocicleta, tocaba el bongó, simulaba ser un tipo rufianesco, barbotaba una jerigonza intelectual, cultivaba una personalidad caprichosa, maniática, muy pintoresca para la prensa, que combinaba, con notoria habilidad, el muchacho malo con la esfinge sensible.

—No, Dean nunca fue amigo mío —dijo Brando en respuesta a una pregunta que pareció sorprenderle—. No es por eso por lo que estaría dispuesto a hacer de narrador. Apenas le conocí. Pero él tenía una obsesión conmigo. Cualquier cosa que yo hacía, él la hacía también. Siempre estaba tratando de acercarse a mí. Solía llamarme. —Brando levantó un teléfono imaginario y se lo llevó al oído con la sonrisa astuta de quien escucha la conversación de otros—. Yo escuchaba lo que dejaba en el contestador automático. Preguntaba por mí, quería que le contestara. Pero nunca hablé con él. Nunca le llamé. Cuando yo…

La escena se vio interrumpida por el teléfono verdadero, que sonaba.

—¿Sí? —dijo, levantando el auricular—. Soy yo. ¿De dónde? ¿Manila…? Bueno, no conozco a nadie en Manila. Dígale que no estoy. No, cuando por fin conocí a Dean —continuó, una vez colgó—, fue en una fiesta. Iba de un lado para otro, comportándose como un loco. Le hablé. Le llevé aparte y le pregunté si no sabía que estaba enfermo. Y que necesitaba ayuda. —El recuerdo provocó una versión intensificada de la expresión, muy habitual en Brando, de sabia comprensión—. Me escuchó. Ya sabía que estaba enfermo. Le di el nombre de un psicoanalista, y fue a visitarse. Y, por lo menos, su trabajo mejoró. Hacia el fin, creo que estaba empezando a encontrar su camino como actor. Pero esta glorificación de Dean está mal. Por eso creo que el documental podría ser importante. Para mostrar que no era un héroe, para mostrarle tal cual era, un chico perdido tratando de encontrarse. Habría que hacer eso, y a mí me gustaría hacerlo, quizá como una especie de expiación por algunos de mis propios pecados. Como por hacer ¡Salvaje! —Se refería a esa extraña película en que es presentado como el Führer de un grupo de delincuentes fascistas—. Pero ¿quién sabe? Mi límite son siete minutos.

Después de Dean, nos pusimos a hablar de otros actores, y le pregunté específicamente cuáles eran los que él respetaba. Pensó un rato. Aunque pareció estar a punto de nombrar algunos, pues sus labios empezaron a formar palabras, posiblemente quería pensarlo dos veces antes de decir nada. Le sugerí algunos candidatos: Lawrence Olivier, John Gielgud, Montgomery Clift, Gérard Philipe, Jean-Louis Barrault.

—Sí —dijo, animándose por fin—: Philipe es un buen actor. Barrault también. ¡Qué magnífica película fue Les énfants du paradis! Quizá la mejor película que existe. ¿Sabe?, ésa fue la única vez que me enamoré de una actriz, de alguien del mundo cinematográfico. Arletty me enloqueció. —El público de todo el mundo recuerda a la estrella parisiense Arletty por el encanto ingenioso y femenino que dio a la heroína de la célebre película de Barrault—. Quiero decir que me enamoré de verdad. Lo primero que hice la primera vez que fui a París, fue tratar de conocer a Arletty. Quería verla como quien visita un templo. La mujer ideal. —Dio un golpe sobre la mesa—. ¡Qué error, qué desilusión! Era una arpía.

La criada vino a quitar la mesa. En passant, le dio un golpecito fraternal a Brando en el hombro, para recompensarle, me pareció, por haber rebañado los platos hasta dejarlos tan resplandecientes. Volvió a tirarse sobre el piso, poniéndose una almohada bajo la cabeza.

—Spencer Tracy es la clase de actor que me gusta ver. La manera como se contiene, se contiene…, luego hace un movimiento rápido, dice lo que tiene que decir, luego vuelve a su impasibilidad. Tracy, Muni, Cary Grant. Saben lo que hacen. De ellos se puede aprender algo.

Brando empezó a mover los dedos en el aire, como si esperara que sus gestos describieran lo que no podía articular con precisión.

—Actuar es algo muy tenue —dijo—. Es algo frágil y tímido que un director sensible puede sacar de uno. En el rodaje de una película, el momento sensible llega con la tercera toma de la escena; entonces sólo necesitas que el director te susurre algo para hacerlo cristalizar. Gadge (el sobrenombre de Elia Kazan) puede hacerlo. Es maravilloso con los actores.

Supongo que otro actor habría entendido sin más lo que estaba diciendo Brando, pero yo encontraba difícil seguirle.

—Es algo que te sucede, dentro, en la tercera toma —dijo, poniendo un énfasis cuidadoso que no hizo que mi incomprensión disminuyera. Una de las escenas más memorables en que ha actuado Brando ocurre en la película La ley del silencio, dirigida por Kazan: es la escena en que Rod Steiger, su hermano miembro del hampa, lleva a Brando en coche y le confiesa que en realidad le está conduciendo a una trampa mortal. Le pregunté si podía usar ese episodio como ejemplo para explicarme su teoría del «momento sensible».

—Sí. Bueno, no. Bueno, vamos a ver. —Entornó los ojos, canturreó algo—. Ésa fue una escena con siete tomas, y no me gustó la manera como estaba escrita. Hubo muchas disensiones. Estaba harto de la película. Todas las escenas rodadas en exteriores fueron hechas en Nueva Jersey, en pleno invierno. Hacía un frío insufrible. Y yo tenía problemas en esa época. Con mujeres. Esa escena… Veamos… Hubo siete tomas porque Rod Steiger no podía dejar de llorar. Es uno de esos actores a los que les gusta llorar. La hicimos una y otra vez. Pero no me acuerdo exactamente cuándo ni cómo cristalizó. La primera vez que vi La ley del silencio en la sala de proyección, con Gadge, pensé que era tan horrible que me fui sin decirle nada.

El mes anterior, un amigo de Brando me había dicho: «Marlon siempre se vuelve contra lo que está filmando. Contra algún elemento de la película. Contra el director o el guión o alguien del reparto. No siempre debido a algo racional…, sólo porque parece tranquilizarle el estar insatisfecho y tiene que desfogarse con algo. Es parte de su manera de ser. Sayonara, por ejemplo. Apuesto cualquier cosa a que en algún momento va a tener algo en contra de la película. O de Logan, tal vez. Quizá contra el Japón, contra todo el país. Ahora ama al Japón. Pero con Marlon no se puede estar seguro porque cambia de un momento a otro».

—Me estaba preguntando —si podría mencionarle esta supuesta «manera de ser» a Brando, preguntarle si él la consideraba como una observación válida acerca de sí mismo.

Pero fue como si hubiera adivinado la pregunta.

—Debería mantener la boca cerrada—dijo—. Aquí, con respecto a Sayonara, les he dicho a algunas personas lo que siento verdaderamente. Pero nunca siento lo mismo durante dos días seguidos.

Eran las diez y media, y Murray llamó con puntualidad.

—Salí a cenar con las chicas —le dijo a Brando con una voz que salía con tanta fuerza del teléfono que incluso yo la podía oír, una voz que se superponía al ruido de un bar y música.

Evidentemente, no estaba en uno de los restaurantes tradicionales de Kioto, que son muy silenciosos, sino en un lugar donde los clientes no se quitaban los zapatos—. Ya estamos terminando. ¿Qué vamos a hacer? ¿Has acabado ya?

Brando me miró pensativamente, y yo miré mi chaqueta. Pero dijo:

—Seguimos hablando. Llámame dentro de una hora.

—Bueno…, está bien. Escucha. Miiko está aquí. Quiere saber si recibiste las flores que te envió.

Brando desvió la vista al encristalado porche-solario, en el que, sobre una mesa redonda de bambú, había un jarrón con ásteres.

—Sí. Dile que muchas gracias.

—Díselo tú. Está aquí al lado.

—¡No! ¡Eh, espera un momento! ¡Ésta no es la manera de hacerlo!

Pero su protesta llegó demasiado tarde. Murray ya había dejado el auricular y Brando repetía «¡Ésta no es la manera de hacerlo!», ruborizado e inquieto como un escolar.

La siguiente voz que emanó del aparato era la de la actriz principal de Sayonara, Miiko Taka. Le preguntó por su salud.

—Mejor, gracias. Comí una ostra en malas condiciones, eso fue todo. ¿Miiko…? ¡Miiko, qué encantadora has sido al mandarme las flores! ¡Son preciosas! Las estoy mirando en este momento. Las ásteres —continuó, como si tímidamente se arriesgara a decir un verso— son mis favoritas entre las flores.

Pasé al porche, para dejar que Brando y la señorita Taka continuaran su conversación en privado. Debajo de las ventanas, el jardín del hotel, con sus sencillísimos y muy cuidados arreglos de rocas y árboles, flotaba en la bruma que emana de los ríos de Kioto, una ciudad llena de agua, con ríos poco profundos que la cruzan y canales saltarines, punteada con estanques inmóviles como víboras enroscadas y pequeñas y alegres cataratas que suenan como japonesitas que ríen. Kioto fue antaño la capital imperial, y es actualmente el museo cultural del país, tan lleno de tesoros estéticos que los bombarderos norteamericanos la respetaron durante la guerra. Está rodeada de agua, además; más allá de las colinas que la circundan, los caminos corren sobre terraplenes a través de los reflejos plateados de los arrozales inundados. Aquella noche, a pesar de la bruma, las azules colinas circundantes eran discernibles contra la oscuridad, porque el aire superior era puro. Se veía el cielo, con estrellas, y el asomo de una luna. Se veían partes de la ciudad. Lo más próximo era un barrio de techos curvos, con aristocráticas casas de fachadas oscuras, construidas con maderas sedosas y sin embargo austeras, septentrionales, de aspecto tan secreto como cualquier palacio de piedra de Siena. ¡Cuán brillantes parecían, en contraste, los faroles de las calles y las linternas de los zaguanes, que proyectaban agudos colores como de kimonos: rosado y anaranjado, amarillo limón y rojo! Más lejos se extendía una llana zona moderna: amplias avenidas, neón, un rascacielos de cemento armado desnudo que parecía menos duradero, más perecedero, que las casas de papel agazapadas a su alrededor.

Brando terminó de hablar por teléfono. Acercándose al porche, me miró mientras yo admiraba la vista.

Dijo:—¿Ha estado en Nara? Es muy interesante.

Sí, había estado allí, y, desde luego, lo era. «La antigua Nara, la de los viejos tiempos», como la llaman siempre los cicerones locales, está a una hora de viaje de Kioto; es una ciudad de tarjeta postal, en medio de un parque espectacular. Constituye la apoteosis del genio que tienen los japoneses para hipnotizar a la naturaleza y hacerla comportarse de manera nada natural. El gran parque, salpicado de templos, es un salón verde en el que pastorean las ovejas y bajo los pinos vagabundean los mansos ciervos, unos ciervos que, como las palomas venecianas, posan de buen grado con las parejas de recién casados en viaje de novios. Los niños tiran de la barba a chivos que no toman represalias. Los ancianos, envueltos en capas negras con cuellos de visón, se sientan en cuclillas junto a estanques tachonados de lotos y llaman dando palmadas a cardúmenes de peces, carpas moteadas y escarlatas, gordas, gruesas como truchas, que dejan que les acaricien la boca y luego tragan las migas que esparcen los ancianos. Me pareció sorprendente que aquel Edén sin serpiente atrajera a Brando. Con su gusto liberal por lo remoto y lo no muy adornado, uno hubiera pensado que no reaccionaría ante un paisaje tan arreglado y domesticado. Luego, como si se refiriera a Nara, dijo:

—Bueno, me gustaría casarme. Quiero tener hijos.

Quizá no era, después de todo, un comentario incongruente. La amable seguridad de Nara podría haberle sugerido, por asociación de ideas, el matrimonio y la familia.

—Uno ha de tener amor —dijo—. No hay ninguna otra razón para vivir. Los hombres no se diferencian de los ratones. Nacen para realizar la misma función. Procrear.

(«Marlon», para citar a su amigo Elia Kazan, «es una de las personas más dulces que he conocido. Probablemente, la más dulce de todas». La observación de Kazan resultaba particularmente evidente cuando Brando estaba en compañía de niños. Para él, los miembros de la generación más joven del Japón, esos niños encantadores y vivaces de mejillas de cereza, piernas corvas y flequillos erizados, eran siempre bienvenidos en los lugares donde se rodaba Sayonara. Con los niños era bueno, estaba cómodo, jugaba con ellos, sabía apreciarlos; parecía, en realidad, contemporáneo suyo en el terreno de las emociones, un compañero conspirador. Además, aquella expresión condolida, aquella mirada llena de compasión caritativa que reservaba para la contemplación de algunas personas adultas, estaba ausente de su mirada cuando estaba frente a un niño)

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Tocando la ofrenda floral de la señorita Taka, continuó:

—¿Qué otra razón hay para vivir, excepto el amor? Ése ha sido mi problema principal. No he podido amar a nadie. —Regresó a la habitación iluminada, y se quedó allí como si buscara algo, ¿un cigarrillo? Tomó un paquete. Vacío. Se tocó los bolsillos y revisó las chaquetas desparramadas aquí y allá. El guardarropa de Brando ya no recuerda a las pandillas callejeras: en lo que a indumentaria se refiere, ha dado un salto adelante, o ha vuelto atrás, y ha adoptado el estilo elegante de otros proscritos, los gangsters de la época de la ley seca, es decir, sombreros negros, trajes a rayas y camisas de colores oscuros, estilo George Raft, con corbatas de tonos pastel. Encontró cigarrillos, y se tumbó sobre el futón a fumar. Tenía perlas de sudor sobre los labios. La estufa eléctrica hervía. La temperatura era tropical: allí se hubieran podido cultivar orquídeas. En el piso de arriba el señor Buttons y señora estaban haciendo ruido nuevamente, pero Brando parecía haber perdido interés en ellos. Estaba fumando, pensativo. Luego, tomando el hilo de su pensamiento, dijo—: No puedo amar a nadie. No puedo confiar en nadie como para entregarme por completo. Pero estoy preparado. Es algo que quiero. Y estoy a punto, tengo que… —Entornó los ojos, pero su tono, en lugar de ser intenso, era indiferente, aburridamente objetivo, como si estuviera discutiendo algún personaje en una obra, un papel que estaba cansado de representar pero que tenía la obligación de interpretar a causa de un contrato—. Porque…, bueno, ¿qué otra cosa queda? De eso se trata. De amar a alguien.

(En la época de nuestra entrevista, Brando era, por supuesto, soltero, aunque en varias ocasiones se había comprometido casi oficialmente, una vez con una actriz, que aspiraba a ser escritora, llamada Blossom Plumb, y otra vez, que había recibido mayor publicidad, con la señorita Josanne Mariani-Bérenger, hija de un pescador francés. En ninguno de los dos casos llegaron a publicarse las amonestaciones. Pero el mes pasado, en una ceremonia repentina y algo secreta llevada a cabo en Eagle Rock, California, Brando se casó con una actriz poco conocida, morena, que lucía un sari y que se llama a sí misma Anna Kashfi. Según las contradictorias informaciones de la prensa, o bien es budista, nacida en Daijeeling, india de pura cepa, o bien nació en Calcuta y es hija de una pareja inglesa de apellido O’Callaghan, que actualmente vive en Gales. Brando no ha hecho nada para aclarar el misterio)

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—De todos modos, tengo amigos. No. No, no los tengo —dijo, boxeando con una sombra—. Sí, claro que los tengo —decidió finalmente, secándose el sudor sobre el labio—. Tengo muchísimos amigos. Hay algunos a quienes no les oculto nada. Hay que confiar en alguien. Bueno, no completamente. No dependo de nadie que me diga lo que tengo que hacer.

Le pregunté si eso incluía a los consejeros profesionales. Por ejemplo, tenía entendido que Brando dependía mucho de los consejos de Jay Kanter, un joven que trabajaba en la Music Corporation of America, que es la agencia que le representa.

—Oh, Jay —dijo Brando—. Jay hace lo que yo le digo.

Sonó el teléfono. Debía de haber pasado una hora, porque era Murray de nuevo.

—Sí, seguimos hablando —dijo Brando—, mira, será mejor que yo te llame… Dentro de una hora, más o menos. ¿Vas a estar en tu cuarto…? Muy bien. Colgó, y dijo:

—Buen tipo. Quiere llegar a ser director, con el tiempo. Estaba diciendo algo. Estábamos hablando acerca de amigos. ¿Sabe cómo hago amigos yo? —Se inclinó hacia mí, como si tuviera un secreto divertido que comunicarme—. Procedo con mucho cuidado. Doy vueltas y vueltas. Doy vueltas. Luego, gradualmente, me acerco. Luego extiendo una mano y los toco, con mucho cuidado… —Extendió los dedos como antenas de insecto, y me rozó el brazo—. Luego —dijo, con un ojo a medio cerrar y el otro a la Rasputín, abierto mesméricamente, brillante—, me alejo. Espero un poco. Hago que se queden pensativos. Justo en el momento preciso, me vuelvo a acercar. Los toco. Doy vueltas. —Ahora su mano, ancha, de dedos romos, trazaba un círculo, como si tuviera una soga con la que rodeara a una presencia invisible—. No saben qué está pasando. Antes de que se den cuenta, están enredados, comprometidos. Los tengo. Y de pronto, en algún momento, soy todo lo que tienen. Muchos de ellos, sabe, son personas que no encajan en ninguna parte, nadie los acepta, han sido heridos, lisiados de una manera u otra. Pero yo quiero ayudarles, y ellos pueden concentrarse a mi alrededor. Yo soy el duque. Soy una especie de duque de mis dominios.

(Un antiguo habitante del ducado, al describir al señor y sus súbditos, ha dicho: «Es como si Marlon viviera en una casa cuyas puertas no se cierran nunca. Cuando vivía en Nueva York, la puerta de su casa siempre estaba abierta. Cualquiera podía entrar, aunque Marlon no estuviera, y todos lo hacían. Uno llegaba y había quince o veinte personas. Era extraño, porque no parecían conocerse entre sí. Estaban allí, simplemente; como si fuera una estación de autobuses. Había quienes dormían sobre una silla. Otros leían el diario. Una chica bailaba sola. O se pintaba las uñas de los pies. Un cómico ensayaba su número. En algún rincón, dos personas jugaban al ajedrez. Y sonaban tambores: ¡tantarán, tantarantán, rataplán! Pero nadie bebía nunca, y no pasaba nada fuera de lo común. De vez en cuando alguien decía: “Vamos a la esquina por un helado”. En todo esto, Marlon era el común denominador, el único vínculo. Deambulaba por la habitación llamando a alguno aparte y hablándole. No sé si se ha dado cuenta, pero Marlon no puede, o no quiere, hablar con dos personas a la vez. Nunca toma parte en una conversación de grupo. Siempre es un tête-à-tête, con una sola persona cada vez. Lo que es necesario, supongo, si usa las mismas artes para encandilar a todos. Pero aunque sepas que es eso lo que hace, no te importa. Porque cuando te toca el turno, Marlon te hace sentir que eres la única persona en el cuarto. En el mundo. Como si estuvieras bajo su protección y tus preocupaciones y tus estados de ánimo fueran de su incumbencia. No puedes menos que creerlo; no he conocido a nadie que irradie tanta sinceridad como él. Después es probable que te preguntes si finge. Pero, de ser así, ¿para qué? ¿Qué puedes darle? Nada, excepto afecto, y de eso se trata. Afecto, que le da autoridad sobre ti. A veces pienso que Marlon es como un huérfano que en una época posterior de su vida trata de compensar su condición convirtiéndose en cabeza bondadosa de un inmenso orfanato. Pero aun fuera de la institución quiere que todos le amen». Aunque existen muchos testigos que podrían contradecir esta opinión, el propio Brando, en cierta ocasión, le dijo a alguien que le entrevistaba: «Puedo entrar en una habitación donde hay cien personas, y si hay una sola que no me quiere, me doy cuenta, y siento la necesidad de irme». Como acotación, debemos agregar que dentro del grupo que señorea Brando, se le estima como padre intelectual a la vez que como hermano mayor, desde el punto de vista afectivo. La persona que probablemente lo conoce mejor que nadie, el comediante Wally Cox, dice que es «un filósofo creativo, un pensador muy profundo», y agrega: «Es una fuerza verdaderamente liberadora para sus amigos».)

Brando bostezó. Ya era la una menos cuarto. En menos de cinco horas tendría que estar en el lugar del rodaje, bañado, afeitado y desayunado, listo para que un maquillador le diera a su rostro el tinte mulato que exige el tecnicolor.

—Fumemos otro cigarrillo —dijo cuando me dispuse a ponerme la chaqueta.

—¿No cree que debería dormir?

—Eso quiere decir que luego hay que levantarse. La mayoría de las mañanas, no sé por qué lo hago. No puedo aguantarlo. —Miró el teléfono, como si recordara su promesa de llamar a Murray—. Por otra parte, tal vez trabaje luego. ¿Quiere algo de beber?

Fuera, las estrellas se habían oscurecido y lloviznaba, así que la idea de tomar un último trago me pareció agradable, especialmente porque tenía que regresar caminando a mi hotel, que quedaba a quince manzanas del Miyako.

Me serví un poco de vodka. Brando no se sirvió licor. Sin embargo, pasado un rato tomó mi vaso y bebió un sorbo, y después lo puso entre los dos.

—Mi madre. Se hizo añicos como si hubiera sido de porcelana —dijo de repente, sin que viniera a cuento, con un tono que expresaba profundo sentimiento.

A menudo les había oído decir a los amigos de Brando: «Marlon adoraba a su madre». Pero antes de 1947, y de la première de Un tranvía llamado deseo, pocos, o quizá ninguno, de los miembros del círculo del actor habían conocido a su padre o su madre. No sabían nada de su pasado, excepto lo que él les decía. «Marlon siempre daba una descripción muy pintoresca de la vida en su casa, allá en Illinois», me dijo uno de sus amigos. «Cuando nos enteramos de que su familia venía a Nueva York para el estreno de Un tranvía…, todos estábamos muy intrigados. No sabíamos qué esperar. La noche del estreno, Irene Selznick dio una gran fiesta en el Club 21. Marlon fue con sus padres. Bueno, es imposible imaginar a dos personas más atractivas. Altos, bien parecidos, encantadores. Lo que me impresionó, creo que sorprendió a todos, fue la actitud de Marlon hacia ellos. En su presencia, no era el muchacho que conocíamos. Era un hijo modelo. Comedido, respetuoso, muy cortés, considerado en todos los sentidos».

Brando nació en Omaha, estado de Nebraska, donde su padre era viajante de productos derivados de la cal. Era el tercer hijo, único varón, y pronto le llevaron a Libertyville, Illinois. Allí se establecieron los Brando, en una casa de las afueras que disponía del terreno suficiente para permitirles criar gallinas, gansos y conejos, tener un caballo, un gran danés, veintiocho gatos y una vaca. La tarea diaria de Bud, como entonces llamaban a Marlon, era ordeñar la vaca. Bud parece haber sido un muchacho extrovertido y competitivo. Cualquiera que se acercara a él se veía arrastrado a participar en algún concurso. ¿Quién puede comer más deprisa? ¿Quién puede permanecer más tiempo sin respirar? ¿Quién es capaz de contar el cuento más disparatado? Bud era rebelde, también. Pasara lo que pasase, se escapaba de casa todos los domingos. Pero él y sus dos hermanas, Frances y Jocelyn, tenían devoción por su madre. Muchos años después, Stella Adler, ex profesora de arte dramático de Brando, describió a la señora Brando, que murió en 1954, como «una criatura muy hermosa, celestial, un ser aniñado que vivía en otro mundo». Siempre, viviera donde viviese, la señora Brando había desempeñado papeles destacados en las producciones de las sociedades dramáticas locales, y siempre había deseado un mundo con más candilejas que el que podía proporcionarle el lugar en que vivía. Estos deseos inspiraron a sus hijos: Frances se dedicó a la pintura, Jocelyn, que ahora es actriz profesional, se interesó por el teatro. Bud también había heredado las inclinaciones teatrales de la madre, pero a los diecisiete años anunció que quería ser sacerdote. (Entonces, como ahora, Brando buscaba algo en que creer. Como uno de los discípulos de Brando dijo en cierta ocasión: «Necesita encontrar algo en la vida, algo dentro de sí que sea verdadero de forma permanente, y necesita dedicar su vida a ello. Para una personalidad tan intensa, nada inferior serviría».) Le convencieron que no siguiera el sacerdocio, luego le expulsaron del colegio y le declararon inútil para el servicio militar en 1942 por una lesión en la rodilla. Brando hizo las maletas y se fue a Nueva York, donde Bud, el adolescente rollizo, rubio y desgraciado, desaparece para dar lugar al hombre Marlon, un hombre de gran talento.

Brando no se ha olvidado de Bud. Cuando habla del muchacho que fue, éste parece vivir en él, como si el tiempo hubiera hecho poco para separar al hombre del chico herido y anhelante.

—A mi padre le era indiferente —dijo—. Nada que yo pudiera hacer le interesaba ni le agradaba. Ahora lo he aceptado. Ahora somos amigos. Nos llevamos bien. —Estos últimos diez años su padre se ha ocupado de sus asuntos financieros; además de Pennebaker Productions, compañía en la que Brando padre es un empleado, han estado asociados en diversas empresas, incluyendo una explotación agropecuaria en Nebraska, en la que Brando invirtió un gran porcentaje de sus primeras ganancias—. Pero mi madre lo era todo para mí. Todo el mundo. Solía llegar a casa del colegio… —Se interrumpió, como si esperara que yo lo imaginara: Bud, con los libros bajo el brazo, arrastrando los pies por la calle, al caer la tarde—. No había nadie en casa. Nada en la nevera. —Más diapositivas: cuartos vacíos, una cocina—. Entonces, sonaba el teléfono. Alguien que llamaba de algún bar. Y decía: «Tenemos a una señora aquí. Mejor que vengan a buscarla». —De repente, Brando se quedó en silencio. El cuadro se desvaneció, o, más bien, quedó fijo: Bud hablando por teléfono. Por fin la imagen volvió a cobrar movimiento, se adelantó en el tiempo. Bud tiene dieciocho años —: Pensaba que si me amaba lo suficiente, que si confiaba en mí lo suficiente, me decía, podríamos estar juntos, en Nueva York: podríamos vivir juntos y yo la cuidaría. Y al fin sucedió. Abandonó a mi padre y se vino a vivir conmigo. A Nueva York, donde yo estaba actuando. Lo intenté todo. Pero mi amor no era suficiente. A ella nada le importaba lo suficiente. Regresó. Y un día… —Su voz se volvió más monótona, pero el tono emotivo cobró intensidad hasta que podía discernirse, como un sonido dentro de otro sonido, una perplejidad herida—. Ya no me importaba. Ella estaba frente a mí. En un cuarto. Trataba de aferrarse a mí. Y la dejé caer. Porque ya no podía soportarlo más, ya no podía ver cómo se iba haciendo añicos, frente a mí, como si hubiera sido de porcelana. Pasé por encima de ella. Y me fui. Me era indiferente. Desde entonces, todo me ha sido indiferente.

Estaba sonando el teléfono. El ruido pareció sacarle de su adormecimiento. Miró a su alrededor, como si se acabara de despertar en un cuarto desconocido, luego sonrió torcidamente, después murmuró:

—Maldición, maldición —mientras acercaba la mano al teléfono—. Lo siento —le dijo a Murray—. Estaba a punto de llamarte… No, ahora se va. Pero dejémoslo correr por esta noche. Son casi las dos… Sí… Claro que sí. Mañana.

Mientras tanto, me había puesto la chaqueta y estaba esperando para despedirme. Me acompañó a la puerta, donde me puse los zapatos.

—Bueno, sayonara —me dijo en son de burla—. Dígales abajo que le pidan un taxi. —Luego, cuando yo ya estaba caminando por el pasillo, me dijo, en voz alta—: Y ¡oiga! No preste demasiada atención a lo que digo. Mis sentimientos son muy variables.

En cierto sentido, ésa no fue la última vez que le vi aquella noche. Abajo, el vestíbulo del Miyako estaba desierto. No había nadie en el mostrador, ni se veían taxis fuera. Incluso al mediodía, el complicado entramado de las calles de Kioto me ha jugado malas pasadas. Sin embargo, inicié la caminata bajo una llovizna que calaba hasta la médula, en lo que esperaba fuera la dirección correcta. Nunca había estado en la calle tan tarde. Era un contraste marcado con las horas centrales del día, cuando en los barrios que forman el núcleo de la ciudad, poblados por multitudes en fiesta permanente, se oye un ruido discordante parecido al del interior de un pachinko (un local donde hay máquinas tragaperras), o de las primeras horas de la noche, que son las más exóticas de Kioto, porque entonces, como flores nocturnas, los faroles enguirnaldan las calles secundarias y esplendorosas geishas, de rostros blancos como cerámica y pelucas laqueadas decoradas con campanillas de plata, se apresuran entre las sombras con su andar cimbreante y saltarín, dirigiéndose a orgías de un meticuloso buen gusto. Pero a las dos de la mañana estos seres exquisitos y grotescos han desaparecido, y los cabarets están cerrados. Sólo quedaban para hacerme compañía los gatos, los borrachos y las damas de vida alegre, los bultos como fardos de viejos mendigos en las puertas y algún andrajoso músico callejero que me seguía un trecho tocando música medieval con su flauta. Ya había andado un par de kilómetros cuando, por fin, una de las innumerables callejas me llevó a terreno familiar: el distrito de la calle principal, lleno de casas de apartamentos y cines. Fue entonces cuando volví a ver a Brando. De veinte metros de alto, con una cabeza tan grande como la del mayor de los Budas, allí estaba, en colores de revista infantil, sobre un cartel de cine que anunciaba La casa de té de la luna de agosto.  Bastante parecida a la de un Buda, también, era su pose, porque estaba en cuclillas, y había una sonrisa serena en el rostro que brillaba gracias a la lluvia y a la luz de un farol de la calle. Una deidad, sí. Pero más que eso, en realidad: simplemente, un hombre joven sentado sobre un montón de pasteles.

(1956)

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