Historias del chico salvaje: ¨La más linda del grado¨

Diego M. Rotondo

berney-school-1st-grade-class-1946

 

La chica más linda del grado era Florencia. A los 8 años de edad los estándares de belleza son muy básicos, es suficiente con que una chica sea rubia y de ojos azules para que le guste a todos los chicos de la clase. No importa si tiene granos, mal aliento o piel de lija, eso no es significativo a los 8 años. Florencia nos gustaba por el contraste que hacía con las demás, que en su mayoría eran morenas y menos sugerentes a nuestros ojos.

Florencia no era para nada engreída, sabía el poder que tenía sobre los chicos pero no abusaba de ello. No obstante, estaba muy al tanto de su popularidad, en las fotos escolares por ejemplo, siempre salía en el centro del grupo, en medio de las demás chicas, ella era la única sentada, como si fuera la princesa y las otras su séquito; pero no era una idea de ella sino del fotógrafo, que debería ser nazi o algo así, porque siempre la hacía sentar en el centro diciendo: “La rubiecita sentadita en el medio por favor…”.

Un día Gloria, la maestra de Lengua, le preguntó a Florencia qué quería ser cuando fuera grande. Y ella, totalmente convencida, le respondió:

―¡Bombera!…

―Muy bien, te gustaría apagar incendios…

―¡No! ¡Bombera! Quiero desactivar bombas, como hace mi papá…

Las risotadas colmaron el salón, pero la maestra nos hizo callar:

―Por si no lo saben, el papá de Flor trabaja en el escuadrón antibombas de la policía federal. Es un trabajo muy riesgoso y requiere de mucho valor, así que dejen de reírse…

Martín, que se sentaba en el pupitre adelante de Flor, se volteó y le preguntó: “¿Tu papá es el que elige cuál cable cortar, como en las películas?”, y Flor le contestó: “Sí, ¡y nunca falla!”…

Quedamos fascinados con el trabajo del papá de Flor. Las pocas veces que lo habíamos visto en los actos no parecía un tipo valiente, era bajito, enclenque y siempre estaba somnoliento.

Ese día, en el recreo, no paramos de interrogar a Florencia, y ella —que no sabía demasiado porque su papá no hablaba de su trabajo—, se inventaba montones de historias, por ejemplo, que le había salvado la vida al presidente o que había desactivado una bomba como la de Hiroshima. Y nosotros la escuchábamos embobados.

Dos semanas después la maestra le propuso a Horacio, el padre de Flor, que viniese a dar una charla, a contarnos un poco su trabajo. Nos encantó la idea, al fin alguien nos vendría a explicar cuáles eran los cables que había que cortar, si el rojo, el blanco o el azul.

A Flor no le gustó mucho la idea, rezongó bastante, le dijo a la maestra que mejor le dijera a otro. Pero Gloria insistió. Así que al final vino.

Lo primero que recuerdo de esa visita fue el olor. “Está mamado…”, murmuró Pedro al ver ingresar al papá de Florencia en el aula. Era verdad, apenas el tipo cruzó la puerta se tropezó con una silla y casi se cae arriba de la maestra. Gloria lo miró impresionada, le extendió la mano para saludarlo y él intentó darle un beso en la boca, ella lo esquivó con asco.

―¿Se encuentra bien señor? ―le preguntó Gloria al notar que estaba en pedo.

―Sí, sí… muy bien… ―contestó él mientras apoyaba el culo en la mesa, de frente a nosotros―. Bueno borregos… a ver, ¿de qué quieren hablar? ―preguntó con voz gangosa.

Era un tipo gracioso, pequeño, casi de nuestra altura. Tenía la cara coloradísima, como si se hubiese quedado dormido al sol. A los pocos segundos de ingresar al aula todo apestaba, un perfume ácido, rancio, difícil de definir. Pedro enseguida se dio cuenta de que no era un perfume, era la peste que emanaba su cuerpo alcoholizado. “Mi papá huele igual los sábados a la mañana”, me dijo.

―¡De bombas! ―gritó Fede desde el fondo del aula.

―¿De bombas? ¿De eso quieren hablar?…  ―contestó el tipo.

―Disculpe Horacio ―interrumpió Gloria―, naturalmente los chicos esperan que les hable de su trabajo.

―¿Y para qué?… ―preguntó él― Si mi laburo es una mierda…

―¿Perdón?….

―¡Que tengo un laburo de mierda, doña!… me pagan una miseria por arriesgar la vida; ¿para qué les voy a hablar de eso? Mejor les hablo de matemáticas, yo soy bueno en matemáticas, de pibe me sacaba siempre 10.

―¿Y si hablamos de whisky?…  ―ironizó Pedro y todos empezamos a reírnos. Todos menos Flor, que estaba más roja que su papá, casi a punto de llorar.

―¡Pedro, por favor! ―lo retó Gloria tratando de disimular la risa porque se había tentado.

El tipo también se rió a carcajadas, cuanto más se reía más hedor expedía. De repente la mesa en la que estaba apoyado se deslizó hacia atrás y se cayó de culo en el piso. Nuestras carcajadas se hicieron estruendosas. Gloria intentó ayudarlo a levantarse y se cayó encima de él, entonces el tipo aprovechó para meterle mano pero ella se lo quitó de encima y le dio una bofetada.

―¿Pero qué carajos le pasa a usted? ¡Atrevido! ―le gritó.

Horacio se quedó sentado en el piso con las piernas cruzadas, se puso serio de repente. Gloria salió del aula para buscar a la Directora. Flor lloraba con la misma intensidad que nosotros reíamos. Al darnos cuenta empezamos a callarnos. El tipo se quedó mirando a su hija, que lloraba apoyando la frente en sus antebrazos.

―Perdoname mamita ―le dijo dulcemente.

―¡Siempre hacés lo mismo! ―se quejó Flor sin levantar su cabeza―. ¡Siempre hacés papelones! En las fiestas, en las reuniones de padres, cuando llevo a mis amigas a casa… ¡Siempre! ¡Siempre igual! ¡Te odio!…

Horacio se puso de rodillas y gateó hasta el pupitre de Flor.

―Y hacés bien en odiarme mi amor, porque eso significa que sos mejor que yo… y no sabés cuánto me enorgullece.

―Andate por favor, andate a casa, papá…

Horacio se agarró del pupitre y se paró con dificultad. Ya nadie se reía en el salón.

―¿Si me voy me vas a perdonar? ―preguntó acariciándole la cabeza a su hija.

―Ya sabés que sí… ―gimoteó ella aún con su rostro escondido entre sus brazos.

El tipo de dio media vuelta, alzó la mano para saludarnos y se fue. En la puerta se chocó con Elsa y Gloria.

―Ya me voy, ya me voy… que no cunda el pánico… ―bromeó mientras se hacía lugar entre las dos mujeres y se iba zigzagueando por el pasillo.

Dos días después Horacio voló en mil pedazos cuando una bomba casera le estalló en la cara. El hecho salió publicado en todos los diarios: “Negligencia en las fuerzas de seguridad”, “Falta de pericia”, “Ebriedad”, repetían una y otra vez los titulares.

Tuvieron que cremarlo porque la bomba sólo había dejado despojos de él. Para la familia de Flor fue mucho mejor, no tendrían que gastar en el ataúd, cremarlo era mucho más barato, además, como había testigos que habían visto a Horacio borracho, el seguro de vida no les pagó un centavo.

Flor faltó durante un mes a clases. Cuando volvió ya no era la más linda del grado, su cara estaba llena de manchas, tenía ojeras, su pelo se había oscurecido y olía raro. Durante un tiempo fue como un fantasma en la clase, no salía al recreo, hablaba poco y lloraba todo el tiempo. Fue en esa época cuando la vi más linda… cuando tuve ganas de preguntarle si quería ser mi novia.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s