Juan Carlos McCallister. El sabio (de Avellaneda)

Lucas Berruezo

libro

 

Nos cuenta la tradición que los sabios, para alcanzar la sabiduría y convertirse en tales, abandonaban una vida mediocre y se retiraban a la soledad. Algunos se iban a las montañas; otros, a los desiertos; no faltaron incluso quienes dejaron las comodidades y se sentaron debajo de un árbol a meditar. Yo conocí a un hombre como esos, sólo que él, más acorde con su momento histórico y siguiendo un gusto propio que nunca se molestó en ocultar, no se fue a ningún lado, sino que se encerró en una biblioteca, su biblioteca. Fue mi tío, Juan Carlos McCallister. Que el apellido no los engañe, se trató de una persona que nació y vivió toda su vida en Argentina; en la localidad de Avellaneda (entre fábricas y no muy lejos del Riachuelo), para ser más exacto.

Con un padre dueño de una imprenta, mi tío creció rodeado de libros y de hojas impresas. Desde chico, desarrolló un interés especial por la lectura y la búsqueda de lo que él llamaba «el conocimiento». No tuvo amigos y, ya de grande (cuando yo lo conocí), apenas contaba con algunos conocidos, que lo llamaban de tanto en tanto para ver cómo andaba y a los que nunca les devolvía los llamados. De hecho, su interés por el estudio fue más fuerte que su interés por formar una familia, por lo que envejeció solo, sin más compañía que sus libros, y no dejó más herederos que un sobrino que se propuso contar brevemente su historia para que su recuerdo no se extinga del todo.

Y la brevedad de este escrito no tiene nada que ver con una intención o un deseo propio, sino con una necesidad impuesta por las circunstancias. Visité mucho a mi tío en los últimos años (en especial cuando la enfermedad empezó a inmovilizarlo), pero podría afirmar con total seguridad que no llegué a conocerlo. Le cocinaba y le hacía los mandados, lo ayudaba con algunos ejemplares que estaban demasiado arriba en la biblioteca, le leía algunos pasajes cuando sus ojos ya no soportaban la exhaustiva jornada. Pero nada más. Casi no entablamos una sola conversación personal en todo el tiempo en que estuve ahí. Fue, verdaderamente, una lástima, y tengo que decir que nunca aplazamos o evitamos una charla por mí. Era él quien no tenía deseos de hablar con nadie, ni conmigo.

A lo último, cuando lo frecuenté, era ya un hombre delgado, con un cuerpo casi atrofiado por la inmovilidad y la enfermedad, con una calvicie completa que dejaba ver una cabeza tan blanca como la parte superior de un iglú. Mi madre (su hermana) me ha dicho en varias ocasiones que de joven había llegado a tener cierta belleza, pero que si en la vida humana el tiempo se llevaba todo encanto, con él había sido particularmente rápido… y despiadado. A simple vista, parecía más un personaje de Kafka que una persona de carne y huesos.

Sus lecturas eran caóticas, lo sé porque yo me encargaba de ordenar los libros a medida que me lo iba pidiendo. Literatura de todos los orígenes y de todos los tiempos (leía en idioma original, casi nunca por medio de traducciones), filosofía, historia, ciencias (en especial física y astronomía), teología, ocultismo… Parecía sentirse atraído por todo y, a su vez, no lograr entusiasmarse por nada, por lo menos no por un tiempo prolongado.

En fin, a lo que iba. Se podría decir que una sola vez hablamos en serio, y fue la vez en que mi tío, Juan Carlos McCallister, agonizó. Llegué a su casa a eso de las seis de la tarde, como solía llegar los días de semana en que cursaba en la facultad. Fui directamente a la habitación que usaba como estudio (que tenía tantos libros como cualquier habitación de la casa, pero, a diferencia de ellas, un escritorio y una silla) y me sorprendí al no verlo ahí. Lo llamaba en voz alta mientras recorría la casa esquivando las pilas de libros, hasta que, finalmente, lo encontré en su dormitorio, acostado en su cama. Me miraba con esa expresión ausente de quienes están exhaustos y sólo quieren descansar.

–Hola, tío –le dije–. ¿Estás bien?

Me hizo un gesto con la mano, como si se espantara una mosca de enfrente de la cara.

–¿Te ayudo con algo? –insistí.

Un nuevo gesto con su mano, esta vez para que me acercara.

Lo hice.

La habitación estaba escasamente iluminada por un velador que yacía sobre una mesita de luz, al lado de la cama. Si bien afuera todavía era de día y el dormitorio tenía una ventana, ésta estaba cerrada.

Con otro gesto, me pidió que me acercara más.

Con cierta incomodidad (nuestra confianza nunca había llegado a ser tal), me senté sobre la cama y me incliné hacia él.

Con un aliento amargo que nunca antes le había sentido, me dijo:

–Me voy a morir… Ahora.

Me incorporé, todavía sentado en el lugar.

–Tío, dejate de joder. ¿Te sentís mal? Dejame llamar a la Emergencia para que te ven…

Una vez más el gesto de espantarse una mosca, ahora enfatizado por una vehemente negación con la cabeza.

–Me voy a morir… Y está bien.

–Pero…

–Shhhh. ¿Sabías que lo conseguí, pibe? Descubrí cuál es el sentido de la vida humana.

–¿Ah, sí? –dije, más por solidaridad que por verdadera conciencia de lo que estaba escuchando–. ¿Cuál es?

–No puedo decirlo –respondió, negando con la cabeza–. No debo. Mejor es distraerse, ocuparse de otras cosas… preocuparse por otras cosas… Si el hombre llegara a saberlo, se sentaría en donde está, dejaría de hacer lo que fuera que estuviese haciendo y se dejaría estar. El mundo, en consecuencia, se detendría. Es la ignorancia, la insensatez, la que lo mantiene en movimiento –respiró hondo y por primera vez me asusté; realmente se veía mal, la luz amarilla del velador incluso hacía que se viera peor–. Además… No lo entenderías. Nadie lo entendería. Los únicos que podrían hacerlo son los que ya lo saben, aunque no sepan que lo saben.

Hizo una mueca y se revolvió en el lugar, como si se sintiera molesto. Entonces, y sin que me lo esperara, alargó su mano y me agarró del cuello de la remera, atrayéndome hacia él. Con su aliento dándome en plena cara, me dijo, casi me gritó:

–¡La vida del hombre es como un microbio en la palma de una mano cualquiera! ¡¿Quién podrá afirmar que existe?! ¡¿Quién?! Y sin embargo, hace daño…

Me soltó, con la respiración acelerada. De a poco se fue calmando. Su mirada, que al momento de hablar estaba clavada en mis ojos, se perdía en un rincón de la habitación.

–Después de tanto tiempo de estudio –susurró, sin desviar la vista de lo que fuera que estuviese mirando–, después de una vida dedicada a alcanzar el conocimiento, y después de haberlo alcanzado, sólo una conclusión es posible…

–¿Cuál? –pregunté.

Negó con la cabeza, débilmente.

–Me equivoqué…

–¿Cómo que te equivocaste, tío, si me estás diciendo que lo conseguiste?

Volvió a negar, quedándose en silencio.

–Tengo sed –dijo al fin, con la mirada todavía clavada en su rincón–. Un té me vendría bien. ¿Me podrías hacer uno?

Asentí, pero como no me estaba mirando, agregué:

–Sí, tío, claro. Ahora te lo traigo.

Y salí de la habitación, fui a la cocina y puse la pava en el fuego. Mientras esperaba a que hirviera el agua, pensé en lo que me había dicho. Me sonaba a las locuras de un viejo, pero sin embargo había tocado alguna fibra sensible dentro de mí hasta el punto de incomodarme. Quería preguntarle algo más, para saber hasta qué punto era un desvarío senil (no era tan viejo como para tener uno y su enfermedad no tenía nada que ver con el cerebro) o un mensaje que realmente merecía ser escuchado.

Con esa intención, y con la taza de té en mis manos, volví a la habitación de mi tío. Lo encontré en la misma posición que antes, semisentado, con la mirada perdida. Sólo que cuando me acerqué y pude ver mejor, noté que la mirada ya no tenía el brillo de hacía unos minutos.

–Tío, tío… –dije, casi con tono de pregunta, pero no obtuve respuesta. Insistí un poco más, llegué incluso a zamarrearlo, pero fue en vano. Mi tío, Juan Carlos McCallister, tal vez el único sabio de Avellaneda, había dejado de vivir.

El resto es anecdótico. Llamé a mi mamá y ella a Emergencias. A la casa de mi tío llegó primero ella y después los médicos. Y finalmente vino el velatorio, del que no me ocupé en absoluto, sólo estuve ahí, sentado, recibiendo el saludo de familiares que hacía tiempo no veía.

Pienso seguido en las últimas palabras de mi tío. Busqué en su casa, casi podría decir que revolví todo el lugar, tratando de encontrar algún cuaderno o algunas hojas en la que explicara aquello que se negó a decirme. Pero no encontré nada. Lo que fuera que hubiese descubierto, «el sentido de la vida humana» como lo llamó él, se lo llevó consigo. Solamente me quedaron sus palabras, para rumiarlas como hace una vaca con su comida.

De vez en cuando siento la tentación de dedicar mi vida a la misma búsqueda que llevó a cabo mi tío. Tengo su casa y sus libros (tras su muerte, la casa y todas sus pertenencias le quedaron a mi mamá, su única hermana, y por herencia a mí), pero me falta su resolución. Estoy de novio y algún día me gustaría casarme, tener hijos, formar una familia.

«Mejor es distraerse, ocuparse de otras cosas… preocuparse por otras cosas…», me dijo mi tío antes de morir, y es lo que, generalmente aunque con diversos intervalos, hago.

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