Fábulas del crimen: ¨Los Gálidos de Roseen¨

Diego M. Rotondo

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Caroline Murray llevaba un manto de lana negra cubriendo su rostro, su descollante belleza era considerada diabólica, por eso tenía que taparla. Esta idea absurda estaba influenciada por la secta a la que ella y su esposo Fernand pertenecían: Los Gálidos de Roseen, una hermandad que concebía a la belleza física extraordinaria como el fruto de un pacto con el demonio. Un pacto que había sido consumado por un antepasado de la persona que poseía esa belleza. En el caso de Caroline, ese antepasado habría sido su bisabuelo, William Murray, quien en 1730 había sido quemado hasta morir por practicar la brujería y participar en orgías con mujeres y niños.

En la época en que contrajeron matrimonio, Fernand era un joven despreocupado, sin dogmas que confinaran su existencia. Pero cuando Caroline dio a luz a sus gemelas, su vida cambió. De repente, la seguridad de las niñas comenzó a obsesionarlo; le inquietaba la idea de que algo malo les sucediese. De un día para el otro su mente se llenó de imágenes macabras en donde sus hijas eran atacadas y torturadas por pedófilos. Fernand sufría terribles pesadillas en las que nunca llegaba a tiempo para salvarlas. Llegó un momento en que se abstuvo dormir para evitar esos sueños; no obstante, las imágenes seguían acosándolo durante la vigilia. Fernand llegó a creer que estaba volviéndose loco. Su psicosis se fue intensificando conforme sus niñas iban creciendo. Esto fue lo que le hizo caer en manos de los Gálidos, quienes, como la mayoría de las hermandades religiosas, se aprovechaban de los miedos de la gente para lavarles el cerebro y manipularlos.

Después de que los líderes de la secta se enterasen de las prácticas depravadas que realizaba el bisabuelo de Caroline, pensaron que Fernand había sido poseído por el espíritu de éste; y la única manera de quitar esas imágenes de su mente era llevando a cabo un sacrificio: debían esconder el rostro de Caroline por tiempo indeterminado.

Fernand decidió cumplir con el sacrificio, pero temió que Caroline se negase. Aun en su ofuscación, sabía que aquello carecía de sentido, pero si al menos servía para borrar esas horrendas imágenes de su mente y dejarlo dormir en paz, debía correr el riesgo. Le suplicó a Caroline que lo hiciese, aunque fuese por un tiempo, hasta que su mente se aclarase. Conmovida por la desesperación de su esposo Caroline accedió.

Como sucede en toda secta de maniáticos, con el pasar del tiempo demandaron más abnegaciones por parte de Fernand; un manto que ocultase el rostro de Caroline no era suficiente para exorcizar su mente. La belleza abominable seguía ahí, cubierta por el velo. Los líderes le entregaron a Fernand un cuchillo para que cortase el rostro de su esposa… Fernand se negó, de ningún modo iba a hacerle algo así. Entonces le advirtieron que si no cumplía con ese sacrificio, todas esas imágenes en las que sus gemelas eran violadas y masacradas, se harían realidad.

La noche del 15 de noviembre de 1896, Fernand Cutting caminó en la oscuridad de su habitación rumbo al lecho en donde su esposa dormía. En su mano llevaba el cuchillo que le habían entregado para consumar el sacrificio. Cutting le hizo a Caroline tres tajos profundos en la frente y las mejillas. La mujer despertó estremecida, el dolor de las heridas tardó unos segundos en llegar a su cerebro adormecido. Fernand, desconsolado, intentó colocarle unas vendas que tenía preparadas para curarla, pero Caroline, con su rostro desfigurado, tomó el cuchillo de la mesa de luz y se lo hundió en el estómago a su marido.

Los agentes de Scotland Yard que investigaron la escena del crimen, concluyeron en que Caroline había actuado en defensa propia, así que no la arrestaron.

Caroline quedó marcada para siempre. Su belleza quedó opacada bajo los relieves morados de las cicatrices, que parecían venas inflamadas surcando su cara.

Pocos días después de enterrar a su esposo Caroline fue visitada por los líderes de la secta, quienes le explicaron que la tragedia que había sufrido también era culpa de su bisabuelo; le dijeron que si deseaba evitar que esa maldición fuese heredada por sus hijos y sus descendientes por miles de años, tenía que desfigurar los rostros de sus gemelas… y eso fue lo que hizo.

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