Historias del chico salvaje: ¨El bravucón¨

Diego M. Rotondo

fotobravucon

 

 

Al menos una vez a la semana me cruzo con un vecino que no me quita la mirada de encima. Vive en el barrio desde chico, igual que yo. A veces lo saludo moviendo la cabeza, y él, sin dejar de mirarme, me devuelve un saludo insípido; y mientras se aleja, se voltea a cada rato para observarme, como esperando que yo reaccione y le pregunte: “¿qué mierda mirás?” Pero yo no me crispo, porque le tengo pena. Tal vez por eso me odie, por la pena, que es mucho más dañina que el odio. Han pasado 31 años desde aquel suceso, y sin embargo, su herida no cierra.

20 de diciembre de 1985. Empezaron las vacaciones de verano, todos pasamos de grado menos Martín. Eso me entristece, ya que el año próximo sólo podré estar con él en los recreos. Por suerte tendremos las tardes para andar en bici, jugar al ring-raje o pelotear en la placita. Martín no parece demasiado preocupado por no haber pasado de grado, pero su mamá, Rosa, está histérica: aparece en medio del acto de fin de año, lo agarra de los pelos y le da una paliza frente a padres y alumnos. La directora y las maestras tienen que sostenerla para que no lo mate; cuando logran separarla, Martín, furioso, le encaja un fuerte puñetazo en la panza; Rosa se retuerce y lo maldice, lo amenaza con mandarlo a un reformatorio; Martín quiere seguir pegándole, pero nosotros lo sostenemos. Nadie puede creer lo que está sucediendo. Un par de horas después los ánimos de ambos se aplacan, la directora se encarga de mediar entre ellos, Martín y su mamá lloran, se piden perdón, se besan y se abrazan. Luego se van a casa de la mano, cantando, como si no hubiese pasado nada. Es una relación enfermiza la que tienen; desde que el padre de Martín los abandonó, Rosa y él pasan de los besos a los golpes en cuestión de minutos.

Hoy es nochebuena, estoy ansioso por saber si mi padre me va a traer el regalo que le pedí. Desde los 5 años sé que Papá Noel no existe; desde el momento exacto en que a mi papá se le cayó una colilla de cigarrillo dentro del disfraz y empezó a correr desesperado por la casa, frente a toda la familia, echando humo, revolcándose en el piso y pidiendo que llamen a los bomberos. “Éste no puede ser Papá Noel…”, pensé en aquel momento. Aun no era medianoche y yo ya conocía la triste verdad. Aunque aquella escena fue tan graciosa que no me preocupó enterarme. Siempre exploto de risa cada vez que le veo las quemaduras del brazo a papá.

Nos reunimos a las 2 de la tarde para jugar un partido en la plaza. Somos tres contra tres, usaremos el espacio entre dos árboles a modo de arcos. Como yo soy el que peor juega de todos, me ponen de arquero… No me molesta, el arco es un buen lugar para mí, no tengo que correr ni pensar demasiado, y mientras ellos se gambetean entre sí, yo me dedico a mirar a las chicas en las hamacas. Una de ellas es Amanda y me gusta bastante; vive en mi misma calle, siempre me saluda, pero yo me hago el distraído. Todas las semanas Amanda se para frente a la ventana de mi casa y le da un beso al vidrio, dejando sellados sus labios. Mi mamá se queja de “la piba de la esquina” cada vez que tiene que lustrar la ventana. A mí se me estruja el pecho cuando mamá, con su horrible  trapo naranja, disipa la huella del beso de Amanda.

Amanda se da cuenta de que la estoy mirando y mientras se hamaca me manda un beso volador, yo la ignoro y me doy vuelta fingiendo que me concentro en el partido. Santiago juega mejor que todos; claro, a él lo mandan a un club de fútbol y sabe cómo moverla. Con gran facilidad gambetea a Martín y luego le hace un caño a Mariano, entonces viene hacia mí como un toro, levantando polvo a su alrededor, dispuesto a fusilarme de un pelotazo. Lo único que atino a hacer es a cubrirme los huevos y cerrar los ojos. El pelotazo me da de lleno en la rodilla izquierda, y la pelota se desvía hacia la calle. Martín y Mariano festejan, me aclaman y se tiran arriba mío: “¡Qué grandeee!”, me gritan. Creo que es el mejor día de mi vida; primero el beso volador de Amanda y luego esa excelsa atajada espontánea. Mariano corre a buscar la pelota, que fue a parar abajo de un auto. Cuando vuelve nos preparamos para seguir jugando. Entonces aparecen estos cuatro pibes. Los conocemos de la escuela, son de séptimo grado. El más despreciable de ellos, Raulito, le arrebata la pelota a Mariano y lo empuja. “¿Juegan con nosotros?”, pregunta. Martín se le acerca y tranquilamente le dice: “Dame la pelota…”, Raulito hace como que se la da y se la pasa a uno de sus compinches. Martín se acerca al otro, y éste la pasa a otro, y así repetidamente. Ellos son más altos, más fuertes, no podemos hacerles frente, nos cagarían a palos. Martín insiste tratando de atrapar la pelota en el aire mientras ellos se la pasan entre sí y se ríen a carcajadas. De repente logra atraparla. Entre los cuatro lo rodean a puño cerrado, nosotros les rogamos que se vayan, Raulito intenta quitarle la pelota a Martín, forcejean, y caen al piso. Raulito consigue sacarle la pelota, se levanta y la patea con furia, lanzándola al otro extremo de la plaza, justo donde están las hamacas, justo a los pies de Amanda. Martín se abraza a las rodillas de Raulito y logra derribarlo. Aunque su enemigo lo duplica en tamaño Martín no se amedrenta, se monta encima de él, le apoya ambas rodillas en los brazos y le suelta una tormenta de piñas. Los compinches de Raulito no hacen nada, miran todo estremecidos, no se la esperaban. Nosotros, en cambio, gritamos y animamos a nuestro amigo. Raulito no logra quitárselo de encima, Martín lo tiene inmovilizado y no para de darle trompadas en la jeta. La sangre comienza a chorrear de la nariz y la boca de Raulito. Martín no se detiene, le pega y le pega, absolutamente concentrado. Los amigos de la víctima le suplican que pare, nosotros también lo hacemos; Raulito está casi desfigurado, Martín le rompió la nariz y le voló los dientes delanteros. Entonces agarramos a Martín de los brazos y lo sacamos antes de que lo mate. Raulito llora como una nena y junta sus dientes del suelo, sus amigos lo ayudan a pararse y se lo llevan. En ese momento aparece Amanda con dos amigas, camina hacia mí y me entrega la pelota.

Nunca más volvimos a ver a Raulito ni a sus compinches rondando la plaza, al menos no mientras nosotros jugábamos ahí.

Como había repetido el año, Raulito completó séptimo grado sin salir al recreo. Tenía pánico de cruzarse con Martín en el patio; y vergüenza, sobre todo vergüenza, porque todo el colegio sabía que un pigmeo de cuarto grado le había dado la paliza de su vida.

Hoy, 31 años después, Raulito parece exigirme algo con su mirada obstinada. Honor seguramente. Ese honor que mi amigo le quitó cuando era chico y que al parecer, nunca volvió a recuperar.

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