Historias del chico salvaje: ¨El hombre del rifle¨

Diego M. Rotondo

riifle

 

 

Hoy mi papá me trajo a su “bar de mala muerte”, como suele decirle mi mamá. Y digo “su bar” porque, aunque no es el dueño, todos lo conocen y lo saludan. En un rincón escondido entre la barra y los baños, cuatro tipos juegan a las cartas; al vernos llegar nos saludan alzando las manos, gritando a coro: “¡Qué hacés Tito!”.

Mientras papá le pide al mozo un sándwich de jamón crudo para mí, y un café para él, un hombre petiso y robusto se nos acerca, me acaricia la cabeza y le dice a papá: “Tito, ¡tu pibe tiene piernas de jugador de fútbol!”. Él se ríe a carcajadas y le contesta: “Sí, sus piernas son lo único que tiene de jugador lamentablemente…” No me gusta su comentario, pero tiene razón, no soy bueno para el fútbol, él lo sabe bien, me vino a ver jugar en la escuela el otro día y metí tres goles en contra. No me preocuparon los insultos de mis amigos, lo que me preocupó fue verlo a papá yéndose de la tribuna avergonzado. Es que él siempre jugó muy bien al fútbol, cuando era chico le ofrecieron jugar en Boca Juniors, pero él no aceptó porque era fanático de River. Aun hoy, casi 40 años después, se lamenta de aquella decisión, y no es para menos.

El mozo, al que todos llaman Pedrito, se nos acerca con una bandeja en la que lleva mi sándwich, una Coca y un café. “Buen provecho”, me dice mientras deposita el sabroso sándwich frente a mí. No llego a darle el primer mordisco y escucho una serie de explosiones procedentes de la calle. “¿¡Qué pasó!?”, gritan todos en el bar. Papá me dice que me meta debajo de la mesa, yo no le hago caso, me paro y espío por la ventana, a pocos metros de la entrada del bar, un tipo se desploma con la mitad de la cara ensangrentada. Todos salimos, hay otros dos tipos tirados en la calle, son bastante jóvenes, también están llenos de sangre. Papá me dice: “no mires esto”, y me cubre los ojos, pero yo le corro la mano, quiero ver, siento como si estuviese dentro de una película de vaqueros. La gente que pasa por la avenida se amontona a mirar los cuerpos, alguien pide una ambulancia, alguien reclama a la policía, alguien dice: “No hace falta… ya están muertos”. Un escalofrío me recorre la espalda, es la primera vez que veo morir a alguien; y no sé bien por qué, pero me encanta. “¡Lo quisieron asaltar al Pocho!”, grita alguien. Yo sé quién es Pocho.

Dos semanas antes del tiroteo, mi papá me llevó a la joyería para que le cambiaran la pila a mi reloj. El relojero era amigo de él, le decían Pocho, un tipo de unos 60 años con pelo canoso y patillas victorianas que le llegaban a la mandíbula. Con papá se conocían del bar, siempre jugaban al Truco juntos. Pocho se acercó al mostrador, nos saludó afectuosamente y, mirándome de la cintura para abajo, le dijo a mi padre: “¡Éste tiene piernas de jugador de fútbol!…”.Y otra vez la misma cantinela.

Papá le dio mi reloj a Pocho, él se sentó en su mesa de trabajo, se puso el lente lupa en el ojo y comenzó a revisarlo. “¡Pasen de este lado, ché!”, nos invitó. Era la primera vez que estaba en una relojería y enseguida supe qué quería ser cuando fuera grande. Había cientos de relojes colgados de las paredes, una sinfonía de tic tacs que me hacía entrar en una especie de trance. Recuerdo el olor a metales que inundaba el lugar; recuerdo los relojes de cuerda, los cucú, los de péndulo, etc. Yo estaba fascinado, y Pocho se dio cuenta, agarró un frasco lleno de partes de relojes viejos y me dijo: “Tomá pibe, te lo regalo…”. Yo no lo podía creer, me aferré al frasco como si fuese un cofre de piedras preciosas. “Si querés, la próxima vez que vengas te enseño a cambiar una pila, así tu viejo no tiene que gastar más guita…”, bromeó. Detrás de su silla, descansando sobre una repisa de madera, había un precioso rifle de doble cañón. Pocho notó mi asombro al verlo, se dio la vuelta con la silla giratoria, lo tomó entre sus manos y lo apoyó en su regazo. “¿Te gusta?”, me preguntó. “Sí, ¿puedo agarrarlo?”, contesté. Pocho me ofreció el rifle, pero mi padre se puso delante de mí y le dijo: “¡Dejate de joder, a ver si se dispara!” “¡Está descargado ché, no pasa nada!”, contestó él. “No importa, que la mire y no la toque, si la madre se entera te mata a vos y después a mí…”, replicó.

Pocho estaba muy orgulloso de su rifle, lo cargaba y descargaba haciendo “crack, crack, crick”, el sonido era hipnótico para mí. Después del trote de los caballos y los tic tacs de los relojes, el sonido férreo del rifle era mi preferido. “La tengo acá por los chorros, últimamente están robando muchas joyerías. Si entran acá no salen vivos…”, aseveró, apuntando el rifle hacia el escaparate del local.

Y así fue. Aquella tarde de agosto de 1984, mientras yo estaba en el bar con mi papá, tres ladrones entraron a robar a la joyería. Se llevaron la plata de la caja y casi todas las joyas del escaparate. Pocho los persiguió corriendo por la avenida, cargó su rifle y les disparó varias veces. A uno le voló la mitad de la cara, a otro le hizo un agujero en el pecho y a otro le reventó el estómago.

Luego de acribillar a los delincuentes, Pocho volvió a su negocio, se sentó en su silla giratoria, apoyó la escopeta en la repisa, y comenzó a reparar un reloj. Un rato después apareció la policía.

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