Un plan perfecto

Estefanía Farias Martínez

4463389390_d404515390_b

 

 

Mi primera pasión me abandonó, después de un mes de caricias furtivas y abrazos de cuerpo entero, durante aquellas siestas tan largas, antes de ir a clase. Me dejó para evitar la tentación, porque a ella la había conocido antes que a mí.

Mi segunda pasión me duró lo mismo y, aunque fue más intensa y confusa, no dio mucho más de sí. La etapa en minas se acabó ese año. En blanco y a la calle. Tocaba empezar carrera nueva y, esta vez, llegar a alguna parte. Entonces, decidí dejar las pasiones a un lado. Necesitaba desesperadamente salvar los últimos muebles. La condición indispensable era llevar una vida normal. Salidas las justas, rodeada siempre de los mismos, mantener la relación con Ester en las partidas de cartas de los domingos, la relación con María en alguna salida al cine o a tomar café. Y la cuestión principal: incorporarme al grupo de chicas con novio, a las que veía tan formalitas y ordenadas. En la residencia había pocas pero el sistema les funcionaba. ¿Por qué no me iba a funcionar a mí?

El individuo tenía que ser de la residencia para que la relación fuera más fácil, como mucho uno o dos años mayor, con buena pinta pero normal, nada del otro mundo, estudioso pero no un genio, simpático pero no el típico gracioso y lo más importante: le tenía que hacer gracia y, por lo menos, me tenía que parecer bien. La idea era que estuviéramos en igualdad de condiciones desde el principio.

María lo encontró enseguida. Era un tipo tranquilo que, aunque había aprobado el primer año, le había costado un huevo. Dos o tres cafés y un par de salidas nocturnas en grupo para conocernos. Por fin, uno de aquellos domingos, ella nos dejó solos. Con la voz de Sinatra de fondo, él me pidió que saliéramos juntos y, con un par de besos largos, sellamos el comienzo de la primera relación de verdad que yo iba a tener. Fue tan falso. Claro, como empezó todo amor, resultó cualquier cosa menos fácil.

Como aquello fue unos días antes de las vacaciones de verano, la verdadera relación se aplazó unos meses. Nos volvimos a ver en septiembre y había muy poca gente en la residencia. Después de los exámenes, solíamos tener unos días de vacaciones antes de empezar el nuevo curso y normalmente te quedabas allí haciendo papeleos. María no llegaba hasta dos semanas después, así que estábamos solos. No sabíamos cómo actuar, no éramos tan amigos pero en teoría éramos una pareja y, por mucho que intentáramos acercarnos el uno al otro, estábamos muy tensos. Para celebrar que habíamos acabado los exámenes y para intentar romper el hielo, salimos a tomar unas cañas el día que yo hice el último. A partir de la primera cerveza, empezamos a hablar un poco más y, dos o tres después, volvimos a la residencia. Me propuso ir a su cuarto a comer algo y luego íbamos a ver una película en la sala grande. Ramón tenía una verdadera despensa en su habitación, un alijo de emergencia para cualquier situación. Eso decía ese día, aunque no tardé en descubrir que el alijo consistía en kilos de latas de sardinas en todas sus variedades. Era una persona muy práctica, no dejaba mucho a la improvisación.

Desde que llegó a la residencia se obsesionó con permanecer en la segunda planta, su primera habitación era grande, cuadrada, daba al patio interior y no tenía mucha luz, pero le parecía perfecta. Sólo se cambió una vez, al año siguiente y en la misma planta, a una de las del fondo, algo más espaciosa y con mucha más luz. Una señal inequívoca de cambio de status. Nunca entendí su afición por esa planta, allí no pasaba nada.

Cada planta de la residencia tenía un carácter. La primera estaba reservada para los desgraciados, o sea los nuevos; mucho ruido, olores intensos que te impregnaban la ropa por estar allí la cafetería, visitas intempestivas, no sólo durante las novatadas sino en cualquier época del año. Aquello era el caos. La segunda era pacífica, casi no sabías quién vivía allí, eran bastante anónimos. La tercera, en la que me establecí, era otra cosa, una colección de ejemplares peculiares ocupaban las codiciadas habitaciones que daban a la calle. Allí vivía ¨el nazi¨ y con él un buen número de dinosaurios que encontrabas de noche y casi no veías de día: el hombre de la voz preciosa que nadie sabía qué estudiaba, el moreno de ojos muy negros y extraña mirada que no hablaba más que con sus vecinos y fumaba sustancias varias y Alberto que llevaba tanto tiempo allí que era muy difícil precisar cuándo llegó. Allí fue donde mi grupo se fue estableciendo, Esther y yo como cabecillas, ya que llegamos las primeras, y los demás poco después. De las veintidós habitaciones de la planta llegamos a tener hasta siete y eso teniendo en cuenta el particular carácter de los habitantes, lo más parecido a una mafia, pero donde nadie se quejaba del ruido. La cuarta y la quinta eran las plantas de los lobos, todos juntos hacían complicada la convivencia por las noches, aunque de día desaparecían. En la cuarta decidió establecerse María. Se internó en el territorio de los lobos y aunque la ignoraban, no perdió el ánimo. En la sexta se reunían los responsables, los cerebros, casi todos en los últimos años de carrera. No deseaban involucrarse en la vida de la residencia. Me busqué uno de la segunda planta porque no iba a ser partidario de cambios bruscos. Apegado a la tierra, más bien clavado en ella, ideal para lograr la estabilidad deseada.

Esa noche, de camino a la habitación, íbamos hablando de nada y cuando llegamos se me acercó con torpeza pero decidido. Había visto muchas películas y me arrinconó contra la pared, mirándome fijamente a los ojos y acercando mucho su boca a la mía. Ese primer beso fue nervioso, tanta saliva y lengua descontrolada que me quedé muy quieta. Me manoseaba un pecho sin sacar su lengua de mi boca y mi cara debía ser fiel reflejo de la impresión. Gracias a Dios debió advertir que algo no iba bien y paró. Apartándose de golpe, se disculpó muy avergonzado. Yo quería salir corriendo, hasta ahí había llegado mi proyecto normal. Sin embargo, Ramón no estaba dispuesto a perder el terreno que creía ganado e insistió con la idea de ver la película y olvidarnos de la patética escena. Me explicó que experiencia no tenía mucha, casi ninguna y sólo quería otra oportunidad. En el fondo, estaba decidida a que mi plan funcionara y acepté. La noche terminó de forma pacífica y acordando dejar lo de la intimidad para más adelante, cuando tuviéramos más confianza. La situación era rara y hablando nos fuimos relajando, nadie tenía que impresionar a nadie. Al día siguiente, estábamos más tranquilos. Comimos juntos y luego volvimos a su habitación porque se moría de ganas de volverlo a intentar. Esta vez todo fluyó de una manera natural. Más despacio, más suave, sólo besos largos y cálidos pero de común acuerdo. Así un día y otro, poco a poco los besos dejaron de ser suficiente y los dos nos atrevimos a usar las manos.

Una semana más tarde, cuando llegó María y con ella todos los habitantes de la residencia, nuestros ratos a solas habían subido de nivel, nos dejábamos llevar, nuestros cuerpos empezaban a reclamar más contacto. Ya nos besábamos en público, por los pasillos, en todas partes, no me soltaba en ningún momento, me llevaba cogida de la cintura por toda la residencia, acariciándome el culo delante de los lobos, marcando el territorio, aunque le apartaba la mano, volvía a ponerla casi inmediatamente. Los juegos a solas se fueron volviendo más intensos, no llegábamos a desnudarnos, pero tumbados en la cama frotábamos nuestros cuerpos con la ropa puesta. Acababa empapada y él explotaba entre mis piernas cada vez. Se excitaba muy rápido y aquellos frotamientos le mantuvieron calmado un tiempo. Sin embargo, lo de desnudarme se convirtió en una obsesión para él, no le bastaba con los besos y las caricias, los juegos. Empezó a insistir. A mí me apetecía tanto como a él, pero éramos vírgenes y eso hacía todo más complicado. Me asustaba la idea del dolor físico, creo que era lo único que me hacía dudar. En mi cabeza, dejar de ser virgen era un trámite por el que iba a pasar en cualquier momento, por lo menos con él parecía seguro, no confiaba mucho en que fuera capaz de hacer las cosas medianamente decentes pero tampoco esperaba que fuera una gran experiencia. Llevábamos seis meses juntos cuando empezó a insistir más. Para entonces la relación se había consolidado y éramos una pareja de verdad, más bien casi un matrimonio porque prácticamente vivíamos entre su habitación y la mía. Nos habíamos encariñado el uno con el otro, aunque ese cariño vino de la mano de una fuerte atracción física que provocaba escenas de celos continuas por su parte. Un gesto, una mirada, una conversación con otro desataba el infierno. Como odiaba las acusaciones infundadas, acabé poniéndole los cuernos por rabia, para no matarle por su falta de confianza. Sólo fue una vez y apareció el cargo de conciencia. Por eso, una semana más tarde, acabé aceptando su propuesta de organizar una noche romántica: la gran noche. Habíamos visto Pretty Woman hacía un tiempo y compró una botella de cava, consiguió las fresas, puso música suave para crear ambiente y nos tomamos un par de copas, en realidad una y media porque estaba muy ansioso. Empezó a desnudarme muy despacio y me tumbó en la cama. Ramón se desnudó enseguida y, volviéndose todo manos, no dejaba de acariciarme por todas partes y de besarme, pero cuando le entró la prisa todo se estropeó. ¡Dios cómo dolía! Se me saltaban las lágrimas y le pedí que parara. Todo se frustró y se puso comprensivo, ya lo volveríamos a intentar en otra ocasión.

Desde aquel día, se pasaba todo el tiempo buscando el momento adecuado y me harté. Decidí que había que volver a intentarlo. Ya sin champán ni fresas, simplemente una noche repetimos la escena, pero nada fue tan pausado. La primera  vez que lo intentó tuvimos que volver a parar, aunque estaba muy excitado y quería seguir. Opté por dejar que completara la penetración. Me quería morir del dolor, era como si me estuvieran partiendo en dos, pero aguanté y cuando empecé a sangrar él me sonreía, completamente realizado.

Hubiera matado a quien decía que la primera vez era una experiencia única. Los cojones, fue un asco. A él le pareció genial y le odié a muerte. Quería que me quedara a dormir pero me fui. Estuve hecha polvo unos días, me dolía todo, seguía sangrando aunque no demasiado y me sentía incomodísima. Por supuesto tarde bastante en estar dispuesta a que volviera a tocarme; nadie me había dicho que las relaciones sexuales seguirían siendo dolorosas una temporada. Menos mal que el chico era rápido y a los cinco minutos empezaba con lo de ya estás, ya estás. Yo gemía con fuerza para que se callara, él aceleraba un poco y terminaba saliendo con prisa para eyacular sobre mi vientre; no se ponía un condón ni muerto. Un día dejó de dolerme, aunque su falta de imaginación y lo precipitado que era no contribuyó demasiado a mejorar el tema y me convertí en una experta gimiendo en falso. Así que mi plan perfecto dio como resultado la relación normal que buscaba: sexo mediocre, control férreo de amistades y salidas, una convivencia basada en hacer concesiones y malabares para salirte con la tuya y una suegra que me odiaba.

Tapa chiccomprar

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s