Fábulas del crimen: ¨Milagro robado¨

Diego M. Rotondo

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El gran misterio de la muerte, desde tiempos remotos, ha incitado a los seres humanos a recurrir a incontables credos y religiones. Se necesitaban respuestas que rompiesen el enigma del “Más allá”, para acabar con ese vértigo de la muerte inevitable. Se necesitaban augurios de eternidad para soportar el peso de la brevedad de la vida. Augurios mediante los cuales enfermos y desesperados pudiesen aspirar al milagro.

Desde afuera, los escépticos menosprecian a quienes recurren a peregrinajes y sacrificios para salvar sus vidas o las de sus seres amados. Pero claro, ¿quién puede presumir de escéptico cuando la ciencia certifica su muerte inminente?

Diana Forrester, de 65 años, atea de nacimiento, se sintió desamparada cuando su médico, el doctor Robert Noland, con su radiografía en las manos, le pronosticó unos ocho o nueve meses de vida. ¡Qué gran alivio le hubiese provocado en ese momento saber que la radiografía pertenecía a otra paciente! Lamentablemente Noland descubrió el colosal error tres meses después, cuando Diana se hallaba al borde del suicidio.

Diana estaba sola en el mundo, vivía aislada, guarecida en su cabaña de Ben Nevis, Escocia. Subsistía con lo poco que ganaba cocinando galletas que llevaba cada fin de semana al pueblo para vender en diferentes tiendas. No tenía amigos. Cuando alguien intentaba empatizar con ella, enseguida encontraba una excusa para escabullirse. Apenas hablaba con sus clientes, se limitaba a entregar los pedidos y a cobrar su dinero.

Esos devastadores meses de agonía en los que debió aceptar su inminente muerte, los soportó en soledad. Las primeras semanas fueron lo más parecido a una pesadilla: terrores nocturnos, fiebres, ataques de tos, vómitos y llantos desconsolados. Luego sobrevino la depresión. La medicación la hacía sentir cada vez peor.

Llegó un momento en el que tuvo que elegir entre ahorcarse o comprar una Biblia. Se decidió por la Biblia, que leyó de principio a fin en sólo dos noches. Fue entonces cuando empezó a colgar crucifijos y demás iconos religiosos en las paredes de su casa.

Diana nunca había creído en Dios, sin embargo, estando al borde de la muerte, no parecía tener otra opción. Como dice ese viejo refrán: “No hay ateos en las trincheras”.

Ocho meses después del diagnóstico Diana visitó al doctor Noland en su consultorio. La mujer se hallaba rozagante, parecía haber rejuvenecido unos diez años. Noland no se sorprendió al ver a su paciente tan saludable; él  sabía que la radiografía que revelaba el tumor pertenecía a otra paciente, pero no se lo había dicho, no quería arriesgarse a una denuncia por mala praxis que lo dejase sin licencia. Noland simuló ordenar nuevos estudios y una semana después corroboró “el milagro”: mirando las radiografías originales le dijo a Diana que el tumor había entrado en remisión y había desaparecido, milagrosamente.

Como era de prever Diana se convirtió en una ferviente devota de la iglesia católica, improvisó una capilla en el cobertizo de su casa, colocó afiches en el pueblo para invitar a los lugareños enfermos, ella misma les practicaría una sanación en la que les frotaría el cuerpo entero con crucifijos mojados en agua bendita.

Con ese improvisado ritual Diana curó a más de 40 personas.

La voz se fue corriendo por toda Escocia; de repente, cientos de personas comenzaron a aglomerarse en la entrada de la capilla. A diario se veían centenares de enfermos y moribundos.

Como no tenía suficiente tiempo ni energía para tratar a tantas personas, Diana contrató a dos devotos como ayudantes; pero además comenzó a solicitar una “ofrenda obligatoria” para cada sesión de sanación. De esa manera consiguió reducir la cantidad de personas que la visitaban, y de paso obtener un ingreso económico.

La noche del 8 de diciembre de 1970, Diana Forrester fue hallada muerta en su capilla. La habían crucificado boca abajo en el altar del oratorio. Tenía los ojos abiertos e hinchados. Sus manos y pies estaban clavados a la cruz con estacas de hierro. El peso de su cuerpo había abierto las heridas de sus miembros, quedando todo su cuerpo sostenido por filamentos de carne.

Ada Hopkins, una de sus colaboradoras, fue quien la encontró y avisó a la policía.  Las sospechas apuntaron a una mujer con la que Diana había discutido aquella mañana: Julia Johnson, de 53 años. Julia había increpado a Diana al salir de la capilla, llevaba en sus manos una radiografía que le había ordenado el doctor Noland. Le dijo a Diana que el doctor había adulterado la etiqueta que decía que decía “Diana Forrester” cubriéndola con otra que decía: “Julia Johnson”. Se trataba de la misma radiografía con la que Noland le había dictado la sentencia de muerte a Diana, con las mismas manchas.

Diana comprendió que nunca había estado enferma, que el doctor la había engañado y sus crucifijos no la habían curado de nada. Al darse cuenta de cómo esa noticia impactaría en su negocio de sanación, trató de chiflada a Johnson, quien además la acusaba de haberse confabulado con Noland para estafar a la gente.

El doctor Robert Noland fue procesado por mala praxis y le fue cancelada su licencia. Dos meses después se suicidó inyectándose una sobredosis de Pentotal Sódico.

Julia Johnson, que estaba en la fase terminal de su enfermedad, fue interrogada y descartada como sospechosa. Se comprobó que la noche del homicidio estuvo internada en un hospital.

Nunca se llegó a descubrir quién fue el asesino de Forrester; muchos investigadores creyeron que podía haber sido el doctor Noland al enterarse que su paciente sabía la verdad sobre las radiografías.

Actualmente la capilla “Forrester” es regentada por la alcaldía de Ben Nevis. Abre sus puertas los 365 días del año y es visitada por personas de todas partes del mundo. Un pastor contratado por el Estado escocés les practica las curaciones a los enfermos. A pesar de conocerse la verdad sobre el engaño de Diana, miles de personas siguen asistiendo a su capilla, y siguen curándose…

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