Historias del chico salvaje: ¨El duelo¨

Diego M. Rotondo

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Si hay alguien en el aula con quien Martín puede vacilar a la hora de agarrárse a las trompadas, ese es el gordo Luis… Luis le lleva una cabeza y pesa 15 kilos más, pero Martín es muy veloz y pega duro, tiene muchas posibilidades de noquearlo; aunque el gordo, de una sola piña, lo puede mandar al hospital, y él lo sabe. Por eso camina nervioso durante el recreo, comiéndose las uñas, planeando su estrategia. No sé por qué se van a pelear, alguna estupidez seguramente, algún empujón, algo lo suficientemente trivial como para irritar a dos pibes de 9 años. Apenas es media mañana y todos estamos ansiosos por la pelea, que sin duda será muy pareja.

Todos especulan y apuestan, algunos a favor de Luis, y otros a favor de Martín. A la salida del colegio somos más de treinta los que escoltamos a los peleadores hasta el lugar acordado. Martín no habla con nadie, está concentrado, como esos boxeadores que caminan entre el público para llegar al ring. Sus ojos pequeños y hundidos, sus facciones duras y filosas, sus puños apretados cortando la circulación de sus nudillos, su paso veloz y resuelto, me hacen pensar que acabará con el gordo en un santiamén. Pero Luis no es fácil de noquear, está acostumbrado a los golpes, su padre lo azota a diario por sus malas notas.

Un día me pusieron penitencia junto a Luis en la puerta de Dirección. Habíamos estado molestando durante la clase de matemáticas, y la maestra estaba al borde del colapso nervioso, así que fue a llamar a la directora. El gordo vivía justo a la vuelta de la escuela, y desde la puerta de Dirección podía verse perfectamente el balcón de su casa. La mala suerte hizo que su papá se asomase justo en ese momento y lo descubriese en penitencia. Luis no se inmutó cuando su padre, desde lo lejos, se pasó el dedo por el pescuezo insinuándole una paliza… “Me va a matar… pero no importa”, dijo el gordo, resignado. La imagen de aquel tipo rústico, de bigotes tupidos y camiseta agujereada, amenazando a su hijo a unos 40 metros de distancia, fue inolvidable para mí.

Por eso Luis no le tiene miedo a Martín; va decidido a reventarlo, seguramente, imaginando a su padre encarnado en él.

Los preliminares de la pelea, el lugar, las apuestas, los luchadores, todo es como estar en una película. Al llegar al sitio pactado -un camino de tierra desolado al borde de la autopista- Martín se quita la corbata y el suéter azul que son parte de nuestro uniforme. A 20 metros de distancia, parado como un cowboy, con mirada desafiante, abriendo y cerrando sus puños regordetes, está Luis con sus secuaces alentando detrás. Puedo distinguir a Sergio dándole instrucciones, masajeándole los hombros. Es natural que esté del lado del gordo, aun le debe doler el orgullo por la feroz golpiza que Martín le dio el año pasado.

Durante unos minutos todo es silencio, nadie dice nada, lo único que se escucha es el silbido de los pájaros y el motor rugiente de algún auto destartalado. Martín y Luis se miran fijamente, ninguno de los dos se decide a atacar. La distancia entre ambos parece cada vez más lejana. Algo extraño sucede, un suspense inexplicable nos invade a todos. De repente, ambos se dan la vuelta, agarran sus mochilas, y se van.

Tanto Luis como Martín sabían que debían permanecer invictos aquel día, si alguno de los dos perdía la pelea, el respeto ganado durante tanto tiempo se iría al tacho. Ambos eran igualmente poderosos, y sabían que cualquiera de los dos podía perder. Sólo los que estuvimos presentes entendimos lo que sucedió. Se trataba de honor o algo parecido… con solo mirarse unos instantes, Martín y Luis supieron que debían hacer una tregua, un acuerdo que los mantuviese a salvo de las burlas y la humillación.

Después de que los peleadores se retiraron de la escena, nos dimos la vuelta, nos colgamos las mochilas al hombro y nos fuimos a casa sin decir nada.

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