GENARA Y SOBRI: ¨!Cielo Santo, Ya es Navidad!¨

Miguel Villa

Genara y Sobri-Navidad

 

 

Navidad, ese tiempo en el que la gente te quie­re a muerte para después olvidarte hasta el día de tu muerte, siempre que esta ocurra antes de la siguiente Navidad. O te toque la lotería, claro. Porque en este caso, jamás podrán olvidar lo maravilloso que eres, lo buen amigo que resultas, tu espec­tacular físico, tu don de gentes, esa cordialidad que te hace único… y tu cuenta corriente.

Son unos días, pocos, que despiertan en el ser humano unos sentimientos que, más que aletargados, parecen haber sido barridos de la faz de la Tierra.

Es curioso el efecto que producen unas lucecitas de colores acompañadas de los tradicionales villancicos. Aquel, que jamás se dignó darte los buenos días, te desea feliz Navi­dad con la mejor de sus sonrisas.

Uno de esos días, de zambomba y falsedad, la tita de Espa­ña y su sobri se citaron en un café para compartir tarde y compras navideñas.

—¡Ay, jomío, que sofocá vengo!

—¿Qué, entrenando para la San Silvestre?

—¡Se cree muy gracioso el tío falopio! He reñido con mi hijo. Bueno, ha reñido él porque la tita se puso a pensar en qué color me iría bien para hacerme unos patucos de lana. ¡Qué frío paso, sobri, la tita está helá! Y mira que para acos­tarme me pongo mi buen pijama de invierno, mis dos pares de calcetines y unos guantes que tejí un día que el carnicero me llamó guapa. A ver, era eso o enviolarle allí mismo. La tita es prudente y optó por aliviar sus bajas pasiones te­jiendo. Que no sé por qué lo llaman bajas pasiones, yo las tengo altísimas. Todavía el otro día, que fui a la farmacia a buscarme un chinchorrio, me miré la tensión y me dice la farmacéutica (una de esas beatonas que se quedó solterona porque pensaba que hacer el amor era darse besitos en la mano y de tanto besito manero se quedó sin marío cipote­ro) “tiene la tensión algo baja pero la libido… ¡me ha fundi­do el tensiómetro!”

—Esto… tita… ¿qué es un chinchorrio?

—Un aparatejo que enchufas y te calienta todos los almen­dralejos.

Me dijo una vecina que ella desde que lo usa se siente una nueva mujer. ¿Me comprende el sobri?

—Pues, no.

—Una mantuca eléctrica, sobri.

—¡Ah, claro! ¿Y los almendralejos?

—¡Coñe! ¡¿Pues qué va a ser?! La zona que va del chichi a los pezonejos. ¡Ay, qué hombre este, todo se lo hay que explicar!

—¿Y la bronca con Genarín?

—Por la carne, sobri.

—¡Pero, tita, es normal que tenga las hormonas disparadas! Tú, a su edad, andarías igual.

—¿La tita? ¡Santa almeja de carril, tenía la cosa a mil! Pero no era por eso.

—Pues, no me entero.

—Pues, como siempre, sobri.

¡Que no quiere carne para el menú de Nochebuena! Que han dicho unos enteraos de la OMS que es cancerígena. ¡Pero si toda la vida se ha comido carne! El que podía, cla­ro. Porque muchos se conformaban con un pollo al horno ¡y haciendo un esfuerzo económico! Estos ya no saben qué hacer para someternos. ¡San Pancracio de la hiedra, volve­mos a la Edad de Piedra! Y tienen la cara dura de poner la carne elaborada a la misma altura de peligrosidad que el plutonio y el arsénico. ¡Tócate los plutonios! ¿No será que la pobre vaca está podría de todo lo que le meten para que engorde rapidito y sin dar guerra? O una excusa para vender nuevos medicamentos. Porque cuando la gripe A… ¡Coñe, anunciaron una pandemia, nos hicieron gastar mi­llonás en vacunas y luego si te he visto no me acuerdo!

¿Recuerda el sobri cuando les dio por decir que el pescado azul era malísimo para el colesterol?

—Sí, y luego hicieron campaña para todo lo contrario.

—Sí, jartino. ¿Y cuando lo del pollo? ¡Llegaron a asegurar que te saldrían tetas! Pues la tita ha visto muchos hombres mamaos, pero con mamas ninguno… exceptuando a La Pantoja de Puerto Rico.

Están los vegetarianos con el cipote de punta de la alegría. Mucho sufrir por el cerdo, pero de la cebolla ni mu. ¡Estos se creen que el repollo ni siente ni padece! Claro, como no sangra. Pues también es un ser vivo y al cortarle lo matas. Lloran por el sacrificio de un animal mientras arrancan ale­gremente una lechuga. La tita nunca los entenderá. A los de la OMS tampoco, esos se habrán ido a festejar su gran ocurrencia con un buen chuletón. ¡Coñe, que sean valientes y digan la verdad! Esas hamburguesas, llenas de grasona, que venden en ciertos lugares y las salchichonas cocidas alemanas, no es que sean peligrosas para la salud, es que son una amenaza latente para la perpetuidad de la raza hu­mana. ¡Si hasta la Biblia lo dice!

—¿En las sagradas escrituras se condena la hamburguesa aceitosa?

—Sí, jomío, bien clarito lo dice: “Creced y multiplicaos sin comer burguer de mierda”.

Erik miró a Genara mientras pensaba que esa costumbre que tenía la tita de ponerle dieciocho cucharadas de azúcar al café le estaba afectando seriamente a su tejido neuronal.

—Entonces, tu hijo, ¿se puso morlaco?

—Como un Miura, jomío.

¡Que quiere besugo al horno, me dice el pollastre! La tita ca­lló por no montar un escándalo, pero pensé: jomío, este año el único besugo que verás será a Rajoy intentando formar gobierno.

¿A quién se le ocurre montar unas elecciones en plena cam­paña navideña?

—Tita, las elecciones son el 20 y oficialmente la Navidad comienza el día de la lotería.

—¡Eso era antes, sobri! Ahora entras en octubre a un cen­tro comercial y ya te están dando la tabarra con turrones y villancicos. ¡Santa Cipriana, la maña, cuanto adelantan la campaña! Esto va a ser cosa del cambio climático o algo. La tita está viendo que, de aquí a no mucho, las cuatro estacio­nes de toda la vida quedarán reducidas a dos: medio año de rebajas y el otro medio navideño.

Espero que al menos mantengan la fecha del sorteo de la lotería. ¡Solo faltaba que nos la pusieran en agosto!

—No me parece, tita, es una tradición centenaria. Creo que el primer sorteo data de 1812, aunque el nombre de “Lote­ría de Navidad” no se lo pusieron hasta años después.

—¡Qué cosas tiene la vida, jomío, todas las ilusiones pues­tas en un bombo! ¡Igualito que Raquel Mosquera!

A mí lo que me trae con el higo en un puño es el tema ca­talán. ¡Jomío, las posturas son tan encontradas que van directos al abismo, todos! ¿No pueden hablar como per­sonas civilizadas y llegar a acuerdos? ¿Les parecerá que es­tán dando imagen de grandes estadistas? Pues a la tita le parecen dos titiriteros, Mas por acción y Rajoy por omisión. Y nosotros los títeres, claro.

Estoy viendo que si declaran la independencia, lo llaman desconexión para ser más finos, por su cuenta y riesgo, aca­barán siendo juzgados por sedición. ¡Un delito gravísimo!

Parece ser que Artur Mas se ve como presidente de la Re­pública independiente, ¡pues como no se vaya al Ikea…!

Suspender la autonomía también tiene sus riesgos. El pre­sidente, Rajoy o el que sea, se puede encontrar con la gente en la calle manifestando su indignación.

Y dicen unas cosas rarísimas, que se van de España pero conservan el Euro y la nacionalidad. Lo de la moneda lo entiendo, ¡home, no se van a inventar el Cateuro!, suena como a cateto o algo, pero lo de la nacionalidad… si se van de España ¿para qué quieren seguir siendo españoles? ¿Tú lo entiendes? Pues la tita tampoco. A no ser que sea el pasa­porte para mantenerse en la Unión Europea, que me parece que eso no va a ocurrir. No es posible pedir que te retiren la respiración asistida y pretender seguir viviendo.

Me siento totalmente impotente.

—¿Por no saber ayudar a buscar solución?

—No, jomío, por no poder hacer una gracia de algo que no tiene ninguna. Que España nos roba, dicen. ¡No, josmíos, no! Son algunos politicuchos los que nos han robado. De aquí y de allí. Por­que… la familia Pujol parece estar algo perjudicada. ¡Qué pedazo de Ferraris dicen que tienen! Lo que la tita no llegó a saber es si los que nos enseñaron por la tele son todos los que poseen o solo el tres por ciento. ¡Qué pena de Jordi, yo realmente creí que era honorable!

¡Ay, jartino, no sé cómo vamos a salir de este lío en el que nos ha metido cierta clase política!

—¿Te pido otro café?

—No, sobri, mejor nos vamos. ¡Qué café más malo, sabe como a pis de vaca o algo!

—Voy a la barra a pagar, se espere la tita.

—¡Alto ahí, el menejuelo, invita la tita!

—No, te invito yo.

—He dicho que la tita invita. ¿Qué pasa, que no puedo in­vitar porque soy mujer? ¡Coñe, con el sobri cromañón! Esos tiempos en los que el hombre pagaba todo se esfumaron. Ahora invita el que le sale del chichi… prácticamente nadie. Lo normal es pelearse por no pagar, no por lo contrario. Pues la tita paga, ningún sobri del cretácico superior la va a llamar muerta de hambre. ¡Ni que fuera yo una mantenida! ¿Cómo te atreves, culomosca?

—¡Pero, tita, yo solo quería tener un detalle contigo!

—El sobri ya tiene muchos, es mi turno de corresponder a todas tus atenciones, cachoperrín.

Se encaminaron a la barra, Genara posó su bolso sobre ella, Erik la mira fijamente y le dice:

—Tita, ¿has venido sin sujetador?

—¿Cómo dice el mamotreto?

—Que se te mueve mucho el pecho al caminar.

—¿La tita sin tetero? ¡Ni que fuera yo Carmen Gahona! Oye, carapeo, ¿cómo te atreves a mirarme las tetas?

—Es inevitable, con ese bamboleo… Lo he notado yo y me­dia cafetería.

—Es que me compré un sujetador en la teletienda, uno de esos que no llevan aro ni ná, que sale la modelo monísima de la muerte. Pero claro, te lo calzas tú y… ¡una mierda, so­bri, no sujeta nada! Cada vez que me lo pongo temo perder el autobús.

—¿Por qué, te paran los hombres por la calle?

—No, jartino, ¡qué más quisiera yo! Que no me atrevo a correr, seguro que me doy con las tetas en la cara. Estuve a punto de comprar también esas zapatillas que anuncian que rebotan el huevo, pero desistí, no me apetece gastarme el dinero que no tengo. Aunque seguro que hacen juego con el mierdasuje.

—Pues, no lo pillo.

—Pues, lo normal en el sobri. Esas zapatillas están diseña­das para que te reboten las tetas que el sostén no sostiene, fijo.

Genara abrió su bolso para pagar y comenzó a sacar cosas.

—A ver… paraguas… medias… pintalabios… preservativos… ¡tíralos, sobri, caducaron en el 98!

Las llaves del candao chichero… es broma, jardino, no pon­gas esa cara de cigüeña estreñía.

Sobres… sin dinero, claro… caramelos… tíralos también, so­bri, son de un mitin de Ciudadanos y saben a rancio. Pa­ñuelos de Podemos… bah, fui a ver lo que proponían y los regalaban, se ve que ya de aquella presentían que se pasa­rían de moda en un plas. ¡También a la basura, no valen ni para limpiar los zapatos! Compresas para las pérdidas ocasionales… es que me estoy acercando al galope a la edad que tanto pregonaba Concha Velasco. ¡Coñe, en este bolso no me cabe ná! ¡La cartera, por fin! Pues no tengo nada suelto, ¿le importaría al sobri invitar a una pobre amita de casa?

—Anda que… ¡con el número que me acabas de montar y al final invito yo!

—Ya sabe el sobri que la tita es una mujer de impulso rápi­do. Discúlpeme su lechuguéz si le he molestado. ¡Hala, sobri, cambiemos el cafetal por el centro comercial!

Cruzaron la calle, no sin una bronca de Genara a una ancia­na que pretendía pasar antes de que el semáforo se pusiera en verde, “Jartina, tienes que esperar a que el paisanuco que está en rojo y más parao que Agustín Pantoja, se ponga verde y mueva las patucas. Luego te liquida un coche y le ahorras una pensión al gobierno”, y entraron al gran centro del derroche colectivo.

—¡Virgen que bebe poquito, ya están con el villancico! ¡Qué cansinos! Esto lo hacen para descerebrarnos y que gaste­mos sin pensar. Pues a la tita no la lían, me he dejado el cerebro en casa. ¡Les Joan Collins! Mira, sobri, la gente enloquecía comprando. ¡Santas mollas de los laos, menúos carraos!

—Sí, tita, es la época de cerrar los ojos y comprar como si no hubiera un mañana. Estas son las virtudes de la sociedad de consumo.

—¿Virtudes? Esas eran dos chicas que hacían humor, esto son defectos ¡y de los gordos!

Porque, claro, no es solo la Nochebuena, es la Nochevieja, Papá Noel y los Reyes. ¿A qué viene colocarnos la tontuna de Papá Noel que no tiene nada que ver con nosotros? ¿Para que gastemos más? ¡Hijos de la Gran Bretaña! ¿No teníamos bastante con los tres encamellaos que nos ponen a un señor gordito, con pinta de borrachín, que viste de rojo? ¡Y que baja por la chi­menea! Eso sí que tiene delito. ¿Chimenea, qué chimenea? ¡Si aquí todos vivimos en pisos y las chimeneas desapare­cieron a la vez que las cocinas de carbón! A no ser que solo venga para los que tienen posibles y casina unifamiliar. ¡Home, tiene su aquel que viaje en un trineo que vuela al galope de unos renos!

—¿Le ves encanto al vuelo noelino?

—No, sobri, exceso de vino le veo. Hay que estar muy co­locao para creerse eso. ¡Pero si con lo del cambio climático estamos a punto de recibir las navidades en mangas de ca­misa! ¿Para qué quiere el trineo, para peinar la hierba? ¿Y lo de los renos voladores, te parece de recibo? ¡Pero si ahora lo único que vuela es el dinero a paraísos fiscales! A la tita le parece mucho más lógico que vengan tres paisa­nos, más cascaos que Arturo Fernández, montaos en came­llo, trepen por una escalerona cargaos con ciento y la madu de regalos, se pongan moraos con las copitas que les deja la gente para combatir el frío, y se larguen sin dejar huella. Esa si es una buena historia y no la del gordito achimenao. Además, al menos estos no hacen distinciones sociales, el que más y el que menos tiene ventana, aunque viva en una chabola. Hablando de todo un poco, ¿qué le va a comprar el sobri acaudalao a su amiga la cantante?

—Nada.

—¿Cómo? ¿Osas dejarla sin reyes? ¿Cómo te atreves? Esa pobre mujer, que se haría ilusiones y tú… ¡ni un besillo en el asuntillo! ¡Así cómo te vas a casar! Eso no se hace, sobri. Seguro que ella te regalará hasta la luna si se la pides.

—No, ella tampoco me pone nada.

—Siendo así, hace bien el sobri. Manos que no dais, ¿qué esperáis?

—No es por eso, tita. Prefiero pecar de cauto que de exce­sivo.

—En esos también lleva razón el sobri. No se debe agobiar a una persona con regalo tras regalo, sobre todo cuando no se tienen intenciones ocultas. Porque tú, gingivatio, interés en caliqueño no tienes, ¿eh?

—¡No, por dios!

—Pues lo que decía la tita: soltero pa’ toda la vida sin usar la bienvenida.

—¿Bienve qué?

—Bah, cosas de la tita. Siempre llamé así al cipotillo. Es­tando limpita y alegre, nunca es mal recibida. Otra cosa es que aquello huela a podrío y esté más alicaído que Ama­dor Mohedano una noche de invierno. ¡Así no, jardino, así nunca lo querrá un chumino! Al menos el de la tita, porque hay cada una que con tal de no verse sola acepta hasta una juanola. Lo digo por el tamaño, no se vaya a pensar el sobri que la tos vaginal se cura con regaliz. Bueno, pero, a tu amiga “la miña nai”, ¿le pondrás algo?

—¿Quién?

—Esa amiguina nueva que tienes, nunca recuerdo su nom­bre. La rubiaza monísima.

—¡Ah, la peluquera!

—La misma.

—Pues, tampoco.

—¡Virgen del pedo ecuestre, que hombre este!

—Ya tiene una familia que le da todo lo que necesita. No es plan que me tomen por lo que no soy.

—¿Acosaor?

—No, tita, picaflor ocasional.

—¿Mi sobri picaflor? ¿Cómo se atreve? ¡Mi sobri de putero p’arriba!

—¡Titaaa…!

—Es broma, sobri. ¡Coñe, que hombre, nunca pilla una! Entonces, el sobri ¿para quién va a comprar reyes? ¿O nos hemos venido a ver cómo los demás funden el saldo de los próximos tres milenios?

—Para Falsi.

—¡Que me estás contando! ¿Piensas dejar a la tita más olvi­dá que Rosario Mohedano en los Grammy? Esto ya lo sabía yo, ¡cría sobris y te sacarán los ojos! Dar de lao a la tita, ¡yo, que le he dado los mejores chichis de mi vida! ¡Virgen del precio justo, menúo disgusto! Esto me pasa por buena, además de estar requetebuena. Media vida limpiándole los mocos y mira cómo me lo paga. ¡Ni mi hijo sería tan arapajoso con la tita! Chincheto, cabezón, culotabla, espermóforo, anastasioso, medio huevo, picha amorfa, pocagracia, estiriforme…

—¿Va a durar mucho el drama de la tita? La gente comien­za a mirarnos. A ti te lo compraré otro día, no lo voy a hacer estando la interesada de cuerpo presente.

—¡Ah, bueno, siendo así…! Perdóneme el sobri, ya sabes que cuando me lanzo… Y, ¿qué me van a traer los reyucos? ¡Ay, no me lo digas, pre­fiero no saberlo! ¡Por dios, dímelo o no podré vivir con la intriga! Sobri, ¡no se te ocurra decírmelo! ¡Sobri, que cante la gallina! Ni medía sobri, ¡ni media!

—Tita, estos ataques de bipolaridad, ¿te dan a menudo?

—No, jardino, solo cuando esnifo amoníaco.

—¡Dios mío!

—Es broma, cachoperrín. Ya sabe el sobri lo que me pone una tensión no resuelta. Si recuerdo que una vez fui a con­fesar, a ver, no daban nada interesante en la tele y en casa tenía frío, y casi vuelvo loco al curita con la penitencia. ¿Te puedes creer que me acabó echando?

—¿Te expulsó de la iglesia?

—Sí, sobri, por una tontería. ¡Menúo cachalote! Bah, le dije “¿usted se cree que me puede despachar con tres Ave Ma­rías después de todo lo que acabo de confesarle? ¡Latígue­me, quémeme con dos buenas velas, escálfeme en aceite hirviendo, condéneme a vivir con Víctor Sandoval!”

—Pero, ¿qué confesaste?

—Que me había hecho nombrar presidenta de la comuni­dad para cepillarme a todos los vecinos. ¿Qué quieres, so­bri? El cura no encendía la calefacción por no gastar y la tita estaba arrodillá tiritando. La única forma de entrar en calor que se me ocurrió fue discutir con el enlutao. Lo que no acabo de entender es por qué siempre van de negro, ¿quién se les ha muerto?

—Pues no sé, quizá sea por Cristo.

—¡Coñe, pues el Papa que es el sumo jefe va de blanco! ¿Qué pasa, que él se alegra? ¿Y los cardenales? Que dan ganas de gritarles “al de rojo, que se lo cojo”, que ya les gustaría que se lo cogiera alguien.

—Dicen que es el color de luto.

—¿El rojo es luto? ¡Virgen del pan con tomate, que dispa­rate! Bueno, sobri, ¿qué le vamos a comprar a Falsi?

—Pues, no lo sé, nunca acierto. ¡Ni aunque me pida algo determinado! Un año me pidió una pashmina. De la mejor lana de cachemir, pero que no picara; ligera como una plu­ma y robusta como un roble; que abrigara, pero sin llegar a sudar como un pollo; de una elegancia sobrenatural, pero discreta; a juego con sus ojos y el tono del pelo (creo que se refería al de abajo, ya sabe la tita que ella se lo tiñe). Que me costó un trabajito encontrarla…

—Y, ¿qué tal, le gustó?

—Dice que le deja los azulejos preciosos.

—¡Menúa tía lombarda! ¡Mira, sobri, suena el villancico del chiquirritín! Este se lo dedican a Pablo Iglesias, fijo. Y el de “hacía Belén va una burra” será para Artur Mas. Ese va a pasar a la historia como el President que dividió a su pueblo. ¿Y si le compras una batidora? A Falsi, digo, no se vaya a pensar el sobri que la tita pretende batirle la huevera al na­cionalista. ¡Sí, claro, para que la use para mezclar pintura!

—¡Que me estás contando, esa mujer está loca!

—Es especialista en encontrar a cada cosa las aplicaciones más extrañas que te puedas imaginar. El año que le regalé un rizador de pelo…

—¿Lo usaba de vibraor?

—No, de termostato.

—¡Mira la jodía, se ve que tenía el chichi helaito!

—No, tita, para el tortuguero. Cada vez que iba a su casa me encontraba a la tortuga abanicándose.

—¡Pobrecilla, estaría con la menopausia!

—Sí, seguro que era eso.

—¿Esta vez no te ha pedido nada? ¿Ni una insinuación so­bre algo que le gustaría tener?

—¡Hombre, por pedir…!

—¡Pues, hala, me lo diga el sobri y lo buscamos!

—Quiere el monopatín de “Regreso al futuro”.

—¿Qué futuro? ¡Si ya no tenemos! Los bancos se han encar­gao de hipotecárnoslo. ¿Pretende viajar al futuro para ver como sus nietos siguen pagando su cláusula suelo? ¡Esta mujer está chalá!

—Es un artilugio que levita.

—¿Levita? ¿Eso no es como un frac pero con faldones? ¿Qué pasa, la han invitao a una recepción en palacio y piensa ir en monopatín para no gastar en taxi? ¡Pues cuando la vea llegar Peñafiel…!

—Genara, es un monopatín que no lleva ruedas, se desliza flotando en el aire.

—¡Mare, cuantos adelantos! La tita, lo único que vio flotar fueron las tetas de Marlene Mourreau cuando fue a “Super­vivientes”. ¿Y un perfume? A una jovenzuela como ella le gustará ir bien encoloniá.

A Erik no le dio tiempo de responder, quiso decirle que Fal­si solo usaba uno que ella misma elaboraba con agua de rosas y varias tonterías más, pero no pudo ser, Genara salió al trote hacia el mostrador de perfumería.

La observó en la distancia. La tita reía, apuntaba en todas direcciones y tomaba notas mientras la dependienta se po­nía como las amapolas.

¡Dios —pensó— esta es capaz de decirle que Jean Paul Gaultier ha sacado un nuevo perfume llamado “Eau de chi­chi escocío” y que quiere tres frascos para regalar!

Minutos después Genara regresó junto a Erik.

—Bueno, sobri, pues ya tengo lo que quería.

—¡Pero si vienes con las manos vacías!

—Y con la agenda llena.

—Pues, no me entero.

—¡Pues, qué raro para el sobri!

—¿No fuiste a comprar perfume?

—¿La tita gastarse un dineral en colonias? ¡Ni que estuvie­ra rematá! Fui a pedirle una cita, es una chica monísima.

—¿Tienes una cita con la dependienta?

—¿La tita bisbiana? ¡Ni que estuviera chalá! La cita es para el sobri, ¡coñe lo que me ha costao convencerla!

—¡Pero, tita!

—Ni tita ni tito. El sobri no se quedará soltero mientras la tita pueda impedirlo. Me ha dicho la muchacha que come de todo menos marisco y que con sexo tres veces por  semana se conforma. ¡Menúo chollo! No me lo agradezca el sobri. Menejuelo, aquella que está allí, ¿no es Falsi?

—¿Dónde?

—Junto a los artículos de jardinería, entre las boñigas y el detritus.

—¡Ah, pues sí!

—¡Que faldita lleva la tía pilonga, como estornude se le va a ver el rasca y gana! ¡Coñe, y no está sola! ¿Quién es el medio kilo que está con ella?

—Pues… parece que es… ¡Juan!

—¿El bautista? ¡Virgen que mueve el culín, hasta los santos gastan dinerín!

—El ex marido de Pili.

—¿Tu amiga Pili, la piligui? No sabía que se había separa­do. A la tita no le extraña, con la pinta que tenía y esa cos­tumbre de no callar ni para respirar… Normal que la dejara por la primera casquivana que se le pusiera a tiro.

—¿Falsi te parece ligera de cascos?

—¿A la tita? ¡Líbreme Santa Genovesa, sin braguina de pensar eso de mi Falsina! Home, algo calentorra sí que es la  pobrecilla. Pero con ese lechuguino… ¡si no tiene ni cuerpo! Si fuera una gallina, que la nariz la tiene igualita, no valdría ni para caldo.

—Fue Pili la que le dejó.

—¿Al fideguá? A la tita no le sorprende. Esa lobona necesi­taría sus buenos espolvoreos y no me parece que el cuarto y mitad tenga fuerza ni para tirarse dos peillos.

—No sé qué decirte. La mujer tan pronto le llamaba eunuco como ametralladora. Creo que le dejó porque se sentía sola.

—Lo que decía la tita.

—En la vida, no en la cama.

—¡Pobrecilla! No es mala mujer, insoportable sí, pero mala, mala… ¡Hala, sobri, vamos a saludarles!

—De ninguna manera. Falsi es muy suya para sus cosas, así que haremos como que nada sabemos mientras ella no lo mencione. Vamos a la otra planta.

—Lo que diga el sobri. Busquemos el ascensor.

—Tita, están aquí las escaleras mecánicas.

—La tita sube en ascensor.

—Pero, mientras esperas que llegue y subes…

—He dicho que la tita va en ascensor.

—¿Te dan miedo?

—Estoy aterrá. Temo no atinar a poner el pie en el escalón y caerme de cucus, no me apetece que la gente me vea las bragas. Y eso que son nuevas. Del mercadillo, jomío, pero monísimas. Y buenas, ¿eh? Ya llevan dos lavaos y aún no se dio de sí la goma.

—Yo te ayudo a subir, cógete de mi brazo.

—También temo bajar. Me espanta no apearme a tiempo y que la escalerona me engulla toa entera. Suba el sobri que la tita se ascensora, a ver quién llega pri­mero.

Erik llegó a la segunda planta y se puso a esperar por la tita, pero los minutos pasaban y Genara no aparecía.

Cuando comenzaba a ponerse nervioso pensando que la tita se habría liado a reñir con cualquiera que no hubiera pulsado correctamente el botón de subir, se detuvieron los villancicos y una voz tronó por megafonía.

“Atención, por favor. Se ha extraviado un sobri. Tiene cara de mameluco y atiende por Frascasio. Si alguien sabe de su paradero, acérquese al mostrador de seguridad, su tita de España le está esperando.”

Él se encaminó hacia seguridad mientras se acordaba de la tita y toda su familia.

—¡Ay, aquí está mi sobri, pesioso! Perdónele, señor guar­dia, es un poco retrasaillo el pobre.

¡Vamos, menejuelo, y no te vuelvas a soltar del brazo de la tita!

—Tita, ¿todo esto era necesario?

—¡Home, claro!

—¿Y lo de Frascasio?

—¡A que me hace un drama el tío jamelgo! Pues que sepa el sobri que se me ocurrieron nombres mucho peores.

—¡Anda que perderte!

—¿La tita? No, jomío, estuve un ratillo mirando cómo te mordías las uñas de los nervios.

—Si me tenías localizado, ¿para qué me anunciaste?

—¿Sabe el sobri cuántos años llevo esperando oírme prego­ná por los altavoces? ¡La ilusión de mi vida! Esto y un buen revolcón con Sandokan eran mi oscuro objeto de deseo. Lo

del tigre de Malasia lo doy por perdío, estará el pobre más arrugao que una castaña pilonga.

Sobri, te está pitando el móvil.

—Es Falsi, pregunta que dónde estoy.

—Esa lagartona nos ha oído por la megafonía. Dile que es­tás en una sauna turca. ¡Que se joa!

—Dice que ella está en casa, aburrida.

—¿En casa? Si, jardina, tocándote la chirla. Mándale recuer­dos de la tita, dile que la quiero más que mojar pan en salsa. Mira, sobri, que arbolitos navideños más espectaculares.

—El que tenías el año pasado era bien chulo.

—¿De verdad? ¿No te estarás burlando del árbol titero?

—Palabrita. Me recordaba al primero que tuvimos en casa. Como no había dinero para los adornos, los hicimos noso­tros forrando cajitas de cerillas y poniéndoles un lazo.

—¡Coñe, qué idea más buena! ¿Cómo no se le habrá ocurri­do a la tita? ¡Y yo colgando pinzas de la ropa! Que cuando vino ayer el técnico de la lavaora me dijo que podía tender fuera porque no había alerta por lluvias.

—¿Tuviste avería?

—Sí, jartino, la jodía no desaguaba. Tuve que abrirla y sacar la ropa toa empapá.

—A lo mejor es el filtro.

—No, carapis. Eso ya lo miró la tita y solo había una mierda de cinco céntimos. El técnico la desmontó toa y encontró la avería.

—¿La bomba?

—Bomba fue lo que pretendía cobrarme de salida. Salida llevo yo meses y no le cobro a nadie.

La tita usó todas sus armas de mujer para convencerle de que diera parte al seguro.

—¿Le enseñaste una teta?

—No, jomío, saqué el cuchillo jamonero. ¿Te puedes creer que un simple calcetín tobillero impedía que saliera el agua? ¡Coñe, si yo pensaba que eso era una leyenda urbana! Pues el muy pollino lo solucionó con un alambre en tres minutos y cuando llamó al seguro les dijo que había estado una hora.  Sobri, tengo que hacerme técnica de algo, con una horquilla del pelo me forro.

—Tita, mira cuanta ropa de moda.

—Sí, jomío, pesiosa, pero imponible. Esas tallas son para cuerpos que solo existen en los mejores sueños. Para calzarse una cosa de esas o eres un fantasma o Carme Forcadell, la presidenta del parlamento catalán. Aunque esa, más que de modelo, lo que tiene es cuerpo de escalera. Aún me acuerdo de cuando fui de compras con mi amiga Marguerite, la parisina de los webs. ¡Una tarde para olvi­dar!

—¿Lo pasaste mal?

—Divinamente, sobri. No vuelvo a salir con ella hasta que se me descuelguen las tetas.

—¿Qué pasó, pidió café au lait y le bailaste unas sevillanas?

—No, jardino, mucho peor. ¡Virgen de atapuerca, menúa terca! Íbamos las dos tan contentas agarradas de los chichis y la tía gamuza se fija en un escaparate. Había cosas monísi­mas, la verdad, ideales para lucir tipazo…siempre que seas anoréxica perdía o algo. La tita intentó convencerla con buenas palabras para que desistiera de su locura, “jamía, ese color no va a favorecer el brillo de tus ojos”, “jardina, a la tita le parece que ese diseño no va a realzar tu elegancia natural”. A ver, ¿qué iba a decirle, que no le entrarían las dos tetas ni pasándolas de una en una? Pero ella siguió erre que erre hasta que me arrastró hasta el interior. La dependienta, que nos ve entrar, nos mira a las tetorum y al observar lo bien calzás que estamos sufre una lipotimia francesa. Después de reanimarla con dos buenas patadas, trae el mo­delito de los pompones y Marguerite se lanza al probador mientras murmura “por mis huevos que esto entra”. Fueron pasando los minutos y lo único que salía del pro­bador eran unos gemidos escalofriantes. La dependienta y yo nos miramos sin decirnos nada. Supongo que ella esta­ría contando mentalmente los milenios que le faltaban para jubilarse, pero la tita pensaba “aquella torcuata se está des­trozando viva con la percha”. Cuarenta y cinco minutos después, ¡cuarenta y cinco!, apa­rece mi amiga, más pálida que Chelo García Cortés viendo como su prestigio profesional se va al garete, modelito al brazo y tambaleándose. ¿La señora se ha mareado? pregunta la dependienta. No, le contesta mi amiga, es que este color me ha recordado a Jordi Pujol montando gresca en la comisión del Parlament y me he puesto triste.

—¿Y lo compró?

—¡Qué va, jardino! Salimos de allí con más prisa que Pedro Sánchez por llegar a la Moncloa.

Resulta que a mi amiga le costó un triunfo meter el cuer­po en el vestidito, dijo haberse puesto más tensa que Car­me Chacón la primera vez que pasó revista a las tropas. Al mirarse al espejo pensando que estaría más divina que Soraya Sáenz de Santamaría bailando en “El hormiguero”, se vio más horrorosa que Rosa Díez en leotardos. Intentó quitárselo ¡y no podía! Por lo visto se le había quedao más pegao que Pablo Iglesias a un micrófono. Luchó con des­esperación, pero solo consiguió liberarse hasta la cintura, las tetas no le pasaban. Dudó entre pedir unas tijeras para desgarrarlo o un cúter para destetarse. Tras mucho pensar, tomó la decisión más acertada.

—¿Pedir ayuda?

—No, jomío, tumbarse para que le se desparramasen las ti­tas. Y así, aguantando la respiración y con el tetamen espar­cío por el probador, consiguió sacarse el modelito asesino. ¡Ay, Genara, suspiraba mientras nos tomábamos media do­cena de vermús para reponernos, casi me quedo sin pezo­nes! Hace tiempo que no sé de ella. No sé si es que ha regresado a París o ha pasado a vestirse con sacos. Sobri, vamos a la juguetería, así recordamos nuestros tiem­pos mozos.

—Dudo que los juguetes de ahora se parezcan a los nues­tros. Cuando era niño no existían los coches teledirigidos, el mando con las pilas iba unido con un cable al coche. Ahora parece una estupidez, pero de aquella era lo más en coche­citos. Mi primo tenía los “Juegos Reunidos”. ¡Cuánto jugamos con ellos! Y eso que me hacía trampas siempre para ganar. ¡Qué celos me tenía el tío! Siempre quise un Scalextric, pero nunca me lo trajeron, era un juguete para pudientes.

—La tita, en su modestia, también tuvo su ración de jugue­tes. La cocinita con los cacharritos, la escobita con su reco­gedor… ¡La madu que los parió, desde niñas educándonos para ser esclavas! Uno de los que recuerdo con más cariño eran unas muñe­quitas recortables, me pasaba horas cambiándoles la ropita. Ponte ahora a decirle a cualquier menejuela que juegue con muñecas de papel, te dirá que te las metas en el culodatrás. Jomío, la tecnología ha avanzado tanto que ahora las mu­ñecas te dan dos buenas hostias si no les cambias el pañal a tiempo. Cantan, bailan, parlotean, corren más que el coyote tras el correcaminos… incluso las hacen montadas en escoba, que a la tita le recuerdan a Marta Ferrusola y su “Vagi-se’n a la merda” ¿Y los niños? Totalmente atontaos con la video-consola. Ahora todos piden la “Play Puteison” ¡Vamos a tener una generación de agilipollaos…! ¡Sobri, mira que tobogán más pesioso! Hace que no me subo en uno… Pues la tita no se va sin probarlo.

—Genara, no sé yo si ese juguete aguantará tu…

—¿Mi qué, eh, mi qué? ¿Mi peso? ¿Estás llamando gorda a la tita?

—Iba a decir tu envergadura. Porque supongo que pensa­rás bajar con los brazos abiertos.

—¡Claro, jardino, como cuando era niña!

—Pues por eso.

—¡Virgen que no pisa el suelo, ya se enfadó el menejuelo! ¡Ay, qué hombre este, nunca quiere hacer nada por ver a la tita contenta! Pues, ahora no me subo.

—¡Vaya por los dioses, ahora la enfadada es ella!

—No, cacho carne, temo que el sobri lleve razón y me espa­tarre entera. No quisiera verme como Artur Mas tras varias sesiones de investidura fallidas.

—¿Disgustada?

—No, rascafría, con cara de lela.  Además, la tita no va a ser menos que María Dolores de Cospedal.

—¿Tuvo problemas con un tobogán?

—Sí, jomío, en las últimas elecciones autonómicas. Se des­lizó por uno cuesta abajo y sin frenos. Pero no lo digo por eso.

—Pues, no me entero.

—Pues, qué raro. Por sus cambios de opinión, sobri. Dijo que su futuro políti­co estaba en Castilla-La Mancha, que se quedaría allí hasta que Falete fuera madre y ahora se larga a Madrid de dipu­tada. Eso es tener menos credibilidad que la Volkswagen.

—Esto… tita, ¿vamos a la zona de nuevas tecnologías?

—La tita irá a donde diga el sobri. ¿Qué te vas a comprar? ¿Otro móvil? ¡San Juan Valdés, ya no te duran ni un mes! Él siempre tiene que ser más que nadie y tener lo último de lo último. ¡Y la tita con uno de hace tres siglos! Que cuando me pongo a mandar un guasap me pregunta si lo quiero en código morse o en señales de humo.

—No voy a comprarme nada, es por el regalo de Falsi.

—¡Qué me estás contando! ¿La tontuna del patín volaor existe? ¡Y la tita creyendo que era una de tus guasitas!

—Sí, es una especie de bicicleta con las ruedas en horizon­tal y sustituidas por dos ventiladores.

—¡Coñe, pues la tita quiere uno para secar la ropa! En invier­no no se seca ni prendiéndole fuego a los muebles. Entonces, ¿no es monopatín?

—No, más bien tira a bici.

—Pues, eso tiene que levantar un polvo…

—Es para utilizar sobre el agua.

—¡Coñe, la tía pinza piensa pasear sobre las aguas como Cristo!

—Mira, tita, es esto.

—¡Mare, mare, que cosa más pesiosa, no le falta detalle! Fí­jate, sobri, cuantos numeritos. ¡Hasta le han puesto matrí­cula!

—Eso es el precio.

—¡Virgen que aparece a veces, con eso vivo tres meses! ¿Te vas a gastar esa pastona para que la tía boñiga sobre­vuele el Cantábrico? ¡Santa Petronila del chichi esmirrieau, esta se cree Cousteau!

Mientras Erik hacía las gestiones de compra, Genara estuvo curioseando los drones. Según ella, aquello le venía de per­las para recoger las pinzas de la colada cuando se le caían al patio. “Tener que bajar, le contaba a un dependiente con cara de dolor de huevos, cada vez que me cae una, me da una pereza… Es que yo por casa ando medio esnúa. Com­prenderá el cara higo que no es plan de aparecer en el patio con la melenona al viento. No ponga esa cara de culopita, en la cabeza siempre me hago un moño, me gusta andar arreglá pero informal”.

Al ver el regalo de Falsi totalmente embalado, exclamó: “¡Virgen del guacamole, menúa mole!”.

—Tita, ¿nos vamos?

—Lo que diga el sobri, la tita siempre está dispuesta a com­placerle. Tengo un bus en diez minutos.

—No, yo te llevo, tengo el coche en el parking.

Arrancaron mientras Genara comentaba lo galante que era su sobri, lo limpísimo que tenía el coche y lo bien que olía a “pilingui de las caras”.

—Sobri, ¿te conté que el otro día me llamó el guey?

—¿Boris Izaguirre?

—¡No, hombre, no, el de España!

—¿Jesús Vázquez?

—Ese no, ¡el coronado!

—¿Víctor Sandoval?

—¡Ay, qué hombre este, nunca se entera! Juanca.

—¡Ah, el emérito! ¿Y qué tal?

—Mal, jomío, que se aburre. Dice que pensaba que la jubi­lación era otra cosa. Que de pensión quedó apañao, pero pasarse el día sin hacer nada…

—Pues ya debería estar acostumbrado.

—Sí, jardino, pero antes estaba sanote y trotaba todo lo que podía. ¡Pobrecillo, se ve que ya no puede ni con la calza! Lo único que repetía era: “¡Ay, mi Sofi! ¡Ay, mi Sofi!”. Que yo me pensé: “¡Coñe, tantos años sin hablarse y ahora la echa de menos!”. Pero no, jomío, se refería a la hija de Bárbara Rey. Será que la ve en la tele y le gusta la muchacha. ¡Tócate los borbones! Pues la tita le recomendó que se vaya al hogar de jubilao a echarse unas partidas al dominó para matar el aburrimien­to. Pero no creo que me haga caso, a él lo que siempre le gustó matar son animales salvajes. Me dijo que lo único que le anima es ver lo bien que gestio­na su hijo el asunto catalán.

—¿Su hijo? La gestión, con mayor o menor fortuna, es del gobierno. Aquí el rey reina pero no gobierna. ¿Aún no se ha enterado de que es una monarquía parlamentaria y que su puesto es puramente representativo?

—No sé, jomío. Será que quema las tardes viendo “Sálva­me” y se hace la cori un lío. ¡Coñe, que rápido hemos llegado a casita! Hala, sobri, dame un besito y gracias por la tarde tan entretenida que hemos pasado. De no ser por ti, hubiera estado en casa más aburría que los senadores en un pleno. ¡Menúas siestas se echan los muy parásitos!

Genara bajó del coche y cerró la puerta despidiéndose de Erik con un “¡Morri Crismas!”.

FIN

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