Historias del chico salvaje: ¨15 balazos¨

Diego M. Rotondo

profe-gim

 

Todos le tenemos pánico a Enrique, el profesor de gimnasia. Es un desalmado, nos trata como tarados, nos grita y nos obliga a correr hasta casi vomitar. Durante la clase se fuma un cigarrillo detrás de otro, camina entre nosotros echándonos el humo en la cara y nos dice que inspiremos y espiremos… Sus ejercicios preferidos son las flexiones de brazos y las abdominales, nos obliga a hacer más de 30, y pobre de aquel que no aguante… muchos chicos se largan a llorar cuando no logran completar las series… lloran porque saben que Enrique se burlará de ellos, los tratará de maricones, debiluchos, enclenques, etc.

Y a pesar de todo ese calvario que pasamos en su clase, Quique nos cae bien, no es tan malo como finge ser; de hecho, fuera de las clases es muy simpático, nos hace chistes, juega a la pelota con nosotros, nos regala caramelos, y hasta nos enseña movimientos de karate para ganar una pelea. Las maestras están encantadas con él, algunas le coquetean incluso; y es que Quique, con 60 años, tiene un cuerpo envidiable, es más fuerte y delgado que cualquier padre de nuestra clase.

Fue en cuarto grado, después de las vacaciones de invierno, cuando nos dijeron que Quique se había resistido a un robo y le habían metido 15 tiros. Quince… para mí eso sólo sucedía en las películas, no podía concebirlo; podían dispararle uno o dos, incluso tres, ¿pero quince?… Esos ladrones estaban locos, ¿por qué odiarían tanto a Quique?, ¿acaso él les habría dado clases cuando eran chicos?, ¿los habría humillado como a nosotros? Esas cosas me preguntaba a los 9 años… aun era demasiado inocente como para entender la maldad del hombre.

Lo más sorprendente fue que Quique sobrevivió a los disparos, cuando llegó la ambulancia se hallaba echado en la calle fumándose un pitillo. Lo llevaron al hospital y lo internaron en terapia intensiva, había perdido la mitad de toda su sangre.

Todos en la clase nos pusimos tristes cuando nos enteramos; nos parecía extraño que las balas hubiesen traspasado su duro pellejo; el cuerpo de Quique era como tallado en ébano, tenía que sobrevivir, no sólo por él, sino por nosotros; si se moría nuestro destino sería diferente, el fantasma de su muerte nos perseguiría de por vida.

Quique murió, su corazón de roca latió casi un mes.

Más tarde nos enteraríamos que su crimen no había sido por un robo, sino por un ajuste de cuentas. Quique apostaba a los caballos desde hacía tiempo, se había vuelto adicto, no podía parar, perdía más plata de la que ganaba; vendía muebles, autos y todo lo que le diera capital para seguir apostando. Cuando ya no le quedó más nada por vender recurrió a los prestamistas. Conforme pasaban los días su deuda se iba abultando cada vez más, así que para poder pagarle a un prestamista le pedía plata a otro, y así sucesivamente, hasta contraer deudas con cinco rufianes diferentes. Por supuesto comenzaron a amenazarlo, a torturarlo, a darle palizas, etc. Pero él no tenía para pagarles, así que contrataron a dos sicarios para liquidarlo.

El caso del profesor de gimnasia Enrique Gómez fue famoso, salió en los diarios y en la televisión. Sus radiografías y estudios clínicos fueron usados en distintos congresos de medicina; ya que ningún otro ser humano en el mundo, con los órganos destrozados y llenos de plomo, hubiese sobrevivido más de unos minutos.

La muerte de Quique nos hizo comprender demasiado pronto lo etéreos que éramos, nos hizo ver a la muerte como algo horrible e inevitable. Todos crecimos de golpe aquel invierno de 1983.

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