EUTROPIO ENCADENADO

Estefanía Farias Martínez

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Podía ver expandiéndose ante él las siete lenguas de basalto.

Se frotaría las manos con alcohol hasta hacerlas enrojecer, sudaba por cada poro y los dedos le resbalarían en el teclado.

La superficie brillante de la caja le permitiría ver al tribunal, sus muecas de desaprobación, su aburrimiento, su cansancio.

La tila azotaría las paredes de su estómago y el olor a jazmín que provendría del patio le provocaría nauseas.

Las sienes le latirían con violencia, la pierna izquierda se le agitaría como un potro encabritado.

Su profesora se escondería en un baño del conservatorio, como siempre, y él recibiría el abrazo materno antes de enfilar el camino al cadalso.

Cuando sonó el despertador, Eutropio lo apagó y se zambulló bajo las sábanas.  Mejor en septiembre.

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