Fábulas del crimen: ¨Efectos adversos¨

Diego M. Rotondo

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Boulogne Sur Mer, Francia, 1842. Gerard Bauduin, de 22 años, un joven mendigo de Saint Omer que padece parálisis en la mitad del rostro, se ofrece como voluntario para los experimentos del prestigioso neurólogo Benjamín Amand Duchenne.

Estos experimentos consisten en alterar la expresión de los gestos faciales por medio de pulsos eléctricos aplicados en diversos puntos neurálgicos del rostro. Durante casi un mes, Bauduin, a cambio de unas monedas, se pone en manos del doctor, quien, con su singular artefacto, intenta revolucionar lo poco que se sabe hasta el momento sobre fisiología facial.

Por medio de la corriente alterna, Duchenne logra que Bauduin pueda realizar muecas que antes le resultaban imposibles; estimula varios de sus nervios faciales haciendo que poco a poco comience a gesticular de forma natural.

Bauduin regresa a Saint Omer tras 27 días de tratamiento.

Pocas semanas después el mendigo comienza a sufrir horribles alucinaciones, el mundo real se deforma ante sus ojos; un paisaje infernal atestado de monstruos. Calles humeantes y viscosas parecen tragarse sus pies, chillidos de niños, bestias peludas de ojos blancos, barbillas puntiagudas y lenguas de reptil que llevan enroscadas en sus cuellos como bufandas. Bauduin observa horrorizado a esos seres tremebundos que pasan a su lado relamiéndose, mirándolo con curiosidad. El mendigo corre y se escurre entre la multitud intentando escapar. Pero cada vez son más las bestias que se amontonan a su alrededor preguntándole qué le sucede, de quién huye, qué necesita. De repente, la mitad de su rostro –la que había sido curada por Duchenne– comienza a entumecerse; Bauduin siente que la piel de sus mejillas se disuelve, chorreando como cera derretida sobre sus manos y pies. Piensa que son las bestias las que le están disolviendo el rostro, así que recoge una piedra de la calle y la arroja contra el escaparate de una tienda destrozando todo el ventanal; busca un trozo de vidrio del suelo y lo aferra con tanta fuerza que se hace un profundo tajo en la palma de la mano. Sosteniendo el vidrio como si fuese un puñal, el mendigo decide defenderse.

El 6 de septiembre de 1842, mientras decenas de ciudadanos transitaban por la Rue de Cassel de Saint Omer, un extraño vagabundo comenzó a atacar a la gente con un trozo de vidrio. Durante diez interminables minutos el desconocido sembró el terror, hiriendo gravemente a más de 30 personas.

Fueron trece los inocentes que perecieron ese día sobre la concurrida avenida. La policía logró cercar al homicida mientras intentaba degollar a una anciana, lo acribillaron con disparos de fusil, el desconocido cayó muerto a los pies de su última víctima.

Gerard Bauduin murió con una sonrisa crispada, agónica, muy parecida a la que Duchenne había inducido en su rostro cuando lo sometió a la corriente de los electrodos. Gracias a las notas que el vagabundo escribió en un cuaderno que tenía guardado entre sus trastos, los investigadores supieron del experimento al que se había sometido. ¿Era posible que el tratamiento con electrodos hubiese desencadenado la psicosis en Bauduin? Nadie podía saberlo en esa época, salvo el doctor Duchene, que dos semanas después del entierro ordenó exhumar el cuerpo del mendigo.

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