EL FINAL

Lucas Berruezo

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El sol llenaba la habitación con su matinal resplandor. Los haces de luz, apenas perceptibles gracias a volátiles partículas de polvo, ingresaban por la ventana impregnándolo todo de una claridad cálida. El silencio que, junto con la luz, reinaba en el lugar, otorgaba al ambiente una paz edénica, casi soñada. La habitación entera, la vida entera, parecía gritar en silencio que la existencia tiene, en efecto, algo de bueno; algo que, si bien es de naturaleza inefable, es también tan real como el sufrimiento y el mal, de cuya existencia nadie duda. Pero, como suele ocurrir con todo grito veraz que acarrea la suavidad del silencio, el mensaje no era siquiera intuido.

Dentro de la habitación, las caricias del sol se convertían en fuertes golpes que dañaban la sensibilidad de los ojos de los dos jóvenes que allí se encontraban. El silencio, por otra parte, lastimaba sus oídos que, de manera frenética, buscaban la existencia de cualquier sonido que los distrajera y les impidiera oír las voces que gritaban en el interior de sus respectivas cabezas.

Cuando la mano de Alan se extendió hacia la correa de la cortina, la oscuridad se abrió paso ganándole el lugar a la luz. Con paso sigiloso (no quería lastimarse chocándose contra algún mueble) Alan cruzó la habitación y activó el interruptor eléctrico, que estaba ubicado a un costado de la puerta. Una nueva claridad iluminó el lugar. Una claridad tenue, entre amarilla y naranja, que poco podía competir con la que la precedía.

Alan se detuvo al ver, en el centro de la habitación, sentada sobre la cama con las piernas cruzadas, a Silvina. Por un momento pensó en abandonar el plan, en abortar todo, pero inmediatamente pensó en el final y volvió a convencerse de que no había otro camino.

–¿Estás bien? –preguntó Alan, acercándose.

Silvina asintió. Tenía el rostro bajo, oculto tras los mechones de pelo que le caían de manera desordenada.

–¿Segura? –volvió a preguntar.

Esta vez Silvina no se movió.

–Es que… –comenzó a decir, esforzándose por no sucumbir ante el llanto que ya le subía por la garganta–. Podríamos intentarlo… juntos.

Alan sintió cómo una oleada de rabia le recorría el cuerpo (¡¿Cuántas veces se lo había explicado?! ¡¿Cuántas veces le había demostrado que no había otro camino?!). No obstante, se contuvo.

–No, no podemos –aseguró con voz tenue, la indecisión de Silvina afianzaba su determinación–. Vos viste a esas personas en el hospital. ¿Querés terminar así? No tenemos otra salida. No tenemos plata… y si la tuviésemos no nos serviría de nada… Tenemos que hacerlo… juntos. Vayamos donde vayamos, vamos allá juntos… y nos vemos del otro lado.

Silvina no dijo nada, sabía que, en cierta forma, Alan tenía razón.

Lentamente, Alan se incorporó y se acercó a una vieja cajonera que se encontraba contra una de las paredes de la habitación. Del primer cajón sacó un revólver calibre 22 y se volvió a acercar a Silvina. Se sentó a su lado y, con su mano derecha, le acarició suavemente la cabeza. Notó que lloraba.

–Todo va a estar bien –le dijo–. Vamos a estar en un mejor lugar… Después de todo, cualquier lugar va a ser mejor que éste –intentó reír, pero no pudo–. Ya sabés lo que tenés que hacer. Quiero que cierres los ojos. Cuando escuchés el disparo, me sacás la pistola, siempre con los ojos cerrados, y hacés lo mismo… No quiero que lo último que veas sea una imagen horrible de mí. Y así, en menos de un minuto todo va a estar solucionado.

Dejando el arma a un costado, Alan tomó el rostro de Silvina con ambas manos y lo giró para que lo mirara de frente. Por el contrario, Silvina rehuía de su mirada.

–Mirame –dijo Alan.

Silvina obedeció. Las lágrimas brotaban de sus ojos azules, ahora rojos por el dolor, y caían por unas mejillas tan blancas como el papel.

–Te amo… ¿lo sabés, no?

Silvina asintió.

Alan se acercó todavía más y la besó en los labios. Un beso fuerte, largo y con un ligero gusto a sal.

Concluido el beso, Alan soltó a Silvina y, girando sobre sí, miró hacia la pared que tenía enfrente de él. Silvina, imitándolo, hizo lo mismo. Alan sujetó con su mano derecha el revólver y lo apoyó debajo de su mandíbula.

–Cerrá los ojos –ordenó.

Silvina, exhausta, obedeció.

Se oyó el disparo. Mecánicamente, Silvina alargó su brazo izquierdo y tanteó en busca del arma. Primero tocó las piernas de Alan, siguió por ellas hasta su torso y de allí hasta su hombro. El cuerpo del muchacho se hallaba recostado sobre la cama, inmóvil. Del hombro bajó por el brazo hasta dar con su mano, de la que extrajo el arma.

Tenía que hacerlo, ya no había vuelta atrás. Alan había dado el primer paso, ahora todo lo que podía hacer ella era seguirlo.

Las lágrimas resbalaban por su rostro con mayor intensidad. Su corazón palpitaba con fuerza. Apenas podía respirar entre jadeos. Trataba de no pensar en nada, era sólo un movimiento mecánico. Debía serlo. Sólo levantar el arma, apoyarla en su sien y apretar el gatillo. Sólo eso.

Con dificultad, respiró hondo. Apretó los dientes y elevó el arma. Notó que la mano le temblaba. Hizo fuerza para apretar el gatillo, pero no pudo hacerlo. Intentó una vez más, pero su dedo no le respondía.

El llanto invadió su garganta y creyó ahogarse. Tosió con fuerza. El arma le pesaba en su mano. La bajó. En un arrebato la volvió a subir y a colocársela en la sien. Apretó sus ojos ya cerrados. Esperó. Iba a hacerlo, lo iba a hacer, no había otra salida, no había…

Era inútil.

Rendida, bajó el arma y la colocó en su regazo. Abrió los ojos y la observó. Por el rabillo del ojo podía ver el cuerpo sin vida de Alan, recostado a su lado, iluminado por la tenue luz entre amarilla y naranja.

Era inútil.

No podía hacerlo. No podía seguir el camino de Alan. No tenía el valor para hacerlo. Lo único que podía hacer era esperar. Quedarse allí sentada y esperar. El final le llegaría, siempre llegaba, tal vez antes o tal vez después, y ella sólo podría esperarlo, con más o menos valentía o resignación.

Fue inútil.

Decidió no hacerlo. Dejó el arma a un costado y se puso de pie. Llamaría a una ambulancia y a la policía. Se odiaba por ser tan cobarde. Se odiaba como nunca había odiado a nadie en su vida.

Miró a Alan. Allí estaban sus piernas, tendidas sobre la cama. No se animó a mirarle la cara. De seguro estaría destrozada como consecuencia del disparo.

Se encaminó a la mesa de luz que estaba a un lado de la cama y tomó el teléfono que allí descansaba. Marcó el primer número, el nueve, pero antes de marcar el segundo sintió que algo frío le acariciaba la oreja. Los pelos de los brazos se le pusieron de punta. Ella no era una persona que podía calificarse de supersticiosa, pero en ese momento supo que el espíritu de Alan había regresado para llevársela con él. Ella lo había defraudado y no había otra explica…

–¿Qué hacés? –oyó Silvina que le decían a sus espaldas.

Se dio vuelta. No podía creer lo que estaba viendo. Ahí estaba Alan, intacto, con el arma en su mano y apuntándole directamente a la frente.

Inconscientemente, y todavía con la idea del fantasma en la cabeza, Silvina miró hacia la cama en busca del cadáver. Si estaba muerto y lo que tenía delante era su espíritu, entonces el cuerpo tenía que seguir en…

–Te pregunté qué estás haciendo.

El cuerpo sin vida de Alan no estaba. Entonces, eso significaba que…

–No estás muerto.

–No, no estoy muerto, pero se suponía que vos sí ibas a estarlo.

–Pero…

–Siempre con peros. Ni siquiera me vas a dejar morir en paz. Por tu culpa me agarré esto y no me vas a dejar ser feliz, me vas a romper las pelotas hasta el final… ¡Hasta el final!

–Yo te amo…

–Callate.

Alan movió ligeramente el caño del revólver hasta apoyarlo en la sien de Silvina. Abrió fuego. Un solo disparo. Después limpió el arma con un pañuelo (lo había visto en varias películas) y, con sumo cuidado, la puso en la mano del cadáver. Por último, se dirigió a la puerta de la habitación.

Salió sin mirar hacia atrás.

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