El expediente Glasser. Tercera parte: ¨Planes¨ (XV), ¨La Calesita¨ (XVI) y Epilogo

Violeta Balián

Glasser final

 

 

15.Planes

A punto de salir para el colegio, Mónica me recordó que al día siguiente, a las tres de la tarde, ensayaría con su coro en el Salón Auditorio, en Olivos. El recital estaba programado para la semana siguiente, pero ella quería que la escuchara un poco antes cantando un solo, muy cortito.

—Te va a encantar, mamá.

—Allí estaré, hija. Te lo prometo.

Rogelio y yo nos quedamos desayunando en la cocina. Así que aproveché el momento para preguntarle si había tenido noticias de Gert y Lotte, sus tíos de Munich. O de sus primos.

—En los últimos meses, no. ¿Por qué?

—Estuve pensando que sería bueno que mandáramos a los chicos a estudiar allá, en Alemania.

—¿Qué decís?

—Como sabés, Pablito se inclina por las ciencias y le fascina la astrofísica. Le vendría muy bien estudiar en Europa, después de todo, tienen las mejores universidades y, también el Instituto Planck, por darte un ejemplo. Con Mónica. Tarde o temprano habrá que exponerla al mundo de la música. ¿Qué mejor que allá? La otra opción, Estados Unidos. El problema es que ya no tengo ningún tipo de contacto con los Altmann, en Chicago. Por eso pensé en tus tíos Glasser. Los chicos necesitarán donde vivir y familiares que los guíen y acompañen.

—Estás bromeando. ¿Cómo lo afrontamos financieramente?

—Difícil, es verdad, pero Mutti me habló de unos terrenos que tiene en Córdoba. Si le explico la situación, por ahí decide dármelos ahora. Además, tengo unos ahorros.

—¿Ahorros? ¿Desde cuándo? No me digas eso, Clarita ¿con todo lo que pasamos?

—Tranquilo. Son un aguinaldo que recibí de Latorre, el brigadier ¿te acordás? Cuando murió Mercedes. Resulta que apenas recibí el dinero lo puse en el banco, para los chicos. No es mucho, no te creas. No sé, se me ocurren otras cosas. Nosotros, y Mutti, yéndonos a vivir a Munich. Seamos francos, Rogelio, aquí no nos va muy bien. Y tu alemán es perfecto. No tendrías ninguna dificultad en conseguir un empleo en una empresa de ingeniería. Es una idea, nada más.

—Está bien. Digamos que no nos costará nada escribirles a mis tíos o a los primos, y esperar su opinión. Pero hay que tener en cuenta que si los chicos se van los vamos extrañar mucho. ¿Tenés idea de lo enorme que puede ser una separación? Te digo que con sólo pensarlo se me parte el corazón. ¿Dejar el nido? Todavía son chicos y dependen de nosotros. Naturalmente, tendrán que decidirlo ellos mismos, ¿no te parece? Y nosotros, aceptar lo que diga la familia.

—Sería lo mejor para todos. Un riesgo grande, lo sé. Nos quedaremos tristes y muy solos; no regresarán en mucho tiempo, si es que lo hacen alguna vez.

Rogelio se levantó, se acercó a mi silla y me abrazó, fuerte. No supe cómo reaccionar excepto refugiarme en su cuello para que no viera mis lágrimas ni se percatara de mi desesperación.

16.La Calesita

Terminé con mis obligaciones de la mañana y procuré comunicarme con los hermanos. No estaban en Los Tres Amigos. Tampoco en Los Querubines. Continué buscándolos. Inútil. No tenía su dirección ni número de teléfono. Nada de eso existía. Se alojaban dentro de obras en construcción o en alguna de sus bases. Por último quedaba revisar ese horrible café, enfrente de la placita de la estación.

Caminé a lo largo de la avenida San Martín y me acercaba a la estación cuando escuché, a lo lejos, la musiquita de la calesita municipal. Eran horas del mediodía y aun así, la imaginé desbordada de chicos como cuando los llevaba a Pablito y Mónica. La tonta cancioncita me invadía con recuerdos:

 A la calesita quiero ir a jugar

Un boleto para mí, otro para vos,

Así vamos los dos…

Entré al café. Me golpearon el sonido de la radio a todo volumen, los olores agrios de la cerveza y el humo de cigarrillo. El lugar era más desagradable de lo que recordaba. Detrás del mostrador, un hombre secaba copas y me miraba de reojo, receloso. Cuando me acerqué para decirle que quería tomar un café, extendió bruscamente el brazo para indicarme una mesa alejada, contra la pared. Ahí me senté y le eché un vistazo al salón buscando a Alcides y Asima. No estaban. En ese café no había nadie.

Imaginé entonces que estaba en otro lugar, lejano, y que alguien había armado una puesta en escena poblada de caballos blancos de madera, enjaezados en mágicos colores desde las bridas hasta las colas gallardas y ampulosas. Pero también batallados y despatarrados sobre las mesas, con los ombligos al descubierto, listos para el sacrificio. Bestias magníficas reposando de los galopes suspendidos en el tiempo y los interminables giros del carrusel infernal. Quise creer que estaban a resguardo, lejos del “calesitero” y su endiablada bocha de sortijas. Sola y descartada me sentía identificada con ellos.

Se había hecho tarde. Me levanté, pagué mi cuenta en el mostrador y me escurrí hacia la salida, pero no sin antes darme vuelta para contemplar la escena una vez más o al menos, cerciorarme de que continuaba allí. En efecto, los caballos seguían en la misma posición. Todos excepto uno. Recostado sobre la mesa más cercana éste había erguido su noble cabezota y me miraba. No me pude resistir. Di unos pasos en su dirección al tiempo que me repetía que nada de eso tenía sentido. No me importaba; ese día dejaba atrás el orden y la prudencia. Y la bestia, con su ojo pintado de azul y marrón, consignaba una chispa dorada y un mensaje de comprensión que atravesó todo mi ser.

Conmovida hasta el tuétano, regresé a la panadería. Esperé unos minutos. La empleada me preguntó si quería llevar algo. La escuché sin responderle. Me encontraba encapsulada en un segmento de película sin sonido y ahí estaba yo, buscándolos, dando vueltas, perdiendo el tiempo.

«¡Pero cómo no se me había ocurrido antes! Ya habrían dispuesto que la alfombra mágica me llevara hasta ellos». Pero no había tal cosa. No aparecían. No llegaban instrucciones ni mensajes. Y la espera se tornaba insoportable.

La empleada continuaba observándome, en silencio. Finalmente, le pedí un kilo de masas. Para mamá, para el té.

«Me resisto a creer que Alcides y Asima me hayan abandonado».

Sin embargo, el tiempo pasaba rápidamente y de largo, como decía papá. Esperé un rato más. Al no recibir respuesta mi desolación y desesperación fueron en aumento. Recordé al gris moribundo, a la escena que había presenciado y que ellos llamaron una ‘transmisión de fuerza vital´. Según Alcides y Asima su misión era encargarse de los suyos, de aquellos que estaban en peligro, a punto de morir o ya habían muerto. Entre las soluciones estaba enviarlos a un refugio como la base submarina. Eso fue lo que me ofrecieron. Y en caso de muerte, enviarlos a otras dimensiones, a vivir segundas vidas a través de otras personas. Un asunto que no entendía muy bien. Pero era claro que debía dejar de remar contra la corriente. Deprisa, caminé a casa. Entonces comencé a sentir que se acercaba mi última hora. El resultado de una mala jugada del destino. Y una lástima, realmente. Porque había tomado una decisión y me hubiese gustado anunciárselo a los hermanos, cara a cara, por última vez.

¿Su reacción? ¿Que era tarde? ¿Que ya había recibido mi sentencia de muerte? ¿Me lo explicarían en otro momento? Sólo Dios sabía y en Él confiaba.

EPILOGO

En el salón de actos del colegio de Olivos, los adolescentes interpretan la versión coral de una vidalita pampeana y la voz de Mónica Glasser se eleva cristalina e impecable.

¡Qué orgullosa estoy de esta hija mía!, se confiesa la madre escurriéndose del lugar para continuar el regreso a la zona de Maipú. En la calle se oye a sí misma canturrear. «Se me ha pegado la tonada» piensa y sonríe.

Camina con paso ligero y evalúa su situación, tan afectada en estos últimos días por un desfile de acontecimientos oscuros y externos.

En tanto, la tarde vacila, agobiada por un cielo bajo y gris. La mujer no parece notar el incipiente cambio meteorológico. Llega a una esquina de la avenida Libertador y caen las primeras gotas. No es más que una lluvia pasajera, de primavera. De pronto, arrecia el aguacero y, del lado del río aletea un viento frío. Ella no tiene con qué protegerse y la parada del colectivo está en la vereda de enfrente. Rápidamente, se une a un grupo de personas que espera, impaciente el cambio de luz del semáforo.

Se oye una frenada fuerte. Un colectivo. Los peatones corren a ver qué ha sucedido. El chófer del 60 gesticula y en su desesperación, trata de explicarse ante los testigos paralizados por el horror.

—¡Tenía la luz verde! ¿La vieron, no? No me dio tiempo de frenar. ¡Con esta lluvia! ¡Dios mío, qué desgracia! ¡Cómo pudo haber ocurrido!

El tránsito se ha detenido. Un hombre desciende de uno de los autos detenidos. Apresurado, se acerca al lugar del accidente.

—Permítanme pasar, soy médico —anuncia, apartando a los curiosos antes de inclinarse a examinar a la persona caída sobre el asfalto.

—Ha sufrido un impacto terrible. No hay mucho que hacer. No sobrevivirá. Lo siento mucho. Por favor, que alguien llame inmediatamente a una ambulancia, y también a la policía. Habrá que hacer una identificación.

En medio de la confusión y del abultado grupo de personas, se adelanta una mujer alta y rubia. Recoge los efectos personales de la víctima desparramados por el suelo, y se aleja del lugar.

—Señor, señor —llama un chico al médico.  —Mire…esa señora que va por ahí ¡se está llevando algo!

—Ah, sí…ya veo. Es un maletín  de enfermera —confirma el médico.

∞∞

El expediente Glasser II

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