Historias del chico salvaje: ¨Martín, el pendenciero¨

Diego M. Rotondo

foto-martin

 

 

Martín aporrea a Sergio contra el perchero del salón.  Le pega con una destreza atípica en un chico 8 años. Son puñetazos firmes, duros, al estómago, al hígado, a las costillas. Todos en el aula tenemos miedo, queremos que aparezca alguien para evitar que Martín mate a Sergio. Algunas nenas lloran y gritan “¡basta Martín!”, pero él no para, le conecta un golpe tras otro. Sergio no hace más que lloriquear y cubrirse, no reacciona. Entonces aparece Stella, la maestra de cabello blanco. Stella agarra a Martín de los pelos y lo detiene; pero él está tan enardecido que le mete un codazo en la pelvis; ella chilla, pero no lo suelta hasta que aparecen el portero y la directora. Sergio se desploma agarrándose la panza, llora desesperado, tose y babea; me da mucha pena… pero es que no debió robarle el lápiz a Martín.

Así fue mi primer día de clases en el colegio San Cayetano. Era el año 1982, y en el recreo las maestras no paraban de decir: «Malvinas». Yo creía que hablaban de águilas, por alguna razón asociaba Malvinas con águilas. No entendía por qué hacían tanto alboroto por unas simples aves; que las Malvinas esto, que las Malvinas aquello, que ahora qué pasaría, etc.… Más tarde mi mamá me diría que estábamos en guerra con Inglaterra, y a mí, en ese momento, me pareció divertido.

Martín fue suspendido por dos días. Su mamá, Olga, se lo llevó de la escuela arrastrándolo de los pelos. Olga era una tipa gruesa y hosca, de pelo bien corto; siempre andaba con el ceño fruncido, seguramente por los disgustos que le traía su hijo… pobre, ni se imaginaba los calvarios que le haría pasar en los años siguientes.

Al otro día de la pelea Sergio nos mostró los moretones en su estómago, podían verse los pequeños nudillos de Martín por toda su panza, y en las lumbares las marcas de los ganchos del perchero. Sergio dijo que sus padres harían echar a Martín de la escuela, y que su hermano Pedro, que hacía Karate, vendría a buscarlo para romperle la cabeza.

Yo quería parecerme a Martín de la misma forma que quería parecerme a los bandidos de las películas. Martín no era malo, de hecho, era más bueno que Sergio; sólo tenía problemas, pasaban cosas en su casa, sus padres se habían divorciado y él no podía aceptarlo.

Martín era petiso, el más bajo de la clase. Pero estaba tan seguro de sí, tan dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de hacerse notar… Yo quería ser su amigo, desde pequeño me gustaba juntarme con los revoltosos. Los otros, los que se portaban bien y hacían sus tareas, me aburrían muchísimo.

Como yo era nuevo en el colegio, Martín ni siquiera me miraba, jugaba a la pelota o a las figuritas con los mismos de siempre: Santiago, Gastón y Rodrigo. A mí no me daba bola, era como si no existiera. Varias veces pensé en molestarlo, en pasar a su lado y empujarlo, pero eso hubiese sido un suicidio. Martín, a las piñas, les ganaba a todos.

A veces me pregunto, si alguien, en esa época, me hubiese advertido sobre los riesgos a los que me expondría Martín durante casi tres décadas, ¿habría evitado hacerme su amigo aquel día en el colegio, cuando ese alumno de 6to grado lo cagó a piñas y lo dejó llorando, regalándome la oportunidad de entrar en contacto con él? Y entonces pienso que no, no lo habría evitado.

El guardiacárcel me cachea y me autoriza a pasar. Martín me espera al otro lado de las rejas. Le traje sus cigarrillos favoritos.

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