Viernes de cine: ¨Fuerza bruta¨

Fernando Morote

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Cuando un ser humano está preso —de algo, lo que sea— es natural que desee y planee escapar. Es la premisa que plantea en Fuerza bruta de 1947, con su característica agudeza abordando temas controversiales, el director Jules Dassin, que perfeccionaría su técnica en cine negro con La ciudad desnuda de 1948 y Noche en la ciudad de 1950.

brute-force-11Las primeras imágenes —el puente que conduce a la penitenciaría, la copiosa y persistente lluvia, las tapias de concreto, los potentes reflectores—, acompañadas por la imponente banda sonora del maestro Miklos Rosza, instalan al espectador desde el primer minuto en un ambiente claustrofóbico que, irónicamente, pero debido a su acertado manejo, atrae.

Muchas veces me he preguntado por qué me gustan tanto las películas de cárceles. Creo que la respuesta es tan sencilla como obvia: no quisiera estar nunca en una de ellas. El feroz trato que se ofrece aquí a los internos es de una brutalidad física y psicológica que el grado de organización exhibido en el aspecto logístico y de infraestructura no es capaz de menguar.

5Burt Lancaster es el líder de un grupo de presidiarios dispuestos a arriesgar el pellejo con tal de interrumpir la tortura diaria. Conviven en un penal a cargo de un alcaide pusilánime que no tiene los pantalones para enfrentar la presión política, obligado a reprimir antes que educar a los hombres bajo su mando, quienes sólo encuentran apoyo moral en el médico alcohólico del establecimiento que comprende su precaria situación y funge en el largometraje como una especie de filósofo y conciencia crítica. Su principal enemigo es el jefe de seguridad (interpretado por Hume Cronyn, de espectacular actuación), un enano abusivo y odioso cuyo único objetivo —utilizando métodos salvajes de manipulación y extorsión— es derrocar a su superior y ascender en la escala de jerarquía.

8En determinado momento cada reo cuenta su propia historia, dramatizada a través de flash backs que permiten conocer sus antecedentes. Todos, de alguna manera, son sujetos comunes y corrientes que han caído en las garras del crimen por atender o satisfacer las necesidades y los gustos de sus mujeres. Una vez confinados en el aislamiento de sus celdas la realidad los conmina a efectuar un ineludible autoexamen que los mueve a aceptar la responsabilidad de sus errores, pero no desalienta sus intenciones de fuga. En el reparto se pueden apreciar otras caras conocidas, entre las que destacan Charles Bickford, Sam Levene, Howard Duff e Yvonne De Carlo.

La cinta, en líneas de uno de los personajes, sostiene que la problemática carcelaria no se resuelve levantando muros más altos o reemplazando a las autoridades; la verdadera solución reside en regenerar a los internos, no aporrearlos como bestias sin alma hasta convertirlos en auténticas bombas individuales listas a explotar en cualquier instante. Su contenido, como el de anteriores relacionadas al mismo tópico (por ejemplo la contundente Soy un fugitivo de 1932), sin duda influye de modo positivo en la adopción de reformas favorables dentro del sistema correccional.

Por encima de ello la fatal conclusión afirma que nadie, en el fondo, ha logrado huir jamás de la prisión. Incluso los pocos afortunados que pudieron burlar la extrema vigilancia se llevaron consigo —en su mente, en su espíritu— la marca indeleble de haber permanecido un tiempo en el infierno.

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