Notas para una autopsia

Juan Antonio López

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1

Era tarde; bastante tarde; es más, era muy tarde cuando, aquella tarde, trajeron el cadáver de Arseni Pi a l’Institut Anatòmic Forense de Girona (provincia de Girona).

Lo trajeron, como no podía ser de otra forma, para que se efectuara el oportuno informe forense, por mandato del Juzgado de guardia que había ordenado levantar el cadáver. Si no, ¿para qué lo iban a traer?

Para eso estamos los forenses: para realizar autopsias e informes sobre los cadavéricos sujetos que las circunstancias ponen en nuestras manos.

Arseni Pi i Pi había fallecido de muerte natural. Por lo que parecía, se había suicidado y, lo natural, habida cuenta de esta circunstancia, era que le sobreviniera la muerte, como de hecho sucedió.

Sin embargo, encontrándonos ante una situación de carácter jurisdiccional y no siendo posible conciliar lo judicial con lo lógico, las más de las veces, habremos de convenir en que la muerte tuvo carácter violento.

Por esta razón, su cadáver, se encontraba en la lastimosa situación de verse colocado, en el interior de una bolsa de recio material impermeable, tendido, en decúbito supino, sobre un artefacto que, a pesar de carecer de todo colchón, se llamaba camilla, en lugar de mesilla –nombre que le hubiera sido más propio, considerando, además, que el mueble ideado para efectuar las autopsias, se llamaba mesa- provista, en uno de sus extremos, de una tablilla con su nombre, datos y circunstancias conocidas de su muerte.

Habrá observado el avisado lector (avisándole estoy) que las circunstancias referidas en el presente informe -notas y reflexiones previas aún- y, por ello, más que informe, relato sobre el suceso, transcurren en Catalunya.

No es esta una circunstancia baladí (la de ser catalán el sometido a estudio, digo), no señor, tiene un sentido profundo: Arseni Pi, era de Girona. Sus padres lo fueron, así mismo; al igual que sus abuelos. Toda su vida transcurrió en Girona y su muerte, como una reafirmación de su espíritu localista, ocurrió en esta ciudad. ¡Obsérvese la entidad catalana de Arseni! Ya quisiera yo, disponer de una parecida entidad… ¡Soy un desarraigado inmigrante!

Arseni Pi i Pi, extraído de su envoltorio, que fue, por dos fornidos funcionarios y depositado que lo hubieron (ambos dos funcionarios fornidos), sobre la mesa (ahora sí) de autopsias de l’Institut, se hallaba dispuesto para ser autopsiado como Dios manda, por un forense muy especial. Por mí, concretamente.

Mi especificidad no deviene de mi persona, en sí misma considerada (aunque tal vez sí, como más adelante se podrá deducir), sino de mi especialidad forense.

Soy psiquiatra forense postmortem.

¿Cómo se le ha quedado el cuerpo al, a estas alturas, mucho más que avisadísimo lector?

¿Acaso no sabía, el lector advertido, que existía esta especialidad? Leo la sorpresa en su pupila que se fija en el papel con más fijeza que hace un instante; advierto su confusión en la forma de releer dos veces la misma frase. En realidad, nada de esto llega a mis sentidos, pero, mi mente siempre traviesa, goza en este instante imaginándose que percibo esas sensaciones.

Obtuve mi título –en ciencias difusas- en la prestigiosa Universidad Norodon Sihanouk, de Phnom Penh, con el número uno de mi promoción.

Era yo el único estudiante… Tuve incluso que preparar parte del programa de estudios. En algunas asignaturas, era, al mismo tiempo, alumno y profesor… Un alumno tenaz y un profesor exigente. Tanto fue así, que asignaturas hubo aprobadas por los pelos.

Estas las impartía un profesor nativo, mucho menos pedagógico que yo. De ahí la dificultad del alumno. ¡Con decir que era sordomudo…!

También obtuve el número uno en mi promoción para el cuerpo de psiquiatras forenses postmortem de Catalunya. Obviamente, fui el único aspirante… ¡y eso que se habían convocado cuatro plazas; tres de las cuales, permanecen desiertas! ¡Ni enchufados hubo en las oposiciones! ¡Qué soledad tan grande la mía! ¡Aburridísimos los congresos que celebro!

Hora va siendo, por otra parte, que plasme mis experiencias profesionales en una obra científica. Voy a ver si, un día de estos, doy a las prensas una obra magna, en cinco o seis tomos, que ponga de manifiesto cuanto el cerebro humano es capaz de transmitir, una vez fallecido.

Analizado mi apabullante currículum, prosigo con mi tarea. Hago un inciso para señalar que toda obra científica necesita de una presentación preliminar del autor, para que el interesado calibre la calidad intrínseca de cuantas tesis la componen. En este caso, como en todos los míos, analizados los títulos del abajo firmante, siendo el único de su especialidad en el mundo entero, no es menester consignar más logros personales. ¡Eso sí; tendré que prologar yo mismo la obra! Lo haré con pseudónimo, para que quede más natural.

¡Vamos ya con la ciencia y el caso que nos ocupa! Caso interesantísimo, por otra parte…

Las pruebas efectuadas a don Arseni, en la presente autopsia, han sido las habituales en el caso, establecidas por un preciso protocolo, aprobado por Orden del Conseller de Justícia, número tal, de tantos de tantos, publicada en el Boletín correspondiente y de legal aplicación:

Se ha sometido al sujeto a un cuestionario de preguntas sobre su estado, condición y circunstancias de su fallecimiento, a las que no ha respondido, de lo que he deducido la sinceridad de su muerte. Casos hay en los que, siendo presumible el fingimiento, es menester aguardar a la aparición de las faunas cadavéricas para creer definitivamente al sujeto.

Posteriormente, ha sido sometido a unas pruebas físicas, complementarias de las efectuadas por mis otros colegas de medicina legal, de las que he deducido que el sujeto a informe se encuentra totalmente desorientado sobre su estado, no teniendo conciencia del lugar en el que se halla, ni por qué haya de hallarse en el citado lugar.

Esto se deduce de no haber obtenido reacción alguna a los estímulos aplicados, tales como golpe en los testículos propinado sin previo aviso (con las mujeres se usa otro sistema: actualmente se les nombra a Donald Trump); quemadura con mechero de gas en la punta de la nariz; golpe en el codo derecho aplicado con mazo de madera maciza de regular tamaño (si fuere manco, no habrá inconveniente en aplicárselo en el izquierdo); insultos reglamentarios gritados junto a ambos oídos (por si fuere sordo de alguno de ellos) y punción en ambos ojos con aguja colchonera.

No quedando ya razón alguna que nos permita dudar -tras las pruebas realizadas en la autopsia meramente médica y en esta reautopsia practicada por el infrascrito funcionario- de la morbidez más absoluta del sujeto, objeto del presente, paso a desarrollar la labor de mi auténtica especialidad.

Tomo el cerebro del cadáver sometido a estudio con ambas manos; sin guantes de latex -tal y como prescribe el protocolo al uso, ya citado- y, sentado en un sillón ergonómico y anatómicamente testado (según los criterios aportados por quienes han realizado el estudio de seguridad y salud de esta dependencia en la que presto servicios), procedo a sentir y revivir las experiencias de las últimas doce horas del sujeto.

Es importante aclarar que, si bien, se han intentado realizar exploraciones de las últimas veinticuatro horas de los difuntos sometidos a examen, no se han logrado resultados fiables más que de las doce postreras horas. Por ello, y habida cuenta del actual estado de la técnica forense en psiquiatría retrospectiva de restos cadavéricos humanos -con perros se han logrado captar sensaciones de hasta las últimas cuarenta y ocho horas vividas por el cánido, que han confirmado, en general, unas últimas horas bastante aperreadas, salvo contados casos- se circunscribe a este lapso temporal la exploración para obtener resultados de mayor rigor científico.

Dicho esto y adecuadamente sentado en el antedicho sillón, que reúne las características establecidas por la ordenanza de aplicación, procedo a sentir, vía dactilar, las sensaciones del sujeto a exploración, que van fluyendo hasta mi cerebro, por los conductos transmisores de los brazos (que sólo yo poseo en el mundo, de ahí mi especialidad y la escasez absoluta de colegas en la materia), sintiendo lo que Arseni (permítaseme la licencia de personalizar el estudio en este momento, intimidando con el sujeto y tratándolo con familiar tuteo, toda vez que empiezo a sentir como él) vivió y que le llevaron a la adopción de la fatal decisión del suicidio.

Por cierto, la cantidad de asesinatos que llevo aclarados así… ¡Lástima que los Jueces se obcequen en no conceder certeza científica a mis conclusiones y que tantos delincuentes se encuentren, por ello, disfrutando de una inmerecida libertad!

Creo que este último comentario, no pasará el informe definitivo.

2

Era temprano; bastante temprano; es más, era muy temprano cuando, aquella mañana Arseni salió de casa, camino del trabajo. Arseni sintió el frío del invierno golpear su cara y su cráneo. Tuvo una extraña sensación. El frío ya no le iba a abandonar.

¿Una premonición, tal vez? Así lo creyó él.

Pensó en una fría losa de mármol.

Evidentemente se equivocó, evocando así las mesas de autopsia, que ahora son de acero inoxidable.

Se conoce que no disfrutaba de las series americanas sobre los increíbles equipos forenses, multidisciplinares, formados por gente guapa y con medios ilimitados que tiene a su disposición la ley y el orden en la funcional panacea de los destinos universales conocida como América –con exclusión de las otras Américas, excepto, tal vez, Canadá- ¡la Roma actual… la Jerusalén materialista… la leche que le dieron!

¡Un inciso, puñeta, que me lo pide el cuerpo!: tendrán tías buenas y listísimas, tíos cachas y sapientísimos en esos equipos; pero ninguno tiene un funcionario como yo, capaz de desentrañar los sentimientos, las sensaciones que llevan a las personas a morir en la forma en que lo hacen o a sentir lo que sienten cuando, arrojados de la vida por mano extraña, se sumergen en la muerte.

Así pues, Arseni, se había quedado anclado en tiempos cuasi pioneros de la ciencia forense, no pudiendo achacarse su muerte a un deseo irrefrenable de disfrutar de una magnífica autopsia, realizada por un equipo y en un entorno, llenos de pulcritud y sexapil, como el descrito con tanto lujo de detalles por las series americanas (del norte).

He aquí pues, nuestra primera conclusión: el sujeto no se suicidó por tener interés legítimo en que se le practicara una autopsia como esta de la que disfruta.

Enfrentado a la parada del autobús, Arseni se puso al final de una cola, formada por gentes de su misma especie, llegados momentos antes, que trataban de asimilar el hecho del abandono, cruel donde los haya, de la calidez de la cama en invierno.

Es como nacer: salir del útero calentito y resguardado de mamá, para ser arrojado en brazos de un extraño que te manipula.

Nuestra primera sensación es la manipulación por un extraño; sensación que, convertida en certeza absoluta, no nos abandonará hasta que muramos.

Nos manipularán durante toda nuestra vida y parte de nuestra muerte: desde la comadrona o el médico primero hasta el empleado de servicios funerarios que nos acicalará para el tanatorio, pasando por los padres, la abuelita Amalia, la tita Consuelo, los amigos, los enemigos, los esposos, los hijos, la familia de ella (o la de él), los jefes, los políticos, los banqueros, los vecinos de al lado, los forenses, la tía que vende los cupones… ¡Somos unos desgraciados en manos de manipuladores! ¡Somos un intento de manipular a los demás, que siempre ha quedado a medias!… ¡Somos… no somos nada! ¡Qué impotencia, por Dios!

Otro inciso: en momentos como este, de toma de conocimiento íntimo con el objeto de estudio, no sé si hablo solo o conmigo mismo.

Arseni, traqueteos mediante; pisotones mediantes; arreones de la inercia mediantes; treinta y cinco paradas después y kilómetro y medio de pedestrismo final, llegó a la fábrica.

Introdujo su tarjeta para fichar en el sistema informatizado de la empresa. Tomó el ascensor -un extraño temblor le hizo pensar que podía quedarse encerrado allí con los otros quince compañeros que lo acompañaban. Pensó que era invierno, lo que haría más soportable la estancia obligada en el reducido habitáculo, carente, por la estación climática, de efluvios corporales, a Dios gracias- y subió a la planta séptima del edificio noble de la fábrica. Era este un complejo de oficinas y despachos. La planta séptima la ocupaba el departamento de contabilidad y marketing.

Estaba una vez más ante su mesa. Junto a su silla. Frente a la pantalla de su ordenador: ese extraño con el que compartía sensaciones inteligentes durante ocho horas diarias, cinco días a la semana y al que añoraba durante el mes de vacaciones. Tras su teclado.

Se había sentado en el silloncito de empleado de grado medio, con los pies colocados sobre un artilugio que habían puesto bajo ellos los del plan de seguridad y salud (allí también, qué coincidencia), para que no le doliera la espalda y su posición frente al trabajo fuera menos lesiva para su columna.

En estos tiempos, todo hay que evaluarlo: el asiento, el color de las paredes, la luz que entra por la ventana, la temperatura del baño para que la meada sea rápida, eficiente y eficaz… Americana del norte, en suma.

-¡La productividad, Arseni, la productividad! Recordó que le dijo un día el Jefe de Contabilidad Estructural, mientras ambos se sacudían enérgicamente el prepucio, tras la micción. Que, por cierto, era sobrino nieto de uno del Consejo de Administración de la compañía, porque, si no, a ver de dónde iba a salir eso de Jefe de Contabilidad Estructural…

Los datos fueron pasando, durante cinco horas seguidas de los documentos contables al programa informático que los capturaba para que otros, en otro departamento, fueran componiendo resmas de papel llenas de estadísticas, balances, previsiones, provisiones, resultados y conclusiones, que servían a otros para analizar, planificar, optar y decidir.

Era medio día.

El dolor persistente se había instalado, como cada medio día, entre los omóplatos, consecuencia de la posición inhumana de los brazos de Arseni. Los riñones, a su vez, protestaban por el hueco en que quedaba la cintura de Arseni. ¡Hay que joderse con el sillón ergonómico y el reposapiés de los cojones! Dicho sea de paso y sin ánimo de criticar al Plan de Seguridad e Higiene en el Trabajo, pensó Arseni.

Sonó un timbre. Eran las dos de la tarde. Una hora mágica para Arseni. La que partía la jornada. La magia no devenía de dejar el trabajo, sino el sillón. Por un rato podría erguirse, caminar, sentarse en otra silla más incómoda en apariencia, menos estudiada, pero que no infligía dolor alguno a su anatomía.

Algunos compañeros disfrutaban de una magia más intensa a las tres. Era la hora de terminar; la de echar a correr. La que ponía fin a la jornada intensiva, de los que tenían esta jornada.

Los de la partida, Arseni entre otros, llegaban más tarde, aunque se levantaran más temprano por vivir más lejos. Comían en la empresa. Volvían al trabajo tras la comida. Se iban a las seis de la tarde. ¡Una alegría, oiga usted!

Los de la jornada intensiva eran los que vivían a menos de una hora de la fábrica. Pocos. Los otros, los de más de una hora, hacían la partida, como Arseni. Había sido un logro de los sindicatos. Así, los próximos, disfrutaban de la vida en familia, comían en casa, ayudaban a los niños en las tareas escolares, hacían la compra… esas cosas que hacen algunos.

Arseni no; Arseni se quedaba a comer en el comedor de la fábrica. Era un autoservicio costeado, en parte, por la empresa. En realidad, un sistema de pagar menos impuestos. Se sentaba en una mesa pequeña. Para él sólo. Comía, sumido en la contemplación de la bandeja, intentando limpiar su mente de todo.

Lo que intentaba el sujeto era un ejercicio de concentración meditativa, al estilo de los iniciados orientales o de los místicos occidentales. Dejar vacío el entendimiento; dejar la mente en estado vegetativo, para no sentir nada.

Todo ello, mientras llenaba el estómago, sin darse cuenta. Era una forma de que el tiempo pasara, sin sentir que pertenecía al tiempo. Arseni, en realidad, deseaba alcanzar el estado de éxtasis. Levitar mientras comía. Nunca lo consiguió. Quizá fuera mejor así.

Estaba atrapado en el tiempo; como todos. Lo sabía. La contemplación meditativa suponía un intento (vano, naturalmente) de huir del tiempo que, a pesar de todo ejercicio mental, pasaba lentamente, sin que la mente vacía de todo, pudiera remediarlo. Eso sí; pasaba sin sentirse.

Esa era la idea: no sentir. Un místico de la edad moderna, que, a la hora de comer, entraba en el trance de la oración mental. De esta forma, además del tiempo, intentaba escapar al tedio, a la soledad, a la insatisfacción. Huía así de cuanto le hería el ánimo. Sentía, como insufrible la vida que le había tocado vivir, porque era incapaz de cambiarla por otra.

Esto le igualaba a los místicos: el desapego a la vida y el anhelo de la muerte eran los motores de esa mística. Una mística profana y vulgar, que no tenía por objeto la unión con el universo (orientales meditantes) ni con Dios (occidentales orantes); esto lo alejaba de los elevados caletres de los trascendentes. Lo aproximaba, naturalmente, a los aburridos.

Nunca había encontrado una mujer con quien compartir la vida; esa por la que sentía desinterés. Tal vez de ahí procedía el desapego en sí mismo considerado. Fruto de este desencuentro era que no tenía hijos. Consecuencia de todo ello, era la carencia de familia con la que se encontró cuando murieron sus padres. Para colmo, era hijo único.

Tampoco tenía amigos. Lo intentó, eso sí, pero no cuajó ninguno de los intentos.

Carecía de aficiones, porque, no teniendo gente con quien compartirlas, perdían aquellas todo sentido. No se veía él solo en un estadio, animando al árbitro, pongamos por caso.

Su vida era así: fría, sin sentimientos, solitaria… vacía. Una vida fallida, como un experimento abandonado por inútil. Efectivamente. La comparación ha sido certera: experimento abandonado… vida abandonada.

Hasta adoptar la decisión que, finalmente, pondría su cerebro en mis manos, Arseni había pensado que el suyo era un ejercicio de verdadera sumisión al destino, entendía que la vida era un círculo vicioso del que nadie podía escapar. Tanto el que lo tenía todo, como el que de todo carecía, estaba atado a un destino implacable, del que únicamente la muerte podría liberarlo. Eso era lo que pensaba.

Una filosofía cuasi de budista tibetano (había visto un documental, en cierta ocasión, sobre el Tíbet y sacó su propia conclusión, comparando lo que veía con lo que sentía). No conocía, evidentemente, el budismo tibetano; la muerte desembocaría en otra vida y, así sucesivamente en el discurrir de la rueda de la vida, hasta alcanzar la perfección… ¡La cosa estaba chunga! Ocho o diez vidas similares. ¡Lo que te hacía falta Arseni!

Fue en aquel momento, intentando vaciar su mente de toda sensación, salvo la masticatoriamente refleja, cuando se dio cuenta de la idea que le había asaltado. La muerte. La muerte liberadora. La muerte rompedora del círculo de la vida. ¡Parecía tonto! Tanto tiempo pensando en la muerte, sin haberse dado cuenta, como ahora, de que era esa la idea central de su vida. Y la solución tantas veces deseada.

Menos mal que no era un budista tibetano, insisto.

Se planteó el experimento fallido de su vida y decidió abandonar. Fue una revelación. ¡Cómo no se le había ocurrido antes!

Concluyó la comida. Depositó la bandeja en el lugar destinado para ello. Se fue a la sala anexa, donde -envuelta en colores cálidos, para proporcionar una atmósfera amable y calculadoramente acogedora, hogareña- una televisión en compañía de una máquina de café, algunas mesitas con revistas y varios sofás, sillones y sillas, proporcionaban al personal un rato de relax antes de volver al trabajo.

Se sentó en una butaca vacía. No oyó a nadie, no habló con nadie, no comprendió lo que decía el aparato luminiscente que derramaba su influencia dañina sobre los ojos, las mentes y las conciencias de los demás compañeros, reunidos frente a la pantalla.

Ni siquiera fue consciente del intento de Manel Puig para pegar la hebra con Adela Sebastián. Fallido, una vez más, que todo hay que decirlo.

¡Ay, Manolo! Dedícate a tu mujer, que es la única que te aguanta y no hagas más el ridículo, habría pensado Arseni, si hubiera caído y se le hubiera ocurrido pensar en ello. De todas formas ¿qué importaba? ni siquiera sabía que Manel estaba casado con una entregada mujer, dominada por el amor.

Tampoco reparó en la mirada de Adela Grau. Adela le miraba a diario. Le seguía con la vista un día tras otro. Mientras estaba con las otras dos secretarias del Director de Contabilidad Financiera, sus compañeras, y contestaba maquinalmente a la conversación, miraba a Arseni con interés.

Segunda conclusión previa: si se hubiera fijado en lo que le rodeaba, en lugar de abstraerse en sus propios sentimientos, tal vez habría optado por otra estrategia vital, que no pasara por el suicidio sino, por ejemplo, por buscar conversación con Adela. ¡No has estado muy despabilado, Arseni!

Tengo que estudiarlo y escribir algo sobre lo que el cerebro capta sin que seamos conscientes de ello y su influencia en el desarrollo vital de la gente. Este tío es un filón. Los otros no hacían más que lamentarse. Este, en cambio, tiene unas sensaciones más ricas, más vivas…

Continúo captando donde lo había dejado.

Su mente estaba concentrada en una idea. La muerte. La liberación. La fuga. La burla al destino.

Sonrió.

Salió de la estancia. Tenía algo que le ilusionaba en la mente.

No volvió a su mesa de trabajo.

Introdujo su tarjeta en la ranura lectora. ¿Por qué? Un acto reflejo, seguramente. ¡Sí, eso debía ser! No estaba para pensar, en aquel momento un Arseni pletórico, espiritualmente satisfecho. Anímicamente feliz. Así que hizo lo que todas las tardes, aunque un rato antes.

Entró en la calle.

Se dirigió a la parada del autobús y tuvo suerte. El suyo estaba recogiendo al último pasajero de la cola cuando llegó él. Era una premonición. Tendría suerte. Había encontrado la entrada a la vida real. Tantos años de tedio, de fracaso, de humillación solitaria y resentimiento contra la vida, tocaban a su fin.

Sonrió.

Curiosamente, pensó, terminaría en una losa de mármol, antes de que concluyera el día.

En esto, como ha quedado consignado párrafos arriba, se equivocaba. En lo demás, tengo mis dudas, como luego escribiré, si no se me olvida.

Lo que ahora queda claro es que, no siendo el motor de sus acciones el intento de beneficiarse de una magnífica y exclusiva autopsia, sí lo era, por el contrario, el de tomar venganza de la vida que había llevado hasta su genial descubrimiento de las posibilidades que la muerte le concedía. Iba a vengarse de la vida, dándole esquinazo. Dejándola plantada. ¿Matándola?

Continuemos estudiando al sujeto, que promete magníficas sensaciones. Esto último, es otro inciso.

Adelantando, en parte, mis conclusiones, porque me parece oportuno y me apetece, haré la observación siguiente: todos los suicidas a los que he tratado post mortem, con anterioridad, se han arrepentido instantes antes del último final. Es decir; llegado el momento penúltimo de su existencia vital, han reconsiderado su postura suicida, pero, siéndoles imposible rectificar y modificar su anterior decisión, se han visto abocados a la muerte sin realmente desearlo. ¡Vamos, que se han suicidado a la fuerza!

Es más: todos, sin excepción, habían comprendido lo vano de su intento liberador. El problema que los llevó al óbito voluntario, no desapareció en ninguno de los casos. Su angustia no se había disipado. Ninguno halló en el suicidio la paz que buscaba. ¡Es triste, pero es así! El suicidio no había solucionado nada y la sensación predominante era la frustración.

-¡He hecho el idiota!

-¡Aquí estoy, jodido y sin posibilidad de hacer nada más!

-No hay marcha atrás. No hay forma de rectificar. ¡Valiente gilipollas!

Era la sensación más habitual que mis manos captaban en aquellos cerebros sometidos a mi examen.

Si algún día me suicido, será de viejo. Espero que el alzhéimer no borre esta determinación mía.

Hago desde aquí, aprovechando esta reflexión, una llamada al órgano competente para que investigue sobre la posibilidad de establecer un protocolo de marcha atrás ante el suicidio y se imparta su enseñanza a las juventudes en los institutos de educación secundaria.

Una asignatura que ha de tener por objeto el conocimiento y los recursos necesarios para evitar el suicidio, in articulo mortis, para el caso de decidir suicidarse y arrepentirse en el último momento. ¡Ninguno estamos libres de un repentino cambio de opinión! Hasta el nombre propongo: educación contra suicida.

Entiendo que la educación contra suicida puede tener la misma importancia que la ofrecida a nuestra juventud en materias como drogas, sexo o educación vial. Dicho queda para que la Autoridad competente ordene la creación de la correspondiente Comisión de estudio que elabore el anteproyecto de protocolo para que, llegado el caso, pueda adoptarse una medida eficaz en estas situaciones altamente peligrosas para la salud de la población votante. ¡Oído al parche!

¡Otra idea (hoy estoy sembrado)! El legislador debería legislar y el regidor municipal desarrollar proyectos, sobre la creación de suicidiódromos.

Estos recintos, a más de todas las comodidades para la realización del último deseo del suicida, deberán contar con personal preparado al efecto capaz, en caso necesario, de ayudar a no morir al arrepentido in extremis. Así, el aspirante a suicida, provisto de un pulsador manual, avisará en el momento de colgarse, saltar o recetarse la dosis letal, para que el funcionario de turno le realice las maniobras rehabilitadoras necesarias, tales como lavado de estómago, descolgado o despliegue de red instantánea que evite un final no deseado realmente.

Cuestión más peliaguda será detener la bala del que se descerraje un tiro en la boca. Hay gustos como colores. No hay problema: se prohíbe suicidarse por disparo de arma de fuego y ya está.

3

Era el momento; era un buen momento; es más, era el momento justo cuando Arseni llegó a su piso.

Cincuenta metros cuadrados: recibidor, salón-cocina americana, dormitorio y baño, provisto de ducha hidromasaje. Balcón a una calle anodina, como tantas otras calles. Sin nada de particular:

Coches aparcados junto a las aceras. Coches pasando por entre los coches aparcados en esta acera y en la de enfrente. Viandantes haciendo eslalon entre otros viandantes. Un perro marcando el territorio en los neumáticos bien aparcados junto a los bordillos de las aceras. Varios contenedores de basura a unos metros del portal. Una señora mayor con su taca-taca, denominado andador por las eufemísticas reformas sanitarias; esas que, si tienes más de setenta años y vas al médico, prescriben que te receten un andador (seguramente algún alto cargo tendrá un primo que los fabrica), con su asiento para descansar, provisto de cofrecillo para llevar la cartilla del médico y los informes, con tapa para sentarse, con freno en la mano derecha: ¡zurdos del mundo, levantaos contra esa discriminación!

No servía. El balcón no serviría a sus propósitos. Vivía en un primero. Todo lo más, podía fastidiarle el día a un peatón, estropear un coche y descoyuntarse un brazo. Decididamente, no servía.

La cocina era eléctrica. No servía. Era incapaz de encontrar los cables embutidos en algún lugar del aparato para recetarse un lampreazo definitivo.

No había vigas. Decididamente, las edificaciones de hoy en día estaban construidas como para prever y evitar los suicidios. El suicidiódromo se perfila como un servicio público de primera necesidad e interés general…

En caso de absoluta necesidad o deseo incontrovertible de suicidio, el ciudadano interesado encontrará la manera de llevarlo a efecto, de forma fácil, limpia y por un módico precio contenido en la tasa correspondiente. Si llegara a autorizarse su instalación por empresas privadas, en dura competencia con la administración, podríamos estar hablando de precios públicos.

Los aspirantes a detentar poderes políticos, fértiles siempre en ideas para facilitar comodidad al ciudadano; empeñados en lograr la satisfacción del votante a toda costa, deberán tomar cumplida nota, para colocar esta innovadora solución en los respectivos programas electorales del candidato a luchar por el bienestar cívico.

Arseni (del que me había olvidado), lejos de desesperar ante tanta dificultad, se superó a sí mismo, por primera vez en muchos años. ¡Le hacía ilusión, puñeta!

Con una sonrisilla en la comisura de los labios, observó la existencia de una esquina en la cocina. Los muebles de esta formaban un ángulo de noventa grados en dos de sus lados. Entre los muebles y el techo había como treinta centímetros de distancia.

Él, que siempre había creído que aquello estaba hecho así para acumular polvo, le encontró un sentido lógico a la situación. Había que encontrar algo, lo suficientemente resistente como para meterlo entre los muebles, apoyándolo entre los de una pared y otra, para colgarse allí.

Observó, además, que no tendría que encoger las piernas para llevar a cabo sus designios, por cuanto la distancia entre el final de los muebles y el suelo sería suficiente como para contener la correa y su cuerpo extendido, sin que sus pies llegaran a las baldosas.

Esta idea lo animó a poner en obra sus intenciones.

Sonrió.

Habría que encontrar el instrumento idóneo.

Lo encontró.

Uno de los apoyos del somier de la cama serviría. Eran de madera maciza. Nada de aglomerado contrachapado. De todas maneras, para evitar sorpresas desagradables, pondría dos; uno sobre otro; no se fuera a romper y se diera un coscorrón intrascendente. ¡La seguridad, ante todo!

Para mayor precaución, vació los muebles de todo elemento contenido en su interior. Así aminoró el peso. No sea –pensó- que con el mío añadido se rompan los soportes que los fijan a la pared, o incluso esta, y nos caigamos todos. Como buen catalán, era precavido y concienzudo.

Sonrió.

No le costó trabajo colocar el andamiaje de la solución final.

De esta forma, situando ambos barandales en la posición correcta, pudo subir sobre una silla, desde la que sin oposición ni trabajo alguno, procedió a colgarse, con ayuda de la correa del pantalón, que por este motivo, cuando la policía científica halló el cadáver, se encontraba algo caído, afeando la estética del conjunto (resultado que Arseni deploró cuando, en el último instante, se percató de ello, al notar el leve deslizamiento hacia la cadera, pero siempre hay imponderables), ofreciendo una cierta idea de descuido.

Puedo asegurar, como ha quedado transcrito, que no fue tal, sino fuerza mayor ocasionada por el peso de la prenda, sumada a la ausencia de cinturón y al encogimiento del vientre propio en quien se suspende por el cuello, dejando colgando los miembros inferiores.

En el instante supremo del óbito, el sujeto se encontraba relajado, anímicamente estable, orientado, con consciencia de lo que hacía… casi feliz.

Eso sí. Como nada es perfecto, sintió cierto sonrojo al notar una erección inoportuna y el resbalar de sus excrementos. No tenía él conocimiento de que estas circunstancias eran normales en ese tipo de situación. ¡Nadie nace sabiendo!

He aquí, como ha quedado escrito con anterioridad, la especialidad del caso con el que nos encontramos. Este hombre deseaba, por encima de todas las cosas, huir de su vida, tan poco gratificante, tan poco deseable, tan desorientada y perdida. Motivo por el cual, Arseni Pi, en el instante previo a perder definitivamente la noción de todas las cosas, sonrió. El sonrojo quedó apartado de su mente, ante la satisfacción del logro obtenido.

Efectuado el estudio picológico postmortem del sujeto, se devuelve el cerebro al lugar correspondiente, para que los médicos forenses vuelvan a colocarlo en el interior del cráneo, cuyo ensamblaje quedó pendiente, hasta la realización de estas últimas pruebas, al objeto de poder hacerle entrega a los familiares del cuerpo.

En el presente caso, no habiendo sido hallado familiar alguno del sujeto, se propone la entrega a la ciencia para su utilización con fines pedagógicos, haciendo especial referencia al interés que puede tener el cerebro del sujeto en el estudio por futuros psiquiatras postmorten, dada la extraña felicidad que parece emanar de sus últimas sensaciones.

Pero además, he de solicitar expresamente que se me autorice a continuar con el estudio del presente caso. Sobre todo desde el punto de vista del análisis psiquiátrico postmorten de futuro, pues siento que el sujeto continúa sintiendo.

Estoy captando percepciones extrañas, tales como disgusto por la manipulación a la que se siente sometido en la actualidad y su aspiración a lograr un equilibrio personal futuro. ¡Estoy sorprendido! Me transmite ideas sobre su propio futuro. El sujeto parece pensar en que su día de mañana no sea un pijama de madera, sino situaciones tales como aprender, mejorar su calidad humana, superarse espiritualmente…

Arseni tiene, no sólo cosas que relatar. Me está transmitiendo, ahora que es consciente de que he terminado el objeto de mi examen, su deseo por vivir nuevas experiencias.

Parece como si estuviera interesado, por primera vez en mucho tiempo, en la vida.

Gran paradoja que encuentro en todos los suicidas. Quisieran volver a la vida para remediar el daño que han causado con su muerte y la impotencia final que les resulta de ella.

Pero Arseni, no. Arseni no se arrepiente. No es esta la sensación que me transmite su cerebro antes de ser depositado en la bandeja. Hasta el extremo de que parece negarse a que concluya el examen. Requiere mi atención.

Me transmite la sensación contraria a todos los demás. No quiere revivir, sino continuar viviendo así. Es como si estuviera contento de su situación y no quisiera que terminara su comunicación conmigo. Quisiera, tan sólo, sacarle más partido a esta nueva situación en la que se encuentra, a través del entendimiento que hemos logrado ambos. Es más; estoy seguro de que desea mi amistad. Tal vez, sólo se trate de que me he ocupado de él; de que he mostrado interés por él; de que le he escuchado.

Esto es nuevo para mí. Estoy totalmente confuso. Pensaré en ello. De todas formas, tendría yo que aprender a transmitir sensaciones, no sólo a captarlas. Voy a hacer un intento. Estoy sintiendo lo siguiente: “Arseni, vamos a probar a ver lo que pasa”

¡Puñeta! Siento que siente que vale… ¡Que en eso quedamos!

Me encuentro absolutamente confundido por este caso.

Sin embargo, no siendo la finalidad del estudio las aspiraciones futuras postmortem, daré por terminado en este punto el informe que se me ha encomendado, no sin antes recomendar la conservación del cerebro objeto del mismo para un ulterior estudio más intenso. Creo que no podemos perder la  oportunidad de conocer más intensamente al sujeto y lo que desea manifestar.

Reflexión final, sólo para mí: tengo que ver la manera de quedarme con Arseni. ¡Este tío es la leche!

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