Fábulas del crimen: ¨Amor de madre¨

Diego M. Rotondo

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Catrine Madsen era una anciana huraña que vivía en una granja en Seden, Dinamarca. Se dedicaba a la cría de conejos y cobayos, hablaba poco y pasaba la mayor parte del día pescando y alimentando a sus animales. A mediados de octubre del año 1900, mientras pescaba en las costas del golfo de Odense, Catrine halló a dos niños flotando sobre una balsa, no muy lejos de la orilla. Se metió en el agua y braceó torpemente para poder alcanzarlos. Ambos chicos estaban desnutridos y llevaban varios días navegando a la deriva.

Christer, el mayor, le contó a Catrine cómo sus padres los habían subido a la fuerza a la balsa esperando que la corriente los arrastrase lejos. El niño le suplicó a la mujer que no los llevase con la policía, ya que seguramente los devolverían con sus padres y éstos harían algo aún peor para quitárselos de encima. La anciana se conmovió y no dudó ni un momento de la veracidad del relato del muchacho, así que decidió acogerlos en su hogar y ver qué les deparaba el destino.

Los hermanos se fueron encariñando con Catrine y comenzaron a llamarla «mamá». La anciana se encargó de proveerles todo ese amor del cual habían sido privados desde que nacieron. Pero Catrine tenía casi 90 años, sabía que moriría de un momento a otro y los niños aún serían demasiado pequeños para valerse por sí mismos.

Catrine había nacido en la misma casa en la que vivía. Sus padres habían fallecido cuando tenía 18 años y ella misma los había enterrado bajo el viejo abeto situado en el parque de la casa. De ahí en adelante debió valerse por sí misma. Jamás se había relacionado con ningún hombre, por lo que se iría a la tumba conservando su virginidad. Algunos vecinos solían hablarle cuando la veían en el pueblo vendiendo animales. Pero era una mujer arisca, no le gustaba cruzar más de dos o tres palabras con nadie. Amaba su soledad, sus viejos libros, sus animales y su pesca. No necesitaba más que eso. Nunca imaginó que cuando ya le quedara tan poco tiempo por vivir, Dios le pondría en su camino a esos dos críos, quienes con su fallecimiento quedarían otra vez a la deriva.

Una noche de enero de 1905, mientras afuera caía una espesa nevada, Catrine se encontraba en su cama esperando la muerte, ambos niños la arropaban entre llantos desconsolados. La anciana estaba en las últimas, su vida se apagaba, pero resistió lo más que pudo para poder explicarle a Christer que una vez que ella muriese deberían buscar a alguien que quisiera adoptarlos, que eran demasiado pequeños para hacerse cargo de la casa y que seguramente habría un alma bondadosa en Seden que supiese valorar lo buenos chicos que eran. Christer, en una actitud inesperadamente adulta, le besó la frente a Catrine y le dijo que no se preocupara, que buscaría a una persona buena que los cuidase. Luego de oír las palabras del niño, la anciana esbozó su último aliento, que sonó como un suspiro de alivio. Murió abrazada por ambos hermanos.

A la mañana siguiente los niños arrastraron el cuerpo de Catrine hasta el sitio que ella les había dicho, justo bajo el abeto, al lado de sus padres.

Christer le explicó a Ulric que ellos podrían arreglárselas sin nadie. Catrine tenía una escopeta en la casa y él pensó que podrían cazar animales para comer. Ambos hermanos decidieron quedarse a cargo de la casa. Durante los primeros días les resultó divertido. Jugaron a los vaqueros, y a pesar de gimotear en las noches extrañando a Catrine, en las mañanas se reponían con la salida del sol y se iban a practicar con la escopeta.

Christer no le cedía el arma a Ulric excusándose en que era demasiado pesada para él. Sin embargo Christer apenas la podía manipular, a duras penas lograba meterle los cartuchos y siempre se caía hacia atrás luego de cada disparo.

Dos semanas después de la muerte de Catrine, mientras ambos hermanos forcejeaban con la escopeta para ver quién de los dos le disparaba a un pato, oprimieron el gatillo sin querer y el disparo le voló la cabeza a Christer… Ulric se arrodilló junto al cuerpo descabezado de su hermano, lloró afligidamente y lo contempló extático durante casi un día entero; luego lo arrastró y con mucho esfuerzo logró enterrarlo junto al cadáver descompuesto de Catrine.

Ulric caminó en círculos por la casa durante días, llorando de a ratos y pensando en cómo se las iba a arreglar sin su hermano. Durante unas semanas recorrió el bosque tratando de cazar algún animal, pero le costaba mucho jalar el gatillo de la escopeta, y una vez que lo lograba, al igual que le sucedía a su hermano, salía despedido hacia atrás, disparando en cualquier dirección. Terminó agotando las seis cajas de cartuchos que quedaban en la casa sin lograr darle a ningún animal.

Hambriento y desconsolado, Ulric decidió comerse los pocos conejos que quedaban vivos en el criadero de Catrine. Cuando se acabaron los conejos, hizo lo mismo con los cobayos, pero éstos no sabían tan bien. De alguna extraña manera Ulric se las arregló para sobrevivir solo durante ocho años.

El 3 de octubre de 1913 la policía sorprendió al fugitivo Ulric Poulsen, de 18 años, mientras cazaba con una escopeta a pocos metros de la granja de Catrine Madsen. El joven no dudó un instante en disparar a mansalva contra los agentes, logrando matar a dos de ellos. Poulsen intentó huir internándose en el bosque, pero los policías lograron rodearlo y acribillarlo. Hacía 13 años que la policía rastreaba a los hermanos Poulsen por toda Dinamarca. Ambos eran buscados desde que se habían fugado en una balsa, en el verano de 1900. Sus padres naturales, Gunder y Agatte Poulsen, habían sido asesinados mientras dormían. Las sospechas apuntaban a su hijo mayor, Christer Poulsen. Según declaraciones de los familiares y maestros de los hermanos, Christer tenía serios problemas de conducta en la escuela y aquella noche sus padres le habían dicho que lo enviarían a un internado. Al día siguiente la pareja fue encontrada asesinada a mazazos en el lecho matrimonial; les habían reventado las cabezas. Sus dos hijos desaparecieron misteriosamente. En la escena del crimen hallaron una maza y pequeñas huellas ensangrentadas por todas partes. No había pistas que demostrasen la participación de algún adulto en el crimen; no obstante, a los investigadores les costó bastante creer que un niño de 7 años hubiese tenido la fuerza suficiente como para dar golpes de esa magnitud con una maza que pesaba 3 kilos. Salvo por ese detalle, todas las pruebas estaban en contra de Christer: las declaraciones de quienes conocían su carácter irritable, las huellas de sus manos en las sábanas y la fuga posterior junto a su hermanito Ulric.

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