El expediente Glasser. Tercera Parte: ¨Cavilaciones¨ (XII), ¨La ventana de la alegría¨ (XIII) y ¨El Ermitaño¨ (XIV)

Violeta Balián

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12.Cavilaciones

Regresar a mi vida normal, verdadera, anterior, a esa vida que me reclamaba a diario, era imposible. No tenía escapatoria. Y sobre el tema, Alcides y Asima habían sido bien claros. En mi desesperación, dudé de la existencia de Dios y eran tantas las dudas, que lo salpicaban todo y a todos.

Siempre me consideré una mujer honesta. Porque a conciencia, no le había hecho mal a nadie. ¿Por qué me castigaba Dios? ¿Qué parentesco, que maldita conexión genética tenía yo con la etnia de los hermanos o qué pruebas de que los hermanos me decían la verdad? Toda la información recibida provenía exclusivamente de boca de Alcides y Asima. ¿Pero era verdaderamente así? ¿Y si la hubiesen fabricado para inducirme a verla, a creer en los acontecimientos del futuro según los reflejó el cubo de cristal? Era una posibilidad. ¿Acaso no habían dicho ellos mismos que manipulaban el tiempo y la materia? El interrogatorio con la policía, ¿ocurrió realmente? El montaje de las fotos, ¿fue obra de quién? ¿Existía el maldito expediente Glasser o era ésa otra falacia?

De hecho, nunca vi a los grises salvo aquel moribundo en la base submarina. Los hermanos insistían con que merodeaban y observaban cada uno de nuestros movimientos y encuentros, ya sea en la placita o la confitería. Utilizaban híbridos o autómatas camuflados, sometidos a ellos. Excepto que mi madre los vio en Gesell. A ella, le creía. No era necesario ir tan lejos. Me bastaba con la escalofriante figura que se me apareció frente a la casa de Porto. Había más. Cuando esos seres nos veían, vigilaban o se proyectaban en forma humana, no éramos siquiera capaces de reconocer su verdadera identidad. Tanto que cualquier persona con la que me cruzara en la calle o con la que hiciera contacto, podía ser un gris o un saurio transformado en terrícola, esperándome en un café. Sentado. Leyendo el diario. Como ocurrió con el mismo Alcides en la sala de los Latorre. Todo era posible.

Por último, consideré la mano del gobierno, de los militares. Se habían ganado una reputación y contaban con amplia compañía, no solamente en este país sino en el mundo entero. ¿Quién no sospechaba de ellos, de las barbaridades que cometían?

Por eso, cuando evaluaba desde distintos ángulos el conjunto de personajes, eran siempre Alcides y Asima quienes terminaban resultándome creíbles, sabios, poderosos y dispuestos a ayudarme. ¿No fue Alcides quien me salvó la vida cuando un auto casi me atropella al cruzar la avenida? Ese episodio, sin duda, representó uno de los fallidos intentos de asesinato por parte de los grises, incluso el incidente con el chico de la bicicleta. Otros no tuvieron tanta suerte y, alguien se encargó de ellos. Pensé en Latorre y ese otro hombre, Solari. En Aurelia. Sentía el horror porque ahora me tocaba a mí. Como ya dije, a pesar de mis digresiones y desconfianzas, a los hermanos, les creía. También a Gotthauser y los argumentos bíblicos que respaldaban su existencia y accionar. «La ausencia de evidencia no implica evidencia de ausencia», dijeron en varias oportunidades.

Tomar una decisión era, inevitable. Y había llegado la hora de confiar en el razonamiento siempre fiel que brota de la fosa de las urgencias, en mi intuición y, en mi propio padre, mi guía. Pedí una señal.

13.La ventana de la alegría

Llegué a casa. Mi familia me esperaba con una sorpresa agradable y muy emotiva. Se habían reunido para celebrar mi cumpleaños. Al verlos a todos alegres, sonrientes, me avergoncé. Me había olvidado que cumplía treinta y ocho años. Un descuido imperdonable que achaqué a los hermanos, al terrible momento en el cual me comunicaron el peligro de mi situación y la de mi familia. Luego, aturdida por las revelaciones, me había desconectado de mis ´campanitas´— como me gustaba llamarlas—, de su repique interior, de la brújula que en todo momento me señalaba la existencia de mis hijos, mi familia y demás aspectos de mi vida.

—Hoy no tenés que cocinar, mamá —dijo Pablito mostrándome el pollo asado que habían comprado en la rotisería, las empanadas, la torta selva negra y el helado.

Rogelio, sentado a la otra punta de la mesa, sonreía. Y así, en compañía de mis hijos y familia disfruté de la fiestita, del bullicio, los abrazos, las bromas, siempre convencida de haber disipado, al menos momentáneamente, todos mis miedos. Pero éstos, crueles buscaron mi atención entre las risas y el buen momento.

«Porque es a través de la ventana de la alegría que Dios hace brillar a la sabiduría» había dicho Gotthauser en una ocasión. Rogué que sus palabras fueran una de esas verdades irrebatibles porque mi mente, atormentada, no me daba tregua. ¿Cómo dejar a mis seres queridos y desaparecer de sus vidas? ¿Cómo permitir que mi sentido de preservación, exacerbado por el niño que, según Alcides estaba por nacer me hiciera abandonarlos a los horrores que vaticinaba el cubo de cristal? Sobre mis hombros pesaba la enorme responsabilidad de hacer algo, de rectificar o moderar lo que pudiera ocurrir. Cuando más lo necesitaba, más imposibilitada me encontraba de compartir estas preocupaciones con mis seres queridos.

Unas horas más tarde, Rogelio y yo nos sentamos en el sofá.

—Vení, Clarita, charlemos un poco —dijo con tono preocupado, tomándome de la mano.

El gesto me sorprendió pero lo dejé hacer. Mi marido y yo no nos habíamos tocado en mucho tiempo. Sentí que flaqueaba. Quise decirle cuán desesperada estaba, y pedirle que me abrazara, que me consolara. ¡Cuánto necesitábamos volver atrás! Lamentablemente, Rogelio y yo habíamos perdido esa oportunidad a la vera de algún camino. Aun así y en contra de todo sentido común, estuve a punto de contarle los pormenores de los últimos meses, desde el principio. Pero algo más fuerte que yo, me lo impidió. Al parecer, correspondía que a esta situación la resolviera por mis propios medios. Sí, sí, tomaría una decisión, pero al día siguiente.

Esa noche quería dormir y me dormí con un sueño liviano que me apresaba a intervalos. Cuando prometía ser más profundo, me forzaba a emerger de él y enfrentarme con las caras endemoniadas de las mujeres con rodetes en la nuca, el salto mortal de Latorre, los ojos oblicuos de Aurelia y la expresión moribunda del gris en la base submarina.

14.El ermitaño

Esperaba una señal y ésta me llegó a través de un sueño.

«En la bruma alrededor, caminábamos con Rudi por un campo de batalla, devastado, gris, cubierto de caballos y soldados muertos, caídos hacía mucho, mucho tiempo. Alegre, el perrito corrió por el bosque hasta un claro donde cayado en mano nos aguardaba un ermitaño encapuchado. Pregunté‒‒: ¿Qué debo hacer, viejo hombre?

El anciano respondió:

Der Spiegel des Verstehen, el espejo del entendimiento. La eternidad. Ha llegado el momento».

El expediente Glasser II

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