Historias del chico salvaje: ¨El balde rojo¨

Diego M. Rotondo

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Hoy es 5 de enero de 1983, cumplo 9 años y soy un niño feliz. Aún no ha amanecido, y fiel a su promesa, el abuelo Jaime me lleva de la mano por las calles de arena fresca. Está oscuro todavía, las ramas frondosas de los árboles forman un túnel en el camino. El aire huele a corteza y a mar.

Cargando en su hombro la larga y gruesa caña de bambú, el abuelo se desplaza a paso firme, decidido a cumplir su promesa de llevarme a pescar.

Son las 5 de la mañana. No me molestó levantarme tan temprano ya que ni siquiera dormí de la emoción. Sólo me dediqué a imaginar este momento. Mi abuelo jamás había compartido su afición con nadie, la pesca de madrugada, para él, era un ritual solitario. Jaime siempre me contaba sobre las sirenas, los tiburones de dos cabezas y sobre los seres fantásticos que vivían en el fondo del mar. Y yo le creía.

A lo lejos se escuchan las rompientes de las olas, hay nubarrones morados, creo que hoy no tendremos sol ni playa. Pero no me importa, para mí, esta aventura es el gran acontecimiento del día; al que la abuela Tita llama “La  inútil colada de agua de cada amanecer”, sólo para molestar al abuelo, que refunfuña y la ignora mientras teje sus redes.

Llegamos al pórtico del muelle, el viento arenoso nos abofetea, nos empuja. En el horizonte se alzan unas nubes amenazantes; nubes con formas de dragón. Se avecina una borrasca de las fuertes. Me encantan las tormentas con relámpagos y truenos; al contrario que mis amigos, los truenos no me asustan, me hacen reír. Mi mamá dice que es porque nací en una, siempre lo recuerda, le encanta relacionar esa tormenta con mi temperamento: “Se venía el mundo abajo, las luces de la sala de parto se apagaban y se encendían… ¡es que nacía la piel de Judas!”, dice siempre y yo me muero de risa.

Caminamos bajando las cabezas para abrirnos paso entre las ráfagas arenosas. Un grupo de pescadores, casi tan viejos como el abuelo, pasan a nuestro lado sosteniéndose las gorras para que no se las vuele el viento, llevan sus mediomundos al hombro, le advierten a Jaime de la tormenta, le dicen que desista de pescar, que las olas están muy bravas. Pero el abuelo es cabeza dura, quiere cumplir su promesa a toda costa; así que  seguimos adelante, acercándonos cada vez más a la cabecera del muelle, en donde las olas golpean la estructura con fuerza. Una sensación de vértigo me cosquillea el ombligo, de repente siento ganas de volver a casa. Pero no quiero que el abuelo piense que soy cobarde.

Las rompientes nos salpican, las gotas se sienten como piedritas en mis mejillas. Aun así el abuelo busca un rincón en donde apoyar el mediomundo, se arrodilla y prepara la red.

—¡Eh Jaime, mirá esto! —grita un señor musculoso parecido a Popeye, que yace de rodillas sosteniendo un balde rojo.

El abuelo se levanta. El cielo se agrieta con el primer trueno.

—Quedate sosteniendo la caña, pibe —me dice—. Poné las rodillas arriba para que no se te escape… No me sigas que ahora vuelvo… —se va caminando hacia donde está Popeye, desplazándose contra el viento como en cámara lenta.

Al llegar se arrodilla junto al balde, hay un par más que se acercan a curiosear. Puedo advertir el gesto desconcertado de Jaime al observar el interior, se voltea hacia mí y me hace señas de que no me mueva. Yo asiento y sigo sosteniendo la caña con mis rodillas. Tengo algo de miedo, el viento se enardece, aúlla como un lobo. El cielo adquiere un matiz extraño, una mezcla de rosado y cárdeno. Las nubes se hacen cada vez más densas, están tan bajas que podría tocarlas con los dedos. Las olas son casi tan grandes como las de mis pesadillas.

El abuelo discute con Popeye, apenas alcanzo a escuchar lo que dice.

—¡Te doy mil pesos! —le grita, mientras sostiene el balde y no deja de mirar en su interior.

—¡Esto vale mucho más, viejo! —le contesta el otro—. ¡Esto debe ser de hace miles de años! ¡O de otro planeta!

Los demás pescadores no dicen nada, sólo contemplan el interior del balde con fascinación. El abuelo vocifera más fuerte.

—¡Te lo cambio por la camioneta, mano a mano!

Mientras tanto las olas parecen querer devorarse el muelle. Veo asomarse sus crestas espumosas por todos lados.

—¡Qué camioneta ni que ocho cuartos! ¡Esto, debe valer millones! —contesta Popeye y le arrebata el balde de las manos.

Un trueno plateado se clava como un puñal en medio del mar, a la altura de la cabecera del muelle, avivando las olas, que se alzan cada vez más altas. El abuelo patina y cae de espaldas. Los otros pescadores desaparecen bajo las enormes rompientes que sobrepasan las tarimas. Quisiera ir corriendo y socorrerlo, pero me tiemblan las piernas y lo único que hago es llorar; me quedo mirándolo. El abuelo saca su hacha y la clava contra un tablón del suelo para sostenerse, con su otra mano sostiene la abrazadera el balde. Los truenos caen como estacas a su alrededor. El abuelo me mira desesperado, con su rostro de viejo, cuarteado y mojado.

—¡Tomá el balde! —me grita— ¡Agarralo y llevatelo, pibe!

Veinte metros me separan de él solamente, pero me quedo llorando, mirando como Poseidón está por tragarse al abuelo, que extiende su brazo a más no poder para arrimarme el balde, sosteniéndose apenas con su hacha clavada en el piso.

De repente, una gigantesca ola se alza a una altura de 40 metros y nos ensombrece, yo cierro los ojos y me preparo para morir. La ola devora la mitad del muelle, destrozándolo todo, cubriendo la última imagen que tendré del abuelo.

    

Esa es la historia que siempre contaba cuando me preguntaban por él. Pero no fue así. Al menos no desde que llegamos al muelle aquella mañana. Lo que sucedió realmente recién lo supe 15 años después, cuando mi padre me relató lo sucedido:

El abuelo, a raíz de una discusión por un sector privilegiado para pescar, se había trenzado a los golpes con otro pescador, que era más fuerte que él y lo empujó por encima de la baranda del muelle, haciendo que cayera al agua en plena borrasca. Aunque mi abuelo sabía nadar bien, la violencia de las olas lo proyectó contra los soportes que conformaban la estructura, su cabeza dio de lleno contra uno, se partió el cráneo y murió en el acto.

La horrible imagen volvió a mi mente después de 15 años. Recuerdo que lo presencié todo sin poder hacer nada. Era demasiado chico, demasiado débil, no podía defender a mi abuelo; sin embargo sentí culpa, y mi subconsciente creó una historia mejor, más digna de él.

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