EL MÉTODO PULPO

Estefanía Farias Martínez

metodo-pulpo

 

 

—¡¡Pepi!! ¡¡Son casi las nueve!!

—¡¡Ya voy!! ¡Daos prisa que no llegamos! ¡Tómate la leche, Fede! ¡Fidel, la cartera!

—¡¡Charo!!

—¡¡Ya salgo!! ¡¡ Paca!!

—¡¡Voy!!

En la puerta del 4-B Cándida se colocaba las rodilleras, las coderas, el casco y las gafas de buceo. El mono de motero que le habían regalado las vecinas era perfecto, ni un rasguño. Ella había oído que a los pulpos hay que darles una paliza para que se ablanden y llegó a la conclusión de que lo mismo pasaría con la grasa. Así sería más fácil de eliminar. De niña era gordita, de adolescente, entrada en carnes y de adulta, más bien rolliza. Llevaba años a dieta, pero no funcionaba. Aquel método tenía que ser el bueno. Contaba con el apoyo de los vecinos que salían a la puerta para animarla todos los días a las nueve en punto. Entraba a trabajar a las diez y aunque estaba cerca, tardaba un rato en cambiarse en el portal, luego cogía el autobús. Miró su reloj, las nueve. Se asomó a la escalera y allí estaban todos jaleándola así que se lanzó. Los rellanos eran muy estrechos y no desviaban su trayectoria. Rodó un piso y otro y otro y otro, rebotando contra los escalones y la baranda, hasta perder velocidad en el hall de entrada. Todo muy calculado: se hacía una pelota para la parte difícil y estiraba brazos y piernas y giraba sobre su espalda para frenar. Los niños aplaudían y se acercaban a felicitarla, las madres la besaban y los padres le daban palmaditas en la espalda.

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