MAGNA REALITIS: ¨Destripadora¨ y ¨Último asalto¨

Manuel Ortuño

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DESTRIPADORA

Cuando Susana tuvo por fin el cuerpo ante sí no pudo evitar que­darse de pie ante él durante unos segundos, contemplándolo, dejando que sus ojos lo recorriesen de un extremo a otro como si fuesen el haz de un cañón de luz.

El cadáver, lacio e inerte, desprovisto hasta del más mínimo ras­tro de autonomía, se mostró por fin ante ella en toda su pálida desnudez, indefenso e inocuo, incapaz de hacer otra cosa que no fuese permanecer donde estaba. Su carne ya no palpitaba y su sangre había dejado de fluir por las venas. La vida era como una manta caliente que se hubiese deslizado hasta el suelo para dejar al descubierto una gélida apatía.

El hecho de tener el cadáver ante sí le produjo a Susana una cu­riosa sensación de poder y le incrustó en pleno pecho una boca­nada de aire que, cuando por fin fue capaz de exhalar, se tradujo en una inefable sensación de alivio, como si algo por largo tiem­po esperado se hubiese visto consumado de una vez por todas. Mientras expulsaba el aire lenta y pausadamente, Susana contempló las extremidades extendidas, la cabeza echada hacia atrás, el pecho inmóvil… Inerte. Todo inerte. Ni el más leve hálito agitaba el volumen de aquel cuerpo.

Lentamente, con manos torpes al principio pero cada vez con mayor soltura, Susana comenzó a palpar la carne muerta. Sus dedos navegaron nerviosos por aquel mar de piel hasta que decidió dirigirlos hacia la parte superior del tronco y posarlos sobre el cuello. Al sentir el contacto de aquella forma despro­vista de todo calor, Susana sonrió levemente. Entonces apretó con fuerza sintiendo cómo la carne del cuello cedía bajo sus de­dos. Suave y gradualmente, fue aumentando la presión ejercida por sus manos hasta que, de repente, sintió cómo la tráquea, in­defensa, se partía entre sus dedos con un suave crujido.

Alentada por aquel sonido, Susana dirigió una mano hacia la ca­beza del cadáver y apretó con desdén el rostro muerto. Aquel pico de oro ya no volvería a abrir la boca para engatusar a nadie. Aquel cuerpo y aquella boca estaban ya callados para siempre. Jamás volverían a decir ni pío.

Enardecida al saberse dueña de la situación, Susana estiró una mano y tomó una pequeña hacha de cocina que quedaba a su al­cance, sobre un estante. Sopesando el arma en la mano y son­riendo por dentro al sentir el supremo poder que aquella hoja afilada le confería, la dirigió hacia el cadáver y posó el filo de su hoja sobre el pecho de éste, justo debajo del esternón. Entonces, descargando suavemente el peso de su brazo, hendió la carne muerta con la hoja al tiempo que deslizaba ésta hacia abajo. Una incisión se abrió en la piel y comenzó a separar el pecho en dos mitades conforme la hoja descendía. Apenas hubo hemorragia mientras la carne se separaba con la dulzura propia de una mú­sica celestial. En ese momento Susana decidió dejar el pecho así, abierto y desgajado, durante unos segundos para concentrar su atención en las extremidades del cadáver. Éstas, tentadora­mente extendidas, la observaban en silencio. Sin poder resis­tirse, Susana levantó el hacha y descargó un severo mandoble sobre cada una de las extremidades superiores. El torso, cerce­nado y desprovisto de éstas, pareció encogerse mientras la car­ne muerta caía a ambos lados de la mesa. Susana contempló el cuerpo mutilado y volvió a sonreír de satisfacción. Esta vez su sonrisa fue algo más amplia.

Tras unos segundos de contemplación Susana decidió centrar su interés en las extremidades inferiores. Llevó la hoja del hacha a la entrepierna del cuerpo y la incrustó con suavidad primero en una ingle y luego en la otra sintiendo cómo el acero penetra­ba lenta y blandamente como si atravesase un esponjoso pedazo de bizcocho. Los muslos se desgajaron del torso y, más inertes que nunca, quedaron tendidos sobre la mesa. El cuerpo, una vez más, apenas sangró.

Era el momento de regresar al pecho y prestarle atención a los órganos vitales. Con un brutal hachazo Susana terminó de se­parar las dos mitades del pecho y dejó que éstas cayeran sobre la mesa como si fuesen los dos hemisferios de un coco recién partido. Entonces procedió a enredar sus manos en el interior de cada una de las partes y comenzó a extraer de ellas las entra­ñas del cadáver. Lentamente, deleitándose en cada movimiento, Susana extrajo intestinos, hígado y demás vísceras y fue deján­dolas a un lado hasta que hubo vaciado el torso por completo. Una vez concluido aquello se incorporó, contempló el trabajo realizado y, sin poder evitarlo, sonrió satisfecha.

El cuerpo no sólo estaba muerto, sino que, además, se hallaba ahora desmembrado, desprovisto de sus órganos vitales, extir­pado de vida como si de la obra de un hábil destripador se tra­tase. Y lo mejor era que no se trataba de un puzzle cuyas piezas, al ser devueltas a su posición, podían devolverle la vida al con­junto. En este caso si las piezas volvían a ser puestas en su sitio correspondiente el conjunto seguiría estando igual de muerto que antes y sin posibilidad alguna de resurrección.

Un entrechocar de cacerolas y unos pasos apresurados hicieron que Susana emergiese de su nube de reflexiones. En ese mo­mento una cabeza coronada con un gorro blanco, estrecho y alto se asomó por una esquina y la miró fijamente. Era Vicente, el chef, que venía a ver cómo progresaba el trabajo por allí.

—¿Va todo bien, Susana? —preguntó el recién llegado.

—Pues… sí. Todo bien —respondió ella sin llegar a salir por completo de su abstracción.

Vicente bajó entonces la mirada hacia la mesa de trabajo y vio el cadáver mutilado y despanzurrado que allí yacía.

—Pero, mujer —dijo—, ¿todavía estás así? Vamos, termina ya de trocear ese pollo. Tenemos varios pedidos y la cocina entera comenzará a retrasarse si no lo sacas adelante de una vez. ¡Vamos! ¿A qué estás esperando?

—No se preocupe —se apresuró a responder Susana mientras sacudía la cabeza—. Esto estará listo en un periquete. Le asegu­ro que esta noche no habrá retrasos.

—Eso espero —masculló el chef comenzando a ponerse de mal humor—, porque si esta noche vuelves a retrasarte ya no ten­drás que preocuparte nunca más por tenerlo todo listo a tiempo. Al menos por lo que a esta cocina se refiere.

—No se preocupe —repitió Susana.

El chef dio media vuelta y se alejó de allí a grandes pasos por entre un tupido bosque de ollas y cacerolas.

Una vez a solas, Susana bajó la mirada y contempló el ave a me­dio descuartizar que tenía extendida ante sí.

Entonces, por un momento, pensó que en casa le esperaba un trabajo similar para el que ya no tendría que apresurarse tanto. De hecho, trabajar en aquella cocina le estaba proporcionando una experiencia que estaba segura de que a la postre acabaría resultándole sumamente útil.

Pronto, muy pronto, el cerdo maltratador con el que llevaba años compartiendo su cama, su casa y su vida correría la mis­ma suerte que aquel pobre pollo muerto. Primero lo destriparía, luego lo descuartizaría, y por último haría desaparecer cada uno de sus pedazos sin dejar el más mínimo rastro.

Sólo tenía que seguir practicando hasta que llegase el momento oportuno.

Y se estaba empleando a fondo para conseguirlo.

 

ÚLTIMO ASALTO

He boxeado desde que puedo recordar. No en vano, casi desde que nací tuve la impresión de que estaba diseñado para emplear los puños. Éstos han sido siempre como dos puntales de acero que soy capaz de descargar sobre casi cualquier cosa sin apenas sentir dolor. A la hora de enfrentarme a cualquier obstáculo o a cualquier pelele lo bastante insensato como para osar inter­ponerse en mi camino, mis puños se han portado siempre como dardos mortales capaces de abrirse camino a través de las difi­cultades, ya sean éstas una pared de ladrillo o la mandíbula de un contrincante.

De niño andaba siempre metido en peleas. Crecí en un barrio miserable y lleno de peligros (uno de esos sitios por los que la policía prefiere pasar de largo pisando a fondo el acelerador), lo cual no alentaba precisamente que cualquier encontronazo de la vida diaria, por pequeño que fuese, acabase resolviéndose de otra manera que no fuese por la de los puños. Crecí en ese en­torno y sobreviví. Otros no lo hicieron. O no sabían pelear o no sabían golpear con la misma contundencia que yo y unos pocos más. Esas cosas ocurren. Los más fuertes permanecen. Los más débiles se hunden y desaparecen. Hay lugares en los que las co­sas no siempre son así.

Pero aquí, como en muchos otros sitios, sí lo son. Además de esa inclinación natural a pelear, hay otra cosa que recuerdo impresa en mí desde siempre y prácticamente con la misma fuerza, y es el hecho de que nunca he tenido miedo. Jamás he sentido el me­nor atisbo de temor o preocupación a la hora de enfrentarme a otro par de puños, incluso aunque éstos perteneciesen a alguien más alto, fornido, veloz o robusto que yo. Por lo general la di­ferencia entre vencer y caer derrotado no suele residir sólo en la fuerza de los puños, sino en factores tales como la velocidad a la que éstos se mueven o la frecuencia con la que logran al­canzar su objetivo. Con el paso del tiempo y algo de experiencia yo acabé dominando también estos factores, pero incluso antes de hacerlo con soltura era capaz de enfrentarme a quienquiera que fuese sin inmutarme. A veces perdía; muchas veces ganaba; en algunas ocasiones (ganase o perdiese) resultaba duramente castigado. Pero siempre me enfrentaba a cada situación, a cada rival, a cada combate, con la ciega confianza que inspira una au­sencia absoluta de miedo.

Como puede suponerse, me dediqué al mundo del boxeo, pero no porque dicho deporte me apasionase especialmente ni por­que acabase desarrollando unas especiales dotes para ello, sino porque dedicarse a otra cosa hubiese sido, al menos en mi caso, una estupidez y una pérdida de tiempo. Y yo soy un tipo al que no le gusta ni cometer estupideces ni perder el tiempo. Supongo que se me podría tildar de pragmático, pero ¿acaso es eso malo?

Mi vida como púgil fue intensa. No demasiado larga, es cierto, pero sí intensa. No obstante, no es cuestión de imaginar a un boxeador que luchó por un título o que se vio cubierto de hono­res por los medios de comunicación. En realidad me limité a ser un boxeador de circuito restringido. Si no sabéis lo que tal ex­presión significa en los círculos pugilísticos, baste decir que me limitaba a pelear en barrios bajos, en locales cerrados y dotados de una pésima ventilación, y que tomaba parte en combates que jamás podrían llegar a ser calificados como del todo oficiales. Se respetaban las normas básicas del boxeo profesional, es cierto, pero aquello era lo único en lo que “lo oficial” hacía acto de pre­sencia.

El otro detalle en el que nuestras peleas se parecían a las del bo­xeo profesional eran las apuestas. Y era gracias a ellas como yo sobrevivía. Encargaba a alguien de confianza que apostase por mí o en mi contra. Luego dicha persona y yo nos repartíamos los beneficios y empezábamos a pensar en un nuevo combate. Y, según me apeteciese, ganaba el combate o lo perdía, hasta el punto de que a veces ganaba más dinero perdiendo el combate que ganándolo. Mucha gente puede pensar que una estrategia como ésa puede resultar arriesgada. Y tienen razón al pensarlo.

Jugar de esa manera en el mundo de las apuestas de boxeo pue­de hacer que uno acabe con las dos piernas rotas o flotando sin vida río abajo. Pero el secreto reside en actuar de manera inteli­gente. Eso significa apostar cantidades modestas que no repor­tan más que ganancias igualmente modestas pero suficientes para ir tirando y dejar que los que de verdad se juegan el todo por el todo ganen lo bastante como para darse por contentos. De esa manera nadie se fija en uno por muchas trampas que pueda llegar a hacer. El submundo del boxeo amateur tiene esas cosas. A algunos les gusta. A otros no. A mi me valía.

Así estuve durante varios años. Luego lo dejé, pues estaba can­sado de tomar parte en combates que a la hora de la verdad po­día ganar fácilmente y cuyos desenlaces no me ofrecían la más mínima emoción. Además, tenía ahorrado el dinero suficiente para emprender algo nuevo. Así que eso fue lo que hice. Monté un pequeño negocio que posteriormente vendí. Como resultado, ahora vivo de mis rentas y estoy exento de casi todas las preocu­paciones que suelen amargarle la existencia a cualquier ciuda­dano corriente. Bueno, excepto la pesadilla anual que represen­tan esos bastardos del fisco. Ojalá me fuese posible darles a esos tipos una breve explicación de lo que opino de ellos. Si pudiera se la daría con los nudillos aunque ése fuese mi último asalto. De todas formas, sé que es un asalto que nunca protagonizaré. Porque, francamente, mi último asalto es algo que ya estoy pro­tagonizando. No en vano, lo combato a diario docenas de veces, un día tras otro, cada vez que regreso a casa.

Verán ustedes… Resulta que llevo un buen número de años ca­sado. Mi mujer no es gran cosa, pero tiene lo suficiente para ser una esposa. Nos casamos durante mis años de mayor actividad pugilística. Y aunque en aquellos días todo era tranquilidad y ternura, lo cierto es que con el tiempo ella acabó antojándose­me algo más parecido a un saco de entrenamiento que a una verdadera esposa. Cuando las apuestas no me reportaban todas las ganancias que deseaba, ella lo pagaba. Cuando el combate no salía como yo esperaba, ella lo pagaba. Cuando en uno de mis combates amañados yo recibía un golpe más doloroso de lo deseado, ella lo pagaba. Digamos que, como ya mencioné antes, nunca he conocido el miedo, pero sabía muy bien qué aspecto tenía porque lo veía reflejado en los ojos de mi esposa cada vez que yo entraba por la puerta de casa con mi cargamento de mal humor, mi ojo hinchado y un buen trago de alcohol acaricián­dome todavía la garganta con sus dedos rasposos.

Claro que… seamos del todo sinceros. Nunca he sabido lo que es el miedo, de acuerdo. Pero esto ha sido así hasta hace poco. Porque ahora que ya no boxeo y que ni siquiera le atizo a mi mujer debo reconocer que he comenzado a descubrir nuevas sensaciones.

Debido a que mis rentas son cada vez más exiguas y que llegar a fin de mes se está convirtiendo en un problema cada vez más acuciante, mi mujer ha tenido que ponerse a trabajar. Y el hecho es que estar fuera de casa haciendo algo que le gusta, aunque sea por pura necesidad, le está sentando bien. La veo cada día más animada, más ilusionada con lo que hace, y con un brillo especial en los ojos. Y es precisamente ese brillo el que me in­quieta.

Desde hace unas pocas semanas Susana trabaja como ayudante de cocina en un pequeño restaurante del barrio alto de la ciu­dad. Ha aprendido mucho desde que comenzó a hacerlo. Ahora prepara con soltura platos con cuya existencia antes ni siquiera soñaba. Y ha adquirido una tremenda destreza con los útiles de cocina. Eso es lo que más me preocupa.

El otro día la sorprendí hablando a solas y riendo por lo bajo mientras troceaba un pollo en la cocina. Incluso llegué a oírla susurrar mi nombre mientras hendía suavemente la carne con el cuchillo.

No me atrevo a decirle nada porque, si mis sospechas se confirman y ella está acariciando la idea de ensartarme con uno de sus cuchillos de cocina, yo apenas sería capaz de defenderme a causa de la parálisis que me afectó la mitad del cuerpo hace un par de meses y que me tiene confinado en esta maldita silla de ruedas.

Es por ello por lo que actualmente me embarga esta espantosa sensación de angustia.

Es por ello por lo que ahora, al cabo de tantos años, tengo miedo.

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