Fábulas del crimen: ¨El hijo de Satanás¨

Diego M. Rotondo

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2 de julio de 1901, Gotemburgo, Suecia; un inesperado veredicto judicial ordena la decapitación pública de August Larsson, de 29 años, condenado por degollar y profanar a diez jóvenes embarazadas.

Larsson había crecido en el seno de una secta llamada “Det Gambla Röda Huset” (“La vieja casa roja”). Su madre, Alexandra Larsson, de 18 años, había sido sacrificada en uno de los rituales que los prosélitos llevaban a cabo los 8 de agosto de cada año. El ritual consistía en cortarle la cabeza a una discípula en el octavo mes de su embarazo para luego abrirle el abdomen y extraerle al prematuro bebé de sus entrañas. Ese bebé, si lograba sobrevivir, era tatuado con una estrella de cinco puntas en una de sus nalgas y era bautizado como hijo de Satanás.

August había sido criado por una pareja de prosélitos de la secta, quienes, desde muy temprana edad, lo sometieron a torturas físicas y psicológicas, y se encargaron de hacerle creer que era un hijo del diablo.

Desde sus 8 años, August sabía que si quería alcanzar la inmortalidad, una vez que fuese liberado en el ritual de emancipación, tenía que liberar a otras semillas como él, degollando y profanando a sus madres cuando se hallasen en su octavo mes de gestación.

August creció en una finca aislada, a 300 kilómetros de Västra Götaland. Durante veinte años no tuvo contacto con nadie que no fuese integrante de la secta. Fue educado en base a preceptos sádicos, forzado a participar en orgías, en las que muchas veces tuvo que fornicar con cadáveres de hombres y animales.

A los 10 años comenzó a ser testigo de los rituales del 8 de agosto. Sus ojos inocentes fueron tiñéndose con la sangre de las jóvenes mártires, que eran degolladas en un altar, bajo la sombra intimidante de una estatua de Satanás.

A finales de 1886, Norman, uno de los prosélitos más inestables de la secta, que llevaba tiempo escapándose de la finca en las madrugadas para caminar los 5 kilómetros que los separaban del pueblo más cercano, comprendió que había sido educado en base a una mentira, que la gente de afuera no padecía de una enfermedad endémica como le habían dicho, que todos tenían vidas pacíficas, se respetaban y eran felices sin necesidad de hacer rituales sangrientos ni orgías con cadáveres.

Una madrugada, mientras los doscientos integrantes de la secta dormían desnudos, echados sobre unas mantas de esterilla, Norman, con un bidón lleno de kerosene, roció los pisos y las paredes de la finca. Cuando acabó, vació el bidón sobre su propio cuerpo y encendió un fósforo, acabando así con toda esa locura.

Tanto Maestros como discípulos murieron calcinados esa noche. La casa ardió en medio de la nada; cientos de alaridos fueron menguando entre las llamaradas. Algunos lograron escapar del incendio, pero terminaron sucumbiendo a pocos metros del lugar.

Milagrosamente, una de esas doscientas personas logró sobrevivir. Era August Larsson, quien a pesar de tener la mayor parte de su cuerpo quemado, alcanzó a salvarse.

Durante los dos años siguientes, Larsson secuestró y decapitó a una decena de muchachas embarazadas, les abrió el abdomen y las despojó de sus bebés, tal como le habían enseñado en la secta.

Larsson escondió y alimentó a las precoces criaturas en un depósito abandonado en las afueras de Gotemburgo. El incesante lloriqueo de los bebés llamó la atención de varios obreros que trabajaban en la construcción de un galpón contiguo al depósito. Los hombres empezaron a sospechar y avisaron a la policía.

Cuando los agentes ingresaron en el lugar se encontraron con una escena dantesca: diez bebés yacían agonizantes sobre un suelo de cemento atestado de cucarachas, ratas y desperdicios. Algunos aún tenían el cordón umbilical colgando; un par llevaban varios días muertos y se habían transformado en el suculento alimento de las ratas. Todo era monstruoso en ese depósito. Si alguien consiguiese describir el infierno, describía ese lugar.

Larsson fue capturado dos horas después, cuando llegaba al lugar llevando dentro de una maleta a otro bebé arrancado de su madre. Los policías lo sorprendieron y lo molieron a palos, le quebraron los brazos y las piernas.

Las pruebas psiquiátricas diagnosticaron a Larsson una grave psicosis. Los especialistas aconsejaron practicarle una lobotomía y encerrarlo de por vida en un manicomio. No obstante, los estudios fueron pasados por alto. Al parecer el rey Carlos XIII había influido sobre los jueces para que condenasen a muerte al criminal.

La prensa no tardó en divulgar la noticia. El pueblo sueco, furioso e indignado, exigía que ajusticiasen al asesino. Los jueces condenaron a Larsson a ser decapitado en una plaza pública.

Ocho mil personas, hombres, mujeres y niños aplaudieron fervorosamente al verdugo que dejó caer la afilada cuchilla sobre el cuello de August Larsson.

Tres meses después la policía halló el cuerpo decapitado de una joven de 18 años a la que le habían extraído el bebé de las entrañas. Alguien más se había salvado de aquel incendio.

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