El expediente Glasser. Tercera Parte: ¨El cubo de cristal¨ (X) y ¨El Concilio¨ (XI)

Violeta Balián

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10.El cubo de cristal

Sacó de su bolso un pequeño cubo de cristal y me encargó que lo tuviera entre mis manos. Es un “cronovisor”, explicó Asima. Haríamos una lectura en el tiempo, ella y yo. Pero antes, debía sentarme en otra mesa. De mala gana, me ubiqué cerca del mostrador sintiendo que el cubo emanaba electricidad e invadía mis manos. En instantes, y telepáticamente, me llegaron las instrucciones de cómo manejarlo.

—Cierre los ojos, Clara. Ahora ábralos, por favor. Enfoque su mirada en el centro del cubo. En ese punto verá eventos que se conectan directa y emocionalmente con usted. Encontrará cosas desagradables pero le ruego que las registre todas.

Resignada, siguiendo las instrucciones al pie de la letra me concentré en el centro del cubo. Al principio, todo lo que podía ver era nuestro planeta azul experimentando movimientos de tipo geológico. Cambió la visión y fue a descansar en el mapa de nuestro país desde donde comenzó con una progresión de acontecimientos históricos que tuvieron lugar en los últimos doscientos años. En el momento que llegábamos a lo que parecía ser la actualidad, aparecieron imágenes de disturbios y discursos políticos. ¿Cómo? ¡Perón regresando al país! A ese dato, le siguieron asesinatos, persecuciones, los militares nuevamente en el poder, los jóvenes sufriendo la falta de justicia. Torturas, muerte y desaparición. Oh, ahí estaban mis hijos, detenidos, encarcelados, ¡pobres inocentes!

El cubo mostró mucho más; eventos que desconocía. Deduje que se proyectaban desde el futuro, y reflejaban un impacto global. Interminables guerras en los desiertos, hambrunas, millares de niños, adultos huyendo y viviendo a la intemperie, bombardeados, envenenados por compuestos químicos, masacres, desastres naturales, catástrofes nucleares, ciudades devastadas, terremotos, pandemias, invasiones, secuestros, corrupción, fanatismos religiosos, guerras santas, colapsos financieros, campos de concentración, genocidios, mundos robóticos, subterráneos, humanoides y monstruos devorando humanos. Finalmente, tres días y tres noches de completa oscuridad. En todo el planeta.

No pude ver más. Regresé a la mesa y le entregué el cronovisor a Asima. Ella lo guardó rápidamente en su bolso.

Me eché sobre una silla y me cubrí la cara con las manos. Deshecha, aniquilada buscaba un refugio, mi propio silencio o mi voz interior. Al rato, con los ojos llenos de lágrimas les dije que no entendía nada y, por enésima vez les pregunté qué era lo que querían de mí.

—Comprendemos su angustia, Clara. Pero antes que nada, veámosle el lado positivo a la situación. Y no lo dude, usted es una persona muy privilegiada.

—…

—Ha viajado en el tiempo. Y ha visto un futuro calamitoso, es verdad. Sin embargo, creemos que con ese panorama en mente, está en usted la posibilidad de modificar el destino de sus hijos, de su familia.

Me alarmé. ¿Adónde querían llegar?

—Proponemos lo siguiente  —dijo Alcides. —Que consienta y lo más pronto posible, en refugiarse en una de nuestras bases, la submarina preferiblemente, que es la más segura. Le aclaro que el ingreso será por vida. No hay vuelta atrás.

—¿Qué dicen? ¡Qué me están pidiendo! ¡No! ¡Imposible! Jamás, me entienden, jamás dejaría a mis hijos ni a mi familia —grité, sin que me importara un comino que me escuchara la otra gente que estaba en la confitería.

—Es que no hay otra solución —respondieron bajando la cabeza.

Entonces los hermanos, con lujo de detalles expusieron la verdadera situación. Los grises, los militares y otros sujetos ya estaban seriamente comprometidos con el plan, con el encubrimiento. Hasta las narices, remarcó Asima. Y yo, Clara Glasser, era la única testigo que aún quedaba viva de lo ocurrido aquella noche en la casona. Por lo tanto, debía ser eliminada tal cual lo habían sido Latorre, Aurelia y Solari. ¿Quién había sido mi misterioso protector en el ministerio? Pues no otro que Latorre y claro, ya no podíamos contar con él. Los demás se habían confabulado contra mí, en primer lugar por el episodio en la casona y en segundo, por formar una estrecha asociación con exoterrenales enemigos y el haberme sometido a experimentos en Ciénaga Azul.

—Un momento. ¿De qué están hablando? ¡Latorre me obligó! Yo no tuve nada que ver. Y nunca le dije nada a nadie. Ciénaga Azul, dicen ¿acaso no fueron ustedes los que se acercaron a mí, los que me contactaron? Que yo sepa, no me sometí a nada. ¿Qué experimentos? No sé nada de eso. Ah, claro ¡cómo no me di cuenta! Me acaban de informar que estoy embarazada. Eso quiere decir que ustedes dos abusaron de mi confianza, me utilizaron, me impregnaron contra mi voluntad y ahora, me condenan a un encierro en las profundidades del mar. Por vida. ¿No es increíble? —cuestioné, sarcástica.

—Y también, lamentable… lo sentimos mucho. Aun así, no deja de ser la realidad.

11.El Concilio

Asima admitió que ya era hora de que me explicaran ciertas cosas. Por ejemplo, que las fuerzas represivas y totalitarias temían que se pusieran al descubierto las actividades conjuntas y abusivas del Concilio; pondrían en evidencia la conexión que mantenían con inteligencias alienígenas. Y desde el punto de vista del Concilio, las revelaciones tenían la potencialidad de producir un escándalo de gran magnitud. Se hundirían los mercados financieros, se truncarían los planes políticos y las alianzas a largo plazo. Las naciones cómplices, no sólo perderían el control de las rutas del narcotráfico sino también la ayuda tecnológica y financiera que ya recibían de esas entidades. En tanto, los grandes poderes se lavarían las manos — “problemas  del Tercer Mundo”— afirmarían en conferencias de prensa agregando que “ellos, naturalmente, no tenían ni tienen conexión.” Así lo informaría el New York Times.

A cambio de todos los beneficios, riquezas y poder, el Concilio le entregó su alma al diablo, por decirlo así. Todos sus miembros acordaron en suministrarles a sus amos, los grises y los saurios, los valiosísimos minerales que las entidades necesitan para sobrevivir además de aquello que más codician, el material humano que les permite continuar con sus atrocidades y experimentos genéticos.

—Pero ¿cómo hacen, cómo encuentran ese material humano?— pregunté, preocupada.

—Esa es la parte más sencilla —explicó Alcides. —Preparan las condiciones políticas y socio-económicas para implementar la represión sistemática, o sea la manera más eficiente de contar con cientos, miles de personas, encarceladas o aparentemente desaparecidas. Luego, las entregan a los grises para que éstos dispongan de ellas a su antojo.

En cuanto a mí. Ellos, los otros ya estaban al tanto de que en las últimas semanas se me había informado de algunos pormenores. Según los hermanos, yo me encontraba en la coyuntura exacta, la que se había planeado poco antes de la muerte de Mercedes. Además, cada uno de esos detalles de la operación se encontraba detallado en el expediente Glasser, o sea, en las exclusivas manos del gobierno y también de Latorre, quien los conocía desde su incepción. Entonces recordé que durante el interrogatorio, el oficial había indicado que el expediente continuaba abierto. Y por lo que ahora me decían Alcides y Asima, “los otros” contaban con que una vez eliminado Latorre, no habría quién pudiera testificar en mi favor, aunque yo insistiera en haber seguido las indicaciones de Latorre y las de Correas. Es más, me involucrarían con la justicia por haberle inyectado a Mercedes Latorre, la paciente a mi cargo, una dosis que excedía a la prescripta y cuya administración, yo misma le había admitido al oficial de ministerio. En resumen, el expediente contenía esa información. También las sospechas de que los Glasser éramos judíos, que yo había tenido un affaire con Latorre y peor, conspiraba con grupos subversivos a quienes el gobierno “acusaba” de haber eliminado a Latorre.

Me habían convertido en una asesina común, en una trastornada. Y sin debido proceso me condenarían a prisión o bien “desaparecería” tan pronto me entregaran a los grises y a mi suerte. Las fuerzas oscuras, operando con el beneplácito del mismo gobierno se encargarían de monitorear a mi familia y disponer de ellos cuando lo considerasen oportuno. Si no lo hacían inmediatamente, volverían a la carga más adelante, motivados por sus necesidades políticas. De esta manera concluiría la historia de los Glasser, conectada con los eventos que proyectó el cubo de cristal. Un detalle curioso: en caso de que fracasase el plan original, contaban con otro paciente, agonizando en circunstancias similares.

«El capitán Porto. Y la razón por la que se deshicieron de Aurelia».

—No le queda mucho tiempo, Clara. Le apremia tomar una decisión —indicaron los hermanos. —Más allá de todas las razones que le dimos, los grises utilizarán a su bebé. Lo harán, no lo dude ni por un instante. Usted no tiene futuro ni con las entidades ni con los militares. Dos frentes enemigos. Créanos, tenemos plena conciencia de la enormidad del sacrificio y las alternativas que le ofrecemos.

—¿Se puede saber por qué tratan de protegerme? —pregunté enojada, desconfiando de ellos.

—Es nuestra obligación como custodios de la raza humana. No conocemos las razones. Recibimos instrucciones: proteger a nuestros humanos. Conservarlos y asistirlos en el camino evolutivo. Capacitarlos para cuando se enfrenten con los que vendrán —respondió Asima.

—¿Quiénes vendrán?

—Los saurios…Clara, que no lo harán de algún sitio remoto en la galaxia sino de las mismas profundidades del planeta. Ya lo habitan. No lo olvide.

—…

—Y también, la “obligación  moral” de ayudar a la hija de su padre y a toda su familia que son y forman parte de una génesis particular, íntimamente ligada a la nuestra —declaró Alcides, agregando: — Sepa Clara que nuestra prioridad, en Ciénaga Azul fue preservar sus genes a través de una impregnación.

—Alcides…Asima, esto no me sirve de nada; tampoco me consuela. Porque me obligan a tomar una decisión que ya está condicionada.

Me tenían entre la espada y la pared. Lo sabían. Por eso redoblaron los argumentos, advirtiéndome que el peligro que se avecinaba era aún mayor.

El expediente Glasser II

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