Justificando mi presente

Alberto Ernesto Feldman

celda 211

 

 

Esta noche no puedo dormir, me quedé sin yerba y sin pastillas. Me agarró el insomnio y empiezo a pensar por qué estoy aquí; en esta celda de Devoto donde me han colocado esos señores de leyes, más corruptos que yo, aunque bien vestidos. Primero me contrataron como “testigo de identidad reservada”, para armar causas contra pobres perejiles sin tener que justificar nada, y luego me encerraron aquí para que no hable y “deschave” sus conexiones con los verdaderos criminales, y ¡carajo!, ¡encima tengo que agradecerles que no me hagan matar por un sicario, al que le pagarían dos pesos, lo mismo que me pagaban a mí por inventar historias!

 

Y… sí…, la cosa, para mí, debe haber empezado en la primaria. Éramos de lo peor. Desde el tercer grado, cuatro años antes, no veían la hora de deshacerse de nosotros. Las maestras nos miraban con aprensión y tenían la esperanza que en los últimos grados, con maestros varones, y especialmente en el séptimo, que en aquella época se llamaba sexto, el señor Tronatti, un excelente maestro, pero con fama de duro, nos ajustara las clavijas.

Pero él tampoco pudo, y el broche final fue que, ya terminando las clases, vino al aula el señor Director, que mirando a cada uno a los ojos, con cara de perro y voz ronca, nos dijo que teníamos prohibido terminantemente concurrir al acto de fin de curso. ¡Y nosotros éramos los egresados…!

Mientras escuchaba las palabras indignadas del Director, al maestro se le caían las lágrimas.

Estúpidamente nos reíamos por lo bajo y nos felicitábamos como si hubiéramos ganado una  batalla.

Los treinta o treinta y dos salvajes aparentemente funcionábamos como un bloque, pero no éramos todos iguales; había ciertas jerarquías. Arriba, un jefe absoluto y desalmado y cuatro o cinco grandotes golpeadores, incondicionales del líder, a los que llamábamos los “secretarios”. El resto nos dividíamos entre víctimas, alcahuetes, y aprendices de malvados, practicando con los más indefensos de nuestros compañeros, para delicia de nuestros “superiores”.

No se salvaban ni los chicos de otros grados. En los recreos les quitábamos las galletitas justo cuando se la llevaban a la boca o les pegábamos cuando estaban de espaldas o distraídos para luego alejarnos con cara de inocencia. En los actos escolares organizábamos escándalos tales como desafinar “a lo loco” en una canción patriótica tan dulce como “Aurora” o durante la ejecución del Himno Nacional.

Nos habíamos dado cuenta de que había reticencia o impotencia de las autoridades para sancionarnos en conjunto y entonces nos aprovechábamos de esa impunidad relativa, y los más débiles pagaban por todos.

Aceptar un castigo individual por algo que habían hecho otros, era una muestra de lealtad al grupo y daba patente de valiente, hasta que llegaba la ocasión de usar a otro “voluntario” y el anterior, casi un héroe por un par de días, podía pasar a ser la víctima de una burla feroz, un robo de útiles o una golpiza a la salida de la Escuela, y así sucesivamente.

Estábamos a merced de los caprichos del mandón y de nuestra propia debilidad. No era fácil romper las cadenas; presos como estábamos de nuestro propio grupo de pertenencia.

El “jefe” era un perverso al que todos le teníamos terror. Fomentaba las frecuentes peleas con mecanismos tan simples y eficientes como el de usar a sus secuaces para difundir rumores y mentiras, y cuando los ánimos estaban calientes, se acercaba él mismo a los dos contendientes y con una sonrisa cínica y una mirada helada, descerrajaba frases como — “¿sabés  lo que dice él de tu hermana?…”

Tuve la oportunidad de comprobar en carne propia su nivel de perversión.

Justamente al comienzo del último grado, me había elegido como víctima propiciatoria y todos los días desde la primera a la última hora, se dedicaba a provocarme en forma continua con sus burlas y amenazas. Eso se convirtió en una terrible obsesión, iniciaba la mañana con angustia y al volver a casa ya estaba pensando en  la angustia del día siguiente, lo que me sumió en el nerviosismo y el insomnio. La tensión fue creciendo hasta que al cabo de unos días me superó y lo desafié a pelear a la salida. Siempre le había tenido miedo, pero ahora sólo quería terminar de una vez con esa pesadilla, aunque me destrozara.

La expectativa por la pelea iba en aumento a medida que se acercaba la hora. Las simpatías del grupo estaban al lado del maldito líder; como siempre ocurría.

Temblando de miedo y de rabia, excitado por el griterío de los que hacían corro alrededor nuestro, de algún lugar saqué fuerzas para golpearlo de la forma en que lo hice. Yo iba a matar o morir. Su pecho sonaba como un tambor ante mis golpes, y un puñetazo que cambió de rumbo, le dio de lleno  en la boca y la nariz, que empezaron a sangrar copiosamente. Entonces giró, me dio la espalda y se quedó inmóvil. Yo martillé con los dos puños como si fuera una puerta cerrada hasta que se me cansaron los brazos. De pronto, me di cuenta que desde que habíamos empezado a luchar no me había devuelto un solo golpe.

Se dio vuelta, me miró con su cara ensangrentada muy cerca de la mía, y con una mueca horrible y riéndose me dijo. –¡Je… je… je…, no me dolió nada..!

Después de eso nos hicimos muy amigos, total, faltaban largos meses para terminar las clases, y además me nombró su secretario principal. Hasta el fin de las clases, todo estaba bien de nuevo.

.

Pero todo eso es historia antigua. Ahora deben ser como las cuatro de la mañana y me está agarrando el sueño. Por sobre los ronquidos y los suspiros que pueblan la galería se oyen unos pasos que se acercan, ¡qué raro a esta hora!… ¡Dios, mamá… están abriendo  mi celda!… vienen por mi…

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