Historias del chico salvaje: ¨Simón, el carroñero¨

Diego M. Rotondo

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Mi abuelo Simón se levantaba cada mañana y se preparaba un peculiar desayuno: caracoles fritos, estofado de ranas y café con whisky. A veces, si el hambre apuraba, asaba algunas ratas y lauchas. Después de devorar todo como un puerco, rellenaba con vino su bota de piel, se encendía un pucho armado y contemplaba el amanecer.

Aun chispeaban las estrellas cuando Simón salía del rancho, embutido en su jardinero y con la escopeta al hombro. Se subía a su camioneta Dodge oxidada, bombeaba el acelerador haciendo fluir el combustible, giraba la llave de encendido y el motor esbozaba un gruñido moribundo… Y así se iba, por la senda de tierra, rumbo a un imprevisto horizonte, evaporándose como un espectro entre la humareda que levantaban los neumáticos.

Una noche de julio, mientras el abuelo manejaba por el camino de los maizales, una liebre se cruzó en su camino, y hechizada por las luces de la camioneta, en vez de escabullirse hacia el sembradío, comenzó a correr en línea recta, aterrorizada por el monstruo estridente que la perseguía. La pobre liebre se había cruzado con un bárbaro que se alimentaba de cosas que nadie se animaría siquiera a mirar. Un lobo famélico que esa noche regresaba a la casa con la tripa rugiendo.

Al ver la apetitosa liebre como caída del cielo, el abuelo pisó a fondo el acelerador queriendo aplastarla, mientras que ella corría desesperada con su rabito entre las patas. Aun a 80 kilómetros por hora la liebre seguía escapándosele. Corría como el demonio. El abuelo puteaba y salivaba, prendido del volante con sus ojos llenos de saña.

De repente la liebre giró hacia la derecha y se metió en los maizales. Pero Simón no se rindió, jamás lo hacía; giró bruscamente el volante haciendo que las ruedas laterales izquierdas se levantasen a 30 centímetros del suelo, y se metió en el camino frondoso que conformaba el maíz.

La vieja Dodge se desplazaba como una locomotora, arrasando con las mazorcas, que iban estrellándose contra el parabrisas. El abuelo había perdido de vista a la liebre, pero seguía acelerando frenético, aplastando la cosecha de su vecino, que meses después se vengaría incendiándole el rancho.

Entonces algo golpeó contra el parachoques de la chata. Algo demasiado grande como para ser una liebre y demasiado chico como para ser una vaca. Simón clavó los frenos y apagó la camioneta dejando las luces encendidas; meditó unos segundos, escuchó el susurro incesante de los grillos, sintió el olor a goma quemada del motor, agarró su escopeta y se apeó lentamente. Un escalofrío le subió por los tobillos al momento de posar su bota sobre la tierra.

La vio debajo del parachoques, jadeante, una piba de unos 16 años, embarazada, con su panza a punto de estallar, chorreando sangre por las comisuras de los labios, con las rodillas quebradas hacia adentro, los brazos fracturados y los huesos desnudos. La piba iba vestida con un camisón rosado que de a poco iba tiñéndose de sangre. El abuelo se rascó la cabeza mientras contemplaba a la moribunda, que lo miraba con ojos agónicos y parecía querer decirle algo, pero sus balbuceos se ahogaban por la sangre que chorreaba de su boca. Simón se arrodilló vacilante junto a la joven intentando comprender sus palabras. El rostro se le estaba poniendo morado. De repente la chica alzó sus brazos con sus huesos salidos, agarró del cogote al abuelo y comenzó a gritar: “¡Ogeid Nitram! ¡Ogeid Nitram!”, repetía mientras le apretaba el pescuezo. Aun con las piernas muertas y los brazos quebrados, la joven pretendía ahorcar a su verdugo, quien, ni con su fuerza bruta lograba desligarse de esas manos trémulas que le aferraban el cuello.

El abuelo empezó a darle puñetazos en la cabeza, sofocado por esas manos que le estrujaban el cogote; pero ella no lo soltaba, lo ahorcaba con una fuerza atípica para una moribunda.

Por fin, y ya casi al borde de la muerte por asfixia, el abuelo logró quebrarle los dedos y sacársela de encima; tomó aire exasperadamente, se levantó, escupió un poco de sangre y se apartó de ella, asustado, como quien acaba de ver al diablo.

Con la cabeza reventada la chica seguía gritando: “¡Ogeid Nitram! ¡Ogeid Nitram!…”. El abuelo cargó la escopeta con sus dedos temblorosos, se le cayeron dos o tres cartuchos en el intento; luego le apuntó a la cabeza buscando darle el tiro de gracia. Debía sacrificarla, como a una yegua fracturada. Pero antes de que pudiese apretar el gatillo, un quejido espeluznante hizo que se callaran los grillos; era un grito de dolor, de muerte.

La chica pereció ante la mirada atónita del abuelo. Entonces se oyó un lloriqueo, Simón advirtió una diminuta silueta moviéndose bajo la falda de la difunta. Las cejas se le arquearon hacia abajo, se persignó varias veces. Con el cañón de la escopeta levantó la falda de su víctima. Y allí, debajo de la camioneta, mi abuelo, conoció a mi mamá…

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