Fábulas del crimen: ¨El cazador de cabezas¨

Diego M. Rotondo

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Lord Marshall III (1838-1891), fue un hombre desalmado y temerario que dedicó gran parte de su vida a la cacería de animales en extinción. A Marshall le encantaba exhibir los frutos de sus travesías frente a sus amigos de la aristocracia anglosajona. Había ornamentado los murales de su castillo con las cabezas de más de cincuenta especies; muchas desconocidas hasta por él mismo, pues lo único que pretendía el inglés era pavonearse de sus agallas y su buena puntería frente a sus aduladores.

Pero Marshall pretendía llegar más lejos aún; en Londres había muchos ricachones aficionados a la caza, que al igual que él, se embarcaban hacia sitios recónditos en busca de nuevas especies para decorar sus muros. Y él no toleraba las comparaciones, era dueño de un ego gigantesco, y cuando alguien le hacía comentarios referentes a otro gran cazador, su rostro se enrojecía y sufría ataques de ansiedad; muchas veces al punto de pasar semanas en vela preocupado por la existencia de alguien mejor que él. Esa absurda expectación lo llevó a considerar una idea descabellada; una idea que seguramente lo situaría varios peldaños por encima de sus colegas. Marshall tomó la decisión de embarcarse hacia América para darle un broche sangriento a su colección.

Acompañado de un grupo de lacayos, Marshall peregrinó durante meses recorriendo la ruta de sangre indígena que iba de México hasta Argentina, masacrando sin ningún tipo de piedad a decenas de indios.

Muchas veces el inglés fue perseguido por integrantes de diferentes tribus, incluso llegó a recibir un flechazo que le atravesó una pierna; pero eso no lo detuvo, continuó su frenética carnicería; porque su prestigio estaba en juego, y para él eso era más importante que su propia vida.

Marshall regresó a Inglaterra pasados siete meses. Había perdido 15 kilos, estaba demacrado y cojeaba a causa del flechazo. Pero se sentía dichoso, ya que en su barco llevaba un contenedor con cuarenta cabezas indígenas de diferentes tribus.

Al llegar a Londres se encargó de hacer embalsamar las cabezas para exponerlas en un escaparate de cristal con molduras de oro. Marshall quería que aquella vitrina fuese el plato fuerte de su colección de muerte. Organizó banquetes y se regodeó como un niño que muestra sus nuevos juguetes a sus amigos.

Marshall contrató a un historiador especialista en pueblos originarios de América, que, a modo de guía, les narraría a sus invitados la historia de las tribus a las que pertenecía cada cabeza. El falaz inglés pretendía justificar su masacre con motivos culturales.

El 13 de febrero de 1891, dos agentes de Scotland Yard acudieron al castillo al ser notificados por el mayordomo sobre la desaparición de Marshall tras ofrecer su último banquete. Lo buscaron sin éxito durante varias semanas, no encontraron pista alguna de su paradero. De repente se había esfumado. Supusieron que se habría embarcado en uno de sus periplos, pero todas sus pertenencias, sus rifles, cuchillos y ropa de caza, estaban en su sitio. Incluso su barco se hallaba amarrado en el puerto del Támesis.

Cuando ya casi habían perdido las esperanzas de hallar al Lord inglés, un inspector apellidado Lestrade, en un último y minucioso recorrido por el castillo, descubrió algo que lo dejó patitieso: la cabeza de Marshall… clavada en el mural junto a las cabezas indígenas; disecada igual que las demás, engrasada con betún y con una peluca negra que la hizo pasar desapercibida.

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