¡PASE USTED! ¡PASE USTED!

Estefanía Farias Martínez

escalera-imperial

 

Don Avelino llegaba al ministerio muy temprano. Subía el primer tramo de la escalera imperial  que le llevaba a su despacho a un ritmo pausado y constante. Emulando el tictac de un reloj de pared, golpeaba los escalones de mármol con la punta metálica de su bastón. Cuando llegaba al rellano siempre le esperaba aquel hombre silencioso, enjuto y corto de talla, con gafas redondas de contable, el cráneo pelado y abombado. Don Avelino se quitaba el sombrero para saludarle y el otro también lo hacía, durante casi diez minutos le cedía el paso, a él no le gustaba estorbar. “¡Pase usted!, ¡Pase usted!”, repetía. Sin embargo, el hombre silencioso sonreía  con el sombrero en la mano, apoyado en su bastón y no se movía. Don Avelino se acababa cansando, no tenía toda la mañana, cogía la escalera de la derecha, seguía subiendo y el tictac se reanudaba. La secretaria le observaba, apoyada en la baranda, al final de la escalera. Algún día descubriría que era un espejo.

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