Historias del chico salvaje: ¨El tío Lucio¨

Diego M. Rotondo

el tio lucio

 

 

Lucio va a llevarme al colegio esta mañana. Me prometió que por la tarde me contaría una de sus historias de piratas. Mi papá dice que la mayoría de sus aventuras son patrañas. Lo único supuestamente cierto en el pasado del Tío Lucio, es que durante su estadía en Las Vegas, se cargó a un boxeador de una puñalada en el cuello, sólo porque el fulano se dio el lujo de perder la pelea en la que Lucio había apostado la mitad de su existencia. Naturalmente tuvo que exiliarse, logró cruzar a México y desde allí, se embarcó hacia el sur. No sin antes cargarse a otros más, pero eso, teóricamente, ya es parte de una fábula.

Son las siete de la mañana de un martes de julio de 1982, todavía es de noche y hace un frío cortante y despiadado; sin embargo, Tío Lucio se afeita frente al espejo del baño con su torso desnudo lleno de cicatrices, lleno de venas, de monstruos verdes y azules, de corazones con el nombre de una tal: “Mimí”, y otros nombres que no logro comprender.

Me siento bien desde que él se aloja con nosotros. Es como vivir junto a un villano de película, junto a un vaquero, junto a uno de los malos. Yo no creo que el tío sea un criminal, pero… desde que vive en casa nadie nos viene a visitar, y cuando voy caminando por la calle con él, todos agachan la cabeza o se cambian de vereda. Supongo que la gente le tiene miedo por su cara de pirata, por su barba y sus cejas peludas. Yo no le tengo miedo, es más, cuando estoy con él, no le tengo miedo a nada.

—Me gustaría que papá fuese como vos… —le digo mientras espero que termine de afeitarse.

Lucio me mira a través de su reflejo en el espejo, me mira con su cara de pirata llena de espuma blanca. Me mira como si no le sorprendiese lo que le digo.

—Pibe… —dice—. Si tu padre hubiese sido como yo, jamás habrías nacido… —afirma y sigue afeitándose con esa cuchilla afilada de la cual jamás se desprende—. Mejor que no vuelvas a pensar en eso, yo estoy de paso, remojando las alas, estirando las patas, en dos días me embarco hacia Marruecos, me vienen siguiendo los pasos estos putos.

Casi me pongo a llorar cuando el tío me dijo eso. Pero me tragué las lágrimas; no quería que él pensara que yo era un “meón”, palabra que solía utilizar para apodar a los gallinas. Por eso tampoco le había contado nada de esos punks babosos que siempre me tiraban piedras y me escupían en la esquina del colegio. Desafortunadamente, el asunto de los punks fue el tema de conversación en la cena de aquella noche, la última noche que vi a tío Lucio. La noche de los pájaros negros.

Estábamos sentados los cuatro a la mesa comiendo un pollo asado; mis padres contemplaban asqueados la manera de lastrar del tío, que arrancaba pedazos de pollo con las manos aceitosas, masticando con la boca abierta y tragando vino desde el pico de la botella. Mi madre le contaba a mi padre lo preocupada que estaba por los punks de la esquina del colegio; estaban pensando hablar con el director y las maestras para que les prohibiesen molestarme. De repente la tertulia familiar se vio interrumpida por un estruendoso e interminable eructo que parecía salir hasta por las orejas del tío. Eso significaba que iba a decir algo.

—Por eso yo, cuando alguien me molesta, le rajo el pescuezo y asunto solucionado… —decía; y mis padres lo reprendían diciéndole: “¡Bestia! ¡Animal! ¡Bruto! ¡Ordinario!”, palabras que no parecían ofender al Tío, sino todo lo contrario, parecían regocijarlo, como si fuesen halagos.

Aquella noche, mientras comíamos el flan casero que había de postre, comenzamos a escuchar helicópteros, sirenas de policía y frenadas de auto alrededor de nuestra casa. Venían a buscar al tío. él corrió hacia su habitación, sacó la escopeta que tenia bajo la cama, se puso su cuchillo entre los dientes, salió y nos miró con sus ojos ardientes y llenos de saña; luego me miró sólo a mí, una imprevista ternura se mezclaba con su ira. Después corrió hacia la ventana, saltó a la calle y empezó a tirotearse con los policías.

Durante más de 15 minutos nuestra vereda se transformó en un campo de batalla; se oían explosiones, insultos y alaridos. Yo yacía con mis padres refugiados bajo la mesa del comedor. Rezaba y lloraba por la vida del tío, le pedía a Dios para que lo ayudase a escapar de aquel pandemónium, para que pudiese echarse en el océano y nadar hasta Marruecos. Estaba convencido de que tío Lucio saldría victorioso. Para mí, él era a prueba de balas, era inmortal.

Lucio murió sobre nuestra vereda luego de recibir cuarenta balazos en el pecho, sólo lograron desplomarlo con la última bala. Eso fue lo que me contó mi padre ayer, luego de más de treinta años en los cuales yo creía que Lucio había logrado escapar y ahora se encontraría cazando jabalíes en algún rincón perdido de África.

Hay algo de él que sobrevive en mí hasta el día de hoy. Un eco del pasado que retumba en mi mente cada vez que me atemoriza una situación. Una palabra que me quita el miedo; que me hace mirar de la misma forma que él nos miró aquella última noche. Una palabra mágica: “¡Meón!”.

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