MAGNA REALITIS: ¨Castillo de arena¨

Manuel Ortuño

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Fue Lissie quien sugirió la idea de construir un castillo de arena durante aquella visita a la playa a finales de julio. Era un día caluroso, pero soplaba un fuerte viento que había embravecido las aguas del océano hasta dotarlas de una peligrosa resaca capaz de succionar y arrastrar hasta el fondo al nadador más experimentado. Fue por ello que nuestra madre nos prohibió tomar un baño, con lo que tanto mis hermanas como yo hubimos de contentarnos con corretear por la arena poniendo en práctica toda clase de juegos tan aburridos como agotadores. La propuesta de Lissie fue bien recibida por todos, incluso por mamá, a quien la perspectiva de ver a sus tres hijos cubiertos de arena de la cabeza a los pies no pareció desagradarle tanto como la de tenerlos el resto del día pegados a sus faldas e importunándola bajo el tedioso calor con sus continuas quejas por no tener con qué entretenerse.

Así que, mientras mamá y tía Evelyn permanecían sentadas en los amplios butacones de mimbre que nuestros esclavos habían llevado hasta allí en uno de los carros grandes de papá, mis hermanas y yo, guiados por Lissie, echamos a correr con redobladas ansias hacia la amplia extensión de arena suave, cálida y tan fina como el oro en polvo que nos separaba de las rugientes aguas del océano. Antes de despedirnos de ellas eché una mirada atrás y pude verlas a las dos allí, acomodadas tras el parapeto de sus blandas papadas y apoltronadas bajo sus pesados vestidos blancos de algodón mientras una de nuestras esclavas se esforzaba por espantarles el calor con la ayuda de un amplio abanico y otra le ofrecía a nuestra tía un vaso rebosante de agua fresca.

Tras dejarlas a nuestras espaldas, Lissie, mis hermanas y yo nos deslizamos como fantasmas a través del entramado de dunas bajas y matorrales ásperos que separaban la playa del bosque. Mientras corríamos podíamos sentir cómo, a cada zancada, nuestros pies se hundían en la arena, la cual, todavía medio dormida, lamía nuestros pies y los envolvía en una caricia absorbente y agotadora como si tuviese un interés especial en dificultar nuestro avance hasta dejarnos sin resuello.

Lissie había propuesto aquella idea de construir un castillo porque, sin duda, prefería encontrarse en compañía de tres niños antes que pasarse la mañana soportando los caprichos e impertinencias de la esposa y la hermana de su amo. Además, aquella clase de trabajos manuales se le daba francamente bien. Acostumbrada desde muy niña a trabajar duramente en las plantaciones de algodón de mi padre, aprovechaba la menor ocasión que se le presentaba para emprender cualquier tarea que no fuese la de acarrear a sus espaldas un saco que, a cada segundo, con cada copo de algodón que recogía, se iba haciendo más y más pesado. Recuerdo que, siendo yo aún muy niño, fue ella quien se encargó, al frente de los hijos de los demás esclavos, de la construcción del cobertizo situado junto a los establos. Aquel cobertizo llegó a fascinarme hasta tal punto que a mis ojos infantiles parecía antes un palacio plagado de tesoros que un simple almacén atestado de trastos y cachivaches.

Aunque por aquel entonces, es decir, en los lejanos tiempos de aquel día de playa, Lissie era ya una adolescente (rondaba, si no recuerdo mal, los quince o dieciséis años), su mente estaba más próxima a la de una niña de diez u once. Era ingenua e imaginativa, lo cual contrastaba con el carácter amargado y asustadizo del resto de los de su clase, y su piel parecía haber sido esculpida en un trozo de azabache, lo cual contrastaba con la pureza inmaculada del algodón que tanto ella como los suyos recogían para mi padre siete días a la semana casi desde que aprendían a caminar. Su herencia africana le había legado una nariz ancha y un par de labios gruesos, pero sus ojos no resultaban tan tristes como los del resto de su familia. En ellos brillaban siempre una sonrisa y una esperanza que el resto de su rostro casi nunca contradecía. Sólo su espalda, algo encorvada y vencida por efecto del trabajo duro, y sus manos, ásperas y surcadas por las profundas cicatrices causadas por el roce continuo con las plantas de algodón, reflejaban su sufrimiento.

Para ella, pues, la posibilidad de acudir a la playa un día de verano como aquél con la orden de cuidar de los hijos de su amo era lo más parecido que había en este mundo a unas vacaciones. Y por ese motivo su rostro se hallaba más iluminado que de costumbre y sus labios resplandecían con una límpida sonrisa de dientes blancos mientras abría la marcha en dirección a la orilla. Yo la seguía de cerca, a apenas cuatro o cinco zancadas, mientras que Gertie y Lou-Ann, mis hermanas, ambas más  pequeñas que yo, competían entre sí para no llegar en último lugar.

Cuando por fin nos encontramos en plena playa, fue Lissie quien, despojándose de sus zapatos cubiertos de remiendos, tomó la iniciativa de organizar el trabajo. Tras echar un vistazo a su alrededor y escoger el lugar idóneo en el que levantar nuestro castillo, se volvió hacia mis hermanas y les encargó que comenzaran a revolver arena para hacer con ella un gran montón. Ella y yo, mientras tanto, nos dedicaríamos a trabajar sobre dicho montículo de arena para comenzar a darle forma al primero de los muros. Así, mientras mis hermanas apilaban arena a base de escarbar en el suelo, Lissie y yo nos arrodillamos el uno junto a la otra y nos pusimos manos a la obra. Ello me hizo trabajar muy cerca de Lissie y apreciar una vez más su maravilloso olor de muchacha en flor.

Aquello era para mí un verdadero misterio. A pesar de no ser más que una miserable esclava propiedad de una plantación sureña, Lissie, de la que en un principio sólo podía esperarse que oliese siempre a sudor, polvo y restos de comida en mal estado, emitía en realidad un aroma que a mí me resultaba tan fascinante como embriagador. Su olor era una especie de perfume tibio en el que se combinaban los efluvios del pan recién horneado, la cálida y entrañable leche materna, el césped recién cortado y la lluvia derramada sobre la hierba de un prado virgen. A todo eso olía Lissie. Y todo eso era lo que olía yo cada vez que me acercaba a ella lo bastante como para aspirar su fragancia hasta que parecía que se me fueran a rasgar los pulmones. Cada vez que eso ocurría yo, con los ojos cerrados, sentía cómo las ventanillas de la nariz me temblaban de pura excitación. Nada podía competir con aquel olor. Ni siquiera el evocador olor salino del océano que rugía a una veintena de metros de donde nosotros nos encontrábamos podía aspirar a mitigarlo. Era un olor mágico.

Nuestros progresos no tardaron en dejarse notar. Mis hermanas (sobre todo Gertie, la mayor de las dos) demostraron ser muy hábiles a la hora de escarbar y proporcionarnos arena. En cuanto a Lissie, su talento resultaba admirable. Trabajaba sin dudar ni un solo instante, de manera que parecía saber de antemano cómo debía disponerse cada tramo y recodo de cada uno de los muros. Aunque sin duda improvisaba e iba creando sobre la marcha, producía la impresión de llevar semanas ideando en su imaginación cómo iba a ser aquel castillo cuya construcción se encargaría algún día de dirigir.

Nos llevó menos de una hora delimitar con un pequeño pretil de arena toda la planta del castillo, que abarcaba una extensión tan vasta que cualquiera de nosotros hubiera necesitado al menos cinco minutos para dar corriendo una vuelta completa a su perímetro. Fue después de aquello cuando acometimos,  siempre a las órdenes de Lissie, la ardua tarea de levantar tabiques que separasen las diferentes habitaciones, estancias y compartimentos de los que iba a estar provisto nuestro castillo. También en esto Lissie fue clara, concisa y determinante. No dudó un solo segundo en decirnos dónde irían la despensa, el salón principal, las cocinas, los aseos, el comedor, la sala de armas, la biblioteca, el patio, las caballerizas, la capilla, etc. Una vez establecidos el perímetro general y el contorno de cada estancia, nos pusimos manos a la obra y emprendimos la construcción de los tabiques.

Lissie nos enseñó aquel día cómo construir tabiques con arena, cómo darles forma con las manos y cómo hacer que éstos se sustentasen hasta el punto de que pudieran colgarse de ellos toda suerte de cuadros, espejos y demás objetos. Sus manos eran como alas mágicas capaces de modelar no sólo la arena, sino hasta el mismísimo aire que respirábamos. La arena parecía obedecerle y mantenerse sujeta donde en un principio parecía estar a punto de derrumbarse. Y era precisamente en esos momentos cercanos al derrumbe cuando yo aprovechaba para ayudarla con mis propias manos y, así, conseguir que éstas rozasen las suyas.

Tocar su piel era una experiencia casi tan cautivante como la de aspirar su olor de hembra joven y cálida. Aunque la piel de sus manos era basta y áspera y se hallaba cubierta de cicatrices, su calidez era (en especial cuando la combinaba con una sonrisa o una mirada de sus ojos brillantes y serenos) verdaderamente subyugante. Aquella tarde mis manos rozaron en más de una ocasión su antebrazo, donde su piel ya no estaba tan maltratada y curtida por los elementos, y sentí una electrizante y sobrecogedora punzada de excitación. Su piel era allí tan oscura como suave, y por unos instantes llegué a preguntarme cómo sería la piel de su vientre, de sus costados o de la cara interna de sus muslos, y si alguien la habría hollado ya alguna vez. Desde mi más recóndito interior, así como desde la supuesta inocencia de un niño de nueve años, la deseé, y deseé conocer tanto el sabor de sus secretos como el sonido más íntimo de su hechizante piel de azabache. Estos pensamientos, sin embargo, pasaron por mi mente con la fugacidad propia de aquello que uno no sabe expresar con palabras. En mi piel, no obstante, quedaron grabadas entonces todas aquellas sensaciones tan nuevas como extrañas, y así permanecieron durante años, como en una especie de letargo, para despertar tan sólo en determinados momentos de mi vida en los que, de manera siempre trágica, reinaron la desesperación, la tristeza o la soledad.

Para cuando el sol alcanzó su cenit, allá por el mediodía, la planta de nuestro castillo estaba ya terminada. Gracias a la habilidad de Lissie y a las indicaciones que ésta nos había dado, los tabiques se alzaban entonces por encima de nuestras cabezas y los muros exteriores constituían una verdadera muralla que casi alcanzaba los cuatro metros de grosor. Faltaba poco para la hora de comer cuando Lissie nos propuso construir el techo, el mismo que a la postre nos serviría de suelo a la hora de levantar el segundo piso y las dependencias superiores. Así que, tras un breve descanso, nos pusimos manos a la obra con el mencionado techo dejando algunos huecos destinados a la escalera principal, las de servicio y un extenso patio interior al que darían los balcones interiores del piso superior. Para todo ello Lissie nos enseñó a levantar y afianzar contrafuertes y arbotantes, a tirar y ajustar vigas y viguetas, y a trazar y sujetar arcos de medio punto, dinteles y techos tanto planos como abovedados. Cuando todo eso estuvo a punto nos pusimos a trabajar con afán en la escalera principal, pero entonces apareció Oona, la más vieja de nuestras esclavas nodrizas, cargada con una enorme cesta que contenía nuestra comida. Al parecer, y dando a entender que no deseaban interrumpir nuestros juegos (o más bien que nosotros pudiéramos interrumpir los suyos), mi madre y mi tía preferían comer tranquilamente recostadas en sus grandes butacones de mimbre mientras Lissie, mis hermanas y yo saciábamos nuestro apetito en plena playa.

Aquel día, por primera y única vez, mis hermanas y yo compartimos nuestra comida con una de las esclavas de mi padre. Lo hicimos como algo natural, pero yo pude apreciar cómo aquello embargaba a Lissie de una inmensa felicidad que a mis ojos la hizo resplandecer más que nunca. Después de que Oona se marchase, los cuatro nos acurrucamos en una de las estancias más amplias de nuestro recién construido palacio y nos dedicamos en cuerpo y alma a dar buena cuenta del pan, el queso, los embutidos, las piezas de fruta y el agua que mi madre y mi tía nos habían hecho llegar. Nuestro menú de aquel día inolvidable, que consistió en todo aquello mezclado con arena, se nos antojó el manjar más exquisito que habíamos probado en nuestras cortas vidas. El viento arreciaba por momentos en el exterior, y mientras masticábamos entre sonrisas podíamos oírle aullar en las esquinas de nuestros muros y en los vanos que comunicaban unas estancias con otras. De vez en cuando pequeños regueros de arena se deshilachaban y desprendían de las paredes, pero las manos de Lissie habían dotado a aquella estructura de una resistencia que el huracanado viento que sopló aquel día fue incapaz de minar.

Cuando dimos la comida por concluida reanudamos el trabajo. Y tras la escasa media hora que nos llevó terminar la escalera principal ascendimos por ésta peldaño a peldaño con las gargantas agarrotadas por la emoción. Desde el segundo piso miramos a nuestro alrededor como si nos asomáramos desde lo alto de una azotea para admirar los tejados de una gran ciudad. Allí, a nuestros pies, se extendía la playa azotada por el viento y mordisqueada sin cesar por el agua de la orilla. Y aunque todo aquello quedaba a apenas tres metros por debajo de nosotros, para unos niños acostumbrados a mirar hacia arriba en vez de hacia abajo cada vez que se atrevían a estirar el cuello para contemplar el mundo aquello supuso una auténtica novedad. Nos sentimos poderosos, únicos, mágicos. En mi alegría, me acerqué a Lissie y la abracé. Y lo hice sin importarme lo más mínimo si mamá y tía Evelyn alcanzaban a verme hacer algo tan reprobable desde donde se encontraban. Al vernos, e impelidas por aquel mismo sentimiento de triunfo, mis hermanas se abrazaron a nosotros dos y los cuatro nos quedamos allí, hechos una piña, eufóricos, sintiendo cómo la felicidad y el viento aullaban a nuestro alrededor.

Recuerdo que, en aquellos momentos, apreté a Lissie entre mis brazos y pude sentir su cuerpo adolescente bien prieto contra mi pecho. Y recuerdo que cerré los ojos y que deseé que el tiempo detuviese para siempre su avance inexorable y despiadado. Con todas mis fuerzas, anhelé quedarme allí, pegado a sus ropas raídas y a su olor tibio y maternal, adherido a su cuerpo de hembra cálida y deseable, sumergido en el tacto de su piel oscura y su calor de yegua ardiente. Cerré los ojos con fuerza y los mantuve apretados hasta que empezaron a dolerme, y deseé permanecer sumido en todo aquello para no despertar jamás. Pero enseguida comprendí que aquel momento no podía durar eternamente. Así que, transcurridos apenas unos cuantos siglos, no tuve más remedio que abrir los ojos de nuevo y regresar al trabajo.

Gracias, como siempre, a la guía y a los consejos de Lissie y a los esfuerzos unidos de todos, comenzamos a levantar las paredes del segundo piso. Así, mientras Lou-Ann y Gertie se dedicaban a escarbar en el exterior y a apilar más arena en enormes montones, Lissie y yo bajábamos una y otra vez hasta donde ellas estaban, cargábamos la arena con nuestras manos desnudas y la acarreábamos corriendo escaleras arriba para darle forma a las nuevas paredes. Esta manera de proceder hizo que levantar la planta superior llevase mucho más tiempo del que empleamos en erigir la primera, pero no minó nuestro entusiasmo lo más mínimo, por lo que, trabajando con ahínco y dedicación, comenzamos a ver resultados en poco más de un par de horas. Para cuando emprendimos la construcción del techo del castillo el sol comenzaba ya a descender sobre las cimas de las montañas de la costa. Y cuando por fin concluimos dicho techo el sol se encontraba ya bastante bajo. Pero para entonces nuestra obra, nuestro castillo mágico, se hallaba más cerca que nunca de su final.

A pesar de ello, todavía quedaban cosas por hacer, así que mientras el viento no derrumbase nuestra obra y nuestra madre y nuestra tía no decidieran emprender el camino de regreso a casa, nosotros seguiríamos trabajando abnegadamente en nuestro mundo de arena.

El interior del castillo era un juego de luces y sombras cuando Lissie dispuso que mis hermanas se dedicasen a decorar las dos plantas construyendo con arena toda suerte de adornos y accesorios (espejos, cuadros, jarrones y muebles sencillos) mientras ella y yo emprendíamos la construcción del torreón y las almenas, los cuales serían el punto culminante de nuestra obra. Gertie y Lou-Ann, por su parte, demostraron tener un gusto exquisito para adornar el interior de nuestro palacio. En cuanto a Lissie y a mí, levantamos juntos las almenas y erigimos el torreón mientras las sombras iban apoderándose poco a poco de la playa.

Finalmente, cuando Lissie decidió que podía darse todo por concluido, me tomó de la mano y me condujo escaleras abajo mientras llamaba a gritos a mis hermanas apremiándolas a que salieran al exterior. Y fue allí, a las puertas de nuestro castillo, bajo el azote del viento, que soplaba cada vez con mayor ferocidad, donde los cuatro nos reunimos para contemplar nuestra obra recién culminada. Allí, embargados tanto por la emoción como por la satisfacción de cuanto acabábamos de crear juntos, acariciamos una y otra vez con nuestras miradas infantiles aquella inmensa mole de arena que se erigía ante nosotros mientras el último rayo de sol se ocultaba tras la cima más alta de cuantas custodiaban la costa.

Gritamos de júbilo y el viento se encargó de secuestrar el sonido de nuestras voces. Con tal fuerza comenzó entonces a soplar que la arena, arrojada contra nosotros con inusitado encono, nos aguijoneó salvajemente, con lo que nos vimos obligados a refugiarnos en el interior de nuestra recién levantada fortaleza, la cual resistía impertérrita ante el empuje de los elementos. En su interior de paredes levantadas a base de arena y magia nos acurrucamos los cuatro, convertidos en un confuso montón de brazos, piernas y torsos anudados, y nos quedamos quietos, muy quietos, temblando de frío y de miedo bajo el cruel rugido del mundo.

Aquel nudo humano del que Lissie y yo formábamos la parte principal se grabó en mí con tal intensidad que ya no se borró jamás. Durante el tiempo que transcurrió desde que nos quedamos abrazados, ateridos de frío, hasta que los criados de mi madre nos encontraron y nos sacaron a rastras de allí, Lissie y yo formamos un único cuerpo fieramente abrazado a sí mismo. Y a pesar de que han pasado muchos años desde entonces, llevo en mí todavía el contacto de su cuerpo, su olor caliente de mujer y la maravillosa sensación de su pecho adolescente contra mi rostro. Y dicha sensación ha sido el refugio al que he recurrido en numerosas ocasiones a lo largo de mi vida y el que me ha acompañado cada vez que he necesitado escapar de las acuciantes garras de la locura. Lissie y la imborrable huella que ella dejó en mí fueron el bálsamo en el que alivié mis heridas cuando mi padre pereció pasto de las llamas el día en que incendiaron nuestra hacienda, el verano en el que mi hermana Gertie fue raptada, violada y asesinada por unos convictos evadidos de la cárcel, o el día en que, catorce años más tarde, en plena guerra civil, mi pelotón fue sorprendido por un destacamento del ejército de la Unión y yo, único superviviente de mi unidad, herido de gravedad y con las dos piernas rotas, fui atormentado y aguijoneado a golpe de bayoneta durante toda una noche mientras intentaba ocultarme bajo los cadáveres despedazados de mis propios compañeros. Lissie y su recuerdo fueron, en efecto, mi ungüento milagroso en momentos de dolor como aquéllos. Pero yo jamás fui bálsamo alguno para ella.

Cuatro meses después de aquel maravilloso día de playa en el que ella, mis hermanas y yo construimos aquel castillo de arena mi padre la vendió al propietario de una plantación vecina. Y apenas dos semanas más tarde nos llegó la noticia de que Lissie había muerto a causa de la brutal paliza que su nuevo amo, un tipo cruel, borracho y pendenciero, le había propinado debido a que la cena que le acababa de servir aquella noche no estaba lo bastante caliente.

Yo sobreviví a la caída en desgracia de mi familia, a la expropiación de las tierras que me correspondían por derecho propio, a una guerra civil y a la invalidez y la vergüenza que el resultado de dicha guerra me obligó a soportar durante el resto de mi vida.

Lissie, en cambio, sucumbió a una simple paliza.

Al fin y al cabo nunca fue más que una maldita esclava.

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