El expediente Glasser. Tercera Parte: ¨La reina de las nieves¨ (VII) y ¨En casa¨ (VIII)

Violeta Balián

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7.  La Reina de las Nieves

Una barcaza y un par de hombres me esperaban en ese lugar junto al mar. Listos para zarpar. Había oscurecido pero eso no impidió que nos alejásemos mar adentro. En cierto punto del océano, nos enfrentó un reflector. Irradiaba una luz blanco-azulada, potente que cubría una enorme extensión, la suficiente para iluminar una plataforma gigante, de vidrio o plástico, y con un globo insertado en el centro que emergía de las profundidades del mar. La nave-plataforma se acomodó junto a la barcaza y mis acompañantes indicaron que me subiera a ella. Salté a cubierta donde me recibió una formación de individuos altos y rubios, vestidos con buzos ajustados de color oscuro. Rápidamente, me condujeron hasta lo que parecía ser un ojo de buey. Me introduje por la abertura y por una estrecha escalerilla descendí al interior del globo donde ya aguardaba otra tripulación. Se oyó un ruido infernal, parecido a los motores de un avión a punto de despegar y a través de los amplios ventanales pude ver cómo el agua centrifugaba a nuestro alrededor y formaba un túnel vertical por el que nos hundíamos vertiginosamente.

Tocamos fondo en una playa desierta y desembarcamos frente a una enorme cueva. Me volví hacia mis compañeros buscando instrucciones pero tanto ellos como la plataforma-nave habían desaparecido.

Me encontré sola y un poco mareada. Aun así avancé hacia la abertura y me interné en la cueva. Caminé varios metros por un sendero oscuro hasta llegar al centro de una rueda gigante, con radios que se transformaban en tubos de cristal, o corredores. Los exploré uno por uno, fascinada al ver mi imagen reflejándose en las paredes cóncavas y repitiendo el efecto miles de veces. Poco después, oí las voces angelicales de los niños voladores que me hablaron aquella vez en la calle. Me saludaron elevando sus brazos largos y delgados, y señalándome con sus dedos puntiagudos. No estaba segura si se reían de mí o estaban contentos de verme. En su extraña efusividad y tal cual lo hicieron aquella vez en la calle de Vicente López, me llamaron por mi nombre:

—Oh, niña Clara. Ven, ven —dijeron.

Creo que sus llamados me hicieron caer en un trance. Me vi corriendo tras el dúo fantasmal hasta que los niños iniciaron su ascenso y desaparecieron. Seguí adelante. Me metí por otro tubo y a la distancia, distinguí unas burbujas enormes, transparentes y similares a zeppelines suspendidos. Contenían plantas, humanos, y otros seres parecidos a los humanos. Híbridos o grises, pensé. Había animales y algunos, muy diferentes de los nuestros. Aprecié también una metrópoli distinta y a sus habitantes circulando por avenidas y parques cultivados; debían ser las huertas, los “hábitats” de los que me hablaron Alcides y Asima.

Regresé al centro de la gran rueda y la encontré convertida en un lago, congelado. En medio del hielo se había sentado un niño muy grande, muy blanco que jugaba con bolas de cristal. Me acerqué. Era un bebé. Un bebé de gigante que me miraba con sus enormes ojos celestes, límpidos y rasgados. Noté que su boquita y orejitas eran muy pequeñas para semejantes ojos. Inocente de mi escrutinio, el bebé sonreía y jugaba. Me enternecí. Quise tocarlo, acariciarlo, mimarlo. Quiero a ese bebé, grité en silencio. Quiero a esa criatura que responde a mis sentimientos con la expresión más genuina de amor que haya experimentado jamás.

En ese momento, el niño dejó de mirarme y volvió a su juego con las bolas de cristal.

«¿Es que he llegado a la mansión de la Reina de las Nieves, a la gran sala desierta y helada donde reside la reina que se sienta en el lago/espejo, al que ella misma ha roto en mil pedazos, tan iguales entre sí que su conjunto es una obra de arte?»

—Así lo cuenta Hans Christian Andersen —decía mi padre cada vez que me leía las aventuras de la pequeña Greta en el nórdico reino de las nieves y los vientos que cortaban como navajas. El cuento continuaba así:

«La Reina insistía en que ella estaba sentada en el “espejo del entendimiento” y que éste era el mejor y el único del mundo. El pobre niño Kay, a quien en su furia ella misma había arrebatado de manos del Trol, el maldito y horripilante enano gris, no puede ver bien. Tiene una astilla de vidrio en el ojo. El niño junta las piezas rotas del lago para armar un rompecabezas y formar la palabra e-t-e-r-n-i-d-a-d. La Reina de las Nieves le ha dicho que cuando lo consiga, vencerá a los del bien y a los del mal, y podrá regresar a su verdadero hogar.»

El bebé con pañales permanecía sentado sobre el lago de hielo pero ahora, nos separaba una pared de cristal. Y el bebé no estaba solo. Lo acompañaba un hombre, ¿el padre? ¿Un médico? No lo sé. Un hombre parecido a Alcides que además, se encargaba de un gris, enfermo y débil, recostado sobre una tarima.

La visión del moribundo me provocó mucha tristeza.

El asistente se percató de mi presencia, me miró a través del cristal y dijo:

— Se está muriendo, no le queda mucho más.

Entonces me desesperé y comencé a golpear con mis puños la maldita pared que me impedía acudir a su lado para ayudar o interferir con lo que fuera a ocurrir.

El gris leyó mi pensamiento y respondió con una mirada larga y elocuente. En ese instante fui testigo de cómo su fuerza vital abandonaba su cuerpo y se introducía en el del bebé con pañales.

El bebé se puso de pie y estiró piernas y brazos tal como lo haría un jugador de fútbol. Salvo que el físico que manifestaba era diferente y excesivamente musculoso para un bebé, aunque fuera de gigante. Una vez transformado, el infante se agachó, tomó una de las bolas de cristal y levitó para transportarse a otro lugar, a jugar.

8.  En casa

Esa mañana, en la cocina me senté a un extremo de la mesa para tomar mi acostumbrada taza de café. El entorno era caótico; mi marido y los chicos desayunaban apurados, mi madre no dejaba de hablar ni Rudi de ladrar. Pero yo les agradecía su despreocupación. A una calculada distancia física y amparada por mi silencio, me remitía y con cierta comodidad a la imagen y recuerdo del bebé de gigante, sentado en medio del lago y también, al episodio “transferencia” del que había sido partícipe el desdichado gris.

Entre sorbos de café, regían mis pensamientos los mínimos detalles del viaje a la base submarina, en particular la frasecita “el espejo del entendimiento” que me acompañaba como el goteo de una canilla. Eran detalles enceguecedores ante los que quería cerrar los ojos pero consciente de que contenían el mensaje, o la clave y por qué no, la solución para lo que estuviera por venir. Debía prestarles atención.

No entendía las razones, pero sabía que Alcides y Asima lo habían arreglado todo. Que su plan consistía en que yo presenciara una muerte, a la que le seguía una transferencia, de fuerza o energía vital a otro ser viviente. Sin embargo, tenía el presentimiento de que esta vez me habían llevado demasiado lejos y a terrenos peligrosos. Al pensar en todo ello, me invadía la angustia y no dejaba de almacenar preguntas: ¿Era así como conseguían seguir viviendo? Aquel que moría o se sacrificaba, ¿lo hacía voluntariamente? Tomemos el caso del gris, de quien ni siquiera sabía si era amigo, enemigo o prisionero, ¿lo sentenciaron a morir para fortalecer la fuerza energética del niño? ¿Podían dos fuerzas vitales coexistir en un mismo cuerpo?

El expediente Glasser II

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