El cumpleaños

Lucas Berruezo

cumpleanos-suh

 

 

No quería ir, estaba completamente negado. Se trataba de uno de esos cumpleaños que no tenían nada que ver conmigo. Cumplía tres años la hija de una amiga de la infancia de mi señora que, para colmo de males, sólo veíamos en este tipo de eventos. Nunca entendí la disposición de Jimena, mi esposa, a conservar amigos que sólo sirven para sacarnos plata por medio de regalos innecesarios. Un amigo al que sólo ves en los cumpleaños de sus hijos (ni siquiera en el suyo), no es un amigo.

En fin, como decía: no quería ir a ese cumpleaños. Son buenas personas, no lo dudo, tanto ella como su marido (un muchacho que trabaja de vendedor para no sé qué empresa de gaseosas), pero son de ésos cuya bondad es más pesada que la maldad de los demás. En cada cumpleaños nos hacen compartir la mesa con la familia (tan insoportable como ellos), obligándonos a formar parte de discusiones sobre gente que no conocemos, sobre cuestiones que no nos interesan o sobre situaciones en las que nunca nos veríamos implicados. Y así, las tres o cuatro horas que dura un cumpleaños infantil se convierten para mí en tres o cuatro días de tortura.

Llegamos a las cinco y media de la tarde, más o menos. Ahí mismo nos enteramos de que el cumpleaños había empezado a las dos, y de que no nos habían dicho de ir antes por un problema de espacio. Al parecer, sólo podíamos llegar después de que otros se hubiesen ido. Claro, esos otros ya habían comido lo mejor del menú, por lo que no nos ofrecieron más que sobras y trozos de las tortas que nadie había querido siquiera tocar. Pero eso no fue lo peor. Lo peor fue que para entonces los invitados que pertenecían a los «dos turnos», es decir los verdaderamente importantes como los tíos y los abuelos, ya estaban cansados, con esas miradas perdidas que revelan, sin excepción, que los temas de conversación interesantes habían quedado atrás.

En resumen, todo daba a entender que el cumpleaños iba a ser peor que los anteriores.

Jimena fue directamente a saludar a la cumpleañera, que permanecía en brazos de su madre con una expresión que bien podría haberse asemejado a la mía si yo mismo hubiese tenido a mi madre para caer en sus brazos. La mamá se disculpó enseguida.

–No se siente muy bien –dijo–. Además, le tuvimos que cambiar el vestido.

En el instante en que se disponía a mencionar las razones de la muda de ropa, Salvador me tiró del pantalón y me dijo algo en su idioma de bebé que interpreté como que se quería sacar la camperita. Se la saqué y, con un entusiasmo que realmente le envidié, salió corriendo para unirse a otros nenes de más o menos su edad. Cuando me incorporé de nuevo a la conversación, los cambios de ropa habían dado paso a otros temas que ni me interesó conocer.

Y así pasé el resto de la tarde, comiendo sobras, hablando sobras y mirando sobras. Mi hijo hizo lo suyo con los hijos de los demás, mi esposa hizo lo suyo con su amiga y yo no pude hacer lo mío porque el marido de esta chica (que se empeñaba en llamarme «amigo») se me adhería como una mala tonada a una mente exhausta. Para colmo de males, no hacía otra cosa que hablar de su hija, a la que llamaba «la cría». Que la cría ya hacía esto, que la cría decía aquello. Con tal de hablar de su pequeño retoño, no escatimaba datos ni anécdotas. Incluso los intrascendentes defectos de la mocosa eran suficientes para que el muchacho se enzarzara en complejos discursos que lo hacían inflarse de orgullo. Fue entonces cuando descubrí que un padre podía jactarse, incluso, de que su hija (o su cría, para el caso) se tomaba el agua del inodoro.

Pero como todo termina (y gracias a Dios, lo malo no es excepción), la fiesta de cumpleaños llegó a su fin. Jimena se me acercó (interrumpiendo un diálogo de pocas luces con un señor que identifiqué como primo de la madre del marido de la amiga de mi señora) y me dijo al oído que ya nos íbamos, que los chicos tenían que irse al médico para llevarse a la nena. Recordé la expresión de la cumpleañera ni bien habíamos llegado y no me sorprendió la actuación de sus padres. Yo, en su lugar, ni siquiera hubiese hecho el cumpleaños. Y si bien era cierto que por momentos la nena se ponía a jugar con otros chicos, entre ellos Salvador, también era cierto que su cara demostraba que no se sentía nada bien.

–Pobrecita –dije, con esa comprensión que nace del buen humor de saber que lo que nos molesta llega a su fin–. ¿Qué tiene? ¿Fiebre?

–Sí –me respondió Jimena, pasándome mi campera de jean–. Y está descompuesta.

–Ah, pobre –concluí, pensando que de seguro se trataba de un simple virus.

Empezamos a buscar a Salvador y lo encontramos, justamente, con la cumpleañera, que en ese momento gozaba de uno de sus lapsus lúdicos. Con una sonrisa pícara (como suelen ser sus sonrisas), Salvador jugaba a uno de sus juegos favoritos: meterle los dedos dentro de la boca a la nena. En ese momento pensé en las probabilidades de que se contagiara de ese virus, pero no quise armar una escena. «Marche un virus para Salvador, cortesía de la cría», recuerdo que pensé, casi resignado.

Llamamos a Salvador con el recato de un matrimonio de clase media que se precia de civilizado y le pusimos su camperita de jean. Después nos dispusimos a saludar a los anfitriones. Cuando llegué junto a la amiga de mi señora, le dije:

–Che, que se mejore la nena. Me enteré de que se van para el médico.

La amiga de mi señora me miró y pude ver la preocupación en sus ojos. Más que preocupación, terror, puro y llano terror.

–Sí –me dijo–, ya nos vamos volando al hospital. Hace tres horas que la nena no deja de hacer caca con sangre… Entre eso y la fiebre ya no sé…

No pude seguir escuchando. Mis oídos se cerraron como puede cerrarse una canilla con un cuerito nuevo. Simplemente dejé de escuchar, y los sonidos fueron reemplazados por una imagen: la de Salvador metiéndole las manos en la boca a la nena, a la cría…

No soy médico ni mucho menos. Apenas soy un profesor de literatura que trabaja en un colegio secundario. Sin embargo, por cuestiones puramente personales (por fobias puramente personales, podría decir), me interesan las enfermedades, y gran parte del tiempo que paso conectado a Internet lo hago leyendo sobre ellas. Fue por eso que la idea de que la cría tuviera el Síndrome Urémico Hemolítico se presentó con tanta rapidez que entre la consideración de esa idea y las palabras de la amiga de mi señora no debieron de haber pasado ni décimas de segundos.

Síndrome Urémico Hemolítico… Una de las enfermedades más letales entre la población infantil. Generalmente se contagia por comer alimentos infectados con la bacteria Escherichia coli, alimentos que no fueron lavados o cocinados correctamente, y que termina afectando a los riñones. Entre los síntomas más comunes se encuentran la fiebre, los vómitos y la diarrea, que puede a su vez presentar sangre… La disminución de la frecuencia con que se orina viene después, cuando los riñones ya están comprometidos.

Yo sabía cómo se contrae esta enfermedad. Sabía que generalmente se contagia por alimentos o bebidas contaminadas, así como con el contacto con heces infectadas. Sin embargo, recordar a Salvador metiéndole la mano en la boca a la cría me descolocó por completo. No estaba seguro hasta qué punto era probable que se pudiera contagiar por esa vía, pero una mínima posibilidad me parecía ya digna del más absoluto pánico.

Agarré a Salvador y lo saqué de la casa con una velocidad que no dejó de llamar la atención de los presentes. Dejé hablando sola a la amiga de mi señora, de la misma manera que dejé sola a Jimena adentro de la casa. Supuestamente nos habían llamado a un remís y estábamos esperando a que llegara, pero tampoco eso me importó. Sólo quería irme de ahí, alejar a mi hijo del radio de contacto (y de contagio) de la cría.

No me crean un loco. No me fui corriendo ni insulté a nadie, aunque ganas no me faltaron. Ejerciendo un autocontrol que a mí mismo me pareció (y que todavía me parece) admirable, me quedé en la puerta de la casa, del otro lado de la reja, con Salvador a upa. Vi a la gente mirarme, vi a la cría en brazos de su madre, pálida y anémica, vi a Jimena saludar a su amiga y (¡de no creer!) darle un beso a la nena. Después, Jimena salió y no sé qué expresión habrá visto en mí, pero no me dijo absolutamente nada. A los cinco minutos, más o menos, llegó el remís que nos terminó dejando en casa.

Lo malo del miedo a enfermarse es que uno, después de haber estado en contacto con un posible foco infeccioso, lleva la marca en sí mismo. El miedo a ser asaltado por un ladrón se termina cuando uno, sano y salvo, se encierra en su casa; el miedo a volar se acaba cuando apoyamos el pie en tierra; pero el miedo a enfermarse no se termina ni aun alejándonos del enfermo que pudiera habernos contagiado. Llegamos a casa y, sumergido en algo parecido a un ataque de nervios, desvestí a Salvador y lo metí debajo de la ducha. Lo lavé lo mejor que pude y después me bañé yo, dejando toda nuestra vestimenta en el canasto de la ropa sucia y rociando dicho canasto con litros y litros de Lysoform. Por último, le pedí a los gritos a Jimena que hiciera lo mismo, a lo que obedeció sin chistar. Casi nunca pierdo la compostura, pero cuando lo hago, las personas que me rodean saben que es mejor no contradecirme.

De más está decir que cuando terminamos de higienizarnos y de poner la ropa en el lavarropas no me sentí más tranquilo. Como dije, la marca ya la teníamos dentro. Salvador la tenía dentro. Ahora sólo quedaba esperar. Esperar a que los síntomas empezaran. Esperar a que mi hijo fuera uno de esos afortunados que sobrevivían al SUH (y que, lo sabía, no eran muchos).

En la cúspide de mi estado nervioso, pensé en llevar a Salvador a la guardia del hospital, pero no tenía sentido llevarlo a ningún lado hasta que no desarrollara, al menos, uno de los síntomas. Entonces me senté a esperar, mirando a Salvador jugar y corretear de un lado a otro, mientras Jimena hacía la comida (en vano, ya que yo no podría comer ni un bocado) y el mundo seguía igual que siempre, sólo que un poco más lento.

***

No sé qué es peor, si la mierda (que está en todas partes), la sangre que la acompaña o los vómitos que fluyen de su boca como si se tratara de una de esas máquinas de gaseosas que se ven en lugares como Mc Donald’s.

Primero empezó con fiebre, cuando por fin ya me estaba tranquilizando, cuando ya pensaba que estábamos fuera de peligro. Después siguió la diarrea. Y la sangre. A veces escuché que hay que revisar las heces para encontrar sangre. Incluso hay un estudio para hallar en ellas «sangre oculta», así la llaman. Nada más lejos de lo que estoy viendo ahora. No se trata de ver la sangre (que, por otra parte, se ve perfectamente), sino de olerla. Olerla. Hay un olor metálico que llena la casa y que cierra la garganta.

Ya llamé a la ambulancia. No tengo auto ni a nadie que me pueda llevar al hospital. Llamé a un remís, pero tenían una demora superior a los cuarenta minutos. La ambulancia me pareció lo más prudente, lo único posible. Y está Salvador, que no entiende nada y me mira con cara de desorientado, de perdido. No debe entender por qué su madre, de repente, se desvaneció; por qué su padre, de repente también, empezó a gritar. No debe entender nada. Pobre. Lo acabo de sentar en su sillita, enfrente de la televisión, para que por lo menos no toque ni la mierda ni el vómito de Jimena.

Sé que el SUH es una de las peores enfermedades que les puede agarrar a los chicos, pero también sé que es más letal con los adultos. Tengo mucho miedo. Se me viene a la mente la imagen de Jimena dándole un beso a la cría. Se me viene a la mente esa imagen y lo único que quiero es despertarla, sacudirla y cagarla bien a pedos. ¿Por qué tuvo que ser tan idiota? ¿Por qué tuvo que exponerse de esa manera? ¿Qué necesidad tenía?

Escribo para no desesperarme (en todo caso, para no desesperarme más). La ambulancia no llega y Jimena no responde. Está recostada sobre el sillón, donde la dejé después de que se desmayara, con su remera llena de vómito y todo el pantalón manchado de mierda y sangre. Salvador ve la televisión, un capítulo de Jake y los piratas. Apenas presta atención a algo más que a los colores de la pantalla. Y yo… Yo no puedo hacer otra cosa más que esperar.

Esperar a que la ambulancia llegue.

Esperar a que Jimena no muera.

Esperar.

.

 

Anuncios

Una respuesta a “El cumpleaños

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s