Fábulas del crimen: ¨Las seis oraciones¨

Diego M. Rotondo

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Hendmark, Noruega, 11 de marzo de 1941. Sara Olen, de 22 años, sale de su casa de madrugada para ir a trabajar. Al cruzar la puerta de la calle se encuentra con una escena espeluznante, algo tan inverosímil que por un instante cree que aun sigue dormida y está sufriendo una pesadilla; pero no, es real. Intenta gritar, pero el grito queda atorado en su garganta, sus piernas se agarrotan, su corazón se detiene y se desploma muerta en el umbral. Sus ojos quedan abiertos y estremecidos; a lo largo de toda la calle empedrada, de esquina a esquina, doce niños desnudos cuelgan ahorcados de los faroles, suspendidos a un metro del suelo. Es una mañana ventosa y los cuerpos, que no pesan más de 25 kilos cada uno, se mecen como péndulos haciendo danzar sus sombras sobre el pavimento.

Sara sufrió un infarto al descubrir que uno de esos cuerpos que colgaba ahorcado frente a su casa, era el de su hijo de 8 años, Thomas.

Había una sospechosa detrás de la extraña muerte de aquellos niños: Danielle Mort, de 49 años, una opresora maestra de catecismo que dictaba clases a los que estaban preparándose para su Primera Comunión. Los doce niños ahorcados, eran alumnos suyos…

Al parecer, las víctimas llevaban varias semanas sufriendo las amenazas de “La bruja Mort”, como le llamaban en los pasillos de la escuela. Según las declaraciones de otros alumnos de la clase, ellos eran los únicos que no habían logrado memorizar las oraciones que la maestra les demandaba para que pudiesen recibir la Comunión. Los rezos en cuestión eran: “El Ave María”, “El Padrenuestro”, “Los Sacramentos”, “Los Pecados Capitales”, “El Credo”, y “Los Diez Mandamientos”.

Dos días antes de la tragedia, Mort les había dado un ultimátum, advirtiéndoles que si para la próxima clase no sabían recitar de memoria Las Seis Oraciones, Satanás los vendría a buscar y los llevaría directo al infierno para que ardiesen por toda la eternidad… Los doce lloraron desesperados frente a la inconmovible mirada de la maestra. Salieron de la clase aterrorizados, y por más que durante todo ese fin de semana intentaron aprender los rezos, el terror a que la amenaza se cumpliese no les permitió dormir ni concentrarse.

Pero tenía que haber algo más detrás de aquel hecho; era ridículo pensar que un grupo de niños de 8 años decidieran suicidarse por una amenaza estúpida, producto de la mente enferma de una vieja bruja. No faltaron los fanáticos religiosos afirmando que habían sido víctimas de una posesión; que ese estrés tan intenso que soportaron podría haber debilitado sus espíritus, dejándolos expuestos para que los demonios se adueñasen de sus cuerpos… Otros, más sensatos, dijeron que podría haber alguien más detrás del hecho, una secta satánica que les hubiese inducido a llevar a cabo el sacrificio, o que los hubiesen sacrificado ellos mismos.

No obstante, había detalles que descartaban la idea de un crimen: los cuerpos no presentaban signos de forcejeo ni nada parecido, los cinturones con los que se habían ahorcado pertenecían a los padres de cada uno de ellos. Al costado de cada farol había una plataforma de piedra de 1,50 metros de alto sobre la que probablemente habían trepado para enlazar el extremo de los cinturones a la parte superior del poste.

Según los testimonios de los padres, los niños habían estado muy deprimidos ese último fin de semana, no comían, no jugaban y pasaban todo el tiempo ocupados en la tarea de catecismo. El hecho de que ninguno de ellos se atreviera a hablar sobre las amenazas, llamó la atención de los investigadores, ¿cómo es que ninguno de los doce se quebró y contó la barbaridad que les había dicho la maestra?, ¿cómo decidieron suicidarse en esa calle en particular, ya que varios de ellos vivían a más de 1 kilómetro de ahí? Concluyeron que debía haber un organizador, un líder, una persona que los trasladó y los asistió; alguien que conocía de cerca a cada una de las familias y habría elegido esa calle porque allí tendría un lugar donde esconderse y contemplar su acto macabro de cerca.

Había uno o varios asesinos; los detectives lo supieron apenas recibieron los análisis de los niños. Todos tenían éter en la sangre, lo suficiente como para estar dormidos al momento de morir, por eso no había signos de resistencia, alguien los había drogado y los había ahorcado de los faroles haciendo parecer que se habían suicidado.

Luego de ser informados sobre los resultados de los análisis, varios de los padres de las víctimas hablaron sobre un tal Gunnar Solberg, la única persona que podía haber tenido acceso a sus propiedades. Solberg había reparado puertas para varias familias de Hendmark, entre esas familias estaban las de los niños muertos.

Gunnar Solberg, de 34 años, fue arrestado un mes después del crimen. Jamás se confesó culpable, habló de una confabulación en su contra por parte de las familias implicadas, con las que había discutido porque no le habían pagado sus servicios. Con ese dato Solberg se hundió más todavía. Además, su madre, a la que visitaba regularmente, vivía en la calle adonde aconteció todo.

No obstante, lo que terminó de evidenciar su culpabilidad fue su notable tartamudeo cuando tuvo que explicar por qué tenía en su casa más de diez frascos de éter y una libreta con los domicilios subrayados de las doce familias.

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