El expediente Glasser. Tercera Parte: ¨Helga¨ (V) y ¨Viaje¨ (VI)

Violeta Balián

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5.  Helga

Al pasar frente a La Estrella del Sur recordé que necesitaba comprar pan. Pero tan pronto entré a la panadería me encontré junto a mi madre, en su casa de Villa Gesell.

La habitación estaba a oscuras y ella, en cama.

—Anoche, no dormí nada. No me siento bien.

Unas caras extrañas se habían arrimado a la ventana y la observaban, señoras con rodetes y hombres peladitos, sin orejas, parecidos a Nosferatu, el vampiro. No quiso verlos. Por eso cerró las persianas y las ventanas. No tenía por qué soportar a vecinos curiosos y mal educados.

—Las cosas no son como antes, Clarita, el barrio se echó a perder. Imaginate que Rudi no paró de ladrar. ¿No te parece raro? Este perrito conoce a todo el vecindario. Ay, esto no es vida, hija.

Mach langsam, Mutter. Tranquila, mamá.

Le di un sedante. Charlamos un rato más y me despedí.

Salvo que pensar en regresar y encontrarme en la panadería, frente a la empleada, fue todo uno.

Pagué y salí a la calle con mis dos kilos de pan francés tratando de entender lo que acababa de ocurrir y recordando, naturalmente, el viaje al mercado africano. Ahora sí, lo tenía bien claro. Los hermanos habían puesto a mi disposición una suerte de alfombra mágica. Un truquito útil. Un vórtice, un “portal”, habían dicho. Lo que sea. Dadas las circunstancias y sopesando lo ocurrido en los últimos días, contar con esta ayuda era ya un gran alivio. Mi familia tenía una emergencia entre manos. Mi madre me necesitaba. Alcides y Asima lo sabían y nos ayudaron.  Simple.  Recordé la descripción que hizo mi madre de los personajes de aspecto extraño: mujeres con rodetes. ¿Dónde las había visto? En la placita, y también en la nuca de la horrible enfermera que empujaba el cochecito frente a la casa de Porto.

Grises o híbridos, poco importaba lo que fueran. Evidentemente, estaban tras algo o alguien. Pero, ¿qué podían querer con Mutti Helga? ¿O me buscaban a mí? Hablaría con Rogelio. Ya era hora de que Mutti se viniera a Buenos Aires, a vivir con nosotros. Debíamos resolverlo lo antes posible.

Oma se viene a vivir aquí —le comunicó Rogelio a toda la familia cuando les expliqué los problemas de salud de mi madre. Era nuestro deber, insistió y él mismo se encargaría de ir a buscarla. Le pediría prestado el coche al primo Hansi y viajaría a Gesell a primera hora, el sábado.

—¿Y Rudi? ¿Qué van a hacer con él? —preguntó Mónica, ansiosa.

—Rudi también viene ¿o te creías que íbamos a dejarlo? —dijo Pablito.

Mi hija sonrió.

— Bárbaro, ahora tendremos un perro en casa, siempre quise tener uno.

6. Viaje

Esa noche, tratando de conciliar el sueño, sentí cómo se espaciaban los latidos de mi corazón. Tenía plena conciencia de que la situación se había agravado.

Sin titubear, me comuniqué telepáticamente con los hermanos.

¿Qué hago?, pregunté.

Nada.

Su respuesta no apaciguó mi sensación de vulnerabilidad. Pensé en mi madre, allá en Gesell, sola, a merced de las entidades. De hecho, me sentí culpable por haberla involucrado en mis problemas. Y en la muerte de Latorre. Repasé el interrogatorio con la policía del ministerio y también el extraño encuentro con Aurelia en casa de Porto, el casi accidente con ese chico alocado y la niñera/enfermera caminando por la vereda de enfrente.

Pasada la medianoche, me llegó un mensaje.

«Las autoridades acababan de encontrar el cuerpo de Aurelia en el río. Se habla de circunstancias sospechosas. Al parecer, ella nunca dejó la casona y continuó trabajando para Latorre».

Aurelia me había mentido. No entendía nada. ¿Trabajaba simultáneamente con Latorre y con Porto? ¿Cómo se las arregló? ¿Quién manejaba los hilos?

Para peor, mi teoría, la que había sostenido por tanto tiempo, ya no se correspondía con los acontecimientos.

El mensaje de los hermanos decía algo más: debía prepararme para hacer un viaje. ¿Adónde? En realidad, el destino no era importante. Me daba igual. Yo iba a donde ellos quisieran. Habría buenas razones para  hacerlo. Además, en cualquiera de esos lugares me recibiría un ser físico, un integrante de esos mundos inexplicables a los que mis amigos acostumbraban a llevarme. Me protegerían. De eso, estaba segura.

El expediente Glasser II

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