ABSURDIA MAGIS: ¨El descubrimiento de Dios¨

Manuel Ortuño

almohada

 

 

Querida sobrina Edna,

¡Qué alegría poder escribirte por fin después de pasarme cuatro meses con la mano vendada! Espero que la próxima vez que haga uso de la batidora no sea cogiéndola al revés mientras ando distraída leyendo alguno de los ensayos humorísticos de Sartre. Pero es que escribe tan bien ese hombre… Y con una alegría tan desbordante… Sería capaz de distraer a una hembra de gorila de sus crías. O, lo que viene a ser casi lo mismo, a la gorda y peluda tía Agatha de los barquillos de chocolate.

Tu tío Charles y yo regresamos ayer por la tarde de nuestro viaje relámpago a Omaha. Nada más llegar, Charles se llevó una in­mensa alegría, pues encontró en el buzón la primera entrega de ese curso para hablar swahili que llevaba años deseando recibir. Comenzó a estudiarlo ayer por la noche, y a eso de las cuatro de la madrugada me despertó entusiasmado para anunciarme que ya era capaz de decir “assú embala ato sumasé”, que  significa, “¿Cómo está usted?” Además, ya que me había despertado, aprovechó para advertirme que dicha expresión nunca debe confundirse con la de “asú enebala ato sumiasé”, que viene a significar “ellos eructarán cerca del fresno”. Al parecer la semejanza entre dichas oraciones ya ha sido causa de algún que otro altercado entre los nativos y los extranjeros que visitan África. Y tu tío Charles, tan prudente como de costumbre, dice que siempre es conveniente estar precavido. Ya le conoces.

Edmund y Larry, los pequeños de tu prima Flora, han crecido muchísimo durante nuestra ausencia, sobre todo Edmund, el mayor. Tanto ha crecido ese niño que a nuestra llegada me fue casi imposible distinguirlo del perchero de la entrada. Sólo me di cuenta de que era él cuando, después de pasarse tres horas con mi abrigo colgado de una oreja, comenzó a lloriquear y a decir que tenía hambre. Es un chico tremendamente voraz para tener tan sólo cuatro años. Tanto es así que sospecho firmemente que ha sido él y no los ratones quien se ha comido las doscientas páginas centrales del Ulises de Joyce.

Por otro lado, Larry, el pequeñín, está a punto de cumplir quince meses, y en cuestión de días ha pasado de gatear a recorrer los tres mil metros obstáculos en menos de minuto y medio, con lo que podrás hacerte una idea de la clase de niño que es. Es tremendamente precoz; mucho más que su hermano mayor. Recuerdo que cierto día, poco antes de nuestro viaje a Omaha, lo sorprendí leyendo un volumen de Nietzsche (me refiero al filósofo, no al vendedor de periódicos), lo cual fue para mí una enorme sorpresa, sobre todo por el hecho de que el libro era una edición original en alemán y en casa el único alemán que se habla se limita a la alineación del equipo germano de water-polo del 74 y a la expresión “mein Führer” (ésta última, como sabes, aplicada siempre a la abuela Rowina).

Pero no es Larry el único interesado en el apasionante mundo de la filosofía. Al parecer, Edmund tiene también sus inquietudes, aunque ni por asomo ha sido nunca tan precoz como su hermano pequeño. De hecho, todavía anda liado con los presocráticos. El otro día, sin ir más lejos, descubrí bajo el colchón de su cuna una buena pila de revistas repletas de textos filosóficos de Platón. Bien es cierto que junto a estos textos había fotos de mujeres desnudas (al fin y al cabo también él tiene derecho a sus debilidades), pero me consta que no son dichas fotos las que captan la mayor parte de su atención porque los textos estaban subrayados y había anotaciones escritas en los márgenes.

Tu prima Flora y Herbert andan tan enamorados como el día en que se conocieron, es decir, prácticamente nada. Se pasan el día discutiendo sobre cuál es la parte proporcional de la masa de un pedrusco de uranio de tamaño medio que equivaldría a veinte gramos de plutonio en la cuarta luna de Júpiter. Yo no sé por qué se preocupan tanto por una nadería como ésa, pero, al parecer, por algún extraño motivo la respuesta a esa cuestión es fundamental para que Flora pueda mejorar la receta de croquetas caseras que lleva once años intentando perfeccionar. De todas formas, tu prima Flora nunca ha regido demasiado bien. Sigo pensando que nunca llegó a recobrarse del todo tras aquella coz que recibió en la cabeza.

En otro orden de cosas, tu primo Oswald no deja de sorprendernos un día tras otro. Ha cambiado mucho desde que acabó la universidad, aunque a pesar de lo que diga su padre yo creo que ha sido para bien. Claro que a veces tiene cada ocurrencia que yo, para serte del todo sincera, no acierto a discernir si en realidad es un genio, un visionario o simplemente un idiota. El otro día, sin ir más lejos, se plantó delante de nosotros mientras desayunábamos y, con palabras cargadas de solemnidad, alegó haber descubierto una especie animal completamente nueva. Nada más hacer aquella sorprendente afirmación, se acercó corriendo hasta un armario, lo abrió, sacó de él una almohada y, tras depositar ésta sobre la mesa, justo entre las tostadas y la jarra de zumo de avena, anunció: “¡Helo aquí! Se trata de una nueva especie de vertebrado. Lo he llamado cojinus capitorum”. Todos nos quedamos sin saber qué decir, aunque de haberlo sabido tampoco hubiéramos podido decirlo porque teníamos la boca llena de zumo de avena. Luego, cuando Herbert le preguntó cómo había conseguido hacer tan sensacional descubrimiento, Oswald respondió que hacía apenas un par de días, cuando, al irse a dormir, se clavó la cabecera de la cama en pleno cogote debido precisamente a la ausencia de la almohada. Mientas se frotaba el cogote dolorido, Oswald se puso a buscar la almohada por toda la casa hasta que, al cabo de hora y media, la encontró temblando de miedo en el fondo del armario. Tras relatarnos todo esto Oswald añadió que no entiende cómo el hombre ha podido pasarse siglos enteros durmiendo con la cabeza apoyada sobre uno de esos animales sin darse cuenta de que se trataba de un ser vivo.

No sé, Edna. Yo no lo veo tan claro, sobre todo por el hecho de que a mí una almohada me parece más un invertebrado que un vertebrado. Pero, en fin, el que tiene estudios es él y no yo. Además, habla siempre con tanta convicción que una no sabe nunca a qué atenerse. Me recuerda al antiguo alcalde, aquél que desapareció cuando iba camino del banco para ingresar todo aquel dinero que logramos recolectar para los huerfanitos, ¿te acuerdas? Y antes de despedirme, una noticia de última hora: esperamos de manera inminente la llegada de tu primo Benny, quien nos llamó esta misma mañana para anunciarnos que por fin ha recobrado la libertad. Tras siete años de condena parece ser que le han expulsado de la cárcel por mala conducta.

En fin, querida, que la vida de la familia sigue por buen rumbo. ¿Qué tal vosotros, en especial el primo Mortimer? ¿Ha superado ya aquella adicción suya a ingerir pollos vivos sin masticar? Espero que al menos haya superado el ardor de estómago.

Con cariño, tu tía Frances.

P.D.: Casi se me olvida: ayer, mientras preparaba un pastel de uñas de jabalí, descubrí a Dios. Estaba en el interior de una de las alacenas, escondido tras una caja de galletas. Cuando le pregunté qué era lo que estaba haciendo allí me respondió que no lo sabía con certeza, pues aquella marca de galletas no era precisamente una de sus favoritas. Entonces me pidió que no le dijese a nadie que le había visto alegando que prefería que le dejasen en paz de una vez.

P.P.D.: Me doy perfecta cuenta de que al contarte lo de Dios he traicionado el deseo de éste de permanecer en paradero desconocido. Puede que por haber hecho algo así acabe yendo al infierno. De todas formas, por si acaso, intentaré ganármelo cambiando de marca de galletas. Te mantendré informada al respecto.

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