Amarga victoria

Estefanía Farias Martínez

 

 

 

Julio estaba muy inquieto, la final del Mundial era esa tarde y enfrentaría a Holanda contra España, lo último que hubiera querido que pasara. Su madre era española, su padre holandés y las dos familias se iban a reunir en su casa para ver el partido en pantalla grande; por cada bando los abuelos y una tía. Los holandeses no sabían español, los españoles no sabían holandés. Si insultaban a los jugadores del otro equipo nadie se iba a enterar, sólo él. No le dejaron lucir su camiseta oficial de la selección española y se negó a llevar la de la selección holandesa. No pudo evitar la bufanda naranja, la trajo la abuela holandesa y la española se la puso. Durante el Mundial la cosa había ido bien, animaba a los dos equipos. Pero ese día prefería no ponerse de parte de ninguno, lo iba a pasar fatal por el que perdiera y no podría alegrarse por el que ganara.

La abuela española apareció con una botella de champán para celebrar. Ella esperaba que ganaran los holandeses y lo decía en serio porque la daba pánico que se la enfadaran los vecinos. Su madre la miraba con cara de pena, pero no le llevaba la contraria. La abuela era asustadiza como los gatos y si se sentía en desventaja se escapaba. Tenerla allí dispuesta a ver aquel partido crítico era todo un milagro. Se había auto-convencido del resultado que la hacía sentir más segura.

En cuanto empezó el juego, el ambiente se fue haciendo irrespirable. “Qué partido más bronco” dijo el abuelo español. La tía española gritaba:“Qué animales son, los van a matar, ¿por qué no echa a medio equipo holandés el árbitro?, ese Roben sólo sabe llorar, ni le tocan y se tira, este partido es una vergüenza”. La tía holandesa gritaba en holandés: “Ese árbitro está ciego, tenía que haberle sacado al español la tarjeta roja por la entrada a Roben, esos españoles son unos maricones se quejan por todo, pero si ni le ha tocado”. A Julio le dolía el estómago, aunque todavía tenía la esperanza de que acabaran a los penaltis, su madre le había contado que si acababa así nadie se enfadaba con nadie. Pero los españoles metieron un gol en el último momento. La tía española se puso a saltar, la familia holandesa intentaba no dar la impresión de que la odiaba. La abuela española reaccionó enseguida. Cogió a la tía del brazo, llamó al abuelo y se despidió de todos. Estaba tan aturdida que les regaló la botella para que lo celebraran. Julio les vio irse rapidísimo calle abajo. La casa se quedó en silencio, él dio besos a todos y se fue a dormir, no sabía ni qué hora era, pero le daba igual. Ser ecuánime a los cinco años era durísimo.

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