¨La tumba de las luciérnagas¨ de Isao Takahata

Raúl Neovallense

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Prácticamente en toda la filmografía del Studio Ghibli se tocan, de forma más o menos directa, temas serios e importantes, sin embargo en todos los filmes los personajes se salvan. En “La tumba de las luciérnagas” (Hotaru no haka, 1988), cuyo tema es la guerra y la infancia, sabemos desde el primer instante el destino de los protagonistas, y aún así en todo momento deseamos que su fin no sea el anunciado.

Seita murió poco después de que la II Guerra Mundial viera su fin. Su espíritu recorre un tren de recuerdos que le llevará a los días que pasó con su tía, una fanática que les asfixiaba con su egoísmo y exigencias absurdas, pasando por el inolvidable recuerdo de su querida madre y el tiempo que pasó viviendo con su hermana pequeña Setsuko en una cueva.

Dirigida y escrita, basándose en la historia con tintes autobiográficos de Akiyuki Nosaka, por Isao Takahata, “La tumba de las luciérnagas” fue el primer largometraje del director de “Heidi” dentro de Ghibli y, sin duda, es una de sus grandes obras, y una de las mejores y más maduras, y la más cruda, del aclamado estudio nipón. Se producción fue paralela a la de “Mi vecino Totoro” y fue estrenada con esta en sesión doble, por lo que el espectador podía ver dos filmes tan diferentes como la noche y el día, aunque, eso sí, con puntos en común.

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La película de Miyazaki es un canto a la infancia, a su inocencia y a la imaginación que bulle en ella; la de Takahata es un drama bélico muy duro, pero cuyos protagonistas, también infantes, a pesar de los malos tragos que tienen que soportar, nunca dejan de ser niños, nunca dejan de soñar, solo al final Seita deja de hacerlo, derrotado por las circunstancias y las injusticias de la guerra. Así pues, son dos filmes que se complementan, se podría decir que en el primero se retrata la vivencia de los sueños y en el segundo se nos muestra su fin.

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Recuerdo que la primera vez que vi “La tumba de las luciérnagas” me quedé paralizado y pensando durante un largo rato, y es que Takahata cuenta con maestría una historia que podría haber caído muy fácilmente en el melodrama barato, pero que nunca cede a la tentación de provocar que el espectador se gaste un paquete de pañuelos a base de escenas dramáticas y música machacona. La música, que es excelente, está para reforzar el drama (me viene a la mente esa escena en la que se ven los resultados de las bombas incendiarias), para subrayar en contados instantes los sentimientos y emociones de los personajes, pero no para forzar la ebullición de las emociones en el respetable; así, Takahata tampoco se explaya mostrando, lo va haciendo en pequeñas cápsulas, porque aquí el drama de la guerra es el de dos niños que acaban por vivir solos, sin la ayuda de nadie (ya sea por no poder o por no querer), y que a medida que pasa el tiempo su degradación se va haciendo más patente.

El film más duro del Studio Ghibli es un drama bélico en el que la guerra es el paisaje donde se levantan cada día dos niños, es una de esas películas que tocan los resortes del corazón y la mente del espectador, de las que cuando aparecen los créditos finales sigue habiendo un silencio absoluto. Uno de esos raros filmes que invitan a reflexionar, que te dejan ese sabor entre dulce y amargo. Dulce por haber visto una gran película, y amargo por no poder dejar de pensar que historias como las de Setsuko y Seita suceden cada día. Imprescindible.

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