MAGNA REALITIS: ¨Olor a pan¨

Manuel Ortuño

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Elena era una mujer de figura grácil y edad madura que olía a pan tierno y recién horneado. Regentaba una pequeña panadería de barrio y se encargaba personalmente de llenar el horno de su establecimiento con la masa de pan que ella misma preparaba. Mientras el pan se cocía, ella seguía trabajando en busca de la ternura y la textura que tanto deseaba para los productos de su tienda, hasta que, finalmente, sacaba de las entrañas de su gran horno de piedra las piezas de pan recién hecho.

Tales eran la dedicación y el amor que Elena volcaba en su trabajo, y tanto tiempo pasaba consagrada a éste, que toda ella olía a pan tierno y caliente. Sus manos, sus dedos, su cuello, su pelo… Todo ello rebosaba ese aroma blando, cálido, crujiente y entrañable propio del pan recién nacido. Incluso sus axilas, su aliento y su sexo olían a pan.

Cuando aquel invierno estalló la gran guerra que asoló el país, el alimento comenzó a escasear y los vecinos del barrio hubieron de aferrarse al pan que Elena horneaba hasta que éste acabó convirtiéndose en su único sustento. Posteriormente, cuando las materias primas como el trigo y los demás cereales comenzaron también a ser cada vez más escasas, incluso el horno de Elena dejó poco a poco de dar sus preciados frutos y el hambre se apoderó de los estómagos del vecindario.

No obstante, y a pesar de las estrecheces, el hambre y la miseria, Elena continuó teniendo el aroma a pan tan incrustado en su cuerpo que éste siguió emanando de cada una de las raíces de sus cabellos, de cada uno de los poros de su piel y de cada uno de los pliegues y recovecos de su carne. Durante días, los vecinos del barrio la olieron constante y febrilmente, y algunos no tardaron en aprender a descubrir su presencia gracias al olor que desprendía. Enloquecidos y acuciados por el hambre, un puñado de ellos la localizó, la acorraló y la capturó para, acto seguido, acabar devorándola viva sobre el pavimento de la calle. Y a pesar de que el día era lluvioso, gélido y gris todos ellos pudieron advertir, entre mordisco y mordisco, que en ningún momento su piel dejó de estar caliente como un panecillo recién sacado del horno.

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