Fábulas del crimen: ¨La cabeza de Obregón¨

Diego M. Rotondo

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Carlos Obregón nació en Chiapas, México, el 5 de junio de 1895. Su madre, María Antonieta Obregón, una criada de 16 años, lo parió sola, de cuclillas sobre un lodazal. El bebé emergió sin dificultad, cayó de su entrepierna como un gran excremento y se hundió en el charco. Recién ahí, cubierto de barro y fluidos placentarios, el bebé lloró… Pero lloró sólo unos segundos, porque de repente, su llanto se convirtió en un gruñido agudo, como el de esos gatos a los que les pisan la cola… Cuando su madre lo sacó del lodo, sosteniéndolo de una de sus piernas como si fuese un pescado muerto, lo primero que hizo la criatura fue aferrarse la cabeza con ambas manitos y emitir un gesto adolorido, agónico… eran esas punzadas insoportables que lo atormentarían durante 21 años…

Obregón cometió crímenes tan monstruosos que no hubo abogados que osaran defenderlo… Su peculiar manera de nacer, arrojado a la vida sobre un lodazal, tal vez, había sido el preludio poético de su tortuosa existencia. Ese preludio que anunciaba las terribles migrañas que lo atormentarían día y noche, sin dejarlo dormir, y a veces sin comer durante semanas. Eran dolores que, según sus propias declaraciones, se sentían en su cabeza como miles de vidrios rozándose entre sí, sumiéndolo en un estado de rabia incontenible, que sólo menguaba cuando decapitaba a una víctima…

El 3 de marzo de 1915, Juan Ribero, de 32 años, escuchó una serie de alaridos provenientes del parque de su casa. Eran gemidos agudos, como de perro. Al asomarse por la puerta divisó a un hombre revolcándose en el césped, justo cruzando el portón de entrada. El sujeto chillaba adolorido y se daba tremendos puñetazos en la cabeza. Ribero les dijo a su mujer y a su hija que no salieran de la casa, buscó una linterna, salió al parque y caminó sigilosamente hasta el sitio donde se revolcaba el desconocido; alumbrándolo con la linterna se arrodilló junto a él, le tocó la cabeza y le preguntó qué le sucedía. En ese momento, el sujeto saltó sobre Ribero, lo golpeó en la cara hasta desmayarlo, extrajo una pequeña sierra que colgaba de su cinturón y comenzó a serrucharle el pescuezo… La sierra tenía los dientes gastados, le llevó un buen rato cortarle las vértebras y los ligamentos del cuello para lograr separarle la cabeza del torso. El sonido, como de madera húmeda aserrada, era espeluznante…

Mientras aquella barbarie se desarrollaba en el parque, la esposa e hija de Ribero clamaban desesperadas detrás de una ventana de la casa. De repente el extraño dejó de chillar, el rubor agónico en su rostro comenzó a menguar como si una potente anestesia se mezclase con su sangre, acabando así con todo rastro de ira y dolor… Las hinchadas venas que agrietaban su cuello se desvanecieron, su piel tomó un matiz saludable, una plácida sonrisa se dibujó en su rostro… el dolor se había ido. El extraño cogió de los pelos la cabeza de Ribero y caminó rumbo a la casa trazando una línea de sangre negra detrás de sí…

Pasaron dos horas. Obregón se recostó en un cómodo sillón frente a la chimenea de la casa; se quedó un rato contemplando las tres cabezas; lamentó haber cortado la de la niña, que tenía los ojos más bonitos que él había visto jamás. Pensó en quitárselos con una cuchara y llevárselos, pero enseguida desistió de la idea… Arrojó las cabezas sobre las llamas del hogar. El brutal asesino descorchó una botella de vino tinto que encontró en la bodega y la bebió mientras se dejaba hipnotizar por el chispeo de los leños y el olor a pelo quemado y carne chamuscada que emanaban las cabezas en el fuego. Aquel aroma a muerte era como una droga poderosa, lo llenaba de un goce indescriptible. No era la primera vez que aliviaba su dolor decapitando a alguien, pero era la última…

Un vecino de Ribero había presenciado todo desde su jardín, que lindaba con el parque de la víctima. Tardó un buen rato en reaccionar y salir en busca de ayuda. La policía atrapó a Obregón cuando abandonaba la casa, tambaleando por la borrachera…

Los neurólogos y psiquiatras que se encargaron de investigar el caso de Obregón durante los años posteriores a su ejecución, llegaron a la conclusión de que su intenso dolor no era de origen neurológico, sino psicosomático… No había una explicación científica para ese alivio instantáneo que decía sentir luego de degollar a alguien. Si Obregón hubiese sido tratado por un experto en salud mental, tal vez se podrían haber evitado todas esas muertes… No obstante, en esa época, los conocimientos sobre dolores psicosomáticos eran casi nulos.

Antes de recibir la sentencia, Obregón declaró ante la corte que sus crímenes habían sido causados por sus “ataques de cerebro” (como él solía llamarlos). Pidió perdón a los familiares de las víctimas e imploró a los jueces que lo ejecutaran de inmediato, para así acabar con su agonía para siempre… A los jueces les fastidió bastante que el acusado les suplicase por su ejecución, ellos no querían quitarle su sufrimiento, todo lo contrario, querían que pasase su vida agonizando tras las rejas, por eso en un principio pensaron en condenarlo a cadena perpetua; pero los indignados familiares de las víctimas y gran parte del pueblo de Chiapas reclamaban a gritos “la cabeza de Obregón”; así que los magistrados no tuvieron más remedio que enviarlo a la guillotina, y cumplir, no sólo con el deseo de la familia y del pueblo, sino, con el del propio asesino…

Mientras era preparado para ser degollado, Obregón sufrió uno de sus ataques; aun esposado, comenzó a chillar y a golpearse la cabeza contra una pared. No habiendo forma de mantenerlo calmado, fue trasladado a una enfermería para que le administrasen Morfina.

Antes de ser decapitado, y como dictaba la ley, le preguntaron si quería decir sus últimas palabras. Obregón, sollozando, dijo: “Gracias…”.

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