El pianito de Carey

Alberto Ernesto Feldman

piano

 

 

Desde que abordé el avión, casi no cambié de posición. Me aburría con la conversación de mi compañero de asiento, que no paraba de hablar de su familia, como si supiera donde me apretaba el zapato, pero al menos, no me incomodó con preguntas. Mientras fingía que lo escuchaba, fui pasando gradualmente del tedio a la irritación; giraban en mi mente las preguntas que yo mismo me hacía.

Después del almuerzo, mi vecino se durmió con los auriculares puestos. Suspiré aliviado y traté de concentrarme en la película que tenía ante mis ojos, pero era un bodrio que ya había visto en vuelos anteriores. A medida que me acercaba a Buenos Aires me sentía más y más desasosegado. Por último, cuando estábamos volando sobre Uruguay, también me dormí.

Me despertaron las maniobras de aterrizaje y la voz de la azafata dando instrucciones. Con gran esfuerzo pude dominar la emoción, la fatiga y el fastidio que, todos juntos, pugnaban por adueñarse de mi persona.

Hace casi cincuenta años que falto del país. He estado de gira aquí con la Sinfónica dos veces en ese lapso, pero no me comuniqué con ningún familiar, no pude hacerlo. En esas ocasiones, cuando las funciones y los ensayos lo permitían, me limité a permanecer dentro del hotel durante gran parte del día o a pasear por el centro de la ciudad como si fuera un turista más.

Pasé por aquí como un extraño, lo mismo que si hubiera estado en Berlín o Tokio, fue como si no hubiese venido. Pero ahora es distinto, estoy solo. Soy un músico jubilado que viene a ver que es lo que ha quedado de sus raíces. En París dejé a mi mujer, que con generosidad e inteligencia, me alentó a desandar el camino para que dejara de fantasear con lo que pudo ser y no fue; y me conectara con el presente.

Esto lo tengo que resolver yo solo. Mis hijos y mis nietos son franceses y tienen un conocimiento bastante impreciso de mis vivencias; no puedo quejarme en absoluto de que no compartan mis emociones. Yo he contribuido bastante a ello con mis silencios. Seguramente necesito aceptar mis errores y mi pasado, un pasado que no sé por qué trato de olvidar desde que llegué a Europa, hace ya cincuenta años.

Hago detener el taxi que me trae desde el aeropuerto a la altura del Congreso y camino varias cuadras para volver a ver la casa de mi abuela y de mi niñez, un viejísimo edificio de departamentos en Rivadavia casi Anchorena. Ya no está. En su lugar, una conocida casa de comidas rápidas ocupa un cuarto de manzana. Cierro los ojos y veo la casa como quiero verla. Al lado, con un vuelco en el corazón descubro que “Las flores porteñas”, la panadería de la misma cuadra, donde todos los días compraba el pan y los domingos las masitas, está exactamente igual, pero mucho más pequeña que lo que la recordaba. Me detengo frente a la vidriera y siento el olor a vainilla, chocolate y pan recién horneado, el mismo olor de entonces.

Camino de esquina a esquina, reviviendo paso a paso una infancia atada a esa casa compartida con mi abuela y siete tíos, tres mujeres y cuatro hombres, y los recuerdo a todos y cada uno.

Los tíos varones parecían no saber tratar con un chico de nueve años excepto para inspeccionar y criticar la limpieza de las orejas o el lustre de los zapatos, y los vi perderse a medida que se casaban, como si se los hubiera tragado la tierra. Las tías mujeres eran las que más quería, y de ellas, tía Nélida era mi preferida. Ella, mejor que ninguno allí, representaba el cariño y la calidez. Era la única que se acordaba de mis cumpleaños, en una familia en que los cumpleaños pasaban desapercibidos, en que los días eran todos iguales, como eran iguales los silencios y los ceños adustos.

Pero todo cambiaba cuando llegaba el fin de semana. Me parecía que todos revivíamos con la música que entonces se escuchaba en la casa, pero debe ser una impresión distorsionada por el tiempo; porque los sábados y domingos estaba libre de las obligaciones escolares que todos los días empezaban con el suculento desayuno que me preparaba mi abuela a las siete de la mañana y terminaban a la caída de la tarde.

De las otras dos tías., la mayor, Leonor, era como la secretaria de mi abuela, triste y sufrida, siempre con un trabajo por hacer, ansiosa por adelantarse a cubrir las necesidades de los demás, extremadamente silenciosa, como tratando  de pasar desapercibida. La tía Lidia, la menor de todos, apenas cinco o seis años mayor que su sobrino, era de una belleza poco común, con sus ojos negros como sus cabellos, que usaba largos hasta la cintura y que enmarcaban un rostro de rasgos delicados en una piel blanca de muñeca. No caminaba, sencillamente se deslizaba por los pasillos y en mi fantasía la imaginaba atravesando las paredes en vez de pasar por las puertas.

Salir con ella para ir a hacer alguna compra o pasear era adquirir notoriedad al instante. A mi abuela siempre la recuerdo apantallando las brasas de la cocina a leña o lavando ropa, cantando como en un susurro canciones que ella misma inventaba deformando las letras de los tangos o los boleros que estaban de moda y que terminaban perdiendo sentido pero conservando la rima lo cual nos hacía mucha gracia; ella se reía junto con todos pero luego se silenciaba por un rato, quizá pensando que nos burlábamos de su acento extranjero.

Lamento no haber estado más atento cuando al mismo tiempo que miraba satisfecha como yo daba cuenta del desayuno, trataba infructuosamente de enseñarme su áspero y al mismo tiempo dulce idioma natal, pero yo estaba todavía medio dormido, pendiente sólo del pan con manteca y del gran tazón de café con leche.

En una de las grandes habitaciones de esa vieja casa, los “muchachos”, como  llamábamos a los tíos varones,  tenían montado un taller de  fabricación de pañuelos y corbatas que vendían a los negocios del Centro y con cuyo producido, contribuían a solventar los gastos de la familia y los estudios  universitarios de dos de ellos.

Cada uno estaba aislado en lo suyo,  pero el todo funcionaba como un mecanismo de relojería. Las mujeres,  además de trabajar afuera, atendían el mantenimiento de la casa, la alimentación y la vestimenta de todos como un mandato ancestral ineludible.

Tía Leonor, la mayor, que llevaba dieciocho años a su hermana más chica, era la única que no trabajaba afuera. Lo debía vivir con culpa, porque era la primera en levantarse y la última en irse a dormir.

Pero cuando llegaba el sábado,  la casa de mi abuela, era una fiesta. Tenía a mi disposición el viejo  “combinado”, como llamábamos a lo que hoy sería el equipo de audio y tenía todo el día y también el domingo para escuchar toda esa variedad de discos de pasta, que representaban el gusto de todos mis tíos y tías y que semana tras semana sumaban novedades.

Allí mi satisfacción no tenía límites. Desfilaban a través de las horas lo mismo Frank Sinatra con “Te llevo bajo mi piel” que Edith Piaf con “Himno al Amor” o Charles Trenet con “Dulce Francia”.

Parecía que Bing Crosby y Benny Goodman eran del gusto de todos porque ellos solos, igual que Carlos Gardel y Jorge Negrete, llenaban varios álbumes.

Las arias de ópera y las canzonetas napolitanas estaban a la orden del día; Tito Schipa y Enrico Caruso  se codeaban con Glenn Miller, Frankie Laine, Doris Day y Atahualpa Yupanqui.

El todo resultaba un “tutti frutti”  maravilloso. Mi abuela me traía la merienda al living, me miraba y se quedaba un rato escuchando conmigo.

Todos se veían más felices. Parecíamos haber encontrado en la Música la mejor forma de comunicarnos.

Algunos domingos, la tía Nélida me llevaba a tomar el té a la confitería Adlon de Florida o a la Richmond de Suipacha donde embelesados escuchábamos a René Cóspito y su piano o a Héctor y su Jazz, muy famosos en aquella época, mientras disfrutábamos de un  café con unas masitas finas o unos sándwiches deliciosos.

Otras veces íbamos a Radio El Mundo a presenciar y oír orquestas típicas y allí en la radio, me deleitaba  con Osvaldo Pugliese, Aníbal Troilo, Carlos Di Sarli y otros Grandes del Tango, y cuando volvíamos, cruzando en diagonal la Plaza Once, nos deteníamos a escuchar a la Banda del Ejército de Salvación, que acompañaba a los predicadores con sus marchas y sus llamativos instrumentos de bronce.

Recuerdo con una sonrisa cuando tía Nélida me llevó al Parque Centenario, una noche de verano a un espectáculo sensacional: la opera “Aída” al aire libre, organizada  con todos los recursos del Teatro Colón.

Con más de cien personas en el escenario, una tormenta repentina produjo un desbande general y el inolvidable espectáculo para mí, un chico de diez años, fue estar corriendo sobre el césped de la mano de ella, perseguidos por un pelotón  de soldados egipcios que, lanza en ristre, procuraban poner a salvo sus vistosos trajes. Terminamos debajo de un grueso árbol, junto a tres lanceros pasados por agua y dos violinistas  que maldecían como poseídos.

Después de esa noche me costó mucho tiempo volver a tomar a la Ópera en serio.

Pero para tía Nélida, el piano era lo máximo. Fanática de Chopin, además de los impromptus, polonesas, valses y nocturnos del genial polaco, suyos eran también los conciertos para piano que no faltaban nunca entre los primeros discos de los melómanos: los de Tchaicovsky, Rachmaninoff,, Schumann, Beethoven, Grieg y por supuesto, los de Chopin. Me trasmitía su entusiasmo por la música clásica, especialmente la que tenía al piano como protagonista, y un día, muy emocionada, me contó desde sus juveniles veinte años a mis  infantiles diez, que iniciaba firmes estudios del instrumento, y aunque era, según me dijo, una decisión difícil por su tardío comienzo y las horas que le insumía su trabajo como vendedora en una gran tienda del Centro, no se imaginaba otro destino para su vida que la Música.

Haría cualquier sacrificio y le robaría horas al sueño para conseguirlo. Así lo decía, con los ojos húmedos.

Me acuerdo de ese día por que yo, motivado por la alegría y la emoción, aumenté el volumen del concierto que estábamos escuchando y con un lápiz en la mano me puse a dirigir como había visto hacerlo a Pierino Gamba, un niño prodigio italiano director de orquesta, en aquel entonces, 1950, de visita en Buenos Aires.

Guardo una imagen borrosa de los meses que siguieron porque llegado el fin de ese año, me enfermé de pleuresía infecciosa, una dolencia muy rebelde en esa época en que recién llegaban los primeros antibióticos. Por consejo del médico, luego de una asamblea familiar se decidió que tía Leonor, la tía silenciosa, me llevara a Córdoba, a un sanatorio en las sierras, y se quedara conmigo todo el verano. Ya repuesto, volvimos para el comienzo de las clases.

Tía Nélida estaba muy cambiada. Parecía mucho mayor que la joven sensible y romántica que yo había dejado tres meses atrás. Mientras cruzábamos la Plaza Once rumbo al subte que nos conduciría al cine Real, a ver dibujos animados, me dijo como compartiendo un secreto:

— ¿Sabés que tengo novio?…

Yo, con un poco de celos le pregunté por los estudios de piano.

— Se llama Antonio…

—¡No tía, te pregunté por el piano, el piano!…

—¡Lo dejé, no pude!…

Me contestó con  tanta angustia que aflojé la presión y le pregunté cómo era él. Lo describió con tanto cariño que yo también lo quise un poquito y cuando lo conocí, hicimos muy buenas migas. Se portó conmigo mejor que los otros tíos y cuando yo le decía  tío, sentía que se me llenaba la boca. Mientras fueron novios compartieron conmigo muchas de sus salidas, lo cual seguramente tranquilizaba también a mi abuela y a los otros tíos, que siempre recelaban de los novios de las chicas.

Yo disfruté mucho en esa época, pero en el fondo de mi corazón estaba resentido, por que como estaban las  cosas, creía que la aparición de Antonio había dado por tierra con las inquietudes artísticas de tía Nélida, interrumpiendo su cariñosa complicidad musical conmigo. Igual seguíamos, ahora los tres, escuchando discos en el viejo “combinado” mientras jugábamos a las cartas o a los dados y tomábamos guindado o anís que ella servía en esas copitas color ámbar que yo sacaba del cristalero, mientras ellos se besaban y yo me ponía colorado.

Estaba justamente sacando las copitas cuando descubrí entre ellas algo que no recordaba haber visto nunca antes; un hermoso pianito de cola, una miniatura perfecta y bellísima de carey que cabía en una mano y que pensé sin dudar que era un regalo de Antonio. Unos meses más tarde se casaron y fueron a vivir a unas pocas cuadras de allí.

Dos años  después me preguntaron si quería vivir con ellos para aliviar las tareas de la abuela y yo acepté encantado.

Antonio me llevaba a ver partidos de fútbol y carreras de bicicletas y después íbamos al café donde se reunía con sus amigos, que siempre me preguntaban cómo me iba en la escuela, y él, que siempre me miraba el cuaderno y me ayudaba con las tareas escolares, contestaba por mí; les decía que estaba orgulloso y me acariciaba la cabeza.

Cuando yo sentía eso me corría una cosa por la espalda y tenía muchas ganas de decirle que yo también estaba orgulloso por tenerlos a él y a la tía Nélida, y que los quería mucho, pero nunca me animé a decirlo. Todavía me pesan todas las palabras que pude decir y no dije, y son muchas.

Ellos se ocuparon con interés por mi educación y cuando empecé la escuela secundaria, me anotaron también en el Conservatorio Nacional. Estaban pendientes de mis progresos, y en las audiciones aplaudían más fuerte que nadie. A mí me daba un poco de vergüenza, pero escucharlos y verlos me hacía sentir seguro.

Muchos años tardé en darme cuenta de algo que se caía de maduro; yo no tenía padres y ellos no podían tener hijos; y nos habíamos encontrado. Gracias a su insistencia me presenté y gané a los diecisiete años una beca para estudiar en Europa, que ellos, como mis tutores, autorizaron con alegría y lágrimas al mismo tiempo. Al término de la beca vino un contrato tras otro, giras por todo el  mundo y una vida social agitada y placentera.

A los veinte años, yo era otro: sentí que tenía el mundo en mis manos. Pasaron muchos, muchísimos años, y yo, sumergido en un torbellino, perdí contacto con  mi familia; supe de la muerte de mi abuela y de algunos de los tíos y no quise saber más. Puse la distancia como excusa para lo desagradecido y negligente que fui, pero hoy estoy aquí y debo cerrar el círculo.

Empiezo a caminar lentamente, siempre por la avenida Rivadavia hacia el barrio de Caballito, el camino que de la mano de mi tía preferida me llevaba a los cines Roca y Palacio. Los busco pero ya no están. Uno se convirtió en un gigantesco y moderno edificio de departamentos y el otro en la sede de una iglesia alternativa.

Por suerte, al llegar a la avenida Medrano, encuentro tan hermosa como siempre a la confitería “Las Violetas” con su estilo “Belle Epoque”, el lugar obligado de las citas de mis tías con sus novios y también el espacio donde después del cine, todavía excitados, emocionados o divertidos por las películas, íbamos a comentarlas mientras merendábamos.

Me siento frente a la ventana y pido un café doble, mientras trato de mirar a través del vidrio con los ojos de un chico de diez o doce años. Vuelvo a revivir imágenes del pasado.

Hay muchas escenas agradables, pero están todas teñidas por la melancolía de un niño criado por su abuela y sus tíos. Llevo la mano al bolsillo del gabán. Saco la agenda varias veces y otras tantas la vuelvo guardar .El único teléfono que tengo anotado es el de la tía Nélida, pero dudo en llamarla; debe tener más de ochenta años. ¿Estará?.. ¿cómo estará?… Al fin me decido.

Con dedos temblorosos marco los números. Una voz cascada reconoce la mía y pregunta: ¿Volviste Robertito?… (¡Tengo setenta años y todavía me llama así!…) ¿Trajiste el clarinete?…¿Sí?…  ¡vení a tomar un café y a tocarme algo de Gershwin! -¿dé dónde me hablás?. ¿de “Las Violetas”?… ¡ Traé unas masitas finas, te preparo el chocolate que te gusta!…

Una extraña serenidad me va invadiendo. Voy a encontrarme con alguien que marcó mi vida, influyó en la carrera que elegí y condensa en una sola persona, la que queda, todas mis raíces. Tomo un taxi hasta la dirección que me indica y llego en diez  minutos.

Me espera en la puerta. Es la misma tía Nélida que recuerdo, un poco más pequeña, un poco más arrugada, pero con los mismos ojos vivaces. La abrazo casi hasta hacerle daño y lloramos y reímos los dos juntos.

Subimos y en el ascensor, mirándola a los ojos, le digo cuánto la extrañé. Más tarde, cuando estábamos tomando café y hablando de tantas cosas, atrajo mi atención desde una repisa, justo debajo de un retrato del tío Antonio, el dichoso pianito de carey, tan hermoso como siempre. Me levanté y lo tomé entre las manos con delicadeza, realmente, una miniatura maravillosa.

Mientras tanto, desde la eternidad de la fotografía, el tío me observaba con una sonrisa cómplice.

—¿Fue el primer regalo de Antonio, verdad tía?…

—No, Robertito; mis hermanos, tus tíos, me prometieron que si yo seguía estudiando con el mismo entusiasmo con que comencé las primeras clases, a los tres meses, coincidiendo con mi cumpleaños, me regalarían el piano; ¡por primera vez se acordaban de mi cumpleaños!…¡Cómo estudié durante ese verano; quería que supieran que merecía ese regalo! ¡Era mi forma de agradecerles!.. ¡Cómo esperé ese día!… ¡Nunca olvidaré esa noche, con los ojos abiertos y el corazón saltándome en el pecho!.. ¡Este es el piano que me regalaron!… mientras se reían y se felicitaban por su ”excelente” broma, salí corriendo y me senté a llorar desconsoladamente en un banco de la plaza. Allí conocí a Antonio, que se acercó y me preguntó con timidez si me podía ser útil. ¡Vaya si lo fue!..¡Estuvimos juntos casi cincuenta años!…

Miré el retrato de tío Antonio y me pareció que me guiñaba un ojo, o yo se lo guiñé a él, no estoy seguro. Tía Nélida y yo también nos miramos e hicimos el mismo gesto de asentimiento; entonces cerré con fuerza las manos hasta que el pianito se deshizo entre mis dedos.

En silencio terminamos el café. Cuando nos despedimos, los dos sabíamos que no volveríamos a vernos. La volví a abrazar muy fuerte y le dije con toda la firmeza que pude:

—¡Tía, gracias por la Música!…

Ella entornó los ojos y me contestó bajito:

—¡Gracias por la Música, Robertito!

Y cerró la puerta.

.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s