El expediente Glasser. Tercera Parte: ¨Fotografías¨(III) y ¨LaTorre¨(IV)

Violeta Balián

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3. Fotografías

Salí de compras pero al llegar a la esquina de Maipú y San Martín me sorprendieron dos desconocidos.

—Clara Glasser —encaró uno de ellos.

—¿Quién la busca? ¿Qué quieren? Váyanse o llamo a la policía —amenacé mirando hacia el quiosco de Manolo para alertarlo de lo que estaba ocurriendo. Pero el diariero había desaparecido.

—No se moleste, señora, la policía somos nosotros —dijo uno de ellos.

—Acompáñenos, por favor —agregó el otro tomándome del brazo.

—¿Acompañar? ¿Adónde?

—Al centro de investigaciones.

—¿Para qué?

—Un interrogatorio de rutina. Tenemos órdenes de trasladarla ahora mismo.

Caminé con ellos en dirección al río. Cuando doblamos en una esquina nos encontramos con un Falcón verde, estacionado pero con el motor en marcha. Nos esperaba. Me hicieron subir al asiento trasero. Uno de los hombres se sentó a mi lado. El otro se instaló en el asiento de adelante, junto al chofer.

—Disculpe, esto se hace por razones de seguridad ¿me entiende?Debemos ocultarle el trayecto—dijo mi compañero de asiento cubriéndome los ojos con una venda.

«Si no fuera que estoy aterrorizada diría que estoy protagonizando una película.»

Los ojos vendados, me recosté contra el asiento y me dejé arrastrar por todos los miedos posibles. Aun así, me hice cargo de mi realidad porque tenía cierta idea de lo que estaba ocurriendo y no me hacía ilusiones de poder cambiar el curso de los acontecimientos. Hacía meses que se rumoreaba en la clínica que este tipo de secuestros era cosa de todos los días. El gobierno los justificaba como parte de la lucha contra el terrorismo. Indagaban a cualquiera. Se lo llevaban. Sin proceso legal. De muchos, comentaban, no se tuvo noticia.

Durante el viaje me iba preguntando. «¿Qué querían de mí? ¿Acaso no le había dado al otro oficial la información que necesitaban? El interrogatorio: ¿tenía algo que ver con la muerte de Mercedes, con Latorre? ¿No era Latorre el funcionario más importante en Aeronáutica?»

Pensé en los chicos, en Rogelio. ¿Cómo avisarles de lo que sucedía? Me fue más fácil comunicarme con los hermanos. Bastaba con un mensaje telepático y al enviarlo tuve que reconocer que tal cual me lo habían explicado, las piezas del rompecabezas encontraban sus respectivos lugares. Porque no sólo nos vigilaban las entidades sino también el gobierno y vaya a saber quién más.

Según mis cálculos, llevábamos una media hora de viaje. Poco después, el auto frenó suavemente para comenzar un descenso hacia lo que seguramente era el estacionamiento subterráneo de algún edificio. Se detuvo, se abrieron las puertas y alguien me tomó del brazo. Por aquí, se oyó la voz de un hombre. Y me pareció que entrábamos a un ascensor.

Me quitaron las vendas. Salimos del ascensor y caminamos por un pasillo hasta una puerta custodiada que no estaba marcada. Un guardia la abrió y nos hizo entrar. Una mesa larga rodeada de unas pocas sillas dominaba la habitación. No había ventanas. Del techo colgaba un cable escuálido que terminaba en una bombilla eléctrica.

Noté que se me había cerrado la garganta y tenía la boca seca.

Un vaso de agua, por favor.

Me la trajeron dentro de una botella de plástico, usada.

Entró un oficial. Tenía la mirada alta y arrogante. Y los hombres que me trajeron desde Vicente López se retiraron. En ese momento me sentí abandonada. No habían sido amables conmigo, sin embargo, tomé su salida como la señal de que se aproximaba un peligro mayor.

Respiré hondo. El oficial se sentó, sacó una carpeta de su portafolio y la colocó sobre la mesa. Estiré el cuello con disimulo y pude ver que decía GLASSER en letras grandes. En el centro de la carpeta se habían sellado las palabras SECRETO y CONFIDENCIAL.

—Nombre y apellido.

—Clara Glasser.

—¿Domicilio? ¿Profesión?

Algo más calmada, le fui dando la información con medida lentitud y un poco más. El hombre anotaba en el expediente.

Levantó la cabeza y preguntó:

—Glasser. ¿Qué tipo de relación tuvo…no, borremos eso…tiene con el brigadier Latorre?

—¿Relación? No tengo ninguna relación con el brigadier, oficial. Yo sólo atendía a Mercedes Latorre, su esposa. Hace un par de meses atrás. Al brigadier apenas lo conozco.

El oficial, con expresión ceñuda hurgó dentro del expediente hasta encontrar lo que buscaba.

—Glasser…según muestran estas fotografías usted y el brigadier se conocen muy bien —insinuó abriendo un sobre y entregándome unas fotos en blanco y negro. Atónita, comprobé que las imágenes nos mostraban a Latorre y a mí conversando como si fuéramos íntimos, y para peor, en el café Artemisa donde descansé la mañana que siguió a la muerte de Mercedes. Además, en una de las fotos se podía ver el sobre con el dinero que me había dado el brigadier y que yo había puesto encima de la mesa mientras arreglaba mi bolso. Muy curioso.

Miré las fotos, una por una.

—Falsas, trucadas —dije con voz firme antes de devolverle el manojo. —No cabe duda, soy yo, en el café. Recuerdo el día y la hora pero el brigadier jamás estuvo conmigo. Tengo pruebas de que estaba en su casa, gestionando el funeral de su mujer para el día siguiente. Lo que me está mostrando es un simple fotomontaje. Fotos retocadas, eso son. No sé cómo lo hacen pero son lo que son, falsas.

El oficial buscó otro sobre y preguntó, sarcástico:

—¿Y éstas? Vea. Mucho más comprometedoras. Además, son la verdadera razón por la que está en esta oficina, Glasser. Fíjese…aquí está usted, en una plaza de barrio, conversando con un par de jóvenes, este chico de barba y pelo enrulado, y esta mujer de pelo largo, morocha. Por si no lo sabe, le digo que son subversivos y los estamos buscando. ¿Qué conexión tiene con ellos? ¿De dónde los conoce? Y no se me haga la mosquita muerta, ¡carajo! ‒‒gritó, golpeando la mesa con el puño.

Su acusación era muy seria. Temblando de miedo, decidí jugármelas.

—Por favor, oficial. Permítame explicarle. Es verdad, no hace mucho estuve en esa placita, la de la estación Florida del Mitre pero con una pareja amiga, bueno…un par de hermanos. Se lo juro por mis hijos. Mis amigos, físicamente, no se parecen en nada a estos chicos. Mis amigos son mayores, más altos, digamos muy altos casi gigantes. Es más, el hombre no usa barba y tiene el pelo rubio y lacio como un escandinavo. La mujer lleva una melena platinada y se viste de otra manera, muy a la moda, despampanante, botas blancas, usted me entiende. Me temo que aquí también se han falsificado las fotos.

—Glasser…  hay más fotos. Mire aquí, en otro café, el que está enfrente de la estación. Usted conversando con los mismos chicos de la placita. Y estas otras, en la confitería Los Tres Amigos con el mismo par de delincuentes.

—Una fechoría. Un malentendido. No, no tengo explicación pero repito, estas fotos son falsas. Estuve, no lo niego, en cada uno de esos lugares, pero no con esa gente. Y no tengo idea de qué se me acusa. Por favor, quisiera hablar con un abogado. El Brigadier Latorre me conoce, he estado en su casa a diario. Cualquier duda, pueden consultar directamente con él.

—¿Un abogado? Ajá, qué curioso por no decir cómico. Bien, tomo nota de lo que me pide. Oh, Glasser, usted sí que tiene suerte. ¡Muchos quisieran tenerla! Por ahora, lo único que puedo decirle es que la protegen desde el ministerio y a muy alto nivel. De lo contrario, con esta evidencia, en mi opinión irrefutable, nos veríamos obligados a tomar una acción inmediata y derivarla a un centro de detención. Esto es todo…por hoy. Todo este material, fotos y otra información que consideremos pertinente quedarán en su expediente. Otra cosa, Glasser, tenga cuidado, no se le ocurra mandarse a mudar del área de Buenos Aires ni salir del país. En caso contrario… digamos que su situación se complicaría. Seguiremos investigándola. Puede retirarse.

Me levanté hecha un tembladeral. En ese instante se abrió la puerta y aparecieron los dos sujetos que me recogieron en mi barrio. Respetuosos, me acompañaron al ascensor, y allí me vendaron los ojos una vez más. Regresábamos a Vicente López, comentó uno de ellos.

Veinte minutos después, en el auto, me quitaron la venda, y me soltaron en una vereda de la avenida Maipú. Estaba libre. Con las luces del tráfico iluminando mi cara y mis llantos grité a los cuatro vientos lo que yo creía era mi única opción: escaparme, con mis hijos, al fin del mundo. Sin embargo, una parte de mí, la que estaba siempre resuelta a sobrevivir, sabía que eso era imposible. Esa vez resulté ilesa, pero sabía que era una situación temporaria, que había mucho más por venir.

4. Latorre

Dos días después, leí la noticia en los matutinos de la ciudad:

FALLECE LATORRE, TITULAR DE AERONÁUTICA

«El accidente se produjo en medio de una densa neblina que en horas tempranas de la mañana afectó a varios sectores al norte de la capital. Las primeras investigaciones por parte de la Policía Federal y Oficiales de Investigación del Ministerio de Aeronáutica, señalan una determinación trágica por parte del brigadier Bonifacio Latorre, y se especula que su motivo se debió al fallecimiento de su esposa, Mercedes Vidal en julio de este año. Según testigos contactados en la estación La Lucila del ramal Mitre, Latorre se arrojó a las vías del tren en el momento que entraba una formación proveniente de Tigre. El hecho ocurrió a las 8:15 de la mañana. La empresa estatal Ferrocarriles Argentinos, informó que una vez completadas las pericias correspondientes al caso, el servicio regular de trenes a Retiro se reanudó tres horas más tarde».

Mercedes había muerto hacía sólo tres meses. Sobre la familia Latorre había descendido la tragedia. Hijo, madre y padre desaparecidos. Tristes vidas. Tristes destinos. Me dieron ganas de llorar, por ellos y por mí.

El expediente Glasser II

 

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